Cuando mueren los escritores

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 8 de diciembre de 1925–Madrid, 23 de julio de 2000)

En la imagen de mi memoria, Carmen Martín Gaite come una manzana. Lleva una de sus características boinas, de color morado, quiero recordar. Estamos en la Feria del Libro de Madrid del año 2000. Era junio, uno de los últimos once días de la Feria y no era ni sábado ni domingo. Eso recuerdo. Vencí mi reparo de siempre y me acerqué —no había casi nadie en aquella caseta—, y me firmó un ejemplar (barato, de colección de quiosco), de Irse de casa. Ya le admiraba los personajes, la facilidad de condensar lo complejo de las emociones en unas pocas líneas. Carmen me firmó: «Para Pedro, feliz verano y una grata lectura Carmen M Gaite».

El escritor español Eduardo Martínez Rico, recordaba hace poco en un artículo, La generación huérfana, a un grupo muy notable de escritores ya fallecidos que, en el fondo, y más de lo que muchas veces somos capaces de reconocer, son maestros del oficio de escribir, que nos hicieron lectores maduros, eso primero, y que luego, en la intimidad de nuestras pasiones literarias, de alguna forma nos empujaron a ser escritores, nos dieron sin pretenderlo un patrón para saber qué rayos significa eso.

De allí que, al morir los escritores, muchos sintamos que se abre una ausencia que pareciera no correspondernos. Antes, al morir un escritor, algunos nos subíamos al Metro a leer alguno de sus libros durante un trayecto largo, un homenaje como otro cualquiera, o dejar sobre la mesilla de noche algunos ejemplares, como una surte de altar en el que velar al difunto. O escribir una necrológica que nadie leerá, o hablarle con cercanía de deudo a los amigos, como si de verdad se nos hubiese muerto alguien cercano.

Esa “cercanía” la marca la continua discusión que se sostiene con el escritor en vida. No le conoces, ni hace falta, aunque quizás uno lo desea, pero la pelea es con sus novelas, su poesía, sus ensayos, sus cuentos, esos que catalogas de “brillante simpleza”, pero que en el fondo dices ¡qué bien escrito, carajo!, y esperas su siguiente publicación. Hay una complicidad con el escritor que lo transforma paulatinamente en un cercano, y a la hora de su muerte viene el vacío, la ausencia del compinche literario, del maestro, y, a veces, cuando dan duro con sus letras en nuestra piel, del amigo.

También Daniel Gascón, escritor español, se acordaba de Javier Tomeo, diez años hace de su muerte, y hace una memoria de su obra, de su influencia, de todo aquello que legó en su literatura. El magisterio, los buenos ratos, las discusiones con su construcción de una parte de la España que “recuerdo” (qué trampas nos hace la lectura, que memoria instala en nosotros que podemos “recordar” lo que no vivimos), que empujaba a buscar otros títulos, otras voces, cuando la pereza guglera y la simplificación del tuit no regía los impulsos lectores. Tomeo, sí, lo recuerdo como si nos hubiésemos tomado unas cañas hablando de libros.

Recuerdo la muerte de Ana María Matute, de Miguel Delibes, de mi buen amigo Ariel Barría, tan súbita, como la de alguien que sí quería conocer, Domingo Villar, tan de golpe, como todas, pero era tan joven, escribía tan bien; como la de Alexis Ravelo que conocí en sus novelas, tan querido por sus amigos; o la de Jorge Edwards, del que hablaba en casa en vísperas de su partida, y al que sus amigos le rindieron homenaje hace muy poco. Todas estas muertes que se cruzan y uno siente muchísimo, revelan el acto de leer como vínculo con los que escriben, nos asoman un poco a lo que es la amistad en ausencia.

Podríamos citar muchos buenos escritores contemporáneos que se marcharon dejándonos un espacio vacío, un magisterio y hasta un ejemplo, como Javier Marías, tan discutido, tan lleno de literatura. Citando a Eduardo Martínez Rico, «todos estos maestros han sido nuestros contemporáneos, nuestros compañeros de vida, pero la literatura, la Literatura —perdonadme que lo ponga con mayúsculas—, entiende más de eternidades, de permanencias. Se mueve en el territorio del “siempre” …» y yo no puedo estar más de acuerdo. Se traban las amistades literarias así, por vía textual y uno se permite sentir su ausencia, celebrar sus triunfos en vida, o llamarlos por su nombre de pila o su apellido, todo eso, por el derecho literario que nos da la lectura y el aprecio o desprecio de sus obras: en las francas enemistades, por el roce, también hay un cariño oscuro y denso que deja poso literario.

Un mes después, en julio de aquel 2000, Carmen Martín Gaite murió en Madrid, feliz, abrazada a sus cuadernos. Aquello me conmovió. Recordé su sonrisa, la manzana, el libro que me firmó sin ser de la caseta, su deseo de un feliz verano, y, de pronto, la ausencia. Fue la muerte de un escritor que sentí más. Años después se publicaron sus cuadernos, una selección de ellos, los que abrazaba al morir, esas retahílas de su pensamiento, y la quise más. La releo, la visito en sus libros, en sus cuadernos. Y sigo discutiendo con ella: un cuento de nunca acabar.

A mi lector del siglo XXIII

Permítaseme, primero, lanzar la pregunta elemental como quien lanza un trozo de carnada: ¿Cuál es el futuro de la palabra escrita?

Solo entonces tiene sentido presentar mi axioma: En la tercera década del siglo XXI las imágenes llevan la delantera en términos de comunicación.

No es algo que ocurriera, por carencias tecnológicas obvias, hace un par de siglos, y no me arriesgo a predecir qué formato o estrategia marcará la pauta, dos siglos más adelante, para cumplimentar una de las actividades más añejas y fundamentales de la humanidad: hacerse entender dos personas.

Pero hoy, cuando organizo frases desde el teclado de una computadora que, antaño, fue otro teclado de metal en una sonora máquina de escribir, y aun antes, un bolígrafo, un lápiz o la romántica pluma de ganso humedecida en tinta de carbón, son las imágenes (en video, en gráficos fijos o animadas) las que seducen a la sociedad, especialmente a los más jóvenes, al momento de contar o disfrutar de una historia.

El viejo modelo del cinematógrafo, el mismo que dijeron que moriría con el arribo de la televisión, que a su vez es la misma que velaron por adelantado con la aparición del video casero, ese que para permitirnos ser dueños del contenido a visualizar mutó una y otra vez su formato (casete, CD, DVD, USB, la nube) y sigue alargando sus raíces, a pesar del auge del streaming, lejos de desaparecer (hablo, resumo, del cine, la televisión, el video, el streaming, el imperio de las imágenes, en fin) se ha fortalecido y cada una de sus variantes ha logrado establecer líneas de consumo bien diferenciadas.

Aderezo este brevísimo análisis con una serie de relaciones harto sencilla. Podemos, por ejemplo, coincidir en que la visita al cine se ha convertido, con el paso de los años, en un ejercicio más sociocultural que recreativo. Por lo general, ingresamos a la sala para compartir la experiencia de ver una película con nuestra pareja, nuestros amigos o parte de la familia. En cambio, seguir una serie desde la pantalla de nuestro celular o computadora viene revestida de cierta privacidad. Si de televisión se trata, el tono deviene doméstico porque más que su función, sentimos su compañía, ya sea en las reuniones festivas por un evento deportivo o a la hora de la cena con el noticiero o la telenovela de rigor… está ahí, con nosotros, es parte de.

Dada la velocidad con que se desarrolla la tecnología —terca y eficiente en su propósito de recordarnos las limitaciones biológicas que nos condicionan a los seres humanos— cualquier imaginería hoy puede convertirse en algo perfectamente común mañana. Así que arriesgar una hipótesis sobre cuál medio de comunicación podrá emplearse a inicios del siglo XXIII —temo— me convida más al ridículo que al acierto.

La respuesta a la quimera de hoy solo se halla en la realidad de mañana. Pero entonces para satisfacer mi curiosidad sobre qué medios de comunicación nos depara ese futuro no tan cercano, tendría que consumir estas líneas un lector del siglo XXIII. Tamaño milagro se me antoja punto menos que divino. ¿Cuántos escritores han logrado que sus textos sobrevivan un lapso similar? Poquísimos. Pero aprovechemos las libertades de la ficción para hacer posible el portento. Es decir, que usted, desocupado y futuro lector, habita un universo que quizás en su composición astronómica se parezca al mío —dos siglos para nuestro planeta representa menos que dos pestañazos para nosotros, suponiendo, claro está, que el planeta sea el mismo, ¡uf, qué difícil se pone esto!—, pero sin duda su arquitectura tecnológica muy poco le deba a mi presente.

