Encierro, deseo y el yo como rehén

En el oscuro sueño
Carlos L. Zamora
Ilíada Ediciones, Alemania, 2025


En el oscuro sueño no cuenta un encierro: lo reproduce. El lector no asiste a la prisión desde afuera; entra en ella. Comparte la humedad, la penumbra, el ritmo obsesivo de un pensamiento que se muerde la cola. Lo notable no es solo la verosimilitud del espacio carcelario, sino la manera en que ese espacio se convierte en laboratorio moral donde se erosionan las certezas del sujeto moderno: la razón, la culpa, la dignidad, incluso el lenguaje.

Desde la primera página, el narrador no sabe —y no puede saber— qué crimen ha cometido. Esa ignorancia no es un truco argumental sino el verdadero motor del libro. La novela se escribe desde una zona incómoda: la del individuo que ha perdido el derecho a comprender su propia historia. No es inocente, pero tampoco plenamente culpable. Está suspendido en un limbo jurídico y ético que recuerda menos a Kafka como icóno que a Kafka como experiencia corporal: el cuerpo que espera, que tiembla, que imagina castigos peores que los recibidos. Pero hay otra referencia que se impone con igual fuerza: la de Dostoievski. Como Raskolnikov en Crimen y castigo, el narrador de Zamora vive una relación atormentada con su propia culpa, pero con una inversión fundamental: Raskolnikov sabe lo que hizo y lucha contra el reconocimiento; el narrador de En el oscuro sueño desconoce su crimen y lucha por recordarlo. La culpa, en ambos casos, precede a la comprensión. Pero donde Dostoievski confía en que el sufrimiento conduce a la redención, Zamora no ofrece esa salida. Su narrador purga sin saber qué paga, y la novela sugiere que quizás eso sea lo más honesto que puede decirse sobre la culpa: que nunca llegamos a conocerla del todo, que siempre es mayor o menor o distinta de lo que creemos.

La convivencia forzada con el compañero de celda —brutal, opaco, excesivamente físico— introduce una de las tensiones más perturbadoras de la novela. No se trata solo de la violencia explícita, sino de algo más sutil y más devastador: la humillación constante, la colonización del espacio íntimo, la imposibilidad de preservar una mínima soberanía del yo. Zamora entiende bien que la verdadera tortura no es el golpe, sino la repetición; no el dolor, sino la anticipación del dolor. La dinámica entre ambos hombres es una coreografía de dominación donde el cuerpo es la moneda de cambio. El compañero establece su autoridad desde el primer momento a través de gestos que parecen casuales pero no lo son: poner el pie húmedo sobre la sábana del narrador, tardar en el baño cuando el otro tiene urgencia de orinar, masturbarse en la litera de arriba sin ninguna consideración. Son actos de colonización del espacio compartido, de borramiento de la frontera entre lo propio y lo ajeno. El narrador —un profesor de literatura, un hombre de palabras— no tiene recursos para responder a ese lenguaje. Su cultura no le sirve. Tiene que aprender, lentamente y con dolor, la gramática del cuerpo.

En ese punto la novela convoca otro diálogo literario inesperado: el de Michel Houellebecq y, más atrás, el de cierta tradición europea que va de Bataille a Handke en su tratamiento del cuerpo como escenario político. En Houellebecq, el cuerpo es el lugar donde el mercado ejerce su violencia más íntima; en Zamora, es el lugar donde el poder —estatal, carcelario, pero también patriarcal y social— inscribe sus jerarquías. El cuerpo del compañero de celda no es solo una amenaza física: es un argumento, una demostración cotidiana de que el mundo pertenece a los que tienen más músculo, más descaro, más indiferencia ante el dolor ajeno. El narrador lo contempla con una mezcla de terror y fascinación que Zamora no resuelve ni en un sentido ni en el otro, y en esa ambigüedad reside gran parte de la potencia de la novela. La escena en que el compañero confisca las cartas y la fotografía de la mujer del narrador y las pega en la pared junto a la foto de la suya propia es de una crueldad que va más allá de la violencia física. Es una apropiación simbólica: tomar lo más íntimo y convertirlo en objeto de placer y de burla. El narrador llora en la oscuridad, solo, conteniendo el llanto para que el otro no lo escuche. En ese llanto hay toda la dignidad que le queda.

En paralelo, la novela despliega una segunda corriente narrativa: la vida exterior, los recuerdos, el deseo, el erotismo, la culpa conyugal, la memoria del afecto. Estas escenas no funcionan como simple contrapunto luminoso, sino como zonas ambiguas donde también se juega la violencia, aunque con otros ropajes. El amor, aquí, no redime: complica. La literatura, lejos de salvar al protagonista, lo vuelve más vulnerable, más consciente de lo que pierde. Y en esa vida exterior la novela construye toda una constelación de personajes que merecen ser leídos con detenimiento: Andrés, el ingeniero que regresó de Rusia con su fe intacta y fue traicionado por el sistema que amó; Jezabel, su mujer, que busca en el deseo una forma de ejercer una soberanía que el pueblo y el matrimonio le van cercenando; Aldo, el escritor frustrado que la desea en secreto y hace literatura con esa doble traición; Ana, la uróloga que trabaja sin parar y fantasía sin culpa. Sus vidas se entrecruzan en una coreografía que Zamora maneja con habilidad: ninguno de estos personajes es enteramente simpático ni enteramente condenable, y todos están atrapados, de una manera u otra, en estructuras que los superan.

