Johan Ramírez (Caracas, 1982) estudió periodismo en la Universidad Central de Venezuela. En 2013 se mudó a París, donde cursó una licenciatura en Estudios Internacionales y un master en Comunicación Política en La Sorbona. Ha escrito reportajes y crónicas de viajes para distintos medios en América Latina, entre ellos National Geographic Traveler. Actualmente reside en Berlín, donde trabaja para el canal alemán, Deutsche Welle. En 2019, esa cadena lo envió a Bogotá como corresponsal para Latinoamérica. Ilíada Ediciones publicó en 2020 su libro de cuentos Fe de erratas y acaba de publicar esta novela.
Puede adquirir el libro aquí: Porque todos hemos soñado con París – (Novela) – Johan Ramírez, Ilíafa Ediciones, 2022.
I
En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Se quedó de rodillas todavía unos segundos, el tiempo de un último susurro: Padre, perdóname. Las manos juntas a la altura del pecho, la cabeza inclinada, los ojos cerrados, los labios tensos, una fatiga general, pero no del cuerpo: era un hartazgo del alma. Se levantó, y mientras lo hacía sintió que el Cristo de madera lo repudiaba desde la cruz. Se puso el alba, se la ciñó a la cintura con el cíngulo, y finalmente se colgó la estola sobre el cuello. Se compuso el cabello con los dedos, y mirándose en el espejo, la imagen proyectada se le antojó ridícula:
―Pareces un payaso ―se dijo, como si le hablara a otra persona.
Se ajustó el reloj en la muñeca, se frotó los zapatos contra el pantalón para sacarles lustre, y volvió a santiguarse, ahora mirando el cuadro de la Virgen de las Mercedes. Eran las cinco y cincuenta de la tarde. Se metió en la boca un caramelo de menta para tratar de cambiarse el regusto agrio del aliento, y por fin salió del pequeño departamento parroquial donde vivía desde hacía ocho años y seis meses. Afuera, el aire no era muy distinto del que dominaba el espacio interior. Y es que toda la planta superior de la iglesia olía a vetusto. Y no era nada nuevo. Siempre había olido así, como si le hubieran sembrado ese aroma tan particular desde el 3 de abril de 1763, el día remoto en que el rey Louis XV instaló aquí la primera piedra. Pero no era un rancio normal, como el de las bibliotecas antiguas o los armarios olvidados. Éste era distinto, y le gustaba pensar que no era otra cosa sino el olor de la Historia, sí, esa que se escribe con mayúscula. El aire del pasillo era duro y frío, y no solo porque estuviéramos ya en otoño, sino porque allí arriba, protegida tras esas espesas murallas de piedra, la atmósfera era gélida sin importar la temporada, donde no llegaban ni los vientos dulces de la primavera ni la canícula irrespirable de los agostos más demoledores. Descendió lentamente los nueve pisos hasta la planta baja. La vieja escalera de caracol también flotaba en un limbo añoso que a veces lo hacía estornudar. Los peldaños estaban tan acostumbrados a las subidas y bajadas de sus fieles ―o infieles, quién podría saberlo ahora―, que se habían deformado, y donde antes hubo filos perfectos, ahora había curvas pronunciadas. En la medida en que llegaba a los niveles inferiores, fue sintiendo, como siempre, la esencia apelmazada de la cera derretida, de las flores secas mezcladas con las flores frescas, fue oyendo los murmullos, los pasos sigilosos, las discretas expresiones de asombro ante las esculturas de Rude y Pradier, los disparos mecánicos de las cámaras de los turistas, el goteo del agua bendita en las piletas de mármol. Y recordó el día en que él mismo se sorprendió al entrar por vez primera en esta iglesia.
Martes, 30 de abril de 2010. Era un día espléndido, como esos que brillan en París cuando el buen clima reclama su lugar, dueños de una transparencia sublime, de una nitidez absoluta que, al ser tan definitiva, permiten como en ningún otro momento del año, y en ninguna otra ciudad, admirar las pintitas de colores de las prímulas y los trazos delicados de las hortensias. Aquel día, la iglesia estaba repleta de azucenas blancas. Un matrimonio había tenido lugar a mediodía y la decoración permanecía aún en su lugar, con una alfombra de pétalos y granos de arroz cubriendo el suelo del vestíbulo.
—¡Ah!, el amor, el amor: un mal vicio necesario —suspiró el sacristán Alejandro Marcano, quien lo recibió aquella tarde con la desenvoltura de sus días mejores.