Y sin embargo, la trampa funciona. Es decir, aquí está usted, leyendo, rodeado por caracteres que decodifica, interpreta y convierte en mensaje, en respuesta a una pregunta ya hecha: ¿Adónde va la palabra escrita? Sin necesidad de que tercie fotograma alguno. Atrapado en la intimidad que solo pueden entretejer los vocablos exactos cuando están dispuestos en el lugar correcto. La historia que toma forma directamente en su cabeza. Que embelesa. Que asusta. Que enamora. Y de la cual no puede escapar con el baladí cierre de sus ojos porque este no es el cinematógrafo. Es el espacio. Es el tiempo. El suyo. El mío. Convergiendo en único sentido y significado. Real desde esta ficción propuesta. Una que he arreglado con palabras para que usted las lea dos siglos hacia delante, como he leído otras ficciones yo, elaboradas dos siglos hacia atrás y dos más y otros dos, ad perpetuam.

Solo que aquellas ya se fundieron en la Historia. Elaboradas por otros, dedicadas a otros. A diferencia de esta: nuestra ficción. La que materialicé exclusivamente para usted, hoy, el 21 de junio de 2023, correspondiente al calendario gregoriano, construida únicamente con bloques de palabras escritas. Las únicas que habrán de salvarme del maremágnum de imágenes que amenazan con disolverme junto con esos otros fantasmas seudocomunicativos e ignotos que acechan, acaso ya germinan, y solo usted habrá de soportar.

El mundo en tiempos de wokismo

La libertad no es obligatoria, ni gratis

“Cada nuevo paso encierra el peligro de fracasar,
y ésta es una de las razones por las que se tema a la libertad”
Erich Fromm

Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán,
y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Ese es el problema
George Orwell

“Aún los Imperios más civilizados estarán tan cerca de la barbarie
como el hierro más bruñido lo está de la herrumbre.
En las naciones, al igual que en los metales, sólo relucen las superficies”
Antoine de Rivarol

“Las masas no deben saber, sino creer”
Benito Mussolini

Al momento de escribir esta columna, luego de una bizantina discusión parlamentaria que insumió una legislatura entera, el Uruguay finalmente aprobó la Ley de Tenencia Compartida (como se le conoce entre aqueos y troyanos, los unos para defenderla, los otros para denostarla). Tras ese larguísimo proceso de discusión, cabildeos, chantajes y aprietes, resta por ver si una Justicia de Familia totalmente ideologizada aplicará o no Ley.

Impulsada desde la sociedad civil, buscando corregir situaciones de familia donde las desavenencias de adultos se saldan con los niños como moneda de cambio, a regañadientes se le fueron sumando partidos y fracciones, en algunos casos legisladores por sí solos, que llevaron a sus patrocinadores -auténticos Quijotes, reconozcámoslo- y principales beneficiarios, a mantener la esperanza de conseguir la tan ansiada aprobación.

Desde el otro lado, al principio se intentó una suerte de “ninguneo”, para pasar a atacar el proyecto cuando este comenzó a tomar cuerpo y finalmente, ante la posibilidad cierta que se aprobara, una campaña de “disciplinamiento” corporativo -que incluye, como nos tiene acostumbrados la “orga intersocial”, a todo colectivo que pretenda llamarse tal-, para terminar metiendo en la refriega, hasta a los propios organismos supranacionales dependientes o emparentados con el “Agendismo 2030” de la benemérita ONU.

Hoy y aquí, ya es guerra abierta y todo se vale.

La buena noticia para quienes dieron la pelea es que no son todos los que están. La mala es que no están todos los que son.

En todo caso, si de consuelo sirviera, conviene saber que lo que para los involucrados -que al fin y al cabo somos, o podemos serlo todos- es la madre de las batallas, en realidad es una parte minúscula de la, ésa sí, Gran Guerra Santa de lo que puede caer bajo el paraguas de eso que ha dado en llamarse “wokismo”.

A eso apunta lo que sigue.


Un poco de historia

Este columnista ha recurrido ya, y lo seguirá haciendo en la medida que aborde asuntos que exceden las fronteras y problemáticas estrictamente nacionales, a dos autores que, en relación con lo que ha dado en llamarse la “agenda globalista” promovida desde las Naciones Unidas, a un siglo o más desde la publicación de sus ideas, han resultado proféticos.


Spengler, el determinista

Oswald Spengler (1880-1936)

En 1918, en el final mismo de la Gran Guerra europea, con Alemania vencida y anticipándose a la humillación del Tratado de Versalles, el historiador y filósofo alemán Oswald Spengler (1880-1936) publicaba su ensayo “El ocaso de Occidente”.

Revisado y ampliado en 1922, Spengler propone un giro copernicano en el estudio y mirada de la Historia, mostrándola como un conjunto de culturas y civilizaciones que, a lo largo de la historia y en tiempos muy distintos, siguieron los mismos procesos de creación, crecimiento, apogeo y decadencia. Del análisis comparativo de éstas, y aplicando lo que llamó “morfología comparativa de las culturas”, propuso que Occidente como cultura, se encontraba en esa fase final, la del ocaso.


Toynbee, el apaciguador globalista

El segundo autor es el británico Arnold J. Toynbee (1889-1975) historiador, filósofo de la historia y prestigioso profesor, quien publicó a partir de 1934 y hasta 1961 su monumental obra en 12 tomos “Estudio de la Historia”.

Uno de sus principales aportes se puede sintetizar en su radical cuestionamiento al enfoque euro-centrista de la historia, a la que invariablemente se la veía dividida en compartimientos estancos, antigüedad, edad media, renacimiento, modernidad y contemporánea. El autor demuestra que esas etapas solamente se corresponden con lo que hoy denominamos Occidente, en tanto otras culturas como la Islámica habían vivido su apogeo entre los siglos VII y X d.C., o por caso las culturas Maya e Inca que habían conocido su época de esplendor cuando Europa se encontraba sumida en las supuestas tinieblas de una eterna Edad Media.

Desde 1920 y durante décadas fue director del Real Instituto de Asuntos Internacionales, más conocido hasta hoy día como “Chattam House”, por la mansión londinense que sirve de sede del Instituto.

Arnold Joseph Toynbee (Londres, 1889 – Yorkshire, 1975) 

A diferencia de Spengler, que postulaba el determinismo respecto de las fases de las civilizaciones y que nada podía hacer una cultura para revertirlas, Toynbee creía -y actuó en consecuencia desde Chattam House- que Occidente sí podía generar ideas que rescataran a nuestra cultura de su decadencia. Veía a, por ejemplo, la Sociedad de Naciones creada al fin de la Primera Guerra Mundial, como un paso correcto.

Fue, en el seno del Real Instituto de Asuntos Internacionales que dirigía, el principal ideólogo e impulsor de lo que se llamó “la política del apaciguamiento” en materia de relaciones internacionales, la que luego se hiciera tristemente famosa en su aplicación con “la cuestión nazi” por parte del entonces Premier Chamberlain.

Con el tiempo, desde ese influyente think-tank fue tomando forma una iniciativa que al cabo de los años sería el germen creador del Foro de Davos y del Club Bildeberg nada menos. No menor fue el papel que jugó en la fundación de la propia Organización de las Naciones Unidas, sucesora de la disuelta Liga de Naciones, como entidad encargada de velar por la paz en el mundo. Paz para los negocios, y el negocio de la paz.

Velar por la paz, por el statu quo, que no por cuestiones como la democracia, sino aquello que asegurase a la oligarquía esclarecida que comenzaba a tomar forma como suprapoder, el desarrollo de su proyecto.

Es que Toynbee, como también Spengler, no creía en la democracia, entendiendo que el mundo bajo ese sistema resultaría ingobernable, ya entonces y con la mitad de la población actual.

Según él, y su cada vez más influyente círculo de poder, el mundo -o por lo menos la esfera de influencia de su círculo, el impreciso “Occidente”- debería ser gobernado por una élite de intelectuales y empresarios esclarecida, capaces de elaborar y viabilizar las políticas necesarias para una buena gobernanza global.


Los Davos Boys, conspiradores a plena luz

Para ello, iba a ser necesario implementar lo que Klaus Schaub -el Jefazo del Foro de Davos, ingeniero especializado en juntar millones de millonarios y cultivar el cinismo como arma- llamó el “gran reseteo”.

Klaus Schaub

Nada de conspiraciones, ni Sabios de Sion ni nada por el estilo. A plena luz, publicitado urbi et orbi, puesto en letra de molde allí donde se lo quiera encontrar, al mundo le sobran cuatro mil millones de “unidades humanas” así que hay que reclutar “científicos” que calienten el planeta, inventar unas “Gretas” que embistan contra la bosta de vaca como madre de todos los males, y hala, vamos todos a comer insectos, que son la hostia. Menos en Davos, por supuesto.

He ahí el cangrejo, a la vista de todos, encima de la piedra: en Chattam House nació el globalismo.


Occidente y la crisis del enemigo perdido

Un día cayó el Muro de Berlín, implosionó la URSS, y el joven discípulo de Samuel Huntington en Harvard, Francis Fukuyama salió con su corneta a proclamar “el fin de la Historia”, el liberalismo y la democracia serían para siempre los que gobernarían el mundo, y allí donde una nación se modernizara lo haría bajo esos valores.

