Encierro, deseo y el yo como rehén

En el oscuro sueño
Carlos L. Zamora
Ilíada Ediciones, Alemania, 2025


En el oscuro sueño no cuenta un encierro: lo reproduce. El lector no asiste a la prisión desde afuera; entra en ella. Comparte la humedad, la penumbra, el ritmo obsesivo de un pensamiento que se muerde la cola. Lo notable no es solo la verosimilitud del espacio carcelario, sino la manera en que ese espacio se convierte en laboratorio moral donde se erosionan las certezas del sujeto moderno: la razón, la culpa, la dignidad, incluso el lenguaje.

Desde la primera página, el narrador no sabe —y no puede saber— qué crimen ha cometido. Esa ignorancia no es un truco argumental sino el verdadero motor del libro. La novela se escribe desde una zona incómoda: la del individuo que ha perdido el derecho a comprender su propia historia. No es inocente, pero tampoco plenamente culpable. Está suspendido en un limbo jurídico y ético que recuerda menos a Kafka como icóno que a Kafka como experiencia corporal: el cuerpo que espera, que tiembla, que imagina castigos peores que los recibidos. Pero hay otra referencia que se impone con igual fuerza: la de Dostoievski. Como Raskolnikov en Crimen y castigo, el narrador de Zamora vive una relación atormentada con su propia culpa, pero con una inversión fundamental: Raskolnikov sabe lo que hizo y lucha contra el reconocimiento; el narrador de En el oscuro sueño desconoce su crimen y lucha por recordarlo. La culpa, en ambos casos, precede a la comprensión. Pero donde Dostoievski confía en que el sufrimiento conduce a la redención, Zamora no ofrece esa salida. Su narrador purga sin saber qué paga, y la novela sugiere que quizás eso sea lo más honesto que puede decirse sobre la culpa: que nunca llegamos a conocerla del todo, que siempre es mayor o menor o distinta de lo que creemos.

La convivencia forzada con el compañero de celda —brutal, opaco, excesivamente físico— introduce una de las tensiones más perturbadoras de la novela. No se trata solo de la violencia explícita, sino de algo más sutil y más devastador: la humillación constante, la colonización del espacio íntimo, la imposibilidad de preservar una mínima soberanía del yo. Zamora entiende bien que la verdadera tortura no es el golpe, sino la repetición; no el dolor, sino la anticipación del dolor. La dinámica entre ambos hombres es una coreografía de dominación donde el cuerpo es la moneda de cambio. El compañero establece su autoridad desde el primer momento a través de gestos que parecen casuales pero no lo son: poner el pie húmedo sobre la sábana del narrador, tardar en el baño cuando el otro tiene urgencia de orinar, masturbarse en la litera de arriba sin ninguna consideración. Son actos de colonización del espacio compartido, de borramiento de la frontera entre lo propio y lo ajeno. El narrador —un profesor de literatura, un hombre de palabras— no tiene recursos para responder a ese lenguaje. Su cultura no le sirve. Tiene que aprender, lentamente y con dolor, la gramática del cuerpo.

En ese punto la novela convoca otro diálogo literario inesperado: el de Michel Houellebecq y, más atrás, el de cierta tradición europea que va de Bataille a Handke en su tratamiento del cuerpo como escenario político. En Houellebecq, el cuerpo es el lugar donde el mercado ejerce su violencia más íntima; en Zamora, es el lugar donde el poder —estatal, carcelario, pero también patriarcal y social— inscribe sus jerarquías. El cuerpo del compañero de celda no es solo una amenaza física: es un argumento, una demostración cotidiana de que el mundo pertenece a los que tienen más músculo, más descaro, más indiferencia ante el dolor ajeno. El narrador lo contempla con una mezcla de terror y fascinación que Zamora no resuelve ni en un sentido ni en el otro, y en esa ambigüedad reside gran parte de la potencia de la novela. La escena en que el compañero confisca las cartas y la fotografía de la mujer del narrador y las pega en la pared junto a la foto de la suya propia es de una crueldad que va más allá de la violencia física. Es una apropiación simbólica: tomar lo más íntimo y convertirlo en objeto de placer y de burla. El narrador llora en la oscuridad, solo, conteniendo el llanto para que el otro no lo escuche. En ese llanto hay toda la dignidad que le queda.

En paralelo, la novela despliega una segunda corriente narrativa: la vida exterior, los recuerdos, el deseo, el erotismo, la culpa conyugal, la memoria del afecto. Estas escenas no funcionan como simple contrapunto luminoso, sino como zonas ambiguas donde también se juega la violencia, aunque con otros ropajes. El amor, aquí, no redime: complica. La literatura, lejos de salvar al protagonista, lo vuelve más vulnerable, más consciente de lo que pierde. Y en esa vida exterior la novela construye toda una constelación de personajes que merecen ser leídos con detenimiento: Andrés, el ingeniero que regresó de Rusia con su fe intacta y fue traicionado por el sistema que amó; Jezabel, su mujer, que busca en el deseo una forma de ejercer una soberanía que el pueblo y el matrimonio le van cercenando; Aldo, el escritor frustrado que la desea en secreto y hace literatura con esa doble traición; Ana, la uróloga que trabaja sin parar y fantasía sin culpa. Sus vidas se entrecruzan en una coreografía que Zamora maneja con habilidad: ninguno de estos personajes es enteramente simpático ni enteramente condenable, y todos están atrapados, de una manera u otra, en estructuras que los superan.

Hay, además, un conjunto de escenas aparentemente menores —las mujeres que hablan por teléfono— que revelan una de las zonas más finas y menos evidentes de la novela. En esos diálogos fragmentarios, cotidianos, Zamora afina un oído extraordinario para el habla popular como espacio de resistencia, de comunidad y también de desgaste. No es el español neutro de la literatura latinoamericana contemporánea ni el cubano estilizado de cierta tradición caribeña: es el idioma oral de un pueblo de provincia en los años más duros de la crisis, con su anjá y su solavaya, con su me da un dolor así en el corazón y su aquí lo que hay es que estar vivos, con sus quejas sobre los apagones y la harina que no llega porque el barco de Rusia está retenido en un puerto esperando el pago de una deuda. Cuando una de esas voces pregunta si van a tener que volver al casabe —como en los tiempos de los indios—, la novela no necesita hacer análisis histórico. La queja doméstica ya es el análisis. Estas mujeres hablan de los Marreros —nueve personas, entre ellas cinco niños, ahogadas en una salida ilegal que recorre la novela como una herida colectiva—, del viejo sobreviviente que no habla, del velorio que coincide con la Gala del Día de la Liberación, del Director del Hospital destituido por escribir cartas críticas a las instancias superiores. En esas conversaciones, la historia política de la Isla aparece oblicua, traducida al idioma de la vecindad y el afecto, que es quizás la única manera de hablar de ciertas cosas sin ser aplastado por ellas.

