Los puentes urbanos

«Es mi puente un poeta que me espera
con su quieta madera cada tarde.
Y suspira y suspiro, me recibe y le dejo
solo, sobre su herida su quebrada…»

Puente de los Suspiros [1960, vals]
Chabuca Granda

Los puentes en las ciencias humanas, pero sobre todo en la literatura, han servido, y sirven, con frecuencia como metáfora de unión entre dos entes que están separados, por naturaleza o por destino. Se habla del puente entre dos culturas antagónicas, del puente entre dos etapas históricas, de los puentes culturales que toda ciudad cosmopolita construye de manera permanente hacia lo que la va invadiendo. Desde el punto de vista arquitectónico, los puentes urbanos tienen en muchas ciudades una función ante todo práctica, es decir, sirven para unir dos espacios que, de otra manera, quedarían aislados, porque los separa un canal, un río o un abismo, o el mar de automóviles de una gran vía. Y hete ahí que, en el caso de los puentes peatonales, estos incluso llegan a ser útiles para salvar vidas humanas, aquellos sobre grandes avenidas o la Panamericana Sur, por ejemplo, que invitan al apurado citadino temerario de las grandes urbes a no cruzar a pie pistas de alta velocidad, sino a utilizarlos.

De otro lado, totalmente diferente, hay puentes que se han convertido en símbolo emblemático de grandes ciudades, y también al revés, ciudades que han hecho de ciertos puentes propios el símbolo de una leyenda, de una creencia, de una marca comercial-cultural. Y en ese afán, muchas veces, el significado o utilidad originaria de aquella construcción urbana ha perdido, o ganado, lecturas. ¿Quién no ha oído hablar del famoso Ponti dei Sospiri que hay en Venecia? Todo turista, si visita la ciudad en plan romántico, quiere hacerse una foto con su pareja con ese puente de fondo; sin embargo, pocos saben que ese puente sirvió para unir dos entidades oficiales: el Palacio Ducal y el calabozo de la Inquisición. En este último los condenados a muerte tenían el privilegio de poder darle una última mirada al cielo y al mar, antes de cumplir su condena. Con el paso del tiempo aquellos suspiros de los que iban a morir indignamente se confundieron con los suspiros de amor que tantas parejas enamoradas darían al celebrar bodas, lunas de miel, pedidas de mano, enamoramientos, y otras tonalidades de relaciones amorosas, en esa ciudad, y recorrer los canales venecianos pasando por debajo de aquel elemento urbano con tanta historia. Lo que inspiró el nombre de ese puente veneciano no tiene nada que ver con la simbología actual que el turista le atribuye a esos suspiros que lleva en su nombre aquella construcción. 

Pero otro famoso y concurrido Puente de los Suspiros existe en otra gran ciudad. En Lima. Ahí sí que suspiran los enamorados, que son el mayor grupo social que lo visita. Lo peculiar es que se trata de un puente que data del siglo XIX debajo del cual no pasa un río, una avenida, un gran abismo, no. El puente atraviesa la bajada que otrora fuera el único camino posible para pescadores o visitantes del Balneario de Barranco, siglos atrás.  Este puente urbano —cuya altura no llega a los 10 metros— une dos laderas hacia casi el punto más alto de una quebrada. Dicha cúspide queda a unos cuantos metros más allá, permitiendo que cualquiera pueda alcanzar los extremos de ambas laderas a pie, sin dificultad y obviando el puente. Sumado a eso, aquella hondonada se ha convertido hoy en un paseo peatonal seguro, en especial al atardecer y por las noches, con centros culturales, cafeterías, restaurantes y hasta un renovado mirador, y ha quedado lejos de ser lo que fue en un tiempo: el lugar ideal para los asaltantes entre penumbras. Hay tantas luces hoy en esa bajada que de camino de farolitos románticos va quedando poco. Con todo, algo mágico envuelve al Puente de los Suspiros limeño. Aquella vieja construcción de madera atrae a los enamorados del mundo como un mito vivo gracias a viejas creencias y leyendas cuyos orígenes exactos y autorías no se conocen, aunque no cabe duda de que el texto citado aquí como epígrafe, de la cantautora peruana Chabuca Granda, haya contribuido en algo a darle aire ensoñador a aquel lugar: «… Es mi puente un poeta que me espera con su quieta madera cada tarde…»