La fatal arrogancia intelectual

Andrés R. Rodríguez


“Science says the first word on everything, and the last word on nothing.”

Victor Hugo

 

El mundo se debatió en un pasado oscurantista por milenios. El militarismo era la regla. El espadachín hábil y musculoso el arquetipo. Lo que destacaba en un grupo humano era su dominio de la fuerza. Los grandes imperios o reyes fueron guerreros eficientes: Mesopotamia, Egipto, Esparta, Vikingos, Roma, Otomanos, Aztecas, Incas, España imperial de Carlos V y Felipe II, las SS. Eran sociedades guerreras y entonces valor era oro y riqueza era acumulación de oro y joyas. Simplemente un hombre de a caballo enviaba sus falanges, sus jenízaros, sus jaguares, sus tercios, a la rapiña. Conquistaban, se quedaban con un botín, luego pedían impuestos. Todo giraba entonces alrededor de acumular riqueza, oro. No se creaba nada.

Esa miseria aurea y guerrerista se superó cuando en Grecia unas cuantas mentes inquietas fueron especialmente creativas en pensamiento, arte y ciencia. Por vez primera, la genialidad y la creatividad humana fueron un valor deseable y evidente. Eso sembró la semilla en Europa, y a partir de eso algunos Homo sapiens dejaron de querer ser una horda carroñera. Entonces riqueza comenzó a implicar también sabiduría. El oro y otros valores continuaron siendo considerados, pero se amplió el diapasón de valores. Eso fue un enriquecimiento, una Evolución Cultural. Debo aclarar que la Evolución casi nunca implica que la estructura previa desaparece, sino que se le echa a un lado y pasa al centro otra más terminada y energéticamente eficiente. Y acumular saber es mucho mas inteligente que amontonar metal.

La estructura social funcional, la sinergia positiva, fue emergiendo por siglos de forma no muy evidente. Primitivas emergencias se pueden entrever allá en el fondo del pozo de la historia en la India de los Asoka, en la Atenas de Pericles, en la Florencia de los Médicis. Pero fueron intentos aislados de individuos brillantes en un periodo corto y que no perduró. Las aplastó uno u otro ejército, una epidemia, la arrogancia de uno u otro Jerjes, Nabucodonosor, u Homenreb. La evolución cultural necesita cierto aislamiento y es alérgica a la violencia.

Un salto evolutivo cultural se entreve larvada en el siglo XIV en Holanda, pero con muy visible eclosión en Inglaterra y Francia en el S XVIII.  En ambos reinos, el Proceso Civilizatorio dejó de ser un proceso y comenzó a ser un suceso.

Pero donde ocurrió la metamorfosis social profunda, donde realmente la sociedad se reestructuró de una manera totalmente innovadora, fue en el relativamente aislado Reino Unido, un archipiélago donde llegaban atenuados los vaivenes y desastres promediadores continentales. En la Francia continental, las guerras echaron al piso, una y otra vez, la metamorfosis social en gestación.  No es nada casual que la Revolución Industrial ocurriera en una isla, no en pleno continente.  Es que la gran masa continental y humana tiende a aplastar a la innovación.

En Europa, por el contrario, la emergencia ocurrió de manera más masiva, se alcanzó una masa crítica y ya no se volvió al salvajismo previo.  Luego de la Ilustración y el Racionalismo europeo, hubo una real y gigantesca Evolución Cultural, emergió una forma de pensamiento y estructura social que daba valor a la información, al saber y a la sabiduria, acumulados de manera similar a como actúa un (eco)-sistema. Porque la vida es un sistema autoorganizándose y los seres vivos no son mas que reservorios de información. A nivel individual en los cromosomas la llevamos, muy concentrada y codificada. A nivel social, el las ciencias la llevamos, pero aun muy poco concentrada y codificada. La hemos ido absorbiendo y codificando en mentes geniales, libros fundadores e instituciones creativas. Pero el proceso ha sido largo, ineficiente y aun no terminado.