Porque Cuba, aunque no es el foco declarado de la novela, opera en ella como telón de fondo irrespirable. La celda no funciona únicamente como espacio literal: es también una metáfora que Zamora se cuida de no subrayar, pero que el lector siente acumularse página a página. El narrador ignora su crimen, ignora su sentencia, ignora cuánto tiempo lleva encerrado y cuánto le resta. Ha sido privado no solo de la libertad sino de la información necesaria para orientarse en su propia vida. Esta condición —el sujeto que no tiene acceso a las razones de su propio castigo, que existe al margen de toda institucionalidad legible— resuena con una cartografía afectiva y política muy específica: la de un lugar donde la desorientación temporal se ha vuelto crónica, donde el futuro es una categoría abstracta y el presente una repetición ligeramente variada del pasado. El tiempo en En el oscuro sueño es elástico, opresivo, sin estructura. Y esa cualidad no es solo un recurso formal: es también un retrato.

Hay en la novela una reflexión persistente —nunca subrayada, nunca didáctica— sobre el poder. No solo el poder del Estado o de la institución penitenciaria, sino el poder microscópico que se ejerce en los vínculos, en el deseo, en la mirada. Nadie está completamente a salvo de ejercerlo ni de padecerlo. Jezabel lo ejerce sobre quienes la desean; Aldo, sobre sus talleristas; Ana, sobre sus pacientes; el compañero de celda, sobre el narrador. Y en todos esos casos el cuerpo es el escenario donde ese poder se inscribe y se negocia. La vida sexual de los personajes libres ocupa un espacio considerable en la novela, y Zamora la trata con una franqueza que no es exhibicionista ni decorativa: es analítica. Jezabel se entrega al deseo como forma de soberanía; Ana se masturba pensando en su vecino porque su cuerpo, sometido todo el día a la norma y al agotamiento, necesita un territorio propio e inviolable; Aldo hace el amor con su mujer mientras piensa en otra mujer y hace literatura con esa doble traición que en realidad no siente como traición sino como necesidad. El cuerpo, en esta novela, es siempre político. Quien controla el cuerpo —propio o ajeno— controla el espacio. Y el espacio, en este mundo, siempre ha sido escaso.

La novela dialoga con varias tradiciones literarias a la vez, y esa polifonía intertextual es parte de su riqueza. La más evidente es la kafkiana: el narrador que desconoce su crimen, que espera un juicio que no llega, que ha sido confinado por fuerzas que no puede ver ni comprender. Pero Zamora no es Kafka: su narrador no está paralizado por la burocracia abstracta sino por la brutalidad muy concreta de un cuerpo que lo amenaza desde arriba. El absurdo aquí tiene músculos y huele a sudor. Y junto a Kafka está Dostoievski, ya mencionado, aunque la conversación es más oblicua: no es la estructura del crimen y el castigo lo que Zamora toma prestado, sino la convicción de que la culpa es una experiencia anterior al razonamiento, que el yo moral es más opaco de lo que quisiera creer. Con la literatura cubana, los vasos comunicantes son múltiples: el pesimismo lúcido de Leonardo Padura, su capacidad para retratar la vida cotidiana sin idealizarla ni demonizarla; la manera de Reinaldo Arenas de entender el encierro —literal o metafórico— como condición existencial, ese tratamiento del cuerpo como territorio político, esa dificultad para separar el deseo del poder. En el contexto latinoamericano más amplio, En el oscuro sueño conversa también con el Onetti de El astillero —esa atmósfera de derrumbe sostenido, esa dignidad que se defiende en la derrota— y con ciertos momentos del Benedetti más duro, el de Primavera con una esquina rota, que tematizó la prisión política como fractura del yo y de los vínculos afectivos. Lo que distingue a Zamora en esa constelación es su apuesta por la simultaneidad: En el oscuro sueño no es solo la novela del hombre encerrado sino la novela de un mundo entero que sigue girando fuera de la celda, indiferente y urgente, lleno de deseos y mezquindades y gestos de generosidad inesperada. Esa doble estructura le da a la novela una densidad que las narraciones de encierro más clásicas suelen sacrificar en aras de la concentración.

La prosa de Zamora es uno de los grandes aciertos del libro: densa pero fluida, capaz de sostener largos monólogos interiores sin perder tensión, con una sensibilidad notable para el ritmo y para el detalle sensorial. Los fragmentos más extraordinarios son aquellos en que el narrador observa a su compañero —un cuerpo que no comprende, que lo aterra y lo fascina a la vez— y trata de construir, a partir de esa observación, una teoría de la supervivencia. Hay en esa escritura una calidad de película de autor: mucho ocurre en el silencio entre los planos, en lo que no se dice, en lo que se mira de reojo.

En el oscuro sueño no ofrece consuelo ni cierre tranquilizador. Su apuesta es más arriesgada: obligar al lector a permanecer en la pregunta. La última imagen del narrador —la celda que se vacía, la soledad que no trae alivio sino un dolor más hondo, el grito que lanza ahora que nadie puede escucharlo— es de las más perturbadoras de la novela cubana reciente. No hay redención. No hay reconciliación. Hay apenas la conciencia de que se ha sobrevivido a algo, y que esa supervivencia no es necesariamente una victoria.

Ser rehén —el título original de la novela era precisamente ese— no es solo una condición jurídica. Es una condición existencial. El narrador es rehén de su sensibilidad literaria, que le impide actuar cuando debería actuar. Andrés es rehén de su integridad, que le costó todo. Jezabel es rehén de su belleza y de un pueblo que no sabe qué hacer con una mujer como ella. Ana es rehén de su disciplina y de un matrimonio que la agota y la sostiene a partes iguales. Nadie escapa. Pero nadie deja de moverse dentro de su jaula. Y eso, en la literatura como en la vida, puede ser suficiente.

Se sale de esta novela con la sensación de haber sido observado desde dentro. Como si, al cerrar el libro, alguien apagara la luz de la celda… pero dejará la puerta entreabierta para que entrara ese airecillo salobre que viene del mar, con sus promesas y sus peligros, que es lo más parecido a la libertad que este mundo tiene.

Donde terminan las fronteras

Siempre es bueno verte
Sergio de los Reyes
Traveler, Madrid, 2023

Con su novela Siempre es bueno verte, editada por Traveler en Madrid, el poeta Sergio de los Reyes llega a la narrativa con los deberes hechos: ha vivido y padecido, ha leído y estudiado, conoce el amor y sus vértices, ha viajado y publicado los poemarios Elsewhere, Queen Street West y Ciervo fugitivo; además de estar casado, ser padre y ganarse la vida en una Biblioteca Pública de Toronto.

La novela de todo poeta, por muy realista que sea, planea sobre el lirismo y la reflexión existencial; además del ímpetu juvenil en Siempre es bueno verte, un título alusivo a viajes, pérdidas, encuentros y búsqueda de la felicidad lejos del hogar, porque existe otra vida “donde terminan las fronteras” y “…Hay sociedades enteras que se echan al mar para soñar con un gran puerto… aunque “la libertad individual comienza en el desamparo…”

El autor tiene una historia y posee la técnica para contarla y hacer creíble la odisea personal de un joven idealista y sensible que, hastiado de la desidia y la desesperanza en Cuba, se exilia en Madrid donde se descubre a sí mismo entre chicos que como él, y junto a él, atraviesan los rigores y las caídas previas al encuentro con sus familiares y amigos en Miami, la “tierra firme de los exiliados”; no sin antes obtener pasaportes falsos y volar a Berlín, Milán, Atenas, París, Londres, Cancún o New York.