Acababa de cumplir cuarenta años, pero mantenía la personalidad de un adolescente. Era de humor fácil, sonrisa permanente y corazón irremediablemente enamoradizo. Amaba la iglesia de la Magdalena. Le parecía un recinto que imponía solemnidad, y no solo por su carácter divino, sino, sobre todo, por sus columnas colosales y sus esculturas faraónicas. Conocía de memoria la historia del templo. La había estudiado en libros antiguos y recientes, y gracias a ello estableció una cronología detallada de la construcción, que fue tan rigurosa y quedó tan bien hecha, que pasó a formar parte de los cartularios de la parroquia, luego se utilizó para hacer reproducciones resumidas que se imprimieron como folletos turísticos para las Jornadas del Patrimonio, y más tarde, a principios del año 2000, terminó empleándose como base cuando se creó el primer sitio web de la iglesia. Durante años hizo investigaciones minuciosas sobre cada obra, sobre el frontón de la fachada, sobre las efigies de los nichos, sobre los mosaicos monumentales y el fresco del trasaltar. Indagó la vida de los artistas encargados, la evolución de sus carreras y la forma, a veces fortuita, en que terminaron metidos de cabeza en estas canteras de Dios. Gracias a una recomendación de la diócesis, en los Archivos de París tuvo acceso a los planos originales de la construcción. Los desentrañó minuciosamente durante semanas, hasta que ya no quisieron prestárselos más por temor a que se siguieran deteriorando. Pero ya para ese momento tenía un cúmulo de anotaciones tan rico, que le permitió organizar unos talleres de dos meses abiertos a todo el público, que tituló Los secretos de la Magdalena. De manera que casi no había un resquicio de ese edificio que él no hubiera visitado. Ni tampoco un objeto, una carta, una llave, lo que fuera, cuyo paradero él no conociera. Se consideraba el velador de un lugar santo, y con esa seriedad asumía las labores cotidianas. Y por las noches, cuando agotado apagaba los últimos candiles antes de irse a dormir, se sentía como un sereno haciendo ronda en un lugar salido de otro tiempo.
—Es una iglesia extraordinaria —dijo el cura cuando comenzaban la visita aquella tarde de abril.
—El plan original era instalar aquí la Biblioteca Nacional —le contó el sacristán con la prestancia de un guía turístico—. Luego cambiaron de parecer, y decidieron que sería el Teatro de la Ópera. Pero eso tampoco se concretó. Más tarde, Napoleón firmó un decreto ordenando la construcción de un templo que sirviera para recordar la gloria de la Armada francesa, pero la idea se vino abajo. Hasta que, en 1837, resolvieron convertirla en la primera estación de trenes de la ciudad.
—¿Y qué pasó? —preguntó el sacerdote.
—Ocho años después, la sabiduría de nuestro Señor iluminó el buen juicio de los gobernantes, y finalmente la consagraron iglesia de la Magdalena.
—Domino Optimo Maximo sub invocatione Sanctae Mariae Magdalenae —dijo Eduardo cuando escuchó la explicación, citando la inscripción que decora el frontón monumental de la fachada.
—Exacto —respondió el sacristán, y tradujo—: Al Dios muy bueno y grande, bajo la invocación de Santa María Magdalena.
—¿Napoleón? —preguntó el padre Eduardo señalando el fresco colosal que culmina la bóveda principal de la nave mayor, a unos cuarenta metros de altura sobre el presbiterio.
—Sí, Napoléon.
—¿Está a las puertas del cielo? —preguntó el cura con asombro.
—Efectivamente —respondió el otro—, pero no es el único: allí están retratadas las grandes figuras del cristianismo: el emperador Constantino, San Agustín, los papas Urbano II y Eugenio III, el rey Luis VII, Ricardo Corazón de León, Carlomagno, Juana de Arco, Rafael, Miguel Ángel, Dante Alighieri y los apóstoles. Y fíjese que arriba de todo, por supuesto, está el propio Jesucristo esperando a Napoleón para darle la bienvenida.
Ambos rieron ante la excentricidad. El recorrido dentro del templo se prolongó durante buena parte de la tarde, siempre ameno y cordial, con el padre Eduardo lanzando preguntas curiosas y el sacristán respondiéndolas al detalle con entusiasmo. Fue una charla tan agradable, que cuando la visita terminó, se fueron a Le colibri, un bistrot que hace esquina frente a la iglesia, para comer un confit de canard con una copa de vino. Aquello no sólo sentó una buena base entre ambos, sino que fue sobre todo el augurio indubitable de la entrañable relación que habrían de construir a lo largo de los años por venir.