Hay, además, un conjunto de escenas aparentemente menores —las mujeres que hablan por teléfono— que revelan una de las zonas más finas y menos evidentes de la novela. En esos diálogos fragmentarios, cotidianos, Zamora afina un oído extraordinario para el habla popular como espacio de resistencia, de comunidad y también de desgaste. No es el español neutro de la literatura latinoamericana contemporánea ni el cubano estilizado de cierta tradición caribeña: es el idioma oral de un pueblo de provincia en los años más duros de la crisis, con su anjá y su solavaya, con su me da un dolor así en el corazón y su aquí lo que hay es que estar vivos, con sus quejas sobre los apagones y la harina que no llega porque el barco de Rusia está retenido en un puerto esperando el pago de una deuda. Cuando una de esas voces pregunta si van a tener que volver al casabe —como en los tiempos de los indios—, la novela no necesita hacer análisis histórico. La queja doméstica ya es el análisis. Estas mujeres hablan de los Marreros —nueve personas, entre ellas cinco niños, ahogadas en una salida ilegal que recorre la novela como una herida colectiva—, del viejo sobreviviente que no habla, del velorio que coincide con la Gala del Día de la Liberación, del Director del Hospital destituido por escribir cartas críticas a las instancias superiores. En esas conversaciones, la historia política de la Isla aparece oblicua, traducida al idioma de la vecindad y el afecto, que es quizás la única manera de hablar de ciertas cosas sin ser aplastado por ellas.

Porque Cuba, aunque no es el foco declarado de la novela, opera en ella como telón de fondo irrespirable. La celda no funciona únicamente como espacio literal: es también una metáfora que Zamora se cuida de no subrayar, pero que el lector siente acumularse página a página. El narrador ignora su crimen, ignora su sentencia, ignora cuánto tiempo lleva encerrado y cuánto le resta. Ha sido privado no solo de la libertad sino de la información necesaria para orientarse en su propia vida. Esta condición —el sujeto que no tiene acceso a las razones de su propio castigo, que existe al margen de toda institucionalidad legible— resuena con una cartografía afectiva y política muy específica: la de un lugar donde la desorientación temporal se ha vuelto crónica, donde el futuro es una categoría abstracta y el presente una repetición ligeramente variada del pasado. El tiempo en En el oscuro sueño es elástico, opresivo, sin estructura. Y esa cualidad no es solo un recurso formal: es también un retrato.

Hay en la novela una reflexión persistente —nunca subrayada, nunca didáctica— sobre el poder. No solo el poder del Estado o de la institución penitenciaria, sino el poder microscópico que se ejerce en los vínculos, en el deseo, en la mirada. Nadie está completamente a salvo de ejercerlo ni de padecerlo. Jezabel lo ejerce sobre quienes la desean; Aldo, sobre sus talleristas; Ana, sobre sus pacientes; el compañero de celda, sobre el narrador. Y en todos esos casos el cuerpo es el escenario donde ese poder se inscribe y se negocia. La vida sexual de los personajes libres ocupa un espacio considerable en la novela, y Zamora la trata con una franqueza que no es exhibicionista ni decorativa: es analítica. Jezabel se entrega al deseo como forma de soberanía; Ana se masturba pensando en su vecino porque su cuerpo, sometido todo el día a la norma y al agotamiento, necesita un territorio propio e inviolable; Aldo hace el amor con su mujer mientras piensa en otra mujer y hace literatura con esa doble traición que en realidad no siente como traición sino como necesidad. El cuerpo, en esta novela, es siempre político. Quien controla el cuerpo —propio o ajeno— controla el espacio. Y el espacio, en este mundo, siempre ha sido escaso.

La novela dialoga con varias tradiciones literarias a la vez, y esa polifonía intertextual es parte de su riqueza. La más evidente es la kafkiana: el narrador que desconoce su crimen, que espera un juicio que no llega, que ha sido confinado por fuerzas que no puede ver ni comprender. Pero Zamora no es Kafka: su narrador no está paralizado por la burocracia abstracta sino por la brutalidad muy concreta de un cuerpo que lo amenaza desde arriba. El absurdo aquí tiene músculos y huele a sudor. Y junto a Kafka está Dostoievski, ya mencionado, aunque la conversación es más oblicua: no es la estructura del crimen y el castigo lo que Zamora toma prestado, sino la convicción de que la culpa es una experiencia anterior al razonamiento, que el yo moral es más opaco de lo que quisiera creer. Con la literatura cubana, los vasos comunicantes son múltiples: el pesimismo lúcido de Leonardo Padura, su capacidad para retratar la vida cotidiana sin idealizarla ni demonizarla; la manera de Reinaldo Arenas de entender el encierro —literal o metafórico— como condición existencial, ese tratamiento del cuerpo como territorio político, esa dificultad para separar el deseo del poder. En el contexto latinoamericano más amplio, En el oscuro sueño conversa también con el Onetti de El astillero —esa atmósfera de derrumbe sostenido, esa dignidad que se defiende en la derrota— y con ciertos momentos del Benedetti más duro, el de Primavera con una esquina rota, que tematizó la prisión política como fractura del yo y de los vínculos afectivos. Lo que distingue a Zamora en esa constelación es su apuesta por la simultaneidad: En el oscuro sueño no es solo la novela del hombre encerrado sino la novela de un mundo entero que sigue girando fuera de la celda, indiferente y urgente, lleno de deseos y mezquindades y gestos de generosidad inesperada. Esa doble estructura le da a la novela una densidad que las narraciones de encierro más clásicas suelen sacrificar en aras de la concentración.

