
Poco antes de terminar el último párrafo de la novela Moon Palace o El Palacio de la Luna (1989), concluí que toda esa historia narrada por el personaje Marco Stanley Fogg, a lo largo de siete capítulos, proclamaba constantemente ese necesario afán por comprenderse quién a ciencia cierta era. Desde las explicaciones sobre las vicisitudes y el pasado de su tío Víctor hasta las recreaciones de la vida de un Salomón Barber que termina siendo su padre, ese continuo ir narrativo hacia el ayer, me hacía considerar como probable, un planteamiento de fondo, dado por el propio autor Paul Auster, sobre la importancia de conocerse uno mismo, a partir de las interrelaciones no sólo en el campo físico-geográfico, sino en el entorno interhumano-emocional e intersubjetivo.
Interrelaciones y habitus
Por supuesto en el texto novelesco se debe distinguir entre la voz del autor, la voz del narrador y las voces de los personajes. En el dilema de las dos primeras voces, el autor cauto, sabe separar su voz de la voz del narrador, pues quien habla y relata en el contexto de una novela, no necesariamente tiene que coincidir con los criterios y la visión de mundo que pertenecen al autor de la obra; sin embargo, esos criterios, esa visión de mundo del escritor, algunas veces, muchas veces, por lo general se filtran, se plantean de disímiles modos, por ejemplo, puede que se filtre mediante la voz del narrador y puede ser mediante las voces de los personajes.
Indudablemente, la voz del autor merodea tras las tramas, los episodios, las descripciones, los diálogos, de allí que sea su obra, una creación en la cual se ha esforzado para darle al lector un “mundo literario”, verosímil, donde más de una vez lo imaginario y lo real se entremezclan o puedan mezclarse.
En la novela de Paul Auster la voz del narrador fundamentalmente se centra en Marco Stanley Fogg, quien recrea su historia, recreando la historia de otros: la de su tío Víctor, la del viejo y casi desquiciado Thomas Effing, la del obeso Salomón Barber, la de su amante Kitty Wu, entre otras. En el fondo su historia, es decir, la historia de este personaje narrador representa un conjunto de las historias ajenas, en donde una y otra se intercalan, en donde una y otra de algún modo irremediable parece depender o hallarse indisolublemente vinculada a la otra.
Entre tal interrelación de vidas que aparentan desperdigadas, aisladas, pero a la vez estrechamente unidas, la novela pone en marcha, por un lado: el mecanismo técnico asemejado a las cajas chinas, en donde se interpolan nuevas historias, nuevas vidas dentro de una historia en desarrollo y una vida que se va autodescubriendo, desentrañando pasados y su pasado; por otro lado: hay una tendencia ensayística que una y otra vez aparece, pero sin hacer del desarrollo argumental de la novela, un esquema tedioso -por lo menos para mí-, pues contribuye a que esa interrelación de vidas y de historias que básicamente va narrando el personaje Marco Stanley Fogg, se comprenda en la mayor amplitud.
Exagero si dijera que la visión del personaje Marco Stanley Fogg corresponde a la visión de Paul Auster, pero intuyo que existe una probabilidad de enfoques compartidos, quizás sobre los pasajes que permiten la valoración de esa ciudad Nueva York “literaturizada”, quizás la valoración sobre la comunidad judía, quizás la valorización sobre las diferenciaciones que se hacen entre el este y oeste estadounidense, o sobre la indiferencia, la solidaridad, la trascendencia o no trascendencia del dinero, sobre la educación universitaria en Estados Unidos de América, por tan sólo mencionar unos cuantos aspectos.
Las interpretaciones del Yo
La arquitectura de Moon Palace o El Palacio de la Luna inicia y termina como una búsqueda del ser, del qué soy, del qué verdaderamente deseo y quiero, desde su principio hasta la última página, no deja de estrujarle al lector que nadie es ni se puede comprender a totalidad, alejado del entorno, del pasado, de las otras vidas que muchas ocasiones consideramos aisladas, indesvinculables, deplorables, repugnantes, sublimes o sombrías.
Cuando el personaje narrador en el capítulo 4, describiendo al aparentemente estrafalario Thomas Effing, nos dice: “Su personalidad se basaba en tan gran medida en la falsedad y el engaño que era casi imposible saber cuándo decía la verdad”, en tales expresiones observo uno de los rasgos que perdura a lo largo de la obra: el rasgo de una preocupación por ser auténtico como un conflicto interior, del yo, en otras palabras, el dilema individual-social de las apariencias, el asunto de parecer y ser entre la disyuntiva de valores y convicciones propias o basado en el qué piensan los otros, en el cotidiano qué dirán sobre mí.
El personaje narrador (Stanley Fogg) nos ofrece las claves de relaciones humanas bajo la lupa analítica de la novela, no sólo de su interrelación con ese personaje que unas veces aparenta desquiciado, en otras con una sapiencia asombrosa, sino, además, de la falsedad, del engaño, de la verdad que, como elementos aludidos en la oración transcrita, son recurrentes preocupaciones, así desciframos: la falsedad del entorno, las falsedades de quiénes rodean, las falsedades que nos son congénitas, el engaño del que se es víctima, el engaño del que somos victimario y la verdad sobre quiénes somos, la verdad sobre quiénes queremos ser.
Ese personaje que nos narra, inicia considerando a ese otro personaje (Thomas Effing), un engañador, sea porque asume tales posturas estrafalarias, tales comportamientos que rompen la supuesta sensatez, que riñen contra la lógica de la rutina, con los moldes sobre cómo debemos ser y comportarnos; se convierte en un juzgador del otro, pero olvidando que su lógica, su sensatez, sus moldes sobre el cómo se debe ser y comportarse, similarmente pueden ser objeto de crítica, como en efecto, propiamente se van juzgando, dándose pie a una secuela de crítica-autocrítica, de juzga, pero júzgate también, de crítica, pero critícate también.
Se trata de uno de los dramas constantes de la vida: el ver los defectos en el ojo ajeno, acumulando desmesurada paja en el ojo propio; quien emite criterio crítico, ese personaje-narrador, viene de hallarse a la intemperie, sin rumbos, sin certeza de hacia dónde debe ir ni qué hacer.
¿Pero acaso los destrozados del mundo, los destrozados de las sociedades perversas, no pueden ser críticos, no pueden juzgar?
En el caso de Marco Stanley Fogg, a medida que se ahonda en dichas interrelaciones, a medida que considera poseer mayores elementos para juzgar a los otros: a su abuelo Thomas Effing, a su amante Kitty Wu, a su padre Salomón Barber, a medida en que se considera con las suficientes razones para criticarlos, los comienza a justificar, simultáneamente comienza autocomprenderse, a conocerse en su vastedad, en su pasado, en los porqués de su vida, de su historia y de su visión de mundo.
Tras esa descripción de una ciudad de Nueva York que apabulla y cuyos transeúntes aparentan indiferentes, yendo y retornando a montones por sus calles, luciendo como seres en un cotidiano anonimato, tras ese esquema que expone la diferencia del este y oeste estadounidense y de una sobrevaloración del dinero para la sobrevivencia, el campo humano-emocional se dibuja y redibuja en la obra, no queda exenta de los vaivenes e impactos del campo físico-geográfico en donde los personas interactúan, pero que al mismo tiempo nos dicen, los ciudadanos del mundo -y pienso en aquellos que emigran- son impactados por derredor, por las circunstancias que tocan afrontar, por las historias y el pasado que llevamos en nuestras complexiones, en nuestras reflexiones y memorias.