Bastó que el integrismo islámico encarnado en Osama Bin- Laden y Al Qaeda se pusiera a jugar al bowling con el WTC de Nueva York y que George Bush Jr. iniciase su guerra contra “el eje del mal”, para que la Historia le pegara un portazo a Fukuyama y sus historias de liberalismos.

Desde entonces, con el Occidente campeón moral de la Guerra Fría, y su buque insignia, los EE. UU. confundidos tras la pérdida de su enemigo ideal, casi sin que nos diéramos cuenta de ello a pesar de la obscena ostentación que de su Agenda hace el Foro de Davos, el eje de poder y de gobierno supranacional gira en torno a esta oligarquía ilustrada.

Constituidos en una suerte de Multinacional de las “iniciativas globales” con la ONU como Gerenciadora rentada de ellas, el sueño de Toynbee se hace cada día más real.

En una entente -de delicado equilibrio, por cierto- con el bloque asiático totalitario chino-ruso y el eje islámico Teherán-Riad-El Cairo por un lado, y el “Occidente” reducido a la anciana UE más un EE. UU. en avanzado estado de descomposición -tan parecido a la República de Roma, tan-, unos y otros se han dedicado a la autodestrucción de lo único que les hizo grandes como civilización: sus valores.


Y para finalizar

Es de esto que estamos hablando, cuando en el inicio nos referíamos a la mal llamada “agenda de derechos”, la imposición desde Ginebra de los “nuevos paradigmas” que las naciones DEBEN adoptar, y de cómo la combinación de poder económico, legislación supranacional y alianzas estratégicas globales, han hecho de las soberanías nacionales una antigualla digna de un museo egipcio.

Es por ello por lo que, independiente de la suerte que siga esta Ley, el gobierno global no tolerará tal muestra de indisciplina del pequeño y aldeano Uruguay, y más aquí o más allá, valiéndose de sus múltiples tentáculos conseguirá volvernos al rebaño.

Entonces, lo del título: el poder global no cesa en su avance sobre las soberanías cada vez más cercenadas, «jibarizando» a las democracias hasta convertirlas en meros territorios controlados desde la Metrópoli. Aun así, aunque sólo sea en homenaje a quienes nos lo han venido advirtiendo desde hace décadas, esta y las futuras batallas habrá que darlas, para no darse por vencidos ni aún vencidos.

Marilyn Monroe vive

Como antólogo, junto a mi colega y amigo argentino Gustavo Abrevaya, de un extenso libro homenaje a la figura de Marilyn Monroe de más de 400 páginas titulado “M.M.” (Vencejo Ediciones, 2023) me consta que la actriz, que lleva más de sesenta años enterrada, vive y que suicidándola a los 36 años sus asesinos (la hipótesis de un crimen nunca fue descartada) la hicieron inmortal.

Cuando me puse en contacto con una serie de escritores de uno y otro lado del charco, algunos amigos pero otros simplemente conocidos, para invitarles a participar en esta antología, me quedé gratamente sorprendido por la masiva aceptación que tuvo el proyecto, hasta el punto de que se subieron al carro conocidos de mis conocidos a los que no conocía. Al final, ese libro que hemos coordinado al alimón Gustavo Abrevaya y yo, con fiero entusiasmo, ha conseguido la colaboración de nada menos que 72 autores de España, Argentina, México, Cuba, Panamá, Ecuador, Venezuela, Colombia, Italia y Francia y cuenta con firmas tan prestigiosas como Zoe Valdés, Guillermo Orsi, Andreu Martín, José Carlos Somoza, Lorenzo Lunar, Jesús Ferrero, Alfons Cervera, Ramón Acín, Fernando Martínez Laínez, Kike Ferrari, Mariano Sánchez Soler, José María Gatti, Luis Gusmán y un larguísimo etcétera.

Muchos de los autores, los más jóvenes, no habían nacido cuando murió Marilyn Monroe, pero sabían de ella, la descubrieron posteriormente a través de sus películas o de los muchos documentales que se hicieron sobre su vida, o los muchos libros que se escribieron sobre sus vicisitudes. La novela de la escritora norteamericana Joyce Carol Oate, Blonde, y la posterior película homónima de Andrew Dominik (linchada injustamente por la critica), demostraron que el mito sigue muy vivo. ¿Y por qué ella, precisamente, y no otra?

La sociedad, por sistema, tiende a mitificar los bonitos cadáveres, las personas sobresalientes y exitosas que mueren antes de tiempo, en plena juventud, y ahí están tres iconos que perduran, de los que se sigue hablando, a los que se comercializa incluso para sacar un rendimiento económico post-morten: Eva Perón, Ernesto Che Guevara y Marilyn Monroe. Juan Domingo Perón, el marido de la primera, no tuvo ni la fuerza ni la popularidad extraordinaria que tuvo la patrona de los descamisados que rayó la santificación en Argentina y fue protagonista de películas y de un muy exitoso musical: Evita. Fidel Castro, muerto longevo, no tuvo la repercusión mediática de su delfín en la revolución cubana que abandonó el cómodo cargo de ministro de Hacienda (el comandante le dio ese puesto odioso y no fue inocentemente) para ir a morir en las selvas de Bolivia luchando por sus ideales y nos encontramos su imagen icónica en camisetas, carteles, tazas… Seguramente, en la época dorada de Hollywood, había actrices cuya  calidad interpretativa estaba muy por encima de Marilyn Monroe (Ava Gardner, Elizabeth Taylor, Lauren Bacall…) , pero ninguna de ella gozó de su aura, ni se convirtió en icono. Pero no nos engañemos, si a día de hoy viviera Marilyn Monroe, que sería una venerable ancianita retirada en una residencia, nadie se acordaría de ella, no hubiera sido un mito. La sociedad exige cadáveres exquisitos para venerarlos.

¿Qué había de mágico en la figura de Marilyn Monroe? ¿Por qué ella fue diferente al resto de las estrellas del star system? Seguramente porque su vida fue una tragedia de principio a fin. Tuvo una vida atribulada desde su infancia, con una madre perturbada mental que jamás la quiso e intentó estrangularla siendo niña porque la consideró culpable de su frustrada vida amorosa, y un padre al que estuvo buscando toda la vida y que, cuando lo encontró, no quiso saber nada de ella. Cuando fue abandonada por su madre y deambuló por varios hogares de acogida, fue violada en dos ocasiones por uno de los inquilinos de esas casas. Con esos prolegómenos su existencia estaba marcada. Los traumas de la infancia dejan heridas indelebles.

A la actriz icónica le llegó el éxito tras muchísimos esfuerzos y no pocos sacrificios que incluían acostarse con productores cinematográficos (sorprende que el movimiento Me Too no la haya convertido también en su estandarte) y adoptar el papel glamuroso y feliz de Marilyn Monroe y ocultar el de Norma Jean Mortinson, quien verdaderamente era. Ese ser dos en una debió causarle problemas de identidad cuando se desprendía de las pestañas postizas, limpiaba de carmín sus labios y se miraba en el espejo: ¿quién era realmente? Su transformación física incluyó dos operaciones estéticas leves (una rinoplastia, para hacer ligeramente respingona su nariz, y un implante de mentón) y abandonar ese aire de granjera saludable para pasar a ser un sex symbol y responder exactamente al sueño masculino norteamericano, aunque fuera impostando porque las medidas corporales de la estrella (89/56/89), cuya altura era un metro sesenta y ocho centímetros,  eran muy normales. Marilyn Monroe nunca fue una mujer exuberante, como sí lo era su doble con la que quisieron sustituirla Jane Maynsfield (102/58/89), aunque engañara en pantalla con sus vestidos ceñidos y sus andares bamboleantes. Interpretaba su papel a la perfección. También era una chica triste que se hacía pasar por alegre.

Y luego están sus sucesivos fracasos sentimentales en esos tres matrimonios en los que Norma Jean buscada reemplazar la figura de ese padre ausente por un marido protector, y que no llegaron a buen puerto, y esos deseos frustrados de ser madre, porque M.M. adoraba a los niños, que se saldaban con abortos. Tengo tanto miedo a que no me quieran que, cuando me quieren, solo soy capaz de pensar en el instante, cercano o lejano, en que dejarán de quererme, escribió. Se casó  con el escritor James Dougherty, su vecino, un matrimonio que duró cuatro años,  lo hizo luego con el jugador de béisbol Joe DiMaggio, el que más la quiso, el que preparó su funeral, del que se separó al año porque la maltrataba físicamente (era un celoso de manual) aunque le hiciera el amor como ningún otro hombre en su vida, según ella misma confesaba, y por último con Arthur Miller, de quien estaba locamente enamorada (basta ver su cara radiante el día de su boda con el dramaturgo norteamericano), que soñaba iba a ser el hombre de su vida y la abandonó sumiéndola en una crisis de la que no se recuperó. ¿Puede un hombre sonreír cuando contempla a la mujer más triste del mundo?, escribió el autor de Las brujas de Salem.

