
Soy incapaz de acabar esta historia
Las señales visivas no se multiplican, pero cuando lo hacen, siempre de manera imprevisible, es en el momento que la propia verdad del artista queda inscrita en la obra en toda su significación y magnitud.
Tal fenómeno queda claro si nos atenemos a la observación de Kenneth Clark respecto a que las experiencias visuales de los autores no sólo controlan, en gran medida, nuestra imaginación, sino también nuestras percepciones directas.
Añadamos a ello que el hombre ha necesitado instintivamente desde el inicio imágenes para hacer accesible su modo de vida y pensamiento. Primero fue el arte, y después vinieron la revelación y la ciencia. A través de este proceso es como el conocimiento ha aprendido a sustentarse a sí mismo para seguir comprendiendo e innovando.
Cierto es que esa transmisión de verdades de las que el arte es sujeto creador y depositario, dada su identidad e idiosincrasia, no puede expresarse más que en la forma que le es propia. Por lo tanto, son verdades, aunque sean mentiras, reveladas simbólica y definitivamente.
Que algunos historiadores del arte sostengan que el carácter anárquico e intuitivo -les faltó acordarse del subjetivo y esotérico- del arte moderno es un síntoma de la civilización europea -parece que las otras no cuentan- es una apreciación fruto de la confusión y desorientación.
Kenneth Clark declara por su parte que el arte que calificamos de moderno es, con distintos matices, un testimonio vital genuino de la contemporaneidad, que provoca, ante esa multitud de alternativas que se presentan, que el artista tienda, a la vista de la negrura e incertidumbre de su entorno y del mundo exterior, a arrojarse en él para gritarle o recular hacia su interioridad a fin de que le permita labrarse y crear en silencio su propia identidad.
Pero siempre nos quedará la duda de si los extremos opuestos que se pretende armonizar en la experiencia que vivimos y sentimos como respuesta a los reclamos del arte, se producirán con la intensidad que demandamos, con independencia de que sean capaces de obtenerla a pesar de la cantidad limitada de energía y creatividad a que les condena el tiempo.
Además de muerto, bien enterrado
El francés Ingres (1780-1867), con la encomiable arrogancia del gran creador que era, no perdonó ni una, ni siquiera a los que pasaban a peor vida después de estar encantados de haberse conocido, pues a mejor vida, digo yo, sólo pueden ir los que han recibido tantos palos en su ínfima existencia que no les queda otra alternativa que esa.
Por eso, su conducta fue modélica cuando el napoleónico barón Vivant Denon, director general de los Museos franceses, la diñó en 1825. Muy modosito y contrito, Ingres parecía un alma en pena a la hora de unirse al cortejo fúnebre del finado enemigo –su “anti-moi como él mismo lo calificaba- y marchar detrás del ataúd por las calles de París hasta su llegada al cementerio. ¡Qué perdida, qué pérdida para Francia!, repetía en voz susurrada y mostrando con ello su pleitesía más mordaz a este grotesco personaje, que tuvo la osadía de negarle el ingreso en la Academia de Bellas Artes.
En realidad, según contó él mismo posteriormente, se desternillaba ante el viaje al infierno de un miserable que siempre le había acusado de falta de talento y capacidad artística. Y la razón de su presencia en su entierro era nada más y nada menos que asegurarse más allá de toda duda de que su adversario estaba bien muerto y enterrado. Incluso examinó la tumba con la mirada y dijo: “Bien, muy bien; ahora sí sé que está ahí, y ahí se quedará”.
Y lo mejor todavía no había acabado, por cuanto a continuación fue elegido para ocupar precisamente la vacante además del sillón – ¡Quién se lo iba a negar ahora! – del ilustre e imbécil difunto. Un placer inmenso que a todos nos debería estar reservado. Si Ingres se opuso al perdón y así lo manifestó para la posteridad, esa es la actitud que competía a un artista de tal magnitud como él. Que algunos digan lo contrario –es poco cristiano, señoría- es irrisoriamente meritorio ante la inmortalidad de una obra inconmensurable. Ya le pueden acusar ahora de pintor “gótico” –ni ellos sabían lo que significaba- o que el crítico Théodore Silvestre, al contemplar su obra “Edipo y la Esfinge”, le considerase “un chino extraviado por las ruinas de Atenas”.
