Entre murallas

Del poemario Entre murallas (Ilíada Ediciones, 2022)

Patricia Alejandra Núñez (Buenos Aires, Argentina). Poeta y psicoanalista. Ha publicado los libros Los rostros y la noche, Flores blancas, Pájaros en el desierto, La vida entre los ojos, La noche en la orilla de la luna, El sueño en mis manos, La mirada y Un relámpago de otoño. Ha participado en numerosos encuentros y festivales de poesía.

Puede adquirir el libro aquí: Entre murallas – Poesía – Patricia Alejandra Núñez


Estoy deambulando a ciegas. ¿A quiénes llamaré para amarrar mis sueños? Las olas gigantes tragaran el tiempo. Nadie mira entre murallas. Corren sobre las cornisas las horas, estamos dispuestos a comenzar. Tengo las manos desarmando el dolor.


Aquí en el lecho la piedra esta apretada y no me suelta. La ingenuidad del corazón atravesando el cuerpo. Mi silencio llora, el alma llora. No veras crecer nada sino caminas. ¡Levanta las piernas! El pasto crece, los pájaros saben morir. La nostalgia, este bosque sus follajes oscuros, hunde y cubre sobre mis heridas la voz de mis palabras. Quisiera tumbarme con el sol y la noche. Las fuerzas traen raíces, hasta crecer. ¡Alto, alto! Cantar la música de los pájaros, su sinfonía…

El puente sigue allí, ese lugar que fue un verano, en este alto para bajar y esperar sobre las anchas formar el cortejo de los trenes. Una vez fueron lentos, una llegara lenta, el ritual del viaje, los horarios lentos, el crujir de los asientos el color oscuro, la llegada a estaciones silenciosas en un mundo silencioso. Ahí esperábamos, con el tiempo largo, en horas largas y sin velocidades altas. Las horas del puente para ver sobre la brisa, en calles de obreros, de madrugadas pobres, de silencios y gritos. El puente nos vio pasar, con un auto lento, un domingo lento, con relojes hermosos para saber.


Ya no corres para mirarme, te alcanzo como se alcanzan los ojos en los sueños.

¡Así será mamita! Mirar cuando la tormenta se desata en el viento, mientras las dunas resguardan. Los ojos quieren empaparse de lluvia

 ¡Que caiga sobre el rostro, mientras la vida nos visita! No hay más que gaviotas y olas. Los perros se refugian, quedamos así de quietitas para mover el alma, recorrer y sentir que este momento nos sumerge en el aliento. Asombro, sonidos de animal. Puedo presentir cuando respiras que el cuerpo es el murmullo y esta briza la sangre. Si quiero las mañanas, las aguas, el color, el cielo. Tardan, se demoran. Así es. Después las aguas se calman, peces curvando las líneas, amarillos y vegetación, multitud de aves blancas llegan del norte quizás. Estamos aquí con el sonido del lugar y el cuerpo se pliega de arenas, me vuelvo para mirarte y veo nacer el amor.


La verdad. Los peces, el hombre, las algas. Blanco espesor de la sal. Altas montañas, mar de rio, rio de mar. El sol presencia lejana, rojo, llamaradas entre las nubes, negras y grises, el rojo del sol, abiertas muestran el azul del invierno. Se mueven, lento se mueven una y otra vez. Vaporosas nubes, las aves, el silencio del atardecer, brusquedad del frío. Descenderá con la nieve, negro azul, fuego del horizonte. ¡Se anuncia, se anuncia!


Un camino dorado, las violetas, la copula del sol. Erótico, sexual, hambriento, estalla en color. Se abren, redondos, rectos, oblicuos, un monte paralelo. Presencia, lejanos testigos del invierno, la luz. Se moja, toma del aire su flor. Transmigra, llora, se entrega. Naranja, rojo, negro, un color desconocido, la lengua, los ojos, este verbo que no puedo encontrar. La memoria, un estímulo cerebral, mi columna vertebral entre los pétalos, las margaritas el reino de las flores, estoy ahí entre pistilos y tallos. Me desnudo con los girasoles miro atenta al sol. Vuelco los brazos entre rosas, y las violetas se arriman a mis ojos, la hierba me respira, me abro entre bellos colores, me dicen los siento soy con aroma de ser y volatizo. Mis ojos, los oídos, corazón del movimiento.

Sexualidad, crece entre hojas blancas, las margaritas serán mis cabellos, la nariz los narcisos. En este territorio no hay más que bruma y las manos del rocío.


Danzan, bailan, se mueven sin palabras, emoción de abrirse, de cerrarse mientras el tallo las sostiene. Nacen dulces quizás amargos. Un ojo secreto, la redondez, esas hojitas que miran el mundo. Habrá que inventar las palabras, transmigrar, rozar, cometer el pecado de sentir. Sensible riqueza de estar. Un arroyo llega, trasciende el bosque, muestra como el agua se vuelve color, arcoíris, plateadas gotas en multitud, su voz se desciende entre las flores, bordeadas como perlas entre miradas ajenas. Quizás el agua regrese cristalina para humedecer los ojos.

Tornado, la naturaleza, ojos del terror, la frágil sombra se vuelve feroz, oscuridad, la ciudad, los escombros, volver entre los ojos del dolor a construir, los muertos su perpleja paz. Abrazada a tu erótica formas insisto, cuando se debe insistir con el sexo hasta convertirse en la fruta de quien quiere desoír el estupor.