Insegura (no conseguía memorizar los diálogos y exasperó a Billy Wilder en el rodaje de Con faldas y a lo loco por una frase simple que era incapaz de decir) y voluble (sus cambios de humor eran frecuentes), la Monroe tenía un bajo concepto de sí misma: Soy hermosa por fuera, pero horrible por dentro. Su psiquiatra decía de ella que tendía a relacionarse con personas que la herían. Y ahí entramos en esa parte oscura de su vida, la de la que está relacionada con la novela negra y novela de espionaje, la de esa Marilyn que se relacionaba con la Mafia gracias a la amistad con el clan Sinatra, Frank pero sobre todo Peter Lawford, y este último que la llevaría a la Casa Blanca, a convertirse en la amante del presidente John F. Kennedy, y de rebote, de su hermano Robert Kennedy, su ambición inocente de convertirse en la primera dama de Estados Unidos, desplazando a Jacqueline, porque estaba convencida de que el presidente estaba enamorado de ella, y esa canción de cumpleaños en la que hizo pública su relación amorosa y adúltera con el mandatario, enfundada en un vestido ceñido que debieron coser sobre su cuerpo para que diera la sensación de que iba desnuda (y que se reventó), una carta arriesgada de una partida de póquer que jugó y perdió, como perdió la vida, poco después, y nunca sabremos si suicidio o asesinato. The late Marilyn Monroe, anunció Peter Lawford cuando la estrella subió con un retraso considerable al escenario para cantar como si tuviese un orgasmo el Happy Birthday Mr President. Late que puede traducirse por impuntual o difunta. ¿Firmó allí su certificado de defunción? Hay una foto esclarecedora en la que aparece Marilyn Monroe, acabada la ceremonia, tensa, y los dos hermanos Kennedy, de espaldas, que parecen recriminarla.

Pero la Marilyn que queda, la que vive, es la del celuloide y la descubrí en una película en technicolor, en Niágara, de Henry Hathaway, vestida de rojo, ceñida, balanceándose sobre altísimos tacones, rubísima femme fatal que acababa estrangulada por un marido celoso encarnado por Joseph Cotten en una película que se anunciaba como la conjunción de dos fenómenos de la naturaleza: las cataratas del Niágara y Marilyn Monroe. Luego vinieron muchas más, y películas anteriores, como La jungla del asfalto, Eva al desnudo o Sopa de ganso con los hermanos Marx, en las que todavía no era la Marilyn Monroe que conocemos sino que estaba más próxima a Norma Jean. Después se la encasilló, a su pesar, en papeles de rubia tonta, en la desternillante comedia Con faldas y a lo loco, cuyo rodaje fue un verdadero tormento porque Marilyn Monroe estaba en plena crisis, a punto de entrar en un psiquiátrico, y Los caballeros las prefieren rubias (pero se casaban con la morena Jane Russell), en las que aparecía hipersexualizada, convertida en objeto de deseo del americano medio que la tenía presente en sus sueños húmedos. Ella, la rubia tonta, la que tenía una inteligencia superior a Albert Einstein, la que era una ávida lectora, la que escribía sensibles poemas y defendía las causas justas y por ello estaba en el punto de mira del FBI de Edgar Hoover.

¿Qué me seducía de esa mujer a la que amaba en secreto? Esa sexualidad tan explícita, esa falsa alegría que era una máscara tras la que se ocultaba una fragilidad extrema, una sensibilidad a flor de piel (Marilyn no hablaba, susurraba) y una tristeza infinita que camuflaba en la sonrisa impostada. Marilyn Monroe no era un florero sino una feminista que le plantó cara a Hollywood, cambió la costa oeste por la este y fundó con la ayuda del fotógrafo Milton Greene Marilyn Monroe Productions, una decisión que no gustó nada a la Fox, de la que salen películas notables como Bus Stop de Joshua Logan, Río sin retorno de Otto Preminger,  La tentación vive arriba de Billy Wilder o El príncipe y la corista en donde la rubia platino se merendaba nada más ni nada menos que a sir Laurence Olivier, su director y protagonista masculino.

Y llegamos a su última película (porque Something’s Got to Give de Georges Cukor quedó inacabada), Vidas rebeldes, el mejor regalo que le hizo Arthur Miller en forma de guion cinematográfico, un papel escrito para ella en una película que sonaba a funeral, porque sus tres intérpretes, Clark Gable, Montgomery Clift y ella murieron poco después, y en donde la falsa rubia platino dejaba todo su glamur a un lado y brillaba en un papel dramático, el que ella quería, el que le negaban las productoras una y otra vez, el que deseaba tener de aquí en adelante sin saber que ya no había futuro.

Y hablemos de la luz, o el aura, esa luminosidad extraordinaria que irradiaba de su rostro y que ninguna otra actriz de Hollywood consiguió jamás porque Marilyn Monroe, el personaje en que se había convertido Norma Jean, se comía la cámara, era el animal fotogénico por excelencia. Mientras preparaba esta magna antología, de la que me siento enormemente orgulloso y agradezco a todos los autores que han participado en ella, he acumulado en mi ordenador miles de fotografías de la actriz que parece tocada por una varita mágica. En todas y cada una de ellas no solo está bellísima sino que nos ofrece un cúmulo tal de expresiones, gestos, poses y, sobre todo, miradas, que hace que la queramos, que esté viva a más de sesenta años de su muerte.

La mujer más deseada del mundo, la rubia con la que todos los hombres soñaban, murió en la más completa soledad, o no, el 4 de agosto de 1962 en su modesta casa de Brentwood, porque encima era una actriz mal pagada (llegó a cobrar 250.000 dólares por film mientras Elizabeth Taylor alcanzaba el millón). ¿Se suicidó o la suicidaron? Las cuarenta cápsulas de Nembutal que supuestamente se había tomado no aparecieron en su estómago según declaró el tanatólogo Thomas Noguchi, y sus vísceras desaparecieron enseguida misteriosamente para que no se pudieran realizar pruebas. La hipótesis de su asesinato cobra fuerza después de que la actriz, furiosa con el clan Kennedy, para el que era un simple pedazo de carne, y son palabras textuales suyas, quería dar una rueda de prensa en la que hablaría de asuntos sensibles. El último hombre que la vio con vida fue Robert Kennedy, después de una monumental bronca. Se dice que él fue testigo de su asesinato mediante una inyección letal que le suministró su psiquiatra para, aparentemente, calmarla. Marilyn Monroe, la deseada por medio mundo, cerró los ojos abruptamente por culpa de sus amistades peligrosas, pero es como esas estrellas que siguen brillando en el firmamento aunque ya no existan. 

Sin respuesta para la gran pregunta

Estoy escribiendo una novela sobre la vejez. Escribo este breve artículo sobre ese tema que me tiene absorto o absorbido u obsesionado con la intención de aclararme algunos puntos sobre el tema. ¿Para qué estoy escribiendo esta novela? Tal vez para prepararme para lo que viene o para entender lo que me está sucediendo. Lo que sí es claro es el hecho de que al cumplir los 74 años de edad ya debo aceptar que estoy viejo. Comienzan a fallar algunas partes del cuerpo: las rodillas a las que les di tanta guerra corriendo por las calles en marátónicas competencias y entrenamientos; la memoria que me esconde algunas palabras cuando las necesito; fallan también mis aptitudes sexuales y sin embargo cada semana mi parte más secreta da señales de que necesita algún tipo de acción. Duermo mucho tiempo. Necesito siesta después de almorzar, pero ello es justificable por el hecho de que sigo levantándome temprano, yendo a la oficina de la Editorial donde trabajo y además continúo con mis entrenamientos de natación.

Llevo 14 años entrenando natación tras haberme lesionado una rodilla jugando baloncesto, actividad a la que me dediqué desde mis 10 años de edad. A la fecha he cosechado 200 medallas de natación y he competido en campeonatos nacionales e internacionales. En 2017 fui campeón de Aguas Abiertas de México en el mar de Cancún y este 2023 campeón de los 1500 metros en el Abierto de Natación Máster de México.

Ya de viejo sigo escribiendo y publicando. Están en proceso de dictaminación dos novelas nuevas. No puedo decir que soy un escritor de éxito ni de mesas de novedades ni de grandes ventas. Soy básicamente un escritor en activo, que no depende de los caprichos de las trasnacionales y que no se pasa la vida de feria en feria repitiendo las mismas banalidades para que mis libros se vendan.

Novela sobre la vejez: temas: recuperación de momentos estelares de la vida y también de los grandes abismos, los afectos pasados y los presentes, los grandes y pequeños amores, el matrimonio y sus avatares, el trayecto de la vida como aventura que se inicia en el nacimiento y culmina en la muerte. Me gustaría escribir una prefiguración de mi muerte. He fantaseado sobre el asunto: por ejemplo encontrar la muerte al topar de frente con un tiburón en mis habituales travesías de nado por los mares frente a Playa del Carmen, travesías que llegan a ser hasta de cinco kilómetros, los que habitualmente cubro acompañando a un cardumen de 20 o 30 nadadores bien entrenados (son una especie de adoradores del mar, que entran a nadar a las cinco de la mañana y a las 9 ya están en sus trabajos habituales).