La prosa de Zamora es uno de los grandes aciertos del libro: densa pero fluida, capaz de sostener largos monólogos interiores sin perder tensión, con una sensibilidad notable para el ritmo y para el detalle sensorial. Los fragmentos más extraordinarios son aquellos en que el narrador observa a su compañero —un cuerpo que no comprende, que lo aterra y lo fascina a la vez— y trata de construir, a partir de esa observación, una teoría de la supervivencia. Hay en esa escritura una calidad de película de autor: mucho ocurre en el silencio entre los planos, en lo que no se dice, en lo que se mira de reojo.

En el oscuro sueño no ofrece consuelo ni cierre tranquilizador. Su apuesta es más arriesgada: obligar al lector a permanecer en la pregunta. La última imagen del narrador —la celda que se vacía, la soledad que no trae alivio sino un dolor más hondo, el grito que lanza ahora que nadie puede escucharlo— es de las más perturbadoras de la novela cubana reciente. No hay redención. No hay reconciliación. Hay apenas la conciencia de que se ha sobrevivido a algo, y que esa supervivencia no es necesariamente una victoria.

Ser rehén —el título original de la novela era precisamente ese— no es solo una condición jurídica. Es una condición existencial. El narrador es rehén de su sensibilidad literaria, que le impide actuar cuando debería actuar. Andrés es rehén de su integridad, que le costó todo. Jezabel es rehén de su belleza y de un pueblo que no sabe qué hacer con una mujer como ella. Ana es rehén de su disciplina y de un matrimonio que la agota y la sostiene a partes iguales. Nadie escapa. Pero nadie deja de moverse dentro de su jaula. Y eso, en la literatura como en la vida, puede ser suficiente.

Se sale de esta novela con la sensación de haber sido observado desde dentro. Como si, al cerrar el libro, alguien apagara la luz de la celda… pero dejará la puerta entreabierta para que entrara ese airecillo salobre que viene del mar, con sus promesas y sus peligros, que es lo más parecido a la libertad que este mundo tiene.

Donde terminan las fronteras

Siempre es bueno verte
Sergio de los Reyes
Traveler, Madrid, 2023

Con su novela Siempre es bueno verte, editada por Traveler en Madrid, el poeta Sergio de los Reyes llega a la narrativa con los deberes hechos: ha vivido y padecido, ha leído y estudiado, conoce el amor y sus vértices, ha viajado y publicado los poemarios Elsewhere, Queen Street West y Ciervo fugitivo; además de estar casado, ser padre y ganarse la vida en una Biblioteca Pública de Toronto.

La novela de todo poeta, por muy realista que sea, planea sobre el lirismo y la reflexión existencial; además del ímpetu juvenil en Siempre es bueno verte, un título alusivo a viajes, pérdidas, encuentros y búsqueda de la felicidad lejos del hogar, porque existe otra vida “donde terminan las fronteras” y “…Hay sociedades enteras que se echan al mar para soñar con un gran puerto… aunque “la libertad individual comienza en el desamparo…”

El autor tiene una historia y posee la técnica para contarla y hacer creíble la odisea personal de un joven idealista y sensible que, hastiado de la desidia y la desesperanza en Cuba, se exilia en Madrid donde se descubre a sí mismo entre chicos que como él, y junto a él, atraviesan los rigores y las caídas previas al encuentro con sus familiares y amigos en Miami, la “tierra firme de los exiliados”; no sin antes obtener pasaportes falsos y volar a Berlín, Milán, Atenas, París, Londres, Cancún o New York.

La inmersión en estas páginas de estilo depurado es una aventura literaria que parte de un viaje liberador en torno a las andanzas del protagonista y sus cofrades, extraviados en una ciudad devenida en centro de sus anónimas odiseas. El tema no es nuevo pero el enfoque es original por el manejo del lenguaje, la resonancia mítica y los matices autobiográficos: el protagonista evoca fragmentos de canciones y poemas, describe plazas, calles, estatuas, librerías, museos y fuentes mientras “pasea y dialoga” con Ella, la novia traída al presente en la memoria, y con “el joven de la Calle Desengaño”, un personaje histórico del siglo XIX que estudió en Madrid y se exilió en New York.

A través de “Ella”, el autor enlaza la ciudad perdida a la urbe que descubre y le ignora; con “el joven…”se mimetiza e idealiza a la Patria, creando una realidad atemporal que confunde los espacios y expresa orfandad y desarraigo, preámbulo de libertad. Ese pulso entre el pasado vulnerable y el presente abrumador halla un equilibrio en la esperanza y en la relación entre los personajes, unidos por quimeras y frustraciones comunes, y por una ilusión de futuro.

