Todo lo que te perdiste por meterte a monja
Begoña M. Rueda
DIfácil. Valladolid, 2020
De este poemario de Begoña M. Rueda (Premio Internacional “Martín García Ramos”) me quedo con varios momentos en que los versos surgen a modo de destello recalcitrante. Así, dice la poeta un martes 7 de marzo de 2017: “La vida es hermosa. ¿Ves?/ La memoria me llena la boca de mentiras y en este mismo parque/ una niña juega al fútbol/ con la cabeza de una muñeca/ que tiene tus mismos ojos”. Es el parque donde dos ancianos que se parecen a sus padres se dan un beso o un palomo se caga sobre el banco donde su amante la besaba. Esto es, la presentación de las cosas prima sobre la música, la representación básica de un mundo a veces demasiado indeseable se apodera de la trama. Por lógica, cuando se acierta al describir la imagen de golpe, queda claro que todas las demás palabras que hubieran venido en vuelo hasta la mente, sobran. El de la imagen directa, inmediata, cotidiana, marginadora de cualquier retoricismo, es un recurso centenario. Algunos de los mayores modernistas anglosajones del siglo pasado lo ensayaron con una fineza inigualable. Sin embargo, la sobreabundancia en este siglo de ejercitantes de recurso tan peligroso resulta, cuando menos, sospechosa. Lo que deviene de cualquier sentimiento o sensación, de cualquier mirada o escalofrío, hay que tamizarlo de alguna forma -no necesariamente tradicional- si se pretende que un presunto lector considere que se halla delante de un poema. Y es en este punto donde el talento se requiere.
En este punto, Begoña M. Rueda (Jaén, 1992), sí aparece dotada de verdades expuestas con el alma en vilo. Así alcanza a comprobarlo quien se aviene a entrar en un laberinto de emociones traídas desde el misterio de ser mujer, desde la ironía relevante y el desconcierto, desde la más alta sinceridad cuando a sus veinticinco años Begoña escribe (un lunes 17 de julio de 2017): “He pensado en meterme a puta./ Como todas las mañanas, me levanto, me aseo,/ me preparo un tazón de cereales y enciendo el ordenador/ con la esperanza de encontrar trabajo.”
Todo lo que te perdiste por meterte a monja está dividido en cinco partes, cinco semanas insólitas. En su prólogo, Rodrigo García Paniagua avisa de que “debajo de la frescura de estos versos se destila una amargura de pérdida y de impotencia.” Da igual. Uno siempre está esperando a que el otro lado de la vida resplandezca de improviso.