POR FABRICIO SERPA-WILLEN
Los fantasmas de Otto Müller
Miguel Ángel Latouche
Ilíada Ediciones, 2026
Los fantasmas de Otto Müller, del escritor y académico venezolano Miguel Ángel Latouche, tiene un punto de partida que puede parecer el de una novela de intriga histórica: después de la muerte de su abuelo, un joven venezolano descubre que el hombre que lo crio no era el partisano austríaco que decía ser, sino un antiguo oficial nazi que consiguió reinventarse en la Venezuela de mediados del siglo XX. Pero detrás de esa revelación hay una pregunta mucho más incómoda: ¿hasta dónde puede una persona escapar de su pasado y hasta dónde puede una familia vivir sobre una mentira?
La novela despliega su trama a través de varios espacios y momentos históricos: el Vancouver contemporáneo, la Sudáfrica del apartheid, la Gran Canaria de la posguerra y distintas etapas de Caracas, desde los años cincuenta hasta comienzos del siglo XXI. Esa geografía múltiple no parece responder únicamente a una voluntad de cosmopolitismo narrativo. El desplazamiento geográfico funciona, sobre todo, como una manera de representar el desplazamiento de una identidad: Otto Müller puede cambiar de país, de nombre, de historia y de apariencia, pero no puede desprenderse completamente de aquello que fue. Y ahí se encuentra uno de los mayores atractivos conceptuales de la novela.
El título es particularmente significativo. Los fantasmas de Otto Müller no son necesariamente apariciones sobrenaturales. Son, antes que nada, las huellas de una vida anterior que continúa proyectándose sobre los vivos. El fantasma es la memoria, el secreto familiar, la identidad inventada, la culpa, pero también es la historia. El personaje que durante años ha sido considerado un partisano austríaco termina revelándose como alguien radicalmente distinto. Esa inversión convierte la investigación familiar en una excavación arqueológica de la identidad. El protagonista no está simplemente intentando averiguar quién fue su abuelo: está intentando averiguar quién fue realmente el hombre que contribuyó a construir su propia identidad.
La pregunta deja entonces de ser exclusivamente histórica para convertirse en una pregunta moral: ¿qué hacemos con la verdad cuando descubrimos que las personas que amamos están vinculadas a hechos que no podemos aceptar? Una de sus premisas más poderosas es que el descubrimiento de la monstruosidad de una persona no necesariamente elimina los recuerdos de la ternura que esa misma persona pudo haber ofrecido. La Venezuela de mediados del siglo XX aparece entonces como algo más que un escenario: es el lugar donde una identidad puede ser reconstruida. Y hay que recordar que después de la Segunda Guerra Mundial, América Latina recibió a numerosos europeos desplazados por la guerra y por sus consecuencias políticas. La novela utiliza ese contexto histórico para construir una ficción alrededor de una posibilidad perturbadora: que alguien pueda abandonar Europa, inventarse una nueva biografía y comenzar otra vida mientras deja atrás —al menos aparentemente— los crímenes de su pasado. Pero una identidad falsa no significa necesariamente una vida falsa. Otto Müller puede construir una familia verdadera, querer, ser querido, puede ejercer de abuelo, formar parte de los recuerdos felices de un niño. Y precisamente por eso el descubrimiento resulta devastador.
El problema no consiste simplemente en descubrir que un hombre mintió. Consiste en descubrir que una parte de nuestra propia memoria estaba construida sobre esa mentira. La investigación que emprende el protagonista parece recorrer precisamente ese camino: reconstruir el pasado para poder comprender el presente. De ahí que la estructura de la novela resulte especialmente apropiada. La verdad no está localizada en un único lugar: está dispersa en diferentes geografías y épocas. La memoria familiar se convierte así en una especie de mapa.
Otro elemento particularmente atractivo es el encuentro entre la historia europea y la latinoamericana. El nazismo constituye uno de los grandes traumas de la historia europea del siglo XX. Pero la novela no lo mantiene encerrado en Europa. Lo transporta hacia América Latina y lo coloca dentro de otra historia: la de una Venezuela que recibe inmigrantes, construye nuevas identidades y experimenta sus propias transformaciones políticas y sociales. Ese desplazamiento permite plantear una cuestión histórica de enorme interés: ¿qué ocurre cuando los grandes traumas europeos llegan a sociedades latinoamericanas y quedan incorporados a familias que ya tienen su propia historia?
Pero quizá el aspecto moralmente más complejo de la novela sea la relación entre crimen y redención. Una literatura verdaderamente interesada en el mal no necesita fabricar monstruos sin humanidad. De hecho, puede ser mucho más perturbador descubrir que el mal puede coexistir con la capacidad de amar. Ahí reside probablemente una de las ideas más inquietantes que propone Latouche: la humanidad de una persona no cancela sus crímenes, del mismo modo que sus crímenes no necesariamente cancelan su humanidad. La contradicción es insoportable precisamente porque es humana.
Ahí reside la fuerza de esta novela de Miguel Ángel Latouche: en recordarnos que la memoria no es solamente aquello que recordamos, sino también aquello que, durante años, alguien decidió que no debíamos saber.
