La mentira es una flor
Leopoldo María Panero
Huerga y Fierro. Col. Rayo Azul. Madrid, 2020
“Los poemas que se presentan aquí bajo el título La mentira es una flor, fueron concebidos por L.M.P. como un conjunto unitario, acabado y exento (…) Constituyen una cincuentena con principio y fin, abordada y rematada con voluntad de totalidad”, escribe Ángel Luis Prieto de Paula en la nota a esta edición. Y, en verdad, al profundizar en estos textos, puede apreciarse ese afán de integridad que preside su condición.
Desde el advenimiento de una conciencia esculpida por la avaricia del delirio, el poeta madrileño susurra y aúlla un discurso donde la palabra sabe a ruina, a lamento, a muerte. Conocedor de la maldición que muerde los límites de la cordura, agita su versos para que nada quede en el silencio ni se haga sollozo (“Así es el poema, como una oruga que repta por una página”).
La realización de una libertad que suprima en última instancia lo arbitrario se convierte en el punto de partida -¿en el punto final?- de lo real y lo abstracto. Leopoldo María Panero proclama la inmediatez de su insatisfacción, la indeterminada multiplicación de lo innecesario; y, así, buscando el principio intrínseco de la irreductibilidad asume un verso descarnado, donde prima el individualismo dialéctico: “Sólo soy una muñeca sonrosada que gime de no existir/ De estar siempre a solas con el terror de la página/ Mientras una babosa se restriega sobre el papel”.
En la indefensión de su propio estado, el sujeto lírico no reinterpreta lo riguroso de cada concepto sino que vehicula la profundidad de su espíritu en el marco de lo absoluto. Por eso, su quehacer no puede librarse de cumplir con una concreción progresiva, ulterior a su origen. Una vez rotas las amarras con el ayer, queda sostenerse entre los hilos silentes de un hoy múltiple, incierto, crítico frente a las deficiencias del pensamiento. Entre tanto, el orden y el progreso se inscriben en una aspiración cuasi utópica, divergente del bienestar.
Poesía, en suma, que alienta lo doliente, pero que no renuncia a la superación, a la regularización de una ontología capaz de ser destino infinito del ser humano: “Y el viento mañana borrará mi alma, otra vez (…) Porque detrás de la muerte está mi nombre escrito”.