Otra fantasía de muerte es tener un bel morir como el que pedía Álvaro Mutis: en mi cama, serenamente, posiblemente rezando para complacer a mi muy religiosa esposa, pero muy emocionado por estar muy cerca del Gran Misterio. Pienso que esperaré la muerte sin preocuparme de lo que encontraré cuando trascienda la puerta fundamental.

En su lecho de muerte uno de mis hermanos le preguntó a mi madre que estaba en las últimas etapas del cáncer: “Mamá, ¿nos quieres dejar algún mensaje antes de irte?”  “Sí, hijo, que se limpien el trasero con papel higiénico mojado después de cagar”.

Yo no pienso que en mi novela sobre la vejez y la muerte vaya a llegar a alguna conclusión trascendente. Todo termina por ser pasajero. No creo que nos espere la nada. No creo en la posibilidad de todo se reduzca a crimen y castigo. Lo que me queda es esperar que se prolonguen las cosas buenas de esta vida y que las malas desaparezcan. Vil Utopía, pues. Y los cuarenta o cincuenta libros que he escrito que sigan su destino. El famoso granito de arena que pueda haber aportado al Universo quedará en eso: granito de arena que tal vez sirva para algo o que simplemente se pierda en la inmensidad de las playas.

Otro tema de mi novela sobre al vejez y la muerte serán los finales de algunos escritores como García Márquez y Sergio Pitol. El primero hundido en la demencia senil, incapaz de reconocer a su esposa, ignorante de su propia identidad, siendo usado por su esposa y allegados para inaugurar exposiciones y otros eventos de lustre cultural, siendo llevado y traído como un monito de feria y finalmente traicionado por sus hijos que no han respetado las disposiciones sobre su obra, al punto de vender los derechos de Cien años de soledad para una serie fílmica y de permitir que sus archivos secretos, sus inéditos sean saqueados y usados para publicar nuevos libros y vendidos a una universidad norteamericana.

No pienso morirme antes de terminar y publicar este libro. He estado escribiendo a buen ritmo, caprichosamente, sin disciplina. Escribo cuando tengo algo que escribir y cuando me urge a hacerlo. Ya acepté que no me voy a hacer rico con la literatura aunque he de confesar que si no hubiera dilapidado el dinero de mis premios tendría una fortuna apreciable. Tengo eso sí una buena casa, grande, con muchas habitaciones vacías porque los hijos ya se fueron. Y un sueldo respetable por la persistencia en un trabajo académico por más de 40 años.

De la novela ya llevo casi 60 páginas. Lo más difícil, supongo, será ponerle el punto final. ¿Y después qué? Esta es la pregunta que uno se hace cada día y para la cual no hay respuesta sino: después, lo que venga.

El coloso postrado

Muchas historias de horror empezaron a circular luego de que el huracán Katrina devastara la ciudad de Nueva Orleans en 2005, entre ellas lo que pasó tras los muros de los hospitales.  En cuestión de horas todo fue caos. Sin electricidad, con agua por todas partes y temperaturas por encima de los treinta y ocho grados centígrados, se dice que los doctores tuvieron que decidir quién tenía fortaleza para sobrevivir y quién debía morir. La ayuda del gobierno federal, bien se sabe, no fue oportuna, y los centros de salud se convirtieron –al menos en el imaginario popular– no solamente en fosas comunes, sino en el símbolo de un fracaso político y social.  La ciudad relajada donde millones de personas iban cada año a perderse, a escapar del rigor de las convenciones sociales, se había convertido en un pestilente depósito. No en balde, grupos conservadores veían en el desastre la mano de Dios, no la que conforta sino la vengativa, la que se cierne sobre la carne y los deseos. 

Al menos dos hospitales cerraron sus puertas definitivamente.  Uno de ellos, el Charity Hospital, fue fundado en 1743. El edificio –dañado por el viento, el agua y la negligencia– era de 1939 y estaba ubicado en el centro de la ciudad. El Charity era la esperanza para quienes carecían de los recursos para acceder a atención médica privada, tenía una larga historia de servicio a la comunidad y, quizás por eso mismo, estaba tan desamparado como sus pacientes. El otro era un centro privado, el Lindy Boggs Medical Center, cuya fundación data de 1920. El edificio dañado por el huracán fue construido a principios de los noventas. En el Lindy Boggs murieron 45 personas por causas directamente asociadas con la emergencia provocada por Katrina.


Desde la distancia

 Mi vida antes del huracán Katrina era más sencilla, o la he romantizado con el tiempo.  Fue mi primera época como inmigrante, la de las dudas, la de las hambres, la de no tener casi nada.  Cuando el huracán asoló la ciudad, yo había empezado a acomodarme a mi nueva condición de profesor.  Creía que el mundo estaba aguardándome y que, con un poquito de perseverancia, lograría cumplir mi sueño de enseñar literatura y de escribir muchísimos libros.  Después del huracán mis impulsos de huir me llevaron hasta Maryland, pero en 2009 volví a New Orleans.  Era más fuerte el sentido de hogar que los riesgos, y en 2013, al filo de la crisis financiera y de vivienda en Estados Unidos, encontré un apartamentito no muy lejos del Lindy Boggs.


Las caminatas

Una de las cosas que más me complacen es salir a caminar.  Tomo por mi calle hasta el bayou y, empiezo a bordearlo. No he encontrado una palabra en español que refleje adecuadamente lo que es un bayou.  Busco algo de información y encuentro que la palabra presumiblemente viene de la tribu Choctaw, que habitó en los estados de Louisiana, Mississippi y Oklahoma hasta que fueron desplazados entre 1830 y 1850 durante la infame “Ruta de lágrimas y muerte”.  Un bayou es una especie de remanso de agua dulce.  Las aguas se desplazan muy lentamente por el centro de la corriente dando una sensación de inmovilidad. El bayou es una superficie plana e invita a la contemplación.  Sea por la tarde o por la mañana camino a la orilla, veo a los jóvenes que se desplazan con sus kayaks, veo familias de patos, gansos y cisnes, veo los reflejos del sol o la neblina que pareciera no tocar el agua.  Justo al llegar al bayou, a mi izquierda aparece el Lindy Boggs como un gigante postrado. El conjunto se muestra aún sólido, pero guarda ese aspecto vulnerable de lo que ya no se puede recuperar. Los grafitis que se superponen unos a otros, cuentan una historia que no puedo entender.  No sé quiénes los hicieron, o el significado de los dibujos y de la mayoría de las palabras. Pienso que algunas palabras (o simples sucesiones de consonantes) son realmente acrónimos, que detrás de ellas hay todo un mundo. Alguien ha de leer esos mensajes, pero yo no soy de esos privilegiados.  Al libro abierto que es ahora el Lindy Boggs solamente tienen acceso quienes conocen los códigos secretos de la escritura urbana.


Un manojo de historias

Hay algunas historias que yo conozco.  La primera sería el comienzo de algún relato de zombis.  Se refiere a la morgue que estaba en el sótano del edificio.  Durante Katrina el agua empieza a entrar y se va asentando en cada una de las cámaras donde se hacen las autopsias.  Quizás alguien toma la decisión de liberar a los muertos, o puede ser el agua misma la que va abriendo las puertas de los depósitos y los deja salir, no para que busquen una oportunidad para escapar hacia la calle, sino para que simplemente floten hasta deshacerse.  Así quedan por semanas.  No se puede llegar a la morgue porque el nivel del agua era todavía muy alto.  Tampoco los muertos tienen tanta prioridad durante un desastre de tal magnitud.  Hay que rescatar a quienes están atrapados en los techos de las casas, o sacar de los barrios inundados a los que confiaron en poder salir y se les hizo tarde.

La segunda historia es el testimonio de una amiga monja.  Ella no sale a tiempo de la ciudad y aguarda junto a sus compañeras en una casa que se ha librado de las aguas. A los pocos días deciden ir al Lindy Boggs.  La razón es el rescate de las ofrendas y otros artefactos religiosos de la capilla antes de que los saqueadores sepan que el hospital guarda objetos de gran valor.  Logran coordinar con alguien que tiene un bote y navegan por las calles entre carros cubiertos hasta el techo de agua. Mi amiga ha olvidado detalles de la operación.  Apenas recuerda la llegada al edificio, las instrucciones de no ver ni oler nada, el agua casi hasta las rodillas, la advertencia de que podrían encontrar alimañas.  A mi amiga le corresponde reconstruir en la imaginación el interior de la capilla, pues ingresan a un espacio oscuro que parece ya tomado por la naturaleza.  Logran llegar al altar, al pequeño cuarto trasero donde se guardaba todo lo necesario para la celebración de la liturgia. Nada ha sido tocado, ni siquiera por el agua. Sin embargo, me confiesa mi amiga, nunca como en ese momento ha sentido tanto la ausencia de Dios.