La inmersión en estas páginas de estilo depurado es una aventura literaria que parte de un viaje liberador en torno a las andanzas del protagonista y sus cofrades, extraviados en una ciudad devenida en centro de sus anónimas odiseas. El tema no es nuevo pero el enfoque es original por el manejo del lenguaje, la resonancia mítica y los matices autobiográficos: el protagonista evoca fragmentos de canciones y poemas, describe plazas, calles, estatuas, librerías, museos y fuentes mientras “pasea y dialoga” con Ella, la novia traída al presente en la memoria, y con “el joven de la Calle Desengaño”, un personaje histórico del siglo XIX que estudió en Madrid y se exilió en New York.

A través de “Ella”, el autor enlaza la ciudad perdida a la urbe que descubre y le ignora; con “el joven…”se mimetiza e idealiza a la Patria, creando una realidad atemporal que confunde los espacios y expresa orfandad y desarraigo, preámbulo de libertad. Ese pulso entre el pasado vulnerable y el presente abrumador halla un equilibrio en la esperanza y en la relación entre los personajes, unidos por quimeras y frustraciones comunes, y por una ilusión de futuro.

En trescientas veintitrés páginas y treinta y seis capítulos breves el creador relata los “descensos”, los escenarios y los personajes que coinciden con Hermes en el Aeropuerto de Barajas, en hostales de Madrid y en otros puntos de la capital española -y de Cancún, Atenas o Creta-. La travesía es un tapiz a merced del azar y la memoria; los diálogos y las descripciones -agudas, precisas, poéticas- planean sobre “…el duro golpe de dejar su infancia y la adolescencia, levantar el vuelo y verse un hombre al descender”; sorprendido por la lejanía y el frío del invierno: “…una sensación tan ignota como la felicidad…”

No todo es un intento de fuga en ese tablero inédito. Para el protagonista, “…Vagar por una ciudad desconocida es un viaje al interior humano. Las calles, las plazas, los transeúntes se convierten en nuevos vocablos… pueden ser la compañía ideal del exiliado”. Incluso la nieve, que fascina a los cubanos porque “…tiene todo lo que anhelamos y no conseguimos: delicadeza, albura, frescor, gracilidad…”

Y Hermes, sin otra tutela que la propia, vende carteles para un puticlub nocturno de la Gran Vía, “su hogar transitorio”. Y comprende que Madrid es “un aquelarre interminable…” donde “vibraba un mundo de sombras y personajes tristes”, como la chica de Albania que ejerce “el oficio más antiguo” y le lee las Cartas del Tarot.   

El autor retrata a esos cubanos sin Cuba “que ocultan sus rostros en la prisa” y sobreviven en la espera: Damián, Andrés, Yasiel, Yaramí, Marta, Magali, Zurelis, Abel, y Carlos Manuel, “el cubanito insoportable que nadie traga”, pero es vital por la gestión de pasaportes y boletos de avión. Todos han tomado conciencia existencial; cada uno, incluso Salvador, el ingeniero varado en Atenas, y Simón, el actor anclado en Creta, anhela, como el poeta J.C. Zenea, “otra patria, otro siglo y otros hombres”.

Ese puñado de cubanos dinámicos son el núcleo de la ficción; los une el  riesgo a ser deportados y la necesidad de crear una nueva historia. Los rigores de cada día acentúan el aprendizaje y la madurez personal, pues “viven una experiencia extraordinaria”; saben que “escapar es un acto de rebelión” y que “la libertad no puede ser… un ente vacío que vaga como el humo. Debe tener ciertas velas, timón y timonel…su moral y su ética”.

Hay un paralelo sutil entre Hermes, protagonista de Siempre es bueno verte, y Humphrey Weyden, el alter ego de Jack London en The Sea-Wolf, el joven náufrago que “absorbió la negrura acumulada en el corazón de Wolf Larsen”, el capitán terrible que aporta a “su carácter cándido una honda dimensión”. Si bien Hermes no es un náufrago ni navega por el Pacífico, sino por las calles de Madrid, en busca de un sueño: llegar a Miami, la “Tierra prometida” de la diáspora cubana.

En esta obra “colmada de empeños y desarraigo”, hay pasajes emotivos pero no hay un final feliz. El autor, como el tiempo, sacude las certezas, busca las claves en el futuro y otea la libertad, palpable en estas páginas de visión cosmopolita, llena de caídas, ascensos, paisaje en movimiento e invención.

Con Siempre es bueno verte, Sergio de los Reyes se suma al “Inventario” de éxodos y autores que reescriben, desde otra perspectiva y matices, las circunstancias del aluvión de cubanos que partieron al exilio, epicentro de esa literatura insular de carácter transoceánico desde fines del siglo XX.

Lo que significa ser humano

Quienes llegaron
Estefanía Cabello
Editorial Cántico. Córdoba, 2023

A sus treinta años todavía por cumplir, Estefanía Cabello (La Carlota, Córdoba, 1993) exhibe una trayectoria académica y literaria considerable: graduada en Filología Hispánica, Doble Máster en profesorado e investigación en Literatura Española, doctoranda internacional, becada en instituciones europeas y americanas, ganadora de los premios de poesía “Gloria Fuertes” (2017), “Valencia Nova” (2018), “Carmen Conde” (2023) y finalista del “Adonáis” (2018)

Quienes llegaron  es su primera incursión en la narrativa. El título alude a los colonos alemanes venidos a la Península, concretamente a tierras andaluzas, a partir de un plan de formación firmado en 1767 por el ministro de Carlos III Pablo Olavide y el militar alemán Thürriegel. En nota previa se nos entera de que el objetivo primero no era otro sino conferir más seguridad a una serie de caminos completamente debilitados en un punto de comercio estratégico entre Madrid y Cádiz. Quienes llegaron forman parte de la línea genealógica de nuestra autora.

Al hilo de sus apuntes para una poética, Cabello afirma que «siempre es buen momento para hablar de las inquietudes que nos produce la época actual en que vivimos y, pese a ello, la búsqueda de cómo rehacerse de todo eso.» Es sencillo retrotraerse: quienes llegaron a este país en el siglo XVIII pertrechados con muchas ilusiones y pocos suministros, lo harían igualmente transidos de desazón visceral ante lo desconocido, conectados a la soledad, adscritos al descubrimiento del sabor amargo de lo telúrico. Y la narradora se funde con ellos, con lo ínsito de su genealogía, y asume la condición del eterno femenino para tratar con generosidad de género a sus personajes.

Sirve como pórtico,  «Hermana», que relata la angustia de la hermana mayor de una niña «especial» (come arena, juega sola, la llama «la rarita») en su colegio rural. Se omite la palabra bullying porque seguramente su protagonista la desconoce, pero al final no cabe la esperanza.

