El Paraíso de Marco Tulio Aguilera Garramuño

Félix Luis Viera


Recientemente Marco Tulio Aguilera Garramuño (MTAG) nos ha entregado Nostalgia del Paraíso, obra que no es novela ni crónica ni testimonio. Sino todo eso y mucho más. Nostalgia… tiene como escenario en primer lugar, la Amazonia, en segundo el Amazonas y en tercero Colombia.

Son dos planos narrativos que se cruzan o a veces se fragmentan. En uno va el recorrido amazónico de un turista, escritor parco por demás; en el otro un científico maromero que quisiera tomarse a sí mismo por aventurero. Ambos viven en México —ambos nacidos en Colombia—, uno en Querétaro, el otro en Cuernavaca. Ambos —con 49 años de edad— tienen esposas que sufren por la irresponsabilidad marital de quien se ausenta del hogar durante una racha considerable para viajar hasta Colombia y ya en este país adonde el Amazonas, la Amazonia.

Dice el escritor ANTONIA, SU ESPOSA: “Me río de las nimias tragedias que inventa Antonia día a día. La repetición de los actos que sólo a veces se parecen a la felicidad y que resultan ser generalmente carne de tedio”. Y dice el explorador de Susana San, su esposa: “Mi esposa no logra entender la imperiosa necesidad de comercio con el mal. Lo que ella llama el mal. Para ella todo deber ser diáfano, lógico, ordenado. No deja lugar a los sueños”.

Entre los personajes interesantes que habitan este libro hallamos a Mauricio Pérez, llamado el Chirri, guía turístico un poco marrullero pero que realiza con precisión su labor de llevar a quienes han pagado el viaje a lo largo de una considerable porción del Amazonas y la Amazonia colombianos.  Dice el Chirri: “¡Qué no he visto en esta selva de Dios! Yo soy hijo del Amazonas. A mí Londres y París me importan lo que le importa la soga al ahorcado”. Con solo situar las manos del modo apropiado, el Chirri consigue su grito particular, conocido en gran parte de la Amazonia. El Chirri y el escritor hacen buenas migas al punto de que llegan a confiarse aspiraciones de índole profesional. “Le digo a Chirri que estoy escribiendo una novelita (…) Se la cuento. La escucha absorto, con ojos de emoción y todo me hace pensar que él mismo ha sido protagonista de historias (…) en las que un blanco se inmiscuye con un indígena”.

Por otra parte, el Chirri le enseñara al escritor, a veces con lujo de detalles, cómo un hombre blanco puede conquistar a una indígena y qué suerte o mala suerte puede depararle en caso de que subvierta algunas de las estimaciones culturales de ella.

 

En otra de las narraciones paralelas el aventurero-protagonista tiene como guía a Mariño Riascos, un hombre por él conocido azar mediante y que convence al aventurero —ya de por sí urgido de aventuras, si bien suficientemente romántico— para que lo acompañe en una expedición adonde lo más intrincado del Amazonas y la Amazonia colombianos. Riascos en ocasiones resulta un ser pragmático hasta la crueldad. Tanto lo es que, por ejemplo, en medio de un peligro mayor e inminente en las aguas del Amazonas, le dice al pichón de escritor: “Se me había olvidado preguntarte: ¿sabes nadar?”.

El tránsito del aventurero con Riascos está repleto de momentos de alta tensión, desde que, prácticamente al inicio del trayecto, realizan la travesía por las aguas amazónicas en La Vaca Loca, una suerte de canoa con ínfulas de barca de la cual se vanagloria Riascos. Así, sobre uno de los instantes de mayor peligro al enfrentar una montaña de agua, una deriva de la corriente, narra el aventurero: “”Nuestros cuerpos para sostenerse en La Vaca Loca debían pegarse al piso, a las bancas, a los rebordes, con uñas, dientes y cuerdas”. En uno y otro punto del recorrido Riascos se burla del aventurero, bien al observar la vacilación de este, bien exagerando en uno de esos momentos en que se tienta el aliento de la muerte. “La Vaca Loca comenzó a volar y literalmente pasamos por encima de unas rocas sin tocar el agua”. Y acerca de un instante clímax: “Vi a Mariño Riascos que me hacía señales con los brazos apuntando hacia la orilla. Se estaba riendo el perverso”.

Así, hasta el final, unas veces más que otras Riascos continuará subestimando, burlándose en alguna medida del aventurero, lo cual hace más difícil el transcurrir para alguien que, como el aventurero, continúa la ruta quizá ya a su pesar, puesto que entonces no tiene otra opción, aunque la misma obstinación que lo llevó a la Amazonia le prodigue fuerzas para seguir adelante en medio del peligro.