El edificio vedado

El hospital es un espacio falsamente vedado.  Sí, hay una malla que impide el paso, pero eso no quiere decir que entrar sea imposible.  Se requiere un poco de curiosidad, un propósito y un plan.  Todos los que entran al Lindy Boggs buscan algo. A veces me imagino entrar con una lámpara.  Para mi sorpresa, toda una comunidad vive en el edificio.  Los habitantes podrían ser seres humanos, pero también invasores de otros mundos, entidades que pueden vivir respirando aire enrarecido y comiendo lo que crece en las paredes.  Son seres que tampoco extrañan la luz ni necesitan las comodidades que las personas comunes y corrientes damos por sentado. He de admitir, sin embargo, que nunca he escuchado nada sobre gente que se refugia o vive por años en ese edificio abandonado.  Pareciera que tales cosas pasan solamente en otros países, Venezuela por ejemplo, donde toda una comunidad se ha formado en el esqueleto de una fallida torre. 

Del Lindy Boggs se rumora que es un lugar contaminado.  Se han encontrado áreas de asbestos, se dice que el agua empozada envenenó las paredes y el piso.  Se habla de animales fantásticos que han crecido entre sus sombras.

Lo que sí he visto son escombros que algunas personas han ido sacando a lo largo del tiempo.  Una mañana aparece un tráiler junto a la acera.  Poco a poco se va llenando de pedazos de madera, ventanas completas, baldosas. Luego desaparece.  En un par de ocasiones, han abandonado carros también.  Quizás la visión de un edificio como un cementerio le ha dado la idea a quien busca dónde dejar un vehículo para que se pierda. Cuando eso ocurre, el vehículo queda por semanas expuesto a las miradas de los transeúntes. Uno ya sabe distinguirlos.  Van acumulando polvo, suelen no tener placas y nadie se preocupa si alguien rompe los vidrios o trata de forzar las puertas.  Las autoridades se toman su tiempo.   Cuando ya no pueden ignorar el hecho de que un carro ha estado estacionado en el mismo lugar por muchas semanas, van a inspeccionarlo, pegan unas calcomanías notificando a los presuntos dueños que tienen unos cuantos días para resolver la situación del vehículo.  También lo inmovilizan, por si acaso el carro huérfano quiere huir.  Finalmente, pasada la fecha límite, una grúa remolca el carro hasta el deshuesadero local.


Vergüenza     

Algún grafitero, iluminado por lo que ese edificio representa en una ciudad que ha tratado de olvidar sus desgracias, pintó en letras enormes la palabra shame en la pared a la vuelta de lo que fue la entrada principal del edificio.  Shame tiene muchos significados en inglés, todos negativos. De ellos yo prefiero la acepción vergüenza.  ¿Quién tiene vergüenza? ¿De qué?

El huracán Katrina asoló la ciudad de New Orleans hace dieciocho años.  Desde entonces se ha especulado qué va a pasar con el antiguo hospital Lindy Boggs.  A veces aparecen en los periódicos notas que mencionan inversionistas interesados en el cascarón que reposa sucio, sin dignidad, en una esquina cercana a mi casa.  Hasta el momento, ninguno de esos proyectos ha prosperado. Mientras tanto, el Lindy Boggs continúa su lenta muerte. 

Sir Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes y el espiritismo

Este próximo 7 de julio se cumplirán 93 años de la muerte, en 1930, del escritor escocés Sir Arthur Ignatius Conan Doyle, celebérrimo por fomentar al más famoso detective ficticio del mundo, Sherlock Holmes, personaje poderosamente psicológico a la hora de armar el rompecabezas del aparente azar para resolver satisfactoriamente el misterio detrás del crimen.

Por si fuera poco, Conan Doyle no fue sólo un escritor de éxito, sino también médico y ocultista de marca mayor, específicamente en la esfera del espiritismo.

El padre del futuro autor era alcohólico, no anónimo sino consuetudinario, y cuentan los biógrafos que resultaba rara la ocasión en que el pequeño Arthur arribaba al hogar, si es que así se le podía nombrar, y que su progenitor no estuviese ebrio hasta la misma médula.

Así, su madre, viendo cómo su marido se bebía el sueldo, decidió ponerse a trabajar para enviar a su hijo más pequeño a la Escuela Preparatoria de los Jesuitas en Hodder Place, en Stonyhurst, con sólo nueve años de edad.

Arthur, nacido en mayo de 1859, terminaría así estudiando medicina, graduándose en 1881 a los 22 y especializándose en lo naval para recibir el doctorado 4 años más tarde.

Pero su pasión no fue la medicina sino la escritura y, enseguida, el espiritismo, no como pasión, sino como búsqueda de sentido a una existencia que se le antojaba ahíta de dolor y de deseo; de la fórmula cuasi matemática, matemática y metafísica, en que a una dosis de deseo, de cumplimiento del deseo, corresponde una dosis de dolor en el negociado de la vida.

Se cuenta que ya para los años comprendidos entre 1885 y 1888, el autor participaba en sesiones espiritistas donde las manifestaciones del más allá se daban mediante el procedimiento de poner un vaso bocabajo sobre la superficie de una mesa en que las puntas de los dedos de los médiums, puestos en el borde del fondo, hacían mover el vaso que así va mostrando los mensajes de ultratumba al marcar las letras del abecedario previamente trazado en la madera.

Se cuenta también que con resultados exitosos realizó por ese tiempo sus propios experimentos de telepatía con un allegado.

Pero, era sólo el inicio, la práctica en serio del espiritismo empezaría para el escritor cuando, enlistado como soldado en la Primera Guerra Mundial, recibe la noticia de la muerte de su hijo menor, Kingsley, aquejado de pulmonía. Entonces procuró buscar una respuesta, no en la ciencia que no había podido preservarle al hijo sino en el espiritismo que lo abocaba a la posibilidad de la comunicación con los muertos; con el hijo muerto.

Conan Doyle aseguraba haber podido escuchar la voz de su hijo muerto, o pasado a mejor vida según el espiritismo, en una serie de sesiones con un médium y, posteriormente, escribió que había apreciado la aparición de su madre y de un su primo, no aclara si juntos o por separado, y que aparecían ante sus atónitos ojos con la misma prestancia de los vivos; de la sobrevida. 

Paralelo a la práctica espiritista, Conan Doyle no sólo escribía novelas policiacas sino que se adentro en la escritura de libros como La guerra de los Bóers y artículos de profundidad ensayística como  La guerra en el sur de África: causas y desarrollo, obra que fue ampliamente traducida y que a la larga provocaría que le nombraran Caballero del Imperio Británico, en 1902, otorgándole así el tratamiento de Sir, además de obras de estudios espiritistas como La nueva revelación, El mensaje vital y Historia del espiritismo; ésta última publicada en 1926.

Los últimos años de su vida, el autor los dedicó a promover el estudio y la práctica del espiritismo y, en Londres, mantuvo durante mucho tiempo un museo de la doctrina espiritista y una librería que se especializaba en literatura de la índole ocultista y, por si fuera poco, viajaba sin descanso por todo el mundo para pronunciar conferencias en las que propagaba el conocimiento de lo ultramundano.

Labor que venía a facilitar su fama de escritor racional o, al menos, de autor que había creado un personaje, Holmes, epítome de lo racional, por lo que a sus presentaciones asistía un público enorme que, va de suyo, solía salir convencido de la nueva revelación de los muertos en un mundo que parecía morir de atiborramiento cientificista.

Paradójicamente, algunos han visto una manifiesta contradicción entre el personaje de Holmes, pletórico de pura lógica y lúcida reflexión, y su creador en tanto ferviente adepto del espiritismo. Error de apreciación, pues la lógica del personaje no parecía ser más que consecuencia de la antilógica del autor, si por antilógica entendemos el desarrollo de la intuición, la visión y la guía que provienen de la metarrealidad mediante el método del espiritismo; así, el poder psicológico del personaje a la hora de armar el rompecabezas del aparente azar en la resolución del misterio detrás del crimen no sería otra cosa que el poder psicológico del autor previa integración del oscuro inconsciente, de los muertos tutelares, con las ostentosas obligaciones del consciente, estudios científicos,  para acceder no ya al sentido común sino al nada común suprasentido.

Las librerías y sus ladrones urbanos

«[…], luego de unos pocos meses de vivir en París conocía ya un gran número de librerías, grandes y pequeñas, en especial las situadas en el barrio latino. La experiencia me había dado ya algunas lecciones: aprendí, entre otras cosas, que antes de robarme un libro era saludable hacer una visita previa a la librería elegida, para de esa manera estar familiarizado con el local, con las puertas de salida, con la cantidad de empleados; esto no excluía, ciertamente, que alguna vez comprara algo, para pasar inadvertido, y tener la imagen de un inofensivo y adocenado cliente.»

