Creación y vacío
Idoia Arbillaga
Huerga y Fierro. Madrid, 2020
Creación y vacío (2020) no deja de ser un título algo inquietante para quienes frecuentamos a José Ángel Valente, a su persona y obra, y al gran poeta judío y egipcio, nacionalizado francés, cuando vino a España Edmond Jabès, por su intercesión. Su concepción de la palabra poética como diálogo entre el vacío y la arena, el desierto, sobre todo en su última obra, las pequeñas incursiones en el mundo de palabras y máscaras, se concita de nuevo en el sugerente título Creación y vacío de Idoia Arbillaga. La poesía mística, por llamarla de alguna manera inadecuada, se renueva ahora desde la lectura del “apasionante mundo de la tradición patrimonial de la cábala”, y más concretamente desde El Zohar, nos referimos al Libro del esplendor y su teofosía.
Uno de los grandes conocedores de esa tradición, José Fernández Vallina, en el prólogo ha sabido vincular en la introducción esos caminos que se reencuentran en el “cavar en lo hondo/horadando el precipicio/afilarlo/ y pasear por él/es vida del poeta/o canto del místico”, según canta la poeta cartagenera. O si prefieren, en una lectura poética y muy personal del libro de Mosé Bem Sem Tob de León en el siglo XIII…y la búsqueda del yo, de la escritura como posibilidad de saber desde ahí “en el vacío”, el “hueco en Dios” o “el vacío en el poeta”, que busca auto interpretarse en tiempo de conmoción. O de zozobra, pues toda esa puesta en duda existencial parte de una elegía de fondo, del llanto por los padres idos y su presencia en el vacío que los recuerda y donde sublima el canto, aunque “todo hiere”. Creación, conmoción y vacío conjurado en el poema forman, autognosis, forman parte de las veredas que navegan por el poemario.
Dividido en cinco secciones con “el aceite negro de la soledad” o la purgación o reflexión hacia el camino hacia “crea el espacio en ti” o a la palabra poética que ha sabido destilarse o generarse en el camino que le ha llevado al balanceo entre palabra y vacío. No engaña en nada el título, ni es pretenciosa su vinculación al Zohar. Todo suena verosímil y tal y como alguna vez he dicho al respecto y al hilo de las palabras de José María Maragall en el Diario de Barcelona por 1905 . Un trabajo titulado “La obra y el título”: “Yo creo que la sana obra de arte es engendrada en una impresión de la realidad que produce la impresión artística: es decir, expansiva: y una vez el impulso de expansión se convierte en expresión, la obra aparece: y cuando la obra ha aparecido, cuando la completa expresión ha satisfecho todo el impulso por la impresión real, entonces el artista, recobrado ya el reposo entre la impresión y la obra, da nombre a esta, a la nueva realidad que ha creado animada por la idea, a su realidad artística. Y el nombre que dé a esta realidad, el título de la obra no esclavizará nada, porque será una mera indicación de lo que se formó en libertad antes de que él naciera, y a lo cual debe él su nacimiento: y tampoco engañará a nadie, porque, si el artista es sincero al bautizar la obra, su título no dará sino una justa esperanza de ella”.
En efecto, Idoia Arbillaga demuestra un buen conocimiento de la cábala judía a lo largo del poemario y muy intensamente en el libro quinto y en el epígrafe, pero no ha querido dejarse abducir por ella, sino cantar desde ella. No hay impostura, sino palanca y gesto para saltar a una aventura de la palabra esencial, limpia en su elegía y reflexión, en el amor también, donde lo inefable necesita ser nombrado, decía Jorge Guillén, ser poema. En ese camino trata de “abrir márgenes/violentar límites/ escribir poesía”, es decir de la concepción de Ortega y Gasset que interpreta la poesía como un “ganar realidad” o dar testimonio de un yo desde la perspectiva expuesta, como testimonio de estas pulsiones emocionales, autoexpresión emotiva de un sujeto, diría Hegel. Siempre desde esta renovada contingencia histórica, y el monismo sustancial del verbo, que mira hacia esa larga tradición de donde mana y llega impulsando a este decantado libro.