«En esta tierra nunca pasa nada», «Los Blanchot», «La venta» (un alegato feroz contra la violencia machista, ya en 1767), «Suerte Rosales» y «La  línea que termina en mi nombre» se entrelazan en el ámbito ancestral propuesto por la autora. Ella misma se siente copartícipe. Ella es pronombre que salta y resalta continuamente; lo que la autora deja al entendimiento del lector es si ella, en ocasiones, resulta ser la misma Estefanía.

No me olvido del relato «Un desvío inesperado». Se escapa por sí solo de las coordenadas estilísticas del libro. Otras razones habrá barajado la autora para su inclusión. 

En su conjunto, los siete cuentos de esta colección, muy bien escritos, nos conducen hacia la tristeza y la certeza indeseada de lo que significa ser humano.

La línea del destino de Alexander J. Bermúdez

La línea del destino
Alexander J. Bermúdez
Editorial Tecnológica, Panamá, 2021


La Editorial de la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP) presentó en su auditorio principal el libro de cuentos La línea del destino, obra ganadora del Concurso Nacional de Literatura José María Sánchez, versión 2021, cuyo autor es el periodista y escritor Alexander J. Bermúdez.

Durante la ceremonia, los escritores Luis Fuentes Montenegro y Pedro Crenes Castro, ganador múltiple del Premio Ricardo Miró, hicieron sendos análisis de la obra presentada, sobre la cual destacaron sus méritos narrativos, su lenguaje cinematográfico y la construcción moderna de los siete cuentos que la componen, destacando, entre los demás, los cuentos «¿Quién mató a Bartolomé Hamsa?» y el que da nombre al libro, «La línea del destino».

Sobre el cuento «¿Quién mató a Bartolomé Hamsa?, ambos escritores reconocieron la novedad literaria que representa, en su composición, el manejo del tiempo narrativo y un despliegue maravilloso de técnica, en donde el pasado entra en el presente y lo transforma, convirtiéndose en una historia ágil, que da la impresión de estar ocurriendo ante los ojos del lector.

Crenes Castro, opinó que ese cuento debería ser antologado en un futuro próximo, mientras que el periodista especializado en boxeo, Daniel Alonso, quien hizo de conductor de la entrevista y la presentación del autor ante el público concurrente, manifestó la notable habilidad del escritor de construir en un breve texto un personaje memorable y entrañable.

“Se nota la pluma de un periodista versátil, con responsabilidad de la construcción del lenguaje para el lector”, opinó Fuentes Montenegro. “Demuestra a un escritor que tiene oficio, que se ha forjado en la teoría”, agregó el también abogado y poeta.

El libro de cuentos, de unas 60 páginas, además, fue escogido como el “libro del mes”, por el grupo cultural Siembra de Lectores, espacio promovido por la escritora Rose Marie Tapia, quien lo presentó en su actividad mensual Noche Millenium ante una audiencia de más de cuatro mil personas conectadas en Panamá, España, Argentina, Colombia y otros, a través de diversas plataformas como Youtube, Facebook, Instagram y Zoom.

Una cubanísima novela mundo

La otra historia de Joel Merlín
Manuel Gayol Mecías
Ilíada Ediciones, 2022


Llevo tiempo intentando hablar de esta novela: La otra historia de Joel Merlín, del cubano Manuel gayol Mecías. Y mi demora se debe a que hay libros que son muy difíciles de resumir ante los ojos de un lector.

La primera dificultad es que Manuel Gayol Mecías jamás ha escrito una palabra fácil, jamás ha creado un mundo sencillo, como suele abundar en la literatura cubana de las últimas décadas. Estamos en presencia de uno de los escritores más originales de nuestras letras. Algo que, por cierto, me comentó nuestro amigo común, el gran novelista cubano Guillermo Vidal, cuando yo había leído apenas un solo cuento de Gayol: “La noche del Gran Godo”, si no recuerdo mal publicado en un Anuario de Narrativa, allá en Cuba. “Gayol no se parece a nadie escribiendo, es único, y es el mejor fabulador que conozco”, me dijo esa vez Guillermo Vidal. Así que apenas tuve la oportunidad de encontrarlo en nuestros exilios aproveché para leerme todo lo que escribe.

Y lo reitero, ya con conocimiento de causa: si una vez escribí que su libro de ensayos Cuba: el ser diverso y la isla imaginada es una obra de imprescindible consulta para todo el que desee entender el complejo “asunto cubano”…, su obra narrativa está a la altura de la mejor literatura escrita por cubanos en el siglo XX y lo que va del XXI. En varios análisis me he referido a él como una “rara avis”… obra tras obra ha ido configurando un estilo personalísimo, una cosmogonía muy particular, una simbología diferenciada que alcanza su cumbre en esta novela.

Mientras leía este libro sentí ese hálito universal de los más grandes creadores de atmósferas de la literatura universal: pienso en el Thomas Mann de La montaña mágica, en el Bulgakow de El Maestro y Margarita, en el Cortázar de Rayuela… y, curiosamente, muchísimo más mi mente iba a ese mundo ficcional creado en sus libros por mi querido maestro, el gran novelista José Soler Puig, especialmente con esa maravilla que es la novela Un mundo de cosas.

En esta novela, igual que en Un mundo de cosas, nos zambullimos en la historia de un viaje que es la vida del protagonista, sí, pero es también nuestra vida. Gayol, al construir a Joel Merlín en su saga novelada Crónicas Marjianas, pero en particular aquí, va colando fragmentos de su propia vida, de la experiencia vital de algunos personajes muy reconocibles de “lo cubano”, pero también de la vida de muchos cubanos que lo leemos y nos sentimos identificados con esos sucesos, anécdotas, cartas, que vamos descubriendo como marcas propias. Porque Cuba está en esta novela, calada en un cincel magistral que se mueve desde las escenas en la isla hasta la escenas en el exilio, que abarcan desde los recuerdos más íntimos de Joel, Marja, o cualquiera de ese amplísimo teatro de personajes que desfilan en estas páginas… hasta los asuntos más públicos y dolorosos y del horror como el asesinato por las autoridades cubanas de aquellos cubanos que quisieron escapar de la isla en el remolcador 13 de marzo, en 1994… Una sensibilidad especial que se esparce gota a gota a través de un sinfín de historias, personajes, confluencias espirituales y carnales que se amalgaman en la búsqueda esencial del sentido de la existencia de este Joel Merlin, que se me antoja una exquisita parábola de esa búsqueda existencial, de esa persecución desesperada de la salvación que el cuerpo de nuestra nación persigue desde hace ya muchos años.    

