El umbral insalvable
Miguel Sánchez Gatell
Bartleby Editores. Madrid, 2021
Es 1988, Miguel Sánchez Gatell obtuvo el premio “Adonáis” por su libro La soledad absoluta de la tierra. A éste, le siguieron cinco poemarios más, el último de ellos publicado en 2014, La lucidez del número. Ahora, El umbral insalvable actualiza la voz del poeta madrileño (1965) que sitúa su universo creativo en torno al ámbito de lo pictórico. Mas no queda ahí su palabra, pues su discurso se hace materia moldeable para extender con sabiduría rítmica y versal cualquier frontera temática.
Paul Cézanne, Eduard Munch, Wassily Kandinsky, Paul Gauguin…, alumbran los textos que inauguran la primera sección y en los que la pulsión de las líneas trazadas y su multiplicidad cromática alientan un decir sereno, modulado por la luz que va adensándose entre el tiempo y el espacio interior. El sujeto lírico se sabe presencia, desnuda pureza frente a la contemplación de cuanto vive entre los óleos: “Vencido por la luz, el ajedrez del alba/ desdibuja horizontes y sistemas./ Por fin llega la aurora como un gesto anunciado,/ flor de tinta esparcida sobre el agua,/ ángel austral que vuelve de la guerra”.
La figura de Egon Schiele, de su esposa Edith Harms, y de la modelo y amante del pintor austriaco, Wally Neuzil, adquieren especial transcendencia en sus siguientes apartados, en donde Sánchez Gatell atraviesa los confines de lo perpetuado y convierte en llama el origen de los acontecido. Y así, desde el contorno de su conciencia escribe su nombre de ayer y su residencia futura. O lo que es lo mismo, una hermosa realidad donde la carne, el amor y el corazón se hacen habitación común, esencia de lo que alguna vez pareciera utópico: “Boca plural, huésped de lluvia,/ lengua que corta el beso/ en pasiones redondas./ Alacrán de humedad tu boca abierta”.
En su última sección, la poesía decible, la que nunca se detiene porque es conjuro y forma sagrada frente a la soledad, se alza como referente y regazo del alma. Porque el yo que aúna estos poemas es consciente de que su sed de ser no es sino una manera de convocar lo que más le importa: la revelación que anhela su condición humana, el sucesivo fulgor de su pluma hecha promesa y estirpe: “La poesía es el comienzo/ o el final de un clamor (…) Debe tener memoria,/ tomar la azada para en cada crepúsculo/ reconstruir las ruinas/ de lo no pronunciado”.