Aprendí que una novela no termina cuando el autor cree haber escrito la última página

ENTREVISTA AL ESCRITOR DOMINICANO MARINO BERIGÜETE

Aunque hace casi 30 años publicaste tus «13 cuentos supersticiosos del Sur» y en los últimos años te has dedicado mayormente a la poesía, quiero que me hables de la génesis de «El hombre que vuelve». ¿Cómo nació en ti la idea de esta novela?

Una novela nunca nace el año en que se escribe. Antes de llegar al papel pasa años buscando su lugar en la memoria. La mía comenzó durante mi misión como embajador en Honduras. Allí escribí un poema titulado “El hombre que regresa”. En ese momento no sabía que aquellas páginas abrían el camino de una novela. Desde que salí de Barahona para estudiar en Santo Domingo llevaba conmigo el deseo de volver a mí pueblo. La vida tomó otro rumbo, conocí a mi esposa y ese regreso quedó aplazado. Murió mi abuela y solo permaneció mi madre. Una noche soñé que la ciudad me había derrotado. Desperté y escribí el primer párrafo. Recordé los viajes en autobús hacia el sur para pasar las vacaciones universitarias y seguí escribiendo durante meses. En 2020 llegó la pandemia del COVID-19 y el manuscrito quedó en silencio. En 2023 regresé a esas páginas. Ya no escribía con la prisa de terminar un libro, sino con la necesidad de entender por qué había esperado tanto para contar esa historia. Después la dejé reposar varios meses. La concluí en octubre de 2025. Al cerrar la última página comprendí que no había escrito una novela sobre el regreso. Había escrito la historia de un hombre que nunca dejó de volver, aun cuando la vida lo llevaba siempre por otros caminos.

Aunque parezcan temas diferentes, mundos diferentes, yo veo muchos puntos de contacto en cuanto a preguntas sobre la condición humana, sobre las razones de la existencia humana, entre «El hombre que vuelve» y «13 cuentos supersticiosos del Sur». ¿Has pensado alguna vez en eso?

Amir, el sur es supersticioso. Quien nace allí aprende muy pronto que toda vida conserva un lugar al que desea regresar. El mío sigue siendo el mismo que conocí cuando empecé a escribir a los diecisiete años. Han pasado las décadas y yo he envejecido, pero ese territorio permanece. Siguen allí las calles de mi infancia, la casa donde crecí, los primeros cuentos del sur, los temores y los sueños que todavía acompañan mis páginas. Cuando escribí El hombre que regresa quise apartarme de la narración lineal. Siempre he pensado que el sur, mi región, vive una realidad donde conviven lo cotidiano, las creencias populares y una antigua tradición religiosa. Mucho antes de que Alejo Carpentier formulara la idea de lo real maravilloso, Sócrates Nolasco ya había contado historias nacidas de ese mundo. La cercanía con Haití, la memoria de los cañaverales y las creencias transmitidas de generación en generación forman parte de nuestra manera de entender la vida.

Quise que esa atmósfera macondiana estuviera presente en la novela, no como un adorno, sino como una forma de acercarla a mi pueblo y a mi región. También recurrí a una técnica que vuelve sobre algunas escenas. Cada repetición incorpora un detalle nuevo para que el lector descubra algo que antes permanecía oculto. Ese movimiento sostiene el ritmo de la narración y acompaña el modo en que los recuerdos regresan a la memoria.

Pero mi propósito principal era otro. Quería escribir una novela existencialista. Me interesaba mostrar la rutina de un hombre que siente que ha perdido casi todo y que debe seguir viviendo con el peso de sus ausencias. Con los años comprendemos que la soledad no llega de golpe. Se instala poco a poco, a medida que desaparecen quienes compartieron nuestra vida. Los amigos mueren, los familiares parten y el mundo empieza a vaciarse sin hacer ruido. Sin embargo, quienes ya no están continúan viviendo mientras alguien conserve su recuerdo. Solo desaparecen por completo cuando también muere el último que podía nombrarlos. Esa certeza acompañó cada página de la novela y explica, quizá mejor que cualquier otra razón, por qué sentí la necesidad de escribirla.

Aunque el lector seguro lo notará, en nuestro reciente encuentro en República Dominicana, donde nació mi idea de publicar El hombre que vuelve en Ilíada Ediciones, me confesaste que tomaste como modelo y, además, quisiste rendir un homenaje a esa inmensa novela que es «Pedro Páramo», de Juan Rulfo.

Cuando leí Pedro Páramo tuve la impresión de estar recorriendo un pueblo del sur antes de llegar a Barahona. Desde entonces comprendí que cada escritor termina levantando un territorio propio. Juan Rulfo encontró el suyo en Comala, inspirado por los recuerdos de San Gabriel. Yo siempre he sentido que Barahona ocupa ese lugar en mi literatura. Allí regresan mis personajes, mis preguntas y la memoria que alimenta mis libros.