Ladrón de libros, Jorge Cuba-Luque

Las librerías, o paraísos donde se adquieren libros impresos a cambio de un pago, han mutado en menos de medio siglo a una velocidad de viaje sideral. Tanto así, que sus formas primigenias se me desdibujan en la mente aunque me baste oler la madera de un lápiz de color para recordar un poco. Una librería, en mi niñez, era una tienda donde se podían comprar útiles (cuadernos, lápices, colores, tablas de suma-resta-multiplicación-división, juegos de reglas de plástico) y libros para el colegio, de las diferentes materias y grados. En mi barrio de Lima había tres librerías. Una, que vendía más útiles que libros escolares, a precios muy baratos; otra, que vendía artículos de oficina muy caros y algunos pocos libros universitarios, y a la que un día llegó una fotocopiadora (que empezó a reemplazar al dibujo libre entre los escolares, porque fotocopiar una ilustración enciclopédica era más fácil que pintar la tarea del colegio); y una tercera librería, cuyo interior nunca nadie de la collera se atrevió a pisar, pues era oscuro, nada acogedor y paraba vacío, a juzgar por lo poco que se veía a través de la vitrina a la calle, donde se exhibían libros ‘para grandes’, o sea, literatura.

Más tarde, estando en la secundaria, conocí a los libreros del centro de Lima, ubicados en los patios interiores de las viejas casonas, formando mercadillos. Ahí se encontraban distribuidos, cual damero de Pizarro, varios stands de libros usados, pirateados, o de editoriales rústicas. En estos lugares todavía se practicaba el «trueque», esa vieja costumbre de intercambiar objetos sin la necesidad de soltar dinero. Cualquiera podía llevar, por ejemplo, libros usados y cambiarlos por otros libros usados, de más o menos igual precio. Únicamente cuando lo que a uno le interesaba costaba más que los libros que uno podía ofrecer, entonces se completaba el valor con unas cuantas monedas. Lo que llamó siempre mi atención fue la sabiduría de los vendedores, en su mayoría gente bastante humilde pero muy leída. No había cómo engañarles y fingir el poco interés de un tema, porque estaban bien al tanto de lo que vendían, qué materias o autores se podían, o no, regatear y cuándo ceder en el precio; pero sobre todo sabían qué literatura nacional se podía vender al peso. Por otro lado, hay que decir que en aquellos tiempos también había vendedores de libros lujosísimos, pagables en varias cuotas o créditos, a cancelar incluso en un año. Eran los libreros que iban de casa en casa, tocando los timbres y ofreciendo libros. Mis padres llegaron a comprar colecciones en varios tomos a estos ‘agentes libreros’. Recuerdo también que incluso les era permitida la entrada al colegio y se les concedía de un par de minutos para entusiasmar a algún alumno a que se apuntara a llevar un libro que después los padres pagaran.

Hoy, en detrimento de las librerías de barrio, existen las librerías ‘en línea’ que ofrecen libros impresos, por envío; con lo cual, si bien ya no se puede ojear los libros de estantes, o mercadillos, se accede a una ‘vista previa’ en versión digital. Las grandes editoriales de hoy, por su parte, suelen obsequiar el primer capítulo, en digital, de sus bestsellers impresos, a través de sus propios portales en línea, pues no necesitan intermediarios. Lo positivo, en la triste pero inminente desaparición de las viejas librerías, es la extinción de una especie: los ladrones de libros, es decir, los expertos en llevárselos sin pagar. Bien mirado, se puede decir que los que desaparecerán por completo pronto serán ellos, pues tamañas artes requieren práctica y, sin los sitios para adiestrarse en ellas, los amantes del libro hurtado quedarán reducidos a su mínima expresión.

Los aborígenes del siglo XXI

Hace poco tenía sintonizada una estación de la radio pública española y escuchaba las noticias de la mañana, cuando de repente empezó a sonar una canción en inglés. Era una canción que no se diferenciaba en nada de las tantas que atiborran el éter, las pantallas de la televisión y cualquier otro espacio posible en Internet o donde quiera que te metas. Una música igual a ella misma. El cantante, por supuesto, uno más en la plantilla internacional de cantantes anglosajones que prosperan en los medios de comunicación masiva en España. El conductor del programa radial dejó sonar su canción durante un tiempo más bien breve; luego retomó la palabra para decirnos que eran las 7 y 25 de la mañana, y enseguida nos anunció que se trataba del cantante canadiense Fulano de Tal, del grupo Más-cual, que acababa de sacar a la luz un primer single (así dijo, single, en inglés) y se pasó los minutos que restaban hasta los pitidos de la media hora hablando del susodicho intérprete foráneo.

Al día siguiente ocurrió otro tanto, esta vez con una banda de rock metálico. Y el encargado del segmento soltó un tramo de la música del grupo, que estuvo sonando hasta que el hombre decidió ilustrarnos sobre la vida y milagros de los integrantes de la agrupación. Los pitidos de las 8 de la mañana pusieron fin a la historia y el locutor pasó a hablar de los problemas acaecidos en España y el resto de países de su entorno. Tras varios días oyendo lo mismo, comprendí que esa era la línea de la estación y renuncié definitivamente a ella. No hablaré aquí del cine, los seriales en vídeo, los libros y otros productos de las “industrias culturales”, pues esta crónica se haría demasiado larga. Diré solo que no se trata de limitar lo ajeno, sino de estimar también lo propio y escoger lo mejor.

Y hablando de lo propio y lo ajeno, yo me pregunto si la otrora llamada “madre patria” no estará traicionando a la civilización a la que en realidad pertenece y que ella misma fundó del otro lado del Atlántico. Pero ¿para qué iba a hacerlo? ¿Por qué inclinarse ante un extraño, dejando su verdadero lugar en el mundo para hacerse un sitio, a codazo limpio, en la periferia de una cultura lejana a su propia idiosincrasia, a sus tradiciones y valores humanos? Esos experimentos a veces salen mal. Al final del camino podrías darte cuenta de que has dejado de ser tú, pero no te has convertido en el otro. Eres, sencillamente, nadie. La cultura anglosajona, en mi opinión, es extraña al hombre de origen español y no es necesariamente más rica ni más universal que la ibérica o la iberoamericana. Y tomo de nuevo la música: Teniendo tanta variedad de géneros y ritmos en países de veras hermanos, ¿por qué los encargados de difundir las diferentes manifestaciones del saber y el Arte se afanan de ese modo en su papel de admiradores de artistas ajenos, cuando en el conglomerado de pueblos salidos del tronco ancestral español se produce tan buena música, existen o han existido tantos excelentes intérpretes y tantos géneros de melodía vibrante, hermosa y sensual? ¿Por qué cuesta tanto dar noticia de la aparición de nuevos temas españoles o iberoamericanos?, ¿por qué se ignora nuestro acervo cultural común, mientras se trata machaconamente de incrustar en la conciencia del pueblo una música de letra incomprensible y melodía no siempre más bella ni agradable al oído que la de una buena canción española o hispanoamericana? ¿Por qué no queremos conocernos mejor? Dicho sea de paso, he leído en inglés las letras de las canciones de Bob Dylan, premio Nobel de Literatura. Las comprendo bastante bien, y por mucho que he tratado de hacerlo no encuentro en ellas nada superior a la poesía de Sabina, Serrat, Milanés o Silvio, para no hablar de los grandes poetas de nuestra lengua. Entiendo apenas el culto que se le tributa en los países angloparlantes; pero ¿por qué en los nuestros?

Comprendo que una voz como la mía no podrá cambiar el curso de la colonización mediática que, lenta pero indefectiblemente, está borrando paso a paso la cultura autóctona de nuestros pueblos, colocándola en un segundo plano antes de dejar que se apague por sí sola y se pierda en la bruma del tiempo. Ya ocurrió con el Imperio romano y con tantos otros en el transcurso de los milenios. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, ocurre cada día ante nuestros ojos. Esta vez los embaucados somos nosotros, los aborígenes del siglo XXI. Quien necesite verlo para creerlo, que se detenga un instante a oír y mirar en derredor y que juzgue luego por sí mismo.

Hace cierto tiempo, una cantaora de flamenco llamada Argentina estuvo de viaje en Cuba. En su paseo por La Habana Vieja entró en un bar donde un grupo de músicos cubanos interpretaba una canción popular. Lo supe por una amiga que me envió un vídeo grabado por uno de los allí presentes. En el material no se muestra cómo ocurrió el proceso de acercamiento; pero lo cierto es que la visitante se unió a los músicos del país, y todos juntos interpretaron una canción titulada Idilio y escrita por un compositor puertorriqueño. El resultado es maravilloso. Durante un rato la muchacha española interpreta con su deje andaluz aquella canción caribeña y, gracias a quien grabó el vídeo, nos deja un testimonio hermosísimo de una música que emociona a casi cualquier persona de nuestro entorno cultural y lingüístico. Debajo de las imágenes del vídeo pueden leerse numerosos comentarios de españoles y latinoamericanos que expresan la misma idea que yo he tratado de enunciar aquí. Mientras los leía, me vino a la cabeza la peregrina idea de que tal vez no todo esté perdido.