Esta es una novela, dirían algunos, de alto vuelo: Gayol es un hombre de cultura, un ser de esos que ya casi no existen, capaces de explicar las cotidianidades más burdas, esas que asolan el panorama de la vida de los cubanos en la isla y la diáspora, con un elevado nivel de racionalidad, humanismo, espiritualidad… en el cual queda evidente su enciclopédica formación… y en esta novela, al impacto visible en la historia misma que causan las lecturas netamente literarias, se suma la mirada incisiva de quien conoce profundamente los recovecos más intrincados de la filosofía universal (algo que, por cierto, podemos leer en la también profusa obra ensayística de este autor)… Y ese macromundo de interferencias del pensamiento universal, herramienta que escasos escritores dominan, otorgan un plus de excelencia al universo ficcional creado por Gayol en La otra historia de Joel Merlín.

Cuba, el escape de la isla, el choque con España, la nostalgia por el pasado, las incertidumbres sobre el futuro, las cadenas familiares, el caleidoscopio de ciertas etapas de la vida observadas desde las cartas intercambiadas entre los personajes… un mundo de cosas, como en la novela de José Soler Puig, analizadas además desde una espiritualidad singular en todas y cada una de esas vidas que el protagonista tendrá que vivir: la del ser humano que siente que no puede quedarse detenido, que no puede dejar detener su historia…

Una excelente novela, una novela mundo, una obra cubanísima pero también de aliento universal… Y aunque creo haber develado ya algunos secretos de este libro, algunos momentos esenciales… solo añadiré el reto de pedirles que la lean y busquen algo esencial: ¿quién cuenta esta historia? Ese es otro detalle que hace grande y única La otra historia de Joel Merlín… Leer novelas de esta excelencia siempre es un enriquecimiento.    

Memorias de un cambio de esencia en un país

La intensa vida
Zoé Valdés
Editorial Almuzara, 2022

La intensa vida, de la escritora cubana Zoé Valdés me ha obligado a lanzar mi memoria a ciertos momentos de esa Cuba que Zoé y yo compartimos, allá, en los cada vez menos recordados años de la década del 90. Y, al menos en mi caso, cuando un libro me obliga a esas zambullidas memoriosas, cuando un libro me obliga a repensar o revisitar ciertas zonas de mi vida, ciertos momentos de la historia de nuestra isla, ciertos recovecos del mundillo intelectual o incluso ciertas zonas tórridas de ese circo romano que es “lo cubano”, me atrevo a jurar que se trata de un libro que va a ser de necesaria lectura para muchas personas.

Nunca le he contado a Zoé Valdés que quizás yo sea uno de los poquísimos lectores de uno de sus poemarios muchos años antes de que se publicara. Y debo aclarar que no leí ese libro porque Zoé me lo diera. No recuerdo ahora mismo en qué año sucedió, pero alguien que no puedo mencionar porque aún trabaja allá en Cuba en una importante institución cultural, un amigo común de Zoé y mío, me pasó uno de los ejemplares que ella había mandado a un premio. No logro precisar muchos detalles de aquella conversación en el Palacio del Segundo Cabo, pero mi amigo me dijo: este libro va a dar mucho que hablar, aprovecha que nos pasaron esa copia y léelo rápido. Sí me queda claro que el libro no había ganado el premio, como suele suceder en Cuba, “por razones extraliterarias relacionadas con la autora”. Quienes conozcan la obra poética de Zoé sabrán que me refiero a su excelente poemario Vagón para fumadores, y que el premio que no ganó fue el Premio Casa de las Américas. No lo ganó, pero me consta que durante semanas, copias de ese libro estuvieron pasando de mano en mano de los funcionarios culturales cubanos, y que fue la comidilla malsana de unos cuantos comisarios culturales. Lo vi con mis propios ojos.

Leí luego Sangre azul, su primera novela, y me pareció demasiado etérea, así que seguí quedándome con la Zoé poeta hasta que tuve en mis manos La nada cotidiana… Algunos en Cuba recordarán que en un Encuentro de la Crítica en el Palacio del Segundo Cabo, cuando algunos se ensañaban en lo que llamaban “literatura de obcenidades de la Zoéz Valdéz”… comenté algo que entonces muchos tildaron de desconocimiento literario: en aquel momento, 1997, aseguré que las novelas de Zoé La nada cotidiana y Te di la vida entera sencillamente estaban reflejando un proceso de degradación del habla del cubano, una caída hacia la marginalidad de los valores tradicionales del modo en que hablábamos los cubanos… algo que entonces llamé marginalización del idioma… Y hoy, cuando veo ese balbuceo cargado de malas palabras, esa vulgaridad expresiva, y la agresividad verbal para discutir incluso los asuntos menos conflictivos que son ficha del día a día en la Cuba de hoy, sigo pensando que Zoé supo ver anticipadamente en aquella realidad de los noventas ese drástico cambio antropológico.

Menciono estos recuerdos porque La intensa vida tiene mucho que ver con ese cambio, en este caso, en lo que fue cambiando en la propia Zoé Valdés mientras la propia realidad cubana cambiaba tan escandalosamente. La aplastante sinceridad de esas dos novelas, el modo de asumir el libertinaje individual como rebeldía contra las imposiciones sociales, estuvo en aquellas novelas y está aquí… pero esta vez con un distanciamiento que le permite ponernos delante también lo que de hermoso y entrañable hubo en aquella época. La transición entre la muchachita despistada que, sin embargo, era más despierta que los varones de su edad como para atreverse a retarlos, y la joven que se vinculó al mundo de la cultura ocurren en un escenario convulso y en transformación continua: la decadencia de la revolución cubana, una decadencia que provocaría rupturas en todas las generaciones de cubanos que vivieron ese proceso social. También en Zoé Valdés, un espíritu sensible que, como ella misma confiesa, escribía un diario para intentar ser feliz y escapar de la dura vida, alguien que recuerda con nostalgia la pluma que le regaló su abuela para que escribiera lo que le diera la gana.

Este es un libro donde Zoé muestra la lucha que tuvo lugar en su propia formación intelectual y como escritora entre la alta cultura que ella devoraba vorazmente para cultivar su espíritu y esa marginalia social agresiva, inculta, pero llena de enseñanzas de vida esenciales en la que transcurrió su vida cubana. Ya sea por lo que despierta una llamada que la escritora hace a Cuba, ya sea en la rememoración de alguna anécdota familiar, ya sea en el comentario irónico sobre muchas de las discutibles aristas del acontecer nacional, ya sea en las confesiones que ella hace sobre las esencias de varias de sus más reconocidas obras, Cuba, mirada desde el exilio, en este libro, se nos presenta en su compleja diversidad, en sus entornos contradictorios, en sus innegables vergüenzas… Y hay aquí, además, un contrapunteo sutil entre los retos de haber sido borrada de la cultura por los comisarios culturales, y esos otros retos que ha enfrentado en muchos ámbitos desde que tuvo que salir al exilio.

Cuestionamientos a ciertos personajes de nuestra historia, sociedad y cultura…, destellos memoriosos de la cotidianidad cubana…, preguntas sobre la responsabilidad que tenemos en esa desgracia que ella llama Cagonia…, incisiones irónicas sobre el comportamiento de opositores y figuras de las muy bien cotizadas guerritas cubanas en internet…, reflexiones sobre el impacto de la cultura universal en su estilo…, homenajes a cubanos dignos…, acercamientos afilados al daño antropológico en los cubanos de la isla y el exilio provocados por la llamada Revolución Cubana…  En resumen, un libro controversial, como debe ser todo buen libro.