—Bienvenido, padre Eduardo —le dijo el sacristán al final de la comida, levantando su vaso para brindar—, espero que su estadía en esta iglesia esté llena de bendiciones.
II
Alejandro Marcano era un hombre bajito y retaco, con una sonrisa afable que parecía resistir incólume hasta los peores embates. Tenía los cabellos negros y ondulados que peinaba hacia atrás con un cepillo de peluquero, y luego, con la punta de los dedos y de un movimiento veloz, se sacaba sobre la frente un copete frondoso como un abanico de crinolina. Iba siempre de camisa y corbatín, cada día uno diferente: de seda para las ocasiones especiales, de mariposa para los días de misa, de punta redonda para las fiestas, de diamante para las cenas importantes, de ala de murciélago para la ópera, estampados para el teatro, fluorescentes para el cabaret, de lino para el verano, de terciopelo para el invierno, de corcho para variar, de papel para sorprender, con escarcha para Año Nuevo, con lentejuelas para carnaval, de madera de vez en cuando, de cristal para ese día anhelado que tarde o temprano habrá de llegar.
—Usted debe tener una colección interminable —le dijo el sacerdote alguna tarde, cuando habían pasado varios meses y ya se tenían más confianza.
—¿Quiere verla por usted mismo? —le preguntó el sacristán.
—¿A qué se refiere?
—A mi colección de corbatines.
—Entonces sí tiene una —sonrió el padre—; pues sí, claro, me da curiosidad verla.
—Lo invito a mi casa.
El departamento de Alejandro Marcano se ubicaba exactamente en el mismo emplazamiento que el del padre Eduardo, solo que en el flanco opuesto de la iglesia. Para llegar allí había que subir por unas escaleritas de piedra muy antiguas, que iban dibujando curvas de caracol desde la planta baja hasta el último nivel, nueve pisos más arriba. En el ala derecha vivía el padre Eduardo, y en la izquierda, el sacristán. Ambas residencias tenían más o menos la misma disposición, pero apenas uno entraba a la casa de Alejandro, quedaba en evidencia que allí moraba un peruano: de la pared del fondo colgaba una postal de metro y medio de las ruinas de Ollantaytambo, en el Valle Sagrado de los Incas. Había también una copia de la Virgen del Carmen salvando almas del purgatorio, pintado al estilo de la escuela cusqueña, y sobre el comedor, un aguayo amarillo con bordados rojos y azules llenaba el espacio de luz. De la nevera sacó un par de cervezas Cristal, y de la despensa una tacita llena de cancha con sal, que parecía tener lista de antemano. Pero, asimismo, el lugar tenía el toque francés que Alejandro Marcano le había dado a su vida a lo largo de las últimas dos décadas. Había puesto a sonar un disco de Mylène Farmer, y sobre el aparador en media luna convivían una foto de Juan Pablo II diciendo misa en Notre Dame, un retrato de Brigitte Bardot, y un póster tamaño carta de Johnny Hallyday. Abrió las cuatro gavetas de una cómoda Rosewood estilo Luis XVI, y así le mostró los ciento ochenta y nueve lazos de su repertorio personal.
—Los he ido comprando durante toda mi vida, uno a uno, en viajes, ferias, mercaditos de pulgas, boutiques de diseñador: me parece que no hay prenda más elegante que ésta en el armario de un caballero.
Al padre Eduardo le llamaron la atención dos en particular: uno estaba dentro de una cajita de plexiglás.
—Lo usó Louis de Funès en Cannes para el estreno de Le Gendarme de Saint-Tropez —le dijo el sacristán—, y sólo me lo he puesto una vez: en 1997, para la visita del Papa a la Jornada Mundial de la Juventud.
El otro estaba dentro de un cofre del siglo XVIII. La carcasa era de roble y la chapa de amaranto, y tenía incrustaciones de palo violeta y palo rosa, y un cerrojo que parecía de bronce. El sacristán tuvo que abrirlo con una llavecita de paleta para mostrarle lo que había adentro: era la pajarita de cristal.
—La estoy guardando para una ocasión muy especial —le dijo.
—¿Cuál? —preguntó el cura con entusiasmo.
—Ahora no se lo puedo decir, es un secreto pues.
—¿Pero me lo dirá algún día?