En trescientas veintitrés páginas y treinta y seis capítulos breves el creador relata los “descensos”, los escenarios y los personajes que coinciden con Hermes en el Aeropuerto de Barajas, en hostales de Madrid y en otros puntos de la capital española -y de Cancún, Atenas o Creta-. La travesía es un tapiz a merced del azar y la memoria; los diálogos y las descripciones -agudas, precisas, poéticas- planean sobre “…el duro golpe de dejar su infancia y la adolescencia, levantar el vuelo y verse un hombre al descender”; sorprendido por la lejanía y el frío del invierno: “…una sensación tan ignota como la felicidad…”

No todo es un intento de fuga en ese tablero inédito. Para el protagonista, “…Vagar por una ciudad desconocida es un viaje al interior humano. Las calles, las plazas, los transeúntes se convierten en nuevos vocablos… pueden ser la compañía ideal del exiliado”. Incluso la nieve, que fascina a los cubanos porque “…tiene todo lo que anhelamos y no conseguimos: delicadeza, albura, frescor, gracilidad…”

Y Hermes, sin otra tutela que la propia, vende carteles para un puticlub nocturno de la Gran Vía, “su hogar transitorio”. Y comprende que Madrid es “un aquelarre interminable…” donde “vibraba un mundo de sombras y personajes tristes”, como la chica de Albania que ejerce “el oficio más antiguo” y le lee las Cartas del Tarot.   

El autor retrata a esos cubanos sin Cuba “que ocultan sus rostros en la prisa” y sobreviven en la espera: Damián, Andrés, Yasiel, Yaramí, Marta, Magali, Zurelis, Abel, y Carlos Manuel, “el cubanito insoportable que nadie traga”, pero es vital por la gestión de pasaportes y boletos de avión. Todos han tomado conciencia existencial; cada uno, incluso Salvador, el ingeniero varado en Atenas, y Simón, el actor anclado en Creta, anhela, como el poeta J.C. Zenea, “otra patria, otro siglo y otros hombres”.

Ese puñado de cubanos dinámicos son el núcleo de la ficción; los une el  riesgo a ser deportados y la necesidad de crear una nueva historia. Los rigores de cada día acentúan el aprendizaje y la madurez personal, pues “viven una experiencia extraordinaria”; saben que “escapar es un acto de rebelión” y que “la libertad no puede ser… un ente vacío que vaga como el humo. Debe tener ciertas velas, timón y timonel…su moral y su ética”.

Hay un paralelo sutil entre Hermes, protagonista de Siempre es bueno verte, y Humphrey Weyden, el alter ego de Jack London en The Sea-Wolf, el joven náufrago que “absorbió la negrura acumulada en el corazón de Wolf Larsen”, el capitán terrible que aporta a “su carácter cándido una honda dimensión”. Si bien Hermes no es un náufrago ni navega por el Pacífico, sino por las calles de Madrid, en busca de un sueño: llegar a Miami, la “Tierra prometida” de la diáspora cubana.

En esta obra “colmada de empeños y desarraigo”, hay pasajes emotivos pero no hay un final feliz. El autor, como el tiempo, sacude las certezas, busca las claves en el futuro y otea la libertad, palpable en estas páginas de visión cosmopolita, llena de caídas, ascensos, paisaje en movimiento e invención.

Con Siempre es bueno verte, Sergio de los Reyes se suma al “Inventario” de éxodos y autores que reescriben, desde otra perspectiva y matices, las circunstancias del aluvión de cubanos que partieron al exilio, epicentro de esa literatura insular de carácter transoceánico desde fines del siglo XX.

Poesía en defensa de la Amazonía

Estancias de Emilia Tangoa
Ana Varela Tafur
Pakarina Ediciones, 2022


La poeta peruana Ana Varela integrante del Grupo Cultural Urcututu de Iquitos y ganadora del Copé de Oro 1991 en el género de poesía, uno de los premios literarios más importantes actualmente, centra su poemario Estancias de Emilia Tangoa en la problemática de la mujer y lo femenino vinculado a la naturaleza, es decir, la defensa ecológica del extractivismo depredador y en la mitología amazónica, sus raíces étnicas y su herencia cultural, para reivindicarla y para denunciar estado de explotación y opresión que sufren los pueblos originarios de la Amazonía.

A pesar de su larga estancia en USA en ella sigue presente la floresta, aquellas rutas andadas en su natal Iquitos, a tal punto que ella misma es un árbol con profundas raíces amazónicas, como lo declara en el poema “Sabiduría”: De un bosque soy, de sus humedales. / Vivo temporadas lluviosas todo el año. En otro revive al Chullachaqui, legendario personaje creado por la tradición oral de quien Dicen en los troncos se esconde el padre de las chacras / ¿Oyes al chullachaqui limpiar la hojarasca?, y es que entre sus ancestros tiene una abuela Huitoto, comunidad que se localiza entre la selva colombiana y peruana. En su poesía está el bosque palpitante, su paisaje, la fauna y la flora, la gente que la habita y sus problemas que la poeta los asume desde la ecología sin traicionar su lenguaje poético.