La reconstrucción de la torre

La torre de las serpientes
Ulises Gamonal Guevara
Editorial Ambar y Pukamurus, Lima, 2021


El volumen de cuentos que aparecen ahora con el sugestivo título de La torre de las serpientes fue publicado en 1993, pero ahora sale remozado, corregido y aumentado, con un espíritu lozano y vigente resaltando el paisaje andino-amazónico, la cosmovisión, la identidad, la oralidad y las vivencias de la cultura nativa que va sucumbiendo frente al avance de la globalización. La voz de los relatos se convierte en esa fuerza inmaterial, incomprensible por las nuevas generaciones que, ganadas por el materialismo y las tentaciones del pragmatismo impregnado por la economía neoliberal en la sociedad, no sienten ni aprecian la cultura ancestral que los rodea.

La historia La torre de las serpientes que da título al conjunto de relatos es narrada por el viejo Eloy y da vida a un mundo plagado de serpientes, por la noche duerme bajo la sombra de un árbol de higos desde cuyas ramas salen voces y cantos raros. Al día siguiente llega a un poblado fantasma, cuyas casuchas se van diluyendo; de aquí escapa elevando rezos a las vacas y al Señor cautivo de Ayabaca; por los alrededores también suena música de otros tiempos y arengas horrorosas y, conforme avanza, extrañas voces le dan órdenes, ¿Serán las voces que provienen desde La torre de las serpientes? Le sigue la historia «De la próxima no te escapas» con la amenaza de la muerte y en «La Prisionera» se refiere a la fuga de una cárcel y sus avatares, en «El Niño que se negó» pone de manifiesto lo nefasto de ciertos juegos virtuales, en «Otile vs. Zyl» da cuenta de un matrimonio y cumpleaños que toman cuerpo en las pictografías rupestres semejantes a las Faical o San Patricio.

En resumen, Ulises Gamonal, en las once historias cortas que forman parte del libro de cuentos La torre de las serpientes nos transmite el patrimonio cultural de los pueblos fronterizos entre los Andes y la Amazonía contados con un lenguaje vivo, resuelto, para poner en evidencia los misterios, los mitos y leyendas de esa región, y para compartir con nosotros su forma peculiar de observar el mundo de sus ancestros.

Un thriller de intriga, sexo y corrupción

Los hombres que mataron la primavera
Omar Aliaga Loje
Infolectura, Perú, 2022


El periodista Omar Aliaga Loje se aventura con su primera novela Los hombres que mataron la primavera por los escabrosos caminos de la política y la corrupción, el crimen organizado en las altas esferas de las autoridades que rigen los destinos de la región del llamado “sólido norte” del Perú. Dos jóvenes periodistas, Mauricio Paz y Candy Monteverde, fieles a informar con la verdad se proponen investigar al policía que la ciudadanía de Trujillo, la ciudad de la eterna primavera, lo ha encumbrado a la categoría de héroe por haber logrado el orden y la seguridad en la ciudad. El jefe policial al mando de un equipo de subalternos ha desmantelado y descabezado a bandas criminales organizadas, sus métodos que rayan también en la criminalidad los hicieron sospechosos ante los ojos de la pareja de periodistas, quienes en las calles se alimentan de voces acusatorias, todo esto los obliga a realizar sus propias investigaciones.

El director de la editorial Infolectura ha calificado la novela, al momento de ser presentada, como “un thriller de lleno de intriga, política, sexo y corrupción”. Por su lado, el autor Omar Aliaga la considera “una novela de largo aliento que le tomó escribirla algo más de dos años” y sería “una historia que retrata en cierta forma a Trujillo de los años recientes, en un periodo de cambios, de apertura comercial, en que el crimen se vuelve galopante y la corrupción se institucionaliza. Una época de héroes y víctimas que se confunden e intercambian roles”. A caballo entre la crónica y la ficción sería una novela cuyos personajes y sucesos relatados podrían ser asociados a hechos reales que sucedieron en Trujillo, pero se advierte al inicio del libro que la “realidad que pueda identificar en sus páginas son sólo eso: retazos en los que se teje una historia con personajes y hechos de ficción creados exclusivamente por el autor”.

La crítica considera que “Omar Aliaga debuta en la novela con una prosa sólida, envolvente, forjada en el vértigo de las salas de redacción”. Además “lo hace con una de las historias más emocionantes y enigmáticas que se han escrito alguna vez en el norte peruano” (Charlie Becerra). Y le toca a la pareja de periodistas desentrañar la relación que existiría entre la corrupción de una empresa constructora brasileña, el robo en la casa de un ministro y la matanza de presuntos criminales en la ciudad de Trujillo, durante el segundo gobierno aprista entre el 2006 y el 2011. Mauricio y Candy experimentaron en carne propia que para conocer la verdad muchas veces hay que sumergirse en las miasmas del oprobio, de la deshonra, que era necesario enfrentar “poderes invisibles o poner en tela de juicio a los principios”, y sólo el amor se constituye en su tabla de salvación ante la deshonra. Sin duda “la ficción se teje con retazos de realidad” y “Omar Aliaga lo demuestra con creces en esta novela que” cuya lectura nos mantendrá con todos los sentidos alertas desde la primera hasta la última página.

Omar Aliaga, es periodista y actualmente editor general de Diario Correo en La Libertad. Ha publicado los libros de no ficción Crimen y testigos. Historias reales contadas desde Trujillo (2019) y Virus. Historias de la pandemia en el norte del Perú (2021). Se desempeña también como docente de la facultad de Comunicaciones en la Universidad Privada del Norte.

Crónicas peruanas desde el ojo exterior

Correo privado. Crónicas
Selección y prólogo: Gunter Silva Passuni


Impulsados por las guerras o por el comercio, por la venganza o por la ambición, los escritores de la antigüedad escribieron bellos textos a partir de sus viajes. Ese impulso de moverse y contar lo nuevo, lo otro, parece recorrer las venas de todos los escritores: desde el joven Marco Polo y sus apuntes sobre el reino misterioso, salvaje y desconocido de Kubla Khan, hasta los escritores peruanos que se reúnen en este libro y nos cuentan sus impresiones a través de crónicas sobre ciudades europeas y norteamericanas.

Tampoco han cambiado mucho los motivos del viaje y la migración. Varios de los autores huyeron de la guerra interna en el Perú, otros se desplazaron en busca de un mejor futuro económico. A ello, una nueva modalidad que habría que agregar a la lista: los viajes que se realizaron gracias a las becas universitarias. Así, pues, todos proceden de una raíz común y repiten una estructura similar de viaje, experiencia y narración.

