La Habana, un cielo azul y un redondel

Abre la mañana el sol sobre mis ojos, la luz en mi mano se espuma.
Canto virginal de pájaro reposa en sombra de edificios.
Pobre chamaco, cuenta neumáticos sobre el pavimento.
Su triste sol es oscura paridad del silencio
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Rafael Vilches

Esta es una tierra de miseria y miserables. Amanece como cualquier día; es, en esta ciudad y este país, un día más. Bostezas. Te estiras. Te asomas al balcón antes de salir a la calle y el cielo sigue ahí, azul y despejado. No hay otro cielo tan azul como este, el de La Habana.

De esta ciudad muchos nos enamoramos cuando la vimos por primera vez.

Te preparas el desayuno con lo que hay mientras te aseas, porque la noche ha sido dura y, a pesar del frío de diciembre, el cuerpo suda mientras duermes y quieres salir luminoso a la calle a enfrentarte a una ciudad surrealista. 

Vuelvo al balcón, ahí sigue ese cielo azulito, bajo la vista y mis ojos chocan con la basura, todo el desperdicio de la ciudad reunido en el entorno de sus calles. Esta es la ciudad de los escombros. Alguna vez fue hermosa, llena de vida y esplendor por todas partes.

La Habana es un gran vertedero. Sus habitantes solo sueñan con despertarse en la madrugada y salir corriendo a marcar una cola, otra y otras colas para traer el duro pan que pondrán en la mesa. Es un sitio repleto de seres bovinos, aquí solo se piensa en comer y fiestear; fiestas que no tendrán oportunidad de disfrutar porque el tiempo de las colas no les alcanzará para llevar el sustento para la familia que espera en casa.

Miras esas construcciones, te detienes un instante en ellas, la epidermis que las protege del tiempo, descubres bajo su capa de herrumbre y decrepitud un pasado: otrora fueron bellas, patrimonio de una humanidad que se fue al abismo hace algún tiempo, porque así lo han querido los movimientos de izquierdas, los populistas, líderes solo interesados en arribar al poder para engordar sus bolsillos de dólares y euros, y esclavizar a las masas que los siguen como manadas de corderos.

Parece ser una ciudad en plena guerra, no hay una explosión, una pugna, riñas, pero sus mejores hijos están en las cárceles por entonar un himno de independencia, por cantar «Patria y Vida»; otros solo entonaron la palabra LIBERTAD; todos fueron de pies y cabeza a las mazmorras de la dictadura: hembras y varones, niños, adolescentes, jóvenes, viejos, disidentes, opositores, miembros de la sociedad civil, ciudadanos comunes que se cansaron de sostener el yugo que nos esclaviza. Ejemplos de ello son, en esta sequía de conciencia que padece el pueblo cubano, quizás los más visibles de entre los presos políticos hoy, la escritora María Cristina Garrido, el dirigente de la oposición José Daniel Ferrer y el artista Luis Manuel Otero Alcántara.

Es lunes, sin más gloria que la de estar vivos sobreviviendo, y la vida sigue con su monotonía, la ciudad se cae a pedazos y a nadie parece preocuparle. Hace unos días fue 10 de diciembre, y muy pocos salieron a las calles a manifestarse por los DDHH, algunos cristianos, sí. A muchos que lo intentaron, la fuerza policial no les permitió asomar la nariz a la puerta de sus casas, y el país parece moverse como si nada estuviera pasando en las entrañas de la Patria, como si este archipiélago ya no fuera un animal muerto merodeado por las auras del poder.

Sus mejores hijos, artistas, escritores, seres de la mundanal nación, con sueños pospuestos desde 1959, ahora están encerrados en las ergástulas de la dictadura. A algunos los obligan a abandonar el país.

El día sigue siendo soleado.

Esta no es la ciudad que conocieran Gastón Baquero, Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, Zoe Valdés, Manuel Díaz Martínez, José Kozer, Amir Valle, René Fuentes, Manuel Mérida, Severo Sarduy, María Elena Cruz Varela, Raúl Rivero, pero la represión, el cinismo contra quienes levantemos un canto de libertad en contra de los esbirros, sigue siendo ese sabor agrio, doloroso, de primera orden para el Gobierno: reprendernos y deshacerse de nosotros a cualquier costo y precio.