En Estancia de Emilia Tangoa, su voz lírica se vuelve más crítica frente a la profunda crisis ecológica, no sólo del territorio nacional sino de toda la Amazonía y que tiene consecuencias ambientales en todo el planeta. Apela también a que los lectores se armen de un pensamiento crítico, porque ella cree que “la poesía ayuda, desde las emociones y a través de un lenguaje que convoca una actividad intelectual”. Desde sus primeros versos establece un nivel de diálogo con los lectores sobre la destrucción de la selva que no está poblada sólo por seres humanos, sino también por animales y plantas que tienen derecho a la vida, porque ella es hija de los humedales apela a la defensa del ecosistema amazónico que está seriamente amenazado por la acción del extractivismo salvaje que destruye y contamina la vida en nuestro planeta.

Los aceites derramados en los ríos atentan contra la vida de sus poblaciones y con ello se destruyen los conocimientos acumulados durante miles de años en el manejo de su hábitat, de los bosques, el cuidado de las plantas medicinales y alimenticias. Sus habitantes originarios saben cuidar el medio ambiente, hacerlo sin destruirlo. El traslado de los troncos de madera por los ríos en el poema “Cuerpos de madera” nos trasmite una imagen surrealista, la de cadáveres flotantes: ¿Has visto troncos sumergidos cruzando la ciudad? / Parecen lagartos durmiendo una siesta… // Ahora laminados y en orden son eslabones finales / de una cadena extractiva.

Estancias de Emilia Tangoa, con una sobria carátula minimalista obra de Gino Ceccarelli, está dividido en tres secciones: Humedales, Cauces y Recorridos y Varadero y en cada poema salta a la vista el malestar la poeta como ciudadana, como ciudadana iquiteña, amazónica y también como ciudadana del mundo. Como ya anotamos es una poesía de denuncia, pero sin descuidar el lenguaje poético. “El libro, ha declarado la poeta, es un homenaje a Emilia Tangoa, una invención literaria, pero también es la realidad, es un río de voces amazónicas, evoca la milenariedad de los conocimientos”. Sin dudas, el llamado progreso o desarrollo nos traerá sombras u oscuridad y cuando se haya derribado el último árbol seremos testigos de que Un bosque sin árboles es un nocturno de sol.

Lo que significa ser humano

Quienes llegaron
Estefanía Cabello
Editorial Cántico. Córdoba, 2023

A sus treinta años todavía por cumplir, Estefanía Cabello (La Carlota, Córdoba, 1993) exhibe una trayectoria académica y literaria considerable: graduada en Filología Hispánica, Doble Máster en profesorado e investigación en Literatura Española, doctoranda internacional, becada en instituciones europeas y americanas, ganadora de los premios de poesía “Gloria Fuertes” (2017), “Valencia Nova” (2018), “Carmen Conde” (2023) y finalista del “Adonáis” (2018)

Quienes llegaron  es su primera incursión en la narrativa. El título alude a los colonos alemanes venidos a la Península, concretamente a tierras andaluzas, a partir de un plan de formación firmado en 1767 por el ministro de Carlos III Pablo Olavide y el militar alemán Thürriegel. En nota previa se nos entera de que el objetivo primero no era otro sino conferir más seguridad a una serie de caminos completamente debilitados en un punto de comercio estratégico entre Madrid y Cádiz. Quienes llegaron forman parte de la línea genealógica de nuestra autora.

Al hilo de sus apuntes para una poética, Cabello afirma que «siempre es buen momento para hablar de las inquietudes que nos produce la época actual en que vivimos y, pese a ello, la búsqueda de cómo rehacerse de todo eso.» Es sencillo retrotraerse: quienes llegaron a este país en el siglo XVIII pertrechados con muchas ilusiones y pocos suministros, lo harían igualmente transidos de desazón visceral ante lo desconocido, conectados a la soledad, adscritos al descubrimiento del sabor amargo de lo telúrico. Y la narradora se funde con ellos, con lo ínsito de su genealogía, y asume la condición del eterno femenino para tratar con generosidad de género a sus personajes.

Sirve como pórtico,  «Hermana», que relata la angustia de la hermana mayor de una niña «especial» (come arena, juega sola, la llama «la rarita») en su colegio rural. Se omite la palabra bullying porque seguramente su protagonista la desconoce, pero al final no cabe la esperanza.

«En esta tierra nunca pasa nada», «Los Blanchot», «La venta» (un alegato feroz contra la violencia machista, ya en 1767), «Suerte Rosales» y «La  línea que termina en mi nombre» se entrelazan en el ámbito ancestral propuesto por la autora. Ella misma se siente copartícipe. Ella es pronombre que salta y resalta continuamente; lo que la autora deja al entendimiento del lector es si ella, en ocasiones, resulta ser la misma Estefanía.

No me olvido del relato «Un desvío inesperado». Se escapa por sí solo de las coordenadas estilísticas del libro. Otras razones habrá barajado la autora para su inclusión. 

En su conjunto, los siete cuentos de esta colección, muy bien escritos, nos conducen hacia la tristeza y la certeza indeseada de lo que significa ser humano.