Habría que comparar a estos catorce escritores con la trayectoria del héroe. También ellos abandonaron sus hogares para atender una llamada y adentrarse en un mundo desconocido, otro idioma, otra cultura, otras normas legales. Y allí, en esas ciudades nuevas, encontraron una forma de sabiduría, una visión fugaz. Capturaron un instante o un acontecimiento que terminaron empaquetado dentro del género de la crónica, para luego compartirla con una comunidad de lectores. Pero viajar nunca es una experiencia del espacio únicamente, sino también del tiempo. En el sentido de que un viajero a menudo reflexiona sobre la historia de un lugar. Un espacio que está marcado por el tiempo, por una época específica, un día en particular, y al que el autor agrega su propio registro textual, su propia mirada, mientras levanta el telón de la historia.

Varias de las crónicas aquí antologadas son narraciones de corte flâneur. El flâneur es ante todo un personaje literario, una persona que describe y observa la vida urbana. Incógnito, deambula por las calles examinando la vida de una manera imparcial. La traducción literal significa flotar, pero también debería traducirse como errante porque el deambular se caracteriza por el movimiento no planificado, el vivir transitando temporalmente por diferentes entornos de la ciudad; sobre esa geografía que puede ser amenazante o un lugar para saciar la curiosidad.

El caso de Claudia Salazar no es la del típico flâneur baudeleriano que recorre enormes bulevares arbolados, tiendas, museos, galerías de arte, teatros, cafés y grandes almacenes, sino la de aquella que se atreve a experimentar la ciudad de Nueva York desde el subway. En ese recorrido en metro, absorbe la ciudad, toma conciencia de la importancia del espacio –como forma vital– en la convivencia entre las personas de una gran metrópoli. Descubre al héroe, no al que sale a pelear mil batallas en tierras lejanas, sino al héroe cotidiano que abre la puerta del tren como un Sansón vestido de oficinista. También la crónica de Julia Wong es el recorrido de una flâneur, la suya por la ciudad de Londres, un recorrido caótico pero lúcido en reflexiones, como cuando se interroga: “¿Por qué hay ciudades envueltas en poder, ciudades donde mirar un caballo es un arte?”. Wong es la flâneur que muestra asombro, que captura aromas, recuerda canciones de rock y colecciona detalles exquisitos de la vida diaria. De la misma manera, Grecia Cáceres recorre las antiguas y embaldosadas calles de Nápoles. Una ciudad llena de gatos asustados, enojados y hambrientos, mientras la población camina alegre en pleno mediodía soleado o se persigna ante la imagen de Diego Maradona. A pesar de que Nápoles fue una antigua colonia griega, la autora la vincula con la capital peruana, su ciudad natal, cuando dice: “¿Quién se atrevería a decir que Lima y Nápoles son ciudades gemelas, que se asemejan en carga de caos?”.

La crónica de Pedro Novoa es un suceso peculiar. Mientras se encontraba en Madrid recibe un e-mail de una lectora suya, una mujer que le pide que la visite en una ciudad de Noruega porque cree que su historia personal le podría servir como trama para su nueva novela. Pedro no lo piensa dos veces y se embarca a la aventura de cazar la historia perfecta. El resultado es la crónica de ese encuentro con Edda, una mujer nacida del amor de una noruega con un soldado nazi. Es una historia de dolor, el dolor del otro en la propia piel. Pero ese dolor, además de tener un origen en la empatía, parece intensificarse justamente por la extranjería de Pedro y por esa mirada poética que le imprime el autor.

Por otro lado, en esa búsqueda del sueño americano, Pedro Medina exhibe las propias vacilaciones, nos revela las condiciones de su partida de Lima a Miami y los azares que determinan su trayectoria. La prosa nos remite a un ritmo de preocupación y ansiedad, fragmentario, acelerado y digresivo. En un pasaje narra el cruel destino del visado: “El oficial de inmigración es un gorila de gesto adusto, pelo al ras y brazos que parecen chorizos prensados. En el pecho le cuelga una plaquita que dice Trevor Sánchez. Le digo, le miento, que vengo de vacations. Entonces verifica la información de mi formulario de ingreso a Estados Unidos y la fecha de regreso de mi boleto. Me concede dieciocho días de permanencia en el país. Prácticamente me condena a la ilegalidad desde el momento en que pongo un pie en el Miami International Airport”.

Alejandro Herrera elige autorretratarse desde un ejercicio de memoria. Con una mirada melancólica, se propone reconstruir ese pasado reciente, exorciza demonios de tema literario. Nos narra su viaje a Milán con otros dos escritores, a un evento literario organizado por el consulado peruano. En su caso, la memoria no es un ideal, sino una suerte de resistencia, una negativa al olvido. Y desde ese recuerdo desmitifica Europa y a la literatura latinoamericana, porque ha llegado al viejo continente muchos años después del gran boom literario, cuando la fiesta había acabado y ya no existía ni restos de la piñata, ni de champán ni las serpentinas de papel.

Los temas que integran esta antología son diversos, pero de alguna manera están salpicados de intimidad y vida cotidiana, como si nos dispusiésemos a leer un Correo privado o una tarjeta postal escrita con sangre. De alguna manera, los autores aquí presentes reinventan las ciudades, rompen paradigmas, resignifican las cosas. La nieve que los peruanos adoramos porque engalanan nuestros nevados y volcanes, con Luis Rebasa-Solaruz, se convierte en una suerte de tragedia, de delirio afiebrado del inmigrante, cuando nos narra la claustrofóbica experiencia de una avalancha helada en Maryland. Roxana Crisólogo, desde la oscuridad, divisa unas sombras juveniles en Kiev. El poeta Mario Wong relata la fundación de un grupo literario en París, y aprovecha para reflexionar sobre la bohemia, la locura, la pandemia y las guerras. Lingán niega y reniega de su condición de migrante y se declara con la nacionalidad de escritor. Juan Manuel Chávez nos habla de los límites de la frontera.

Por último, las crónicas de Raúl Tola, Jorge Coaguila y Jorge Cuba-Luque tienden a un corte más bien periodístico. Tola sigue de cerca las travesías de un torero peruano por España y Coaguila narra el encuentro con otro peruano en Berlín, a quien identifica entre la multitud por la semejanza del color de su piel. La crónica de Cuba-Luque posee una influencia enorme de Truman Capote, pues va de la mano con el policial.

Esta antología aspira a explorar las ciudades desde diferentes lentes, y las ciudades –como diría Italo Calvino– “son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje. Son lugares de trueque, como explican los libros de historia de la economía, pero estos intercambios no lo son sólo de bienes, son también intercambios de palabras, de deseos y de recuerdos”. Asimismo, esta selección pretende reivindicar a los muchos escritores peruanos que residen fuera del país, a estos arriesgados nómadas que buscaron en otras latitudes lo que su país ya no podía ofrecer. A todos ellos mi gratitud por participar en este volumen. Yo aquí soy solo el archivista. Mi único deseo es que esta antología que el lector tiene entre sus manos intente, de alguna manera, proponer un cambio en la forma en que vemos Europa y Estados Unidos, pues muchas de las crónicas ponen al descubierto esas realidades silenciosas que se filtran y se dejan entrever, tras la amable belleza de las ciudades.