Violencia en Cuba

Cae el mito del país más seguro en América Latina

La izquierda adoradora de dictadores, los tontos útiles que en el mundo siguen defendiendo ese engendro mal llamado Revolución Cubana, han perdido definitivamente uno de sus slogans: Cuba ya no es el paraíso de la seguridad en América Latina…

Cuba es hoy un país tan violento, que la inmensa mayoría de los cubanos cierran sus puertas a cal y canto apenas cae la noche y ni siquiera así se sienten a salvo, porque ya son numerosas las denuncias de cubanos asaltados y asesinados a machetazos dentro de sus propias casas, mientras duermen. En lo que va de año hemos sido estremecidos en numerosas ocasiones por desapariciones de mujeres jóvenes, por asesinatos de muchachos para robarles los teléfonos celulares, por crímenes contra personas de cualquier edad que terminan golpeados o muertos luego de ser asaltados para quitarles bicicletas o las llamadas motorinas… y, por si no bastara, en lo que va de año, la violencia machista se ha cobrado ya la vida de más de 50 mujeres en una alta cifra de feminicio que no parece importarle nada al gobierno de Díaz Canel.

La violencia creciente en la isla siempre ha sido manipulada, escondida y disfrazada con eufemismos por quienes detentan el poder en Cuba… llámense Castros en su poder real y totalitario o llámense Díaz Canel y su orquesta sinfónica de gordas marionetas del poder real que los ha puesto allí.  Recuerdo que ya a mediados de la década del 90, en 1993, cuando yo trabajaba en Publicitaria Coral, la agencia de publicidad de la corporación Cubanacán SA, el entonces presidente de esa corporación, Abraham Maciques, confesó en una reunión que eran preocupantes las agresiones de delincuentes a turistas en la Marina Hemingway, Varadero y Santiago de Cuba. Entre esos casos, la violencia había terminado en muerte en al menos 3 turistas… Y jamás en Cuba se habló de eso.

Años después, cuando investigaba para escribir mi conocido libro sobre la prostitución en Cuba, Habana Babilonia, tuve en mis manos el expediente policial del asesinato de 2 jóvenes españoles que se vincularon con los grupos marginales de tráfico de droga en La Habana. Convertí esa historia en una de mis novelas negras o policiales: Largas noches con Flavia… en esa novela doy detalles reales de ese caso, de dónde fueron encontrados los cadáveres y de cómo un miembro de aquel grupo de turistas españoles, una muchacha, logra salvarse y regresar a España. Tampoco de ese caso se habló en Cuba.

Y ya conté en uno de mis artículos hace años que en Santiago de Cuba existió una banda de delincuentes llamada “Los diez negritos”, cuyos miembros violaron a varias mujeres y asesinaron a dos jóvenes para robarlos… y la policía nunca logró dar con ellos… hasta que cometieron un grave error… dibujaron una esvástica, ya saben, el signo nazi, en la tumba de José Martí en el Cementerio de San Ifigenia, allá, en Santiago de Cuba. Una semana después ya estaban presos.

Durante mi vida en Cuba tuve la suerte de vivir en medio de la marginalidad: allá en Santiago de Cuba viví a unas cuadras del barrio Los Cangrejitos, donde conocí formas diversas de la violencia provocadas por el hacinamiento, la pobreza y la insalubridad en la que miles de santiagueros estaban condenados al residir en ese sitio tan depauperado. Cuando me fui a estudiar a La Habana, viví en una zona muy marginal de Párraga, en otra zona todavía más marginal y depauperada de Luyanó, y después me fui al corazón de la marginalidad capitalina: primero en un apartamento horrendo en la barriada de Jesús María, y luego en el barrio de Centro Habana donde, desde antes de la Revolución, se concentró el mercado sexual, de travesti y de drogas, características que, por cierto, siguió siendo aunque de forma más encubierta así en los años de Revolución: Los Sitios…

Eso explica que en mis novelas la violencia contra la mujer, la prostitución femenina y masculina, el mercado negro, la corrupción policial, el hacinamiento habitacional, la insalubridad, y otras muchas carencias y problemas sociales y humanos derivados de la marginalidad sean ingredientes naturales… La Revolución, como bien sabemos, intentó evitar que esa realidad se conociera… pero sus esfuerzos por esconder esa cara siempre oscura y terrible del que vendían como un proceso social con todos y para el bien de todos, no estaban dirigidos a combatir realmente esos fenómenos… A los líderes de la Revolución siempre les interesó únicamente mostrar una cara limpia, hermosa, paradisíaca de la Revolución…, no les interesó terminar con esas enormes diferencias sociales que estaban ahí, aunque nosotros mismos los cubanos, nos habíamos acostumbrado tanto a ellas, que todavía escucho a muchos cubanos decir que en Cuba, en esos tiempos, no había diferencias sociales. Lo siento, pero durante más de 30 años de mi vida en esos barrios, yo viví en un mundo de diferencias sociales, y a veces esas diferencias eran bastante drásticas entre quienes tenían y quienes tenían poco o no tenían nada. Hoy esa diferencia es terriblemente mayor, pero en aquellos años también existía.

Como existían también las bandas organizadas de narcotráfico locales, pequeños capos que ganaban poco a poco poder en convenios con altos mandos de la policía que, curiosamente, eran quienes alimentaban el mercado negro y de la droga, como conté en mi novela Entre el miedo y las sombras, también basada en un expediente policiaco real…, la tercera novela de mi serie negra “El descenso a los infiernos”… Y como muchos cubanos sabemos, existían conexiones muy organizadas de tráfico humano hacia la Florida.

Como se ve… la violencia social en Cuba es algo que me toca muy de cerca porque lo viví y porque convertí esas historias reales en temas y escenarios de mi periodismo y de mis novelas. Y que conste, las convertí en novelas porque siempre que, como periodista, iba con esos temas a los órganos de prensa donde trabajé allá en Cuba: la televisión cubana, la radio o la prensa… jamás logré que se publicaran mis reportajes sobre esas problemáticas… y aún recuerdo una reunión en la UPEC con ese buen amigo que fue Julio García Luis, que entonces presidía la Unión de Periodistas de Cuba, en la cual me dijo que le habían dicho “de arriba” que tenía que pararme en seco para que no siguiera metiendo las narices donde no debía… Fue, por poner un ejemplo, Julio García Luis uno de los primeros en leer el manuscrito inédito de mi libro Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba, pues le llevé el libro para que se entendiera que mi intención era alertar sanamente sobre un fenómeno que en aquella Cuba de finales de la década del 90 se le estaba yendo de las manos a la sociedad y que podía convertirse en un flagelo irreversible. Las palabras de mi profesor Julio García Luis fueron inolvidables: “ahora sí te tostaste, muchacho, voy a hacer como que no he leído nada de esto que me has dado a leer… porque como te conozco bien y sé que tú seguirás insistiendo con publicar este libro, sé que en su momento me ordenarán cortarte las patas… y tú sabes que tendré que hacerlo”.

Hace unas semanas, preocupado por el hecho de ver en internet cientos de fotos de una Habana de calles tristemente vacías cuando cae la noche… algo que me conmocionó porque para mí la viveza y luminosidad populosa  de la noche ha sido siempre uno de los asombros más hermosos de La Habana, pregunté a ese vecino que, en la Cuba de los 90, gracias a que trabajaba en uno de los departamentos de la policía, me ayudó a conseguir los expedientes de casos policiales que utilice para escribir mis novelas negras. Sigue trabajando en eso, ahora más cerca de ciertos niveles de jefatura…  Y lo que acaba de decirme, aunque no me asombra porque ya lo suponíamos, tampoco deja de indignarme: la violencia no entra en la lista de prioridades de la Policía: la prioridad es combatir toda forma de manifestación pública contra la Revolución…; de hecho, se considera a la violencia un aliado del gobierno para mantener a la gente tranquila en sus casas, y circula incluso un chiste  que asegura que los delincuentes son los más aguerridos soldados de la Revolución porque asustan al pueblo para que no salga a las calles por miedo a ser asaltados. Y aunque mi amigo no está seguro de que sea una política oficial, sí asegura que en los últimos meses se les ha dado libertad a muchos delincuentes que viven, CASUALMENTE, en esas zonas donde se han dado casos de violencia que terminan en robos escandalosos o asesinato…, zonas que, CASUALMENTE, son las mismas donde la gente se manifestó con más fuerza en las calles en las manifestaciones de julio de 2021.

A ellos, esa mafia de obesos oportunistas que dirigen el país, no les importa que la gente esté descontenta y los haga responsables de generar la violencia con su incapacidad manifiesta en llevar al país por cauces económicos que rindan frutos reales en la vida del cubano de a pie. Se sienten intocables, ahora apoyados por Rusia , defendidos por partidos y gobiernos de izquierda que achacan todo el mal a Estados Unidos y al famoso «bloqueo», y saben que nadie cargará contra ellos a nivel internacional porque la comunidad internacional observa, con indolencia, todo el desastre económico, político y social que ese mal gobierno ha generado… Y lo cierto es que el único que se beneficia, y mucho, con la violencia que asola ahora mismo a Cuba y a los cubanos  es el gobierno de Díaz Canel…