Abriendo la vida

Las demoras
José Alcaraz
Editorial Comares. Colección La Veleta. Granada, 2023


En 2019, José Alcaraz obtuvo un accésit del “Adonáis” por El mar en las cenizas. Era aquel su quinto poemario, y asomaba por entre sus páginas la línea clara de un verso que hilvanaba los silencios y las semillas de una creación rigurosa, detenida en las esquinas vívidas y vividas del yo: “Escribir/ como si cada golpe de tecla/ -cada contacto de la tinta en el papel-/ fuera llevar el dedo a la llaga de la vida/ para creer en ella una vez más”.

En este intervalo de tiempo, el autor cartaginés ha ido puliendo una nueva entrega, Las demoras, que llega con una renovada Poética: “Miro el sol y vuelvo cegado a mi cuaderno”; pero imbuida, también, de una latente cotidianidad y de un lenguaje conciso, sin ambages. Claro que esa diaria rutina tiene la virtud de llevar su reflexión a una trascendencia que se adentra en la incómodas verdades de lo humano: “Para deciros `Estoy aquí, no me dejéis solo´,/ escribo poemas como señales de humo./ Pero uno tras otro, lejos de mi deseo/ me ocultan, más y más en la humareda”.

El decir de José Alcaraz evoluciona en favor de compartir un estado de ánimo cercano al desahogo, al dinamismo de una voz que explora su propio testimonio. Porque en la semántica de sus deseos, de sus derrotas, se asienta un itinerario personal y evocador de lo ya hollado. Detrás de la melancolía hay esperanza, detrás de la oscuridad sobresale la belleza, y, al par de ese juego de contrarios, el poeta pugna y se afana por conservar la libertad de ser, a su vez, uno y múltiple: “Mi regalo/ no es ningún regalo/ sino el transcurso/ en que se abre un regalo,/ la vida cuando sabes/ que estás abriendo la vida”.

Casi cuarenta poemas se agrupan en este conjunto. Y, en todos ellos, hay un sujeto lírico que se hace búsqueda y resistencia, que se hace memoria y ausencia, y que navega despaciosamente junto a la pureza de un verbo policrómico y maleable. El mismo, en suma, con el que traza el sugestivo avatar de sus vivencias y que perdura, sobrio y lúcido, en este libro vivaz y amante: “Incendiar el más sagrado templo que hay en mí./ Verlo arder, que todo lo que soy conozca mi nombre./ Conquistar la fama hacia dentro, proclamarme yo”.

Un día una mariposa

La maleza
Romina Berenico Canet
Bartebly. Madrid, 2023


El pluralismo de las formas y la primacía de la voluntad sobre el entendimiento es la premisa sobre la que Duns Escoto vertebró su pensamiento. El filósofo escocés (1266 -1308) se afanó en la construcción de un sistematismo capaz de explicar la totalidad de lo real mediante un conocimiento intuitivo y una inexcusable primacía de la libertad en el discurso del ser humano.

Tras la lectura de La maleza (XLIII premio iberoamericano “Juan Ramón Jiménez”) de Romina Berenico Canet (Río Ceballos, Córdoba, 1977), he recordado las premisas del pensador franciscano. Porque en el anhelo de alcanzar una epistemología de lo sensible y perdurable, la poetisa argentina ha conformado un poemario donde la individuación se torna materia común, cómplice nominalismo, sustantiva participación.

En este bautismo lírico su palabra desprende un emotivismo moral, un prescriptivo fundamento mnémico desde el que apuntala un cántico que se hace causa y consecuencia de lo vivido. Su universo se desdobla entre lo adventicio y lo facticio, o lo que es lo mismo, entre todo aquello que surge de la mente y de la experiencia: “No resisto abierta/ a la incongruencia de los días./ Tiemblo/ al suponer lo que ignoro./ El afuera aúlla/ en violines desaforados./ Un insecto me señala”.

Romina Berenico Canet intensifica sus significantes y los extrema hasta alcanzar un signo connotativo estético que sirva como fulgor expresivo (“Un día una mariposa”). Al cabo, aglutinar sustancia y forma le permite renombrar un verbo glosemático que no sea tan sólo interdependiente, sino que modifique, alumbre y sostenga la textualidad de lo secuencial. Así, su verso se hace fructífero, idóneo en el mensaje enunciativo que convoca y jerarquiza la caracterización de su virtualidad: “Existo sólo en mi imaginación./ Soy la del bozal./ Ya no esculpo con dientes  mi propia cola./ Practico una indiferencia de fruta dibujada,/ sin título./ En el lugar de la boca, un desvío”.

A través de actos locutivos -tal y como los definiera tiempo atrás John Langshaw Austin-, la autora cordobesa carga de intenciones la condición de su semántica y diversifica los niveles de predicación para que el sujeto poético especifique su correspondencia y su reciprocidad. De tal forma, lo primario será la trascendencia de una elocuencia multiforme, capaz, en suma, de concretizar los ideales y actantes de lo pretérito y futurible: “Mi derrota/ no podrá/ reanimar a los muertos./ Con sus huesos/ haré collares/ para mi infancia”.

Un volumen, en suma, donde lo unívoco es susceptible de convertirse en un entramado de sucesivas instantáneas. Desde ellas, es lícito reordenar las diferentes lecturas, las distintas ópticas que propone Romina Berenico Canet. Y que, sin duda, convergen hacia una sugestiva transgresión de modelos excesivamente continuistas o falaces: “Escribir poesía/ esperando alterarle/ la conducta al lector./ Que crea que ama más/ que sufre más/ o tanto como el poeta./ Convencerlo de la dicha/ de sus desgracias”.