Acerca del arte contemporáneo se me ocurren cosas disparatadas
Mucha de la sofisticación del arte contemporáneo nos hace recalar, salvando las distancias temporales, en las imágenes cristianas de la antigüedad que, para saltarse las prohibiciones bíblicas, recurrían a la plasmación de signos de cara a la transmisión de significados doctrinales. Lo cual no les sirvió de nada porque lo que necesitaban eran escrituras para legos e iletrados fácilmente comprensibles (papa Gregorio).
Por consiguiente, después de una denodada lucha dogmática, se decidió retornar al caudal figurativo sabiendo que las esculturas y pinturas, los frescos y murales, proporcionaban devoción, aprehensión, información, fe, redención y perdón. Después, esta imaginería aparentemente accesible –siempre se guardaba una trampa- se usó también como instrumento ideológico y de poder. Al fin y al cabo, no se iba a perder tal oportunidad de control a la vista de los evidentes e inmejorables resultados.
¿Qué es entonces lo que acontece ahora? Pues que volvemos a los sistemas crípticos de representación simbólica y conceptual. Las iconoclastias se suceden, llaman a la rebelión y los mal llamados “demiurgos” del mal son tan imparables y creativos que nos deparan una sorpresa tras otra en forma de “iconos” visibles e invisibles, complejos unos, herméticos otros, incluso cochambrosos, abyectos y sanguinolentos.
Ya no hay deleites sensoriales ni contemplaciones celestiales o siderales, ni magias espirituales ni éxtasis plásticos. Y de haberlos, hay muy pocos. Tal es así, que en apoyo de esta tesis está el ejemplo medieval del cráneo milagroso de santa Fe (una mártir del siglo IV) con el rostro de oro. En la actualidad los cráneos como motivos artísticos –algunos repletos de diamantes- se multiplican, pero desgraciadamente ya no hacen milagros. Una pena. Así es como se fueron perdiendo pasajes para el cielo –abajo hace demasiado calor.
En definitiva, que los textos escritos se hacen esenciales en estos momentos para el entendimiento del arte de hoy si somos capaces también de descifrarlos, que tampoco es tan sencillo, algunos son tan oscuros como si nos propusiéramos leer de noche y sin más luz que la del Espíritu Santo –lo que es una molestia para él porque le pagan para dedicarse a otros menesteres.
Vamos a tratar de aclararlo más, aunque se quede más oscuro y correoso
Sabemos que la línea estética y la irredimible dignidad del arte siempre han de estar fundamentadas en la transgresión y rechazo de reglas, cánones, normas, convenciones, modas y categorías generales existentes, es decir, de cualquier intento de objetivización y, por lo tanto, de normalización.
Entonces, si es evidente de que ha llegado el tiempo de que no haya términos definitivos y sí multitud de contextualizaciones –ni el color es en realidad como es sino en función de su contexto-, es la oportunidad de recordar que lo artístico es un hecho singular y hasta un acontecimiento portentoso.
No obstante, en la actualidad se habla de que el mundo del arte está obsesionado con el poder, tanto como para que el auténtico quede cada día más oculto. Y algo hay de cierto debe de haber en ello cuando año tras año se repite la misma pregunta y es la misma historia: ¿quiénes son los diez, veinte o cien más poderosos en este ámbito? Por consiguiente, nos enfrascamos en reflexiones restringidas a intereses, implicaciones, actuaciones, celebraciones, que únicamente afectan a una parte del total, que en ocasiones incluso queda absolutamente huérfano.
Y otro aspecto a considerar es que si el arte es una experiencia que además de la insustituible contemplación –entendiendo que la misma engloba innumerables modalidades y hasta acciones y efectos- hace jugar al espectador un papel más activo, afirmar que también era necesario por cuanto serviría para superar una precisa y mera mirada que sólo coadyuvaba a suministrar un mayor afianzamiento de la burguesía en su nueva (sic) posición social, me parece una solemne estupidez.