Antes de la cosecha

Antes de la cosecha
Samir Delgado
Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, 2023


Samir Delgado es poeta, escritor, crítico de arte y tiene motivos para viajar con ojos conscientes del pasado del presente allá donde va. Su mirada literaria está dedicada con cuidado a los pintores y al fenómeno de la insularidad histórica, dinámica y creativa. Samir Delgado proviene del archipiélago canario, islas del sol, del Atlántico profundo y África. Ser canario es su carta de presentación, su sello de origen. También tiene un porcentaje de ascendencia libanesa de un pueblo que nunca se rinde y está hecho de otro poco del pez Axolotl de ascendencia mejicana. Recientemente, llegó a Puerto Rico y antes de 24 horas se sentía como nosotros. Samir Delgado tiene un sentido fraternal y su espíritu tiene muchos parientes en el Caribe canario. Conocí en la ciudad de Boston al poeta que nos visita. Allí tenía buenas referencias y amigos como el poeta Alan Smith que lo invitó a impartir una conferencia sobre Galdós en la Universidad de Boston. Cuando Samir Delgado se mueve a otras ciudades o salta islas aprovecha ese momento para hacer excursiones vinculadas a su poesía, arte y las curiosas similitudes de las identidades. Estando en Boston montó unas caminatas y encuentros para enterarse del pasado y el futuro de la obra artística del filipino Fernando Zóbel. Hay pintores que le dan de comer a los poetas, también les dan una voz. Como amante de la pintura, Samir Delgado se enamoró de la poesía pintada de Zóbel. En los museos de Boston habló del derecho a la mirada. Por medio de mi amigo me enteré de la importancia para Cambridge y Cuenca en España de la pintura de Zóbel. Y es que la pintura inspira la obra poética y personal de Samir Delgado.

Durante la pandemia casi todas las caras vivas quedaron sepultadas por las pantallas de los ordenadores y el zoom. Pero la amistad y el arte como destino son ideales justos y de esperanza. Los amigos para estrecharse las manos y hacer planes reaparecieron. Los artistas son los primeros pacifistas y mejores optimistas de la humanidad. El ideal humanístico es muy elocuente y feliz. Samir Delgado está íntimamente ligado a este ideal, es su equipaje de mano. Y cuando lo abre, es como una caja de souvenirs que elevan al caribe boricua a una altura de entendimiento, elocuencia y hermandad.

La pintura como objeto divino es poseída por las búsquedas del lenguaje estético de Samir Delgado. El escritor canario de visita en Puerto Rico es egresado de la Universidad de Castilla-La Mancha. Su obra poética ha sido premiada en más de una ocasión. En su breve estadía en Puerto Rico ya es un intimista de la realidad boricua. Las caras son imágenes de sus carencias y son sueños de muchas pérdidas. Los lugares nuestros se le revelan ante su mirada como si antes estuviera aquí, en la isla. La mirada y el pensamiento de nuestro amigo invitado se emocionan en las calles de la ciudad, en la ruta hacia los campos y pueblos de Puerto Rico. La conversación con Samir Del gado es siempre muy reflexiva, es profunda y agradecida. El Caribe que ha sentido Samir Delgado en Puerto Rico es un capítulo que se siente, se lee, se comenta y que tiene que repetirse. Sin duda, el carácter, el arte, la música de Canarias está con nosotros, en nuestras novelas, la pintura, la poesía y el teatro. En el arte puertorriqueño vemos profundamente reflejado el carácter canario del hombre y de las mujeres isleñas en nuestro imaginario colectivo.

Samir Delgado ama lo que todos nosotros amamos, nuestras islas, la poesía, los libros, el español y nuestros pueblos, sin hacer distinciones entre ellos, y todo es humanidad y todo para el poeta es tolerancia, admiración, diversidad, aprendizaje y amistad. Hablemos de su último libro que representa el deseo de mirar con inteligencia un producto humano como la pintura. Antes de la cosecha es un libro de poemas inspirado en la pintura del artista hispano estadounidense Esteban Vicente. El libro coincide con el 120 aniversario del nacimiento del pintor en Segovia. Vicente vivió en Puerto Rico y tuvo una gran influencia en la pintora puertorriqueña Olga Albizu. A través de la presentación de su libro en Nueva York y Puerto Rico, el autor nos habla de estos dos pintores abstractos y su importancia en su poesía misma.

¿Qué es lo que nos trae de interesante Samir Delgado?

El poeta isleño descubre una dichosa experiencia entre la pintura que anticipa la poesía. Y su nuevo producto poético aspira a ser semejante al lienzo o a la imagen de un coloreado. Esta relación es la clave diplomática de un lenguaje estético entre el poeta Samir Delgado y la obra del pintor Esteban Vicente. Y este atrevido encuentro no es para rivalizar, pues el poeta y el pintor saben cómo ser buenos colaboradores y amigos. Ambos quedan involucrados, es una relación de diálogo de lo divino de la imagen y el ritmo, uno el pintor y otro el poeta.

La poesía de Samir Delgado es arrasada por la belleza de la pintura, la técnica y la tensión de la vida del pintor. Esos elementos unidos avivan el episodio de la mirada detenida que se nutre con amor y confianza en un cuadro, collage o dibujo. La mirada inquieta del poeta canario recorre el género de la écfrasis, lo inspira y esa mirada se convierte en un hermoso texto literario. Samir Delgado cuando pone el ojo en la figura de Zóbel y Vicente, es un poeta que se devora sus pinturas. La obra de óleo del pintor es capturada por el poeta que la interpreta y hace de ella un festival literario. Entonces, la poesía es una herencia de los pintores que él ama. La carpeta de pinturas en manos de Samir Delgado es transformada en una antología poética más libre e independiente y al alcance de muchos lectores.

El autor entiende que la belleza de la pintura no es antagónica con la belleza de las palabras. En el libro Antes de la cosecha leemos como el género de la poesía ha polinizado la obra abstracta de Esteban Vicente. La experiencia poética está muy ligada a la experiencia del arte contemplativo. Ambas creaciones se complementan. Ambos géneros se comunican, comparten significados comunes. Antes de la cosecha expresa el enamoramiento de la palabra adobada con la imagen ideográfica en la obra del segoviano Esteban Vicente.

Escribir poesía y pintar cuadros es estar al mismo tiempo bajo el cielo y sobre la tierra. Dichosos los que saben dónde pisan, para qué escriben o pintan. Dichoso el arte que se alimenta del otro arte. El mejor amigo de un pintor es el poeta porque ambos transforman su arte. Los dos se han subido al mismo bote el cual navega por el mismo mar. Para ellos la creatividad no es solo algo mecánico. Con materiales distintos, palabra y paleta, alcanzan significados similares porque van por la ruta del amor y la belleza.

Los dos expresan una relación de creatividad abierta y tensa, a la vez. Uno busca ser leído bajo cualquier circunstancia y el pintor busca la sorpresa de la mirada detenida en los museos, sagrada casa de la contemplación y las revelaciones. En ambos lo complejo es parte de la armonía entre poesía y pintura. Se dan la mano, comparten el embrujo de la creatividad.