La luna feroz

Antaño y ayer
Paul Verlaine
Averso. Granada, 2023


Padre del simbolismo, admirado por Juan Ramón, Rubén Darío, los hermanos Machado, Pío Baroja…, Paul Verlaine (1844 – 1896) representa una singular variante del malditismo lírico. Alma sin tiempo, sinestesia en estado puro, sigue siendo, hoy día, un inexcusable referente de modernidad y distinción. Frecuente visitante de prisiones, hospitales, prostíbulos y otros espacios cercanos a la intemperie, el autor galo se supo “bestia feroz”, «desaforado genio”, en el lirismo de una Europa lírica Europa que empezaba a renunciar a los postulados del Romanticismo.

A los veintidós años, sorprendió con la publicación de sus Poemas saturnianos al que seguiría Fiestas galantes (1869). Dos volúmenes donde ya asomaba su inconfundible y conmovedora musicalidad, su aciago destino y su velada sátira sobre la sociedad de entonces. Él, que quiso y supo escribir versos mayúsculos, que aprendió y derramó un decir resplandeciente y eterno, tuvo en Baudelaire su guía y maestro.

Por eso es tan oportuna la edición que ahora brinda el sello Averso, que rescata “Antaño y ayer”, publicado originalmente en 1884 y que Mauricio Bacarisse tradujera al castellano en 1924. Fue el propio Verlaine quien diera forma a esta antología que reunía “textos perdidos, desechados o residuales” y que parecía, en cierta manera, un preludio póstumo. En su prefacio original -incluido también en esta compilación- Bacarisse incide en que es este un libro “de contenido abigarrado”, donde se recoge “lo bueno y lo malo que había dejado de publicar”.

En estos poemas, el yo lírico va tomando conciencia de la fugacidad de la existencia, de los lugares íntimos que son ahora memoria y deshoras, del mañana que tiene un aroma a ceniza y duelo. Pero también, caben antiguos temores, viejos anhelos, inconclusos amoríos, sólitas ironías, amargas desdichas…, que completan, al cabo, la imagen desoladora de un hombre, de un poeta predestinado. Murió a los cincuenta y dos años con el aspecto de un anciano decrépito. Por fortuna, para todos los que aún podemos seguir releyendo su obra, la vigencia de sus versos son ejemplo de muy alta y sobresaliente poesía: “Con las cuencas de monda calavera/ que la luna feroz descarna,/ mi pasado, es decir, mi pesar viene/ a hacerme burla a la ventana./ Con una voz cascada de vejete,/ que sólo se oye en los teatros/ todo el remordimiento de mi vida/ tararea un aire alocado”.

Invierno en la memoria

21 odas de invierno
David Pujante
Editorial Milenio. Barcelona, 2023


Unos versos de Dryden-Purcell: “El tiempo y la experiencia pronto son lo que cuenta. /La juventud en cambio está hecha para amar.», sirven a David Pujante para sintetizar mundos en fuga, pugnas, y asunción de lo reflexivo inmediato desde “la poesía de la edad”.  21 odas de invierno, odas (o elegías), trae en su buen decir lo que se pierde, melancolía, sentido de la carencia, confesionalidad. La ocasional “caliente belleza”, vieja fulguración de la memoria, del deseo y/o amor, el pasado ante el presente y “el silencio oscuro”, remite al “asiste lo vivido” quevediano.  La pulsión emocional rememora y (se) hace/escribe poesía, literatura (sin entrar en Juan Ramón al respecto), para conjugar ambos mundos: lecturas de lo sentido, de lo vivido y leído: “Yo he cumplido. Y ahora/vengan otros/ los nuevos, a descubrir su orbe, virgen, de la poesía, / que lo llenen con sus predilecciones/ y con todos sus gozos. / Ya me duermo”.

La trayectoria de David Pujante (1953) cumple años, cultivada, elegante, cálida y distante, sin paradoja, y sirve hoy como nunca a la sinceridad reflexiva desde otras maneras complejas del decir claro. Un libro explícito en el título: La propia vida (1986), le puso en el camino del lector, mientras crecía como poeta de un momento al que se incorporó tarde. El pionero Guillermo Carnero escribía Ostende, mientras Luis Antonio de Villena se apartaba, en su mejor libro, Marginados, hacia otros ámbitos. El clasicismo importante de formación de Pujante estaba al hilo de la vida y la literatura de Cavafis, el horizonte culturalista y vivencial al hilo de las referencias que el alejandrino propuso en la construcción de un imaginario, desde donde decirse. David Pujante ha sido fiel a ese saber decir. La historia es historiografía y no deja de hacerlo ahora desde lo confesional (Poetry as confession de M.L. Rosenthal, para quien quiera entender) en este ejercicio brillante, sobremanera, de saber estar consigo mismo y con todo lo leído. Incluso en un inusual y estupendo soneto: “En la temprana muerte de Luis Carrillo y Sotomayor, cuatralbo de las galeras de España y primer poeta cultista”. El poeta está ahí, en la memoria y en las laderas del deseo, en su “invierno”, que aún no lo es y con mucho que decir, como contraste con otras tantas otras confesiones torpes y aburridas.