Otro personaje de “carne y hueso” de la novela, valga la paradoja, resulta Nereo el Magnífico, con “vientre de sibarita”, amador de la ciudad de Villavicencio —capital de los Llanos Orientales—, “con su novia 57, Xiomara, una estupenda mujer madura, con dos hijos, un marido ausente…”. Se le llama a Xiomara la novia 57 porque Nereo tiene 56 más en unas y otras latitudes colombianas. Y con ninguna tiene sexo, se trata de una especie de posesión abstracta entre sus novias y él; al menos de él para ellas cierto amor, más que platónico, lírico. “Lo que hay entre ustedes dos tiene dos nombres: represión y calentura”, le espeta el aventurero, inopinadamente, al Magnífico. El devenir de Nereo el Magnífico en Nostalgia del Paraíso resulta una vertiente que mucho estimará el lector.

MTAG se luce con otro personaje inolvidable,  un Pedro Botero que en la esquina más inesperada de la narración nos tira del asiento; nos manda a la reflexión aun en los remansos en que la risa o al menos la sonrisa aflora. Cartógrafo, Pedro Botero tiene 70 años de edad pero la expresión de 20. Por lo que sabemos es un gran amigo del aventurero escritor, degusta una mujer 30 años menor que él —ella “lo venera como si fuera un dios”— y tiene una finca en Villavicencio donde “no solo alimenta a sus perros, a sus reses y conejos, sino a los pájaros de todo tipo, para los que deja colgados racimos de plátanos maduros”.

Si bien resulta un personaje vigoroso, quizá árido por momentos, la llegada de Pedro Botero a Nostalgia del Paraíso acrece la poesía que, entre otros recursos, identifica a este libro.

Justamente en la página 164 —son 281 en total— MTAG retrocede hasta 1999 para llevarnos adonde Adolfo Montaño —quien “conserva el cuerpo fuerte y esbelto de su adolescencia”,  ya con “más de cuarenta años” de edad—, el personaje más descollante de un libro donde hay varios que podrían calificarse de paradigmáticos.

Montaño, biógrafo y dueño de la finca nombrada justamente Paraíso, es propietario además de una inteligencia y memoria asombrosas, conectadas con cierta filosofía sentenciosa que en ocasiones parece trabar una rara comunión, a la par, con la dialéctica y las matemáticas.

Para llegar hasta Adolfo, hasta su finca, Marco Tulio, autor de Nostalgia del paraíso, debe realizar una travesía no precisamente corta y sí repleta de peligros de variada índole.

Dichos de Montaño.

“Después de la guerra nuclear todas las muñecas serán negras”.

“Una señora en una verdulería me quería convertir al protestantismo. Le dije que uno debería amar a los enemigos y que por tanto deberíamos amar al diablo y que el ejemplo nos lo debería dar Dios perdonando al diablo y que de paso nos evitaría este eterno conflicto entre el bien y el mal”.

“Cuando se inventó el trabajo y nació la plusvalía y toda la gente quiso tener tarjeta de crédito, el mundo perdió su encanto”.

En las 11 páginas dedicadas a Montaño, el relato acrece los factores temeridad y obstinación, y también el miedo que “sugiere” el entorno.    Y encontramos en estas páginas el efecto de los hongos alucinógenos, que como podrá constatar el lector libera, amedrenta y acaso horroriza a la vez.

De modo paralelo a la narración principal hallamos un rico anecdotario de índole diversa y trabajado con excelencias narrativas.

Cito algunas a modo de ejemplo:

Dice Lina María, una adolescente hermosa de la que se enamora el escritor: “Por la mañana vienen las garzas a pescar las mojarritas y yo las veo y me siento muy quieta y ellas me rodean y casi puedo acariciarlas. Me gustaría ser una vaca solo para que las garzas se montaran en mi cuerpo a sacarme garrapatas”. Y le pide al escritor que se siente junto a ella halándolo tiernamente. Él: “Su mano era dulce, pero firme”. Y continúa él “a la luz de la luna entre las frondas vi el brillo de sus ojos y supe que aquel instante que calificaría de sublime e irrepetible lo seguiría viviendo en mis recuerdos y en mis sueños hasta el día de mi muerte…”

Y en otro tema el motorista de la lancha en el Amazonas dice: “Yo era de la mafia, hermano, traía coca de Perú y tenía millones de dólares. Maletas de dólares, armarios llenos de dólares. Mi sueño era llevar a mis padres a conocer toda Colombia. Ese era mi sueño. Y amigo, ¡me agarró el ejército! Me interrogaron. Estuve quince días en la cárcel, me sacaron todas las uñas y…”.