—Tal vez sí, cuando nos tengamos más confianza… por lo pronto, puede tutearme.
—Bacán. Y tú también puedes tratarme de tú —el cura le devolvió la cortesía.
Aquel era un paso cargado de simbolismos, porque en Francia, tutearse es un derecho reservado a las personas cercanas.
—Se nota que te has vuelto muy francés —le dijo el sacerdote con una sonrisa.
—Ya, no es para menos: llevo diecinueve años viviendo en este país.
En 1991, Alejandro Marcano vendió sus pocas pertenencias en Lima y se vino a Francia. Tenía veinte años y dos maletas, y en el bolsillo, lo justo para vivir tres meses y pagarse, dos veces por semana, un curso extensivo en la Alianza Francesa del bulevar Raspail. Como pudo, alquiló un apartamentito minúsculo en el noveno distrito de la ciudad, y allí se instaló con lo mejor de sí, durmiendo incluso con sus abrigos y sus ropas de salir para sobrevivir como fuera las peores acometidas del invierno. Era noviembre. Un mes después, la ciudad fue asaltada por unos vientos desenfrenados que dejaron en las calles un reguero de ramas secas y decenas de árboles caídos. El vendaval sacudió las ventanas del estudio donde Alejandro vivía, desajustando los goznes y doblando las bisagras, con lo cual el frío helado de las noches comenzó a colarse por las rendijas. El espacio interior quedaba paralizado cuando el sol se ponía, y la temperatura bajaba conforme pasaban las horas, hasta que en las madrugadas imposibles parecía escucharse el tiritar incontenible de todas las cosas, de los libros húmedos por el aire glacial, del ficus reseco y desamparado sobre la mesita de comer, del solitario corbatín de muselina que había traído de Perú, un regalo de la abuela Mema que terminó por convertirse en su amuleto ineluctable de la buena suerte.
Una vez, no teniendo ya nada más que ponerse para calentarse, acabó por desmontar el estor de la ventana y se enrolló en él. Dormía hasta con los zapatos puestos. Pero la verdad es que eran esfuerzos inútiles ante un invierno tan despiadado como aquel. Pero sólo una cosa lograba templarle el corazón, aunque esto no sea sino una mera metáfora.
—Sólo una cosa me reconfortaba —le dijo al cura—: pensar en el motivo que me trajo a esta ciudad: mi pasión por la cocina. Me vine con el sueño de convertirme en el mejor repostero de Europa; pasé meses buscando ingresar a alguna escuela para chefs, pero todas me cerraron las puertas. No me importaba: seguía creyendo, y mientras tanto me rebuscaba la vida sirviendo platos en los restaurantitos de la rue Mouffetard, lavando vasos, preparando cócteles de mala gana: todo por la ilusión de un día devenir un maestro pastelero.
Alejandro Marcano hizo una pausa. Le había cambiado la índole de repente. Las manos le temblaban y el aspecto se le había vuelto espectral. Se tomó a fondo el resto de la cerveza. Mirando el vaso vacío le preguntó al cura:
—¿Quieres otra chelita?
—Todavía tengo —respondió Eduardo.
El sacristán se secó los labios con una servilleta de tela, y poniéndole una mano en el hombro, le preguntó al padre:
—¿Me tomaría usted la confesión?
Éste lo miró sorprendido. Aquella era una velada distendida, lejos de los formalismos laborales, y él también había bebido lo suficiente como para no tener ánimos de consagrarse a una tarea ministerial.
—De verdad que no estoy en condiciones de recibir la confesión de alguien… me da mucha pena, pero ¿no puede esperar hasta mañana? —le respondió.
—No, es urgente pues —le dijo el sacristán con una gravedad que no dejaba espacio para las opciones.
El sacerdote se enjugó la frente con un pañuelo. También él terminó el resto de su vaso, y todavía negándose apuntó:
—Eche, pero ¿qué puede ser tan imperioso que no haya forma de aguardar un día más?
—El corazón —replicó el otro enseguida.
Alejandro había perdido el semblante dicharachero, y ahora tenía unas expresiones rígidas que le llenaban el rostro de pesantez. El padre Eduardo se encogió de hombros:
—Ni modo: voy a buscar mis ropas y nos vemos en el confesionario.
—No es necesario —apuntó el sacristán—, podemos hacerlo al tiro y sin protocolos.
El sacerdote sacudió la cabeza:
—Para serle franco, no entiendo nada.
—He pecado, padre.
—Todos hemos pecado. —Le he mentido.