Un canto a la vida

El fin es solo un accidente
José Manuel Lucía Megías
Verbum. Madrid, 2023


Poca duda me cabe, pese a tópicos basados en casos excepcionales, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud o Claudio Rodríguez, realmente precoces, que la poesía es arte de madurez. A veces de una joven madurez, la de García Lorca en el Romancero gitano, por ejemplo. En otras, esa plenitud escritora se retrasa, caso de Georg Gadamer, hasta una edad realmente muy avanzada. En cualquier caso, sea en filosofía, sea en poesía, existe un momento en que la confluencia de lo escrito y lo vivido cristaliza, reflexiona y piensa. Aquí también hay ese acendramiento y gravitación hacia lo amado, escribió Ortega y Gasset, al hilo de Sthendal. Lo amado y lo propio hechos una Balsa de la Medusa, donde reposar la mirada que ha transitado ya por muchos sitios, y puede mirar hacia atrás y repensar, pero vivir lo presente. Y por eso llega El fin no es un accidente, donde una estupenda madurez atenta a muchos frentes, resuelve y asume el ayer y el presente sin ira, con esperanza en el amor, en el amado, desde el vértigo. Un colofón a una trayectoria comenzada tardíamente, en el 2000 con Libro de horas, y premiada merecidamente con el XLI Premio Internacional de Poesía “Juan Alcaide”

Como las celebérrimas violetas del poema de Luis Cernuda, nada prometen que después traicionen, se ha asomado a nuestra vida desde la suya, desde la rememoración y la genealogía, con unos trágicos, pero serenos versos iniciales. No es baladí esa posición, pues ya sabemos desde la moderna semiótica de la titulogía con Greimas, que los prólogos, o los poemas prólogos en este caso, tienen gran importancia, pues marcan el sentido.                                             

Oigo
                                                  crecer
                                                             la muerte
                                      en la sangre
                                                             de mi familia.

Pero más con Spinoza y la reflexión sobre la vida, que con Heidegger, avanzan estos ajustados versículos (siempre sin amplificatios), pese al comienzo, tan bien dispuestos en una recatada carmina figurata, donde visualmente crece la muerte desde lo propio y el oikos. Sí, pero sobre todo esa averiguación sobre la propia vida, esa “confesión” de la que habló en 1959 M.L. Rosenthal en Poetry as confession. O soledades en la genealogía, circunstancias propias, inquietudes y miedos, despertares del amor y el deseo hacia el propio sexo o el mismo nacimiento de la poesía, desde esta escritura donde, pese a todo, “comenzaba de nuevo”.

La pólvora del tiempo

Otra noche en el mundo
Luis Escavy
Sonámbulos. Poesía. Madrid, 2023


Se reedita por tercera vez, Otra noche en el mundo, el primer poemario de Luis Escavy (1994). Antes de acceder a sus primeros versos, tuve ocasión de conocer su poesía tras la obtención del premio “Adonáis” 2002, por Victoria menor. Tras su lectura, subrayé que su libro era un ejercicio de introspección, un íntimo adiestramiento de la conciencia de cara a combatir difíciles momentos. Porque desde donde verdeaban los enigmas de la existencia, el misterioso bosque de las emociones, brotaban con vigor sus versos, en un empeño de ajustar cuentas con lo mejor y peor de lo cotidiano: Solo hay muchas calles,/ edificios sin luz, parques llenos de algo/donde ya no encajamos/ y una lluvia que moja los escombros del mundo”.

Ese otro mundo, ese universo lleno de silencios, de soles, de héroes, de cicatrices, de propósitos, de lluvias, de soledades…, es el que despliega el poeta murciano al hilo de estas paginas, en las que cabe celebrar la vida y los afectos, el calor familiar, la plenitud del amor y de la edad, pero también ese otro lado de las pérdidas y las ausencias: “Mi infancia ya no existe, y el abuelo/ murió poco después de aquella foto,/ donde aún sonreímos, donde está/ la casa que teníamos más nueva (…) Donde aún ese niño que sonríe/ feliz por su captura, no sospecha/ que ha sido traicionado, que mañana/ es esta noche fría y que ahora es él/ quien recibe la pólvora del tiempo”.

Dividido en tres secciones, “El orden de las ruinas”, “Vigilar el fuego” y “Poemas inéditos”, el volumen se vertebra en torno a una sabia simetría rítmica y a una alegoría de la plenitud juvenil. Sin embargo, hay tras ese sólito ímpetu, un aire de melancolía, de finitud, el mismo  que se anuda  al bordón de la humanidad que respira el conjunto. Porque Luis Escavy sabe que el minucioso trazo de las palabras, la libertad que asoma por detrás del lenguaje, son, también, asidero y bálsamo vitales, De ahí, que su verso, sugerente, límpido, sirva como empírico aprendizaje frente a la cotidiana existencia: “Después de haberme dicho lo contrario,/ ahora digo que el mundo/ no es correspondido./ Cuando uno aprende a darse,/ no hay lugar en la tierra/ que ignore lo que amamos”.