No es un camino nuevo. Gabriel García Márquez creó Macondo. William Faulkner imaginó Yoknapatawpha. Juan Carlos Onetti levantó Santa María. Todos partieron de un lugar conocido para construir un espacio literario donde sus historias pudieran respirar con libertad. Ellos forman parte de mis lecturas y Faulkner, en particular, ha sido uno de mis maestros.

Siempre he pensado que Juan Rulfo conoció Spoon River, la antología de Edgar Lee Masters. En ese libro hablan los muertos y, a través de sus voces, aparece la vida completa de una comunidad. En Pedro Páramo ocurre algo que produce una impresión semejante, aunque cada autor encuentra su propio camino.

Si me preguntas por qué esos pueblos se parecen, mi respuesta es sencilla. En casi toda América Latina el sur comparte una misma experiencia. El calor, la tierra, el trabajo y el aislamiento han moldeado el carácter de sus habitantes. Quien nace allí aprende temprano a resistir las pérdidas, a convivir con las creencias heredadas y a conservar la memoria de quienes ya no están. Tal vez por eso, cuando escribimos sobre nuestro pueblo, también terminamos escribiendo sobre muchos otros pueblos del sur.

En tu novela el protagonista, jubilado ya, regresa a la casa donde vivió su infancia. Pero es un regreso que, en todos los sentidos, tiene el espíritu de la conquista, de retomar un mundo perdido. Sin embargo, él es quien resulta conquistado y, lejos de encontrar las respuestas que busca, lo acosan antiguas y nuevas preguntas sobre su propia responsabilidad en haber perdido ese mundo. Al terminar la novela me dije: como en otras grandes novelas, esta novela es una búsqueda ontológica del ser que me recuerda mucho el «Dasein» (el ser humano como el único ente que puede preguntarse por su propia existencia) de Martin Heideger. ¿Me equivoco?

No te equivocas. Esa lectura está muy cerca de lo que quise escribir. Desde el principio me interesó menos el regreso físico que el regreso interior. Mi personaje vuelve a la casa de su infancia creyendo que encontrará un lugar intacto, pero descubre que el tiempo también transforma aquello que parecía permanecer. Lo que cambia no es solo el pueblo; cambia, sobre todo, quien regresa.

Quise escribir una novela existencialista. Me interesaba un hombre que, al llegar a la vejez, descubre que las preguntas importantes no desaparecen con los años. Al contrario, se vuelven más insistentes. Regresa para entender qué ocurrió con su vida, con sus afectos y con las decisiones que fue tomando. Poco a poco comprende que nadie pierde un mundo únicamente por culpa del tiempo. También lo pierde por las renuncias que acepta, por los caminos que elige y por los silencios que deja crecer con conversaciones con sus muertos.

Si te recuerda el “Dasein” de Heidegger, lo recibo con gratitud, aunque no escribí la novela para ilustrar una tesis filosófica. Mi punto de partida fue la experiencia humana. Me interesaba mostrar a un hombre que, cuando ya casi todos los que conoció han muerto, se queda frente a sí mismo. En ese momento ya no puede ocultarse detrás del trabajo, de la familia ni de las obligaciones. Solo le queda preguntarse quién ha sido realmente y qué sentido tuvieron sus actos. Si valió la pena irse del pueblo.

Por eso el regreso termina siendo una forma de conocimiento. El protagonista no conquista el pueblo; es el pueblo quien lo obliga a mirarse con una sinceridad que había evitado durante años. Creo que esa es la verdadera travesía de la novela. No busca recuperar el pasado, porque el pasado no vuelve. Busca comprender la propia existencia antes de que el tiempo cierre definitivamente la posibilidad de hacerlo.

Toda obra literaria, de muchos modos, es un reflejo de las vivencias de su autor, ya sean por su propia vida o por ese modo en que los escritores beben de la experiencia vital de otras personas. ¿Qué hay en «El hombre que vuelve» del ser humano que es Marino Berigüete?

Todo, Amir. El protagonista contiene mucho de mi vida y de mis propias inquietudes. Naturalmente, la novela incorpora personajes, situaciones y recursos de la ficción para darle consistencia y fuerza narrativa. Pero, en su esencia, es una proyección de lo que imagino que podría ser mi propio regreso dentro de algunos años, cuando muchos de los que hoy forman parte de mi vida ya no estén. No escribí una autobiografía; escribí una novela. Sin embargo, las preguntas que atraviesan al protagonista, sus dudas, sus nostalgias y su necesidad de comprender el sentido de su existencia son también las mías. Quizá por eso siento que es el personaje que he escrito más cercano a mi propia vida.

Hablemos de la construcción de los tres personajes femeninos protagónicos: esa esposa fallecida (que regresa recurrentemente en un único recuerdo: el momento en que se conocieron) y las figuras entrañables de la madre y la abuela. Son espíritus, pero están tan o más vivos que el protagonista. Y aquí veo otras de las claves psicológicas de tu novela porque en el filósofo Carl Gustav Jung el «anima» representa la imagen inconsciente de lo femenino en la psique masculina. Sabiendo que eres un lector voraz de filosofía, dudo mucho que esa sea solo una coincidencia.

No lo creo, Amir. Hay lectores que encontrarán esa resonancia con Jung, y no me parece una interpretación forzada, porque toda gran novela termina dialogando con ideas que muchas veces exceden la intención de su autor. Pero, en mi caso, el origen de esos tres personajes no nace de una construcción filosófica deliberada, sino de la memoria y de la experiencia humana.

Mi esposa aparece siempre en un único recuerdo, el instante en que nos conocimos en la universidad, porque entendí que el amor verdadero no necesita muchas escenas para permanecer vivo. Hay momentos que contienen una vida completa. Ese primer encuentro basta para que el protagonista la sienta presente durante toda la novela. Su ausencia física hace más intensa esa permanencia interior.

La madre y la abuela pertenecen a otro territorio. Ellas representan el origen, la casa, la infancia, la educación sentimental y moral. Aunque han muerto, continúan habitando la conciencia del protagonista porque hay personas que nunca abandonan realmente nuestra vida. Cambia su forma de acompañarnos, pero no desaparecen. Por eso el regreso al pueblo es también un regreso hacia ellas. No vuelve únicamente a una casa; vuelve al lugar donde todavía escucha sus voces y reconoce el sentido de lo que fue.

Si un lector quiere ver en esas tres mujeres la manifestación del anima junguiana, me parece una lectura legítima y enriquecedora. Sin embargo, mientras escribía nunca pensé en convertirlas en la representación de un concepto filosófico. Pensé en tres mujeres concretas que sostienen la identidad del protagonista desde lugares distintos: el amor compartido, la maternidad y la memoria familiar.

Quizá la filosofía aparece después, cuando el lector observa la obra terminada. Yo escribo desde la vida; luego la filosofía encuentra, si puede, un modo de explicar aquello que la literatura ya había intuido. Tal vez por eso esas tres mujeres parecen más vivas que el propio protagonista: porque él regresa buscando una casa y termina descubriendo que quienes verdaderamente conservan su identidad no son los vivos, sino aquellos que siguen habitando su memoria.

Hay un leitmotiv en la novela que llamará mucho la atención de cualquier lector: el protagonista, al visitar la tumba de su madre en el cementerio empezará también a descubrirse a sí mismo gracias a que allí, cerca de donde yacen sus seres queridos, está la tumba de un niño. No quiero dar detalles de esa extraña pero enriquecedora relación, que en cierto momento también involucrará a la madre del personaje, pero veo aquí otro guiño filosófico… en esta ocasión a Friedrich Nietzche cuando en su clásico «Así habló Zaratustra» presenta a la niñez como la última de las tres metamorfosis del espíritu (el niño para Nietzche no simboliza inmadurez, sino creatividad, capacidad de comenzar de nuevo y afirmación de la vida. No es un llamado a volver a la infancia biológica, sino a recuperar ciertas cualidades), que es justo lo que parece buscar desesperadamente tu personaje.

No me parece una lectura descabellada. Al contrario, me gusta cuando un lector encuentra en una novela capas que el propio autor no se propuso construir de manera consciente. Nietzsche forma parte de mis lecturas en el doctorado que recién acabo de concluir, pero mientras escribía no pensé en ilustrar la tercera metamorfosis de Así habló Zaratustra.

La tumba del niño nació por una razón mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más humana. El protagonista regresa al cementerio buscando a su madre y a su abuela, es decir, buscando el pasado. Sin embargo, ese niño desconocido termina obligándolo a mirar algo distinto: la fragilidad de la vida, aquello que nunca alcanzó a desarrollarse y la pregunta inevitable sobre todo lo que pudo haber sido. Ese descubrimiento modifica su manera de mirar también a su madre y, finalmente, de mirarse a sí mismo.

No quise convertir a ese niño en un símbolo cerrado. Preferí que fuera una presencia abierta, capaz de despertar preguntas diferentes en cada lector. Para unos será la inocencia perdida; para otros, la interrupción injusta de una vida; para otros, la posibilidad de un nuevo comienzo. La literatura gana cuando no obliga a una única interpretación.

Si alguien encuentra allí la idea nietzscheana del niño como la capacidad de empezar de nuevo, me parece una lectura perfectamente posible. Después de todo, mi protagonista no vuelve al pueblo para recuperar el pasado