Muchos aun hoy creen que valor es oro, pero desde hace mucho se sabe que valor es información. E información es lo que actualmente es capital. El Capitalismo, como sistema social, ha ido evolucionando y ya no puede ser representado por un viejo avaro en smoking, contando dinero en el sótano de un banco. El capitalismo actual es un genio emprendedor, una mente atormentada y creativa, un Steve Jobs o un Elon Musk.

El Capitalismo como sistema tiene grandes defectos, pero es la estructura social que más se asemeja a cómo actúa un bosque, un arrecife o la Biosfera: acumulando información.

Después de la Ilustración y el Racionalismo, ciertos grupos humanos en Europa albergaron núcleos de meritocracia y dieron un salto cósmico hacia la ciencia y la sabiduría. Porque la ciencia es un método para ordenar y discriminar las ideas previas que sirven de las que son confusas o no tienen utilidad. Desde luego, que esa misma discriminación es un proceso complejo y discutible. A veces, o diríamos que con frecuencia, en la ciencia se comenten errores descomunales. Se acepta algo cuando debiera haberse rechazado o se rechaza cuando debiera haberse aceptado. Es largo, empedrado y empinado el camino.

La Ciencia tiene métodos para discernir lo falso de lo verdadero. Ello es muy exacto en las ciencias experimentales, pero muy subjetivo en las Humanidades. Por ahí, es por donde hoy se nos está colando la arrogancia intelectual. Un cierto tipo de personas, los intelectuales, con habilidades en comunicaciones y cultura, pueden confundir y adormecer a un joven auditorio, y con muchos títulos y verborrea venderse como científicos, como sabios, cuando en realidad son solo sofisticados megáfonos.

Jean-Paul Charles Aymard Sartre (París, 21 de junio de 1905-ibíd., 15 de abril de 1980).

Jean-Paul Charles Aymard Sartre (París, 21 de junio de 1905-ibíd., 15 de abril de 1980).

Usando los muros de la academia como barricada o facilidades de los medios de comunicación masiva como catapulta, vemos desfilar la arrogancia intelectual de personas aisladas que con el solo uso de su cerebro e imaginación pretenden ser capaces de interpretar cosas complejas, ser sabios, cuando solo son loros. Le tienen horror a los números, a las fórmulas, a la ciencia. Pero pretenden ser expertos en el mundo. De manera absurda, hoy debaten lo mismo y con similares pobres métodos que debatió en su momento Homero, Confucio, Platón o Lenin. Y enaltecen a Marx porque en su arrogancia intelectual pretendió que rejuegos de palabras (indemostrables) son fórmulas científicas.  Es el caso general de filósofos, sociólogos, politólogos, de algunos economistas. Y de escritores divorciados totalmente del método científico y las evidencias empíricas de la historia, se declaran PENSAMIENTO: Sartre, Marcuse, Foucault, Simone de Beauvoir, Judith Butler, y actuales hablantines arrogantes, como Pablo Iglesias, Iñigo Errejón, Juan Carlos Monedero (España), Enrique Dussel y Alfredo Jalife (México), Atilio Borón, Ernesto Laclau y Darío Sztajnszrajber (Argentina).

A una persona no se le conoce hasta que no estamos con ella en un naufragio o cuando ejerce el poder. Ya hemos visto a algunos de estos buenistas, repartidores de lo que no son capaces de crear, reservándose altos salarios por su cotorreo en cátedras o servicio público o robando al tesoro público o pretendiendo ser intelecto cuando solo son más de lo mismo, vanidad y ostentación.

¿Nos enfrentamos a los mismos sofistas que enfrentó Sócrates?

Del Autor

Andrés R. Rodríguez
Autor de numerosos artículos especializados en turismo, ecología, ciencias y pensamiento social, ha publicado Diccionario turístico Caribe (2019), Destellos al alba. pensamientos y aforismos (2019) y Ecología para Ecoturismo (2020).