El derrotero que toma esta historia nos hace reflexionar y, en mi opinión, nos muestra el camino para perdonar.

Hacia el final cuando uno de los aventureros está a punto de gozar de una indígena huitota, narra: “Seguí deleitándome con su cuerpo desnudo, recorriéndolo con la linterna.” (…) Aquí debo detenerme a reflexionar para no incurrir en descortesías o abusos de la imaginación. Tengo que decirlo: sentí un olor espeluznante…”

Solo varios pincelazos resultan suficientes para ilustrarnos acerca de las distintas etnias de la Amazonia colombiana. Huitotos, yaguas, tikunas, guaharibos  nos envían guiños desde una y otra página de la narración.

De igual modo hallamos referencias concisas e ilustradoras del Amazonas y la Amazonia.

Sirvan de ejemplos:

“Vamos bordeando el río, que frente a [la ciudad] de Leticia tiene una anchura de siete kilómetros”; “Es la mayor concentración de agua dulce del mundo. Recibe agua de más de mil tributarios”; “Las aguas son oscuras pero no sucias. Son oscuras por la cantidad de material orgánico que acarrean desde las estribaciones de las montañas, de donde provienen”; o “La anchura del río Amazonas en la desembocadura es de 17 kilómetros. Un mar de agua dulce atravesando una gran selva”.

“El mayor tormento al que los somete la Amazonia es el de los bichos pequeños diurnos y nocturnos, que aparecen por oleadas, hora tras hora”; “El sol no solo ilumina, sino que tiñe los objetos, los rodea de un halo de esplendor que no se encuentra en ninguna otra parte del mundo”; o “Hasta los botánicos más avezados se sienten humillados ante la pasmosa diversidad de la selva amazónica”.

Algunas de las ciudades y zonas relatadas en Nostalgia del Paraíso son: Araracuara, Leticia —capital del departamento de Amazonas—, Villavicencio o los Llanos Orientales.

La fauna resulta todo lo singular y variado que esperaríamos de una selva, pero aun así el asombro y la admiración van de la mano al encontrarnos, entre otros, con el pirarucu, un pez ornamental que llega a medir cuatro metros y que forma parte de las dos mil especies ornamentales del río; el mono chichico; panteras de “ojos verdes”; delfines rosados; cerdos salvajes; anacondas; tarántulas polleras o guanganas.

A lo largo de Nostalgia del Paraíso encontramos referencias a las guerrillas y al mundo del narcotráfico.  Pero estos temas son abordados, como debe ser, de manera neutral, imparcial, sin decires panfletarios o apasionados.

Cito: “Los narcos colombianos desarrollaron aeropuertos muy originales. En Cayaru, entre Leticia y Puerto Nariño, idearon que los indígenas hicieran casas portátiles que podían mover a su antojo sobre el aeropuerto. El objetivo era que las naves aterrizaran con total sigilo y desaparecieran como tragadas por el pueblo”. “La guerrilla es una fábrica de oro. Por eso no se acaba”. “Aquí todo el mundo convive con la guerrilla. Este es territorio guerrillero, del Ejército de Liberación Nacional”. O “Los narcos colombianos compraban las hojas y el polvo verde. En las islas del Amazonas hicieron sus laboratorios. ¿Quién manda en Colombia?”.

En este libro las llamadas sobre Colombia en unos casos van como información atractiva y en otros no resultan muy amables.

Cito: “La mitad de Colombia no ha sido tocada por el hombre”.

“Asomada a una ventana, con el torso desnudo en todas sus partes, vi a una mujer, visión insólita en Bogotá, no solo por el frío sino por la natural pacatería de los habitantes de esta ciudad”.

“En Cali cualquiera puede tener una mujer portentosa por novia, hasta un humilde chofer de bus”. “Las mujeres caleñas exhiben hasta el impudor”. O “En Colombia suceden cosas que harían ruborizar a Calígula”.

Muy preciso MTAG cuando confronta o respalda a excursionistas, científicos y escritores que, en distintas épocas, han realizado travesías amazónicas o se han referido a esta región. Entre otros, Alexander von Humboldt, Wade Davies, Antonio Núñez Jiménez, Rafael Uandurraga, Álvaro Mutis y Francisco Orellana Fray Gaspar de Carvajal.

Este cronista ha expresado en no pocas ocasiones que una metáfora dice más que mil palabras. La metáfora, el símil alumbran con constancia la prosa —en ningún caso impresionista, pintoresquista— de Nostalgia del Paraíso.

Cito:  “Viajan casi cuarenta personas con las cabelleras aleteando como una bandada de papagayos que planean rozando el agua”.  “De nuevo a Cartagena con la luz del ascetismo y la energía del que sabe sublimar su libido”. “Una lluvia fina como pelo de rata, había comenzado a nublar levemente el horizonte”. “Mariño se frota las manos y sus ojos parecen llenos de pólvora a punto de reventar”. “La huitota sonriente pasaba velozmente avanzando como una bailarina sobre troncos delgados que servían de puentes a pequeños abismos en los que se despeñaba un agua bella y clara”. “Las mariposas se posaban en mi cuerpo como si quisieran celebrarlo”.  “Cuando el motor de la lancha fue puesto en marcha, hubo una desbandada de pájaros, monos y peces. Toda la selva pareció estremecerse. Hasta el cielo pareció temblar como un tapiz o un frágil telón de fondo”.

Nostalgia del Paraíso, además de sus altos valores literarios y documentales, tiene lo que podríamos llamar un extra: hoy, cuando no son pocos los editores que proclaman el ocaso del libro —creación literaria, historia, biografía— igual impreso que digital —se dice que el desarrollo del llamado mundo audiovisual ha resultado el tiro de gracia—, el que nos ocupa posee la ventaja de contar en sus 281 páginas, con 92 capítulos de los cuales la mitad consta de menos de 2 páginas. Vaya, que suena a libro de cabecera no solo para los interesados en conocer sobre aquella selva, sino además para los que decidan saborear la belleza de la palabra sencilla y a la vez concluyente.

 

Termino estas líneas con el epígrafe de Emmanuel Levinas que se lee en el pórtico de Nostalgia del Paraíso: “No es el juicio final lo que importa, sino el juicio de todos los instantes, en el momento en que se llegue a juzgar a los vivos en el trance final”. Me parece que esta novela es lo mejor que ha escrito Aguilera Garramuño, opinión que me parece difícil de sustentar pero que sostengo, si se piensa que este autor ha publicado obras impresionantes y monumentales como Historia de todas las cosas, o novelas de una profundidad y una sinceridad que parecen imposibles, como Formas de luz (el sentido de la melancolía). Y pienso que tal juicio podría corregirse cuando Garramuño publique su libro Memorias indiscretas, obra que leí en borrador y sobre la que escribí, literalmente: “Amigo, estas Memorias podrían ser tu mejor novela”.

En Miami, el sábado 5 de junio de 2021

Del Autor

Félix Luis Viera
(Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los libros de poemas: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC 1976, Ediciones Unión Cuba); Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba); Cada día muero 24 horas (Editorial Letras Cubanas, 1990); Y me han dolido los cuchillos (Editorial Capiro, Cuba, 1991) y Poemas de amor y de olvido (Editorial Capiro, Cuba, 1994). Los libros de cuento: Las llamas en el cielo (Ediciones Unión, Cuba, 1983); En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983, Editorial Letras Cubanas, nueva edición 1988) y Precio del amor (Editorial Letras Cubanas, 1990). Las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de novela, UNEAC 1987, Premio de la Crítica 1988, Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (Ediciones Unión, Cuba ,1995); Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003, Editorial Eriginal Books, Miami, 2012) y la novela corta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997, Editorial Capiro, Cuba, 2002). Su libro de cuentos Las llamas en el Cielo es considerado un clásico en su país. Sus creaciones han sido traducidas a varios idiomas y se han publicado en antologías en Cuba y otros países. En su país natal recibió varios reconocimientos por su trabajo en favor de la cultura. En Italia se le conoce por su novela Un ciervo Herido, editada con el título El trabajo os hará hombres (L’Ancora del Mediterráneo, 2008), que aborda el tema de la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), en realidad campos de trabajo forzado que existieron en Cuba, de 1965 a 1968, adonde fueron enviados supuestos desafectos a la revolución castrista, como religiosos de diversas filiaciones, lumpen, homosexuales y otros. Esta novela, con buena acogida de público y crítica, ha circulado en varios países de habla hispana y en la Florida. En 2010, Félix Luis Viera publicó en México El corazón del rey, novela que incursiona en la década de 1960, cuando en Cuba se establecía la llamada revolución socialista, y que expone el mundo marginal de esa época. Ese mismo año dio a la luz el poemario La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami), publicado posteriormente en Italia por ediciones Il Flogio y merecedor de uno de los Premios “Latina en Versos”, otorgados en aquel país. Ha publicado además las novelas Un loco sí puede (2017), La sangre del tequila (2019), Traicioneras (2019) e   Irene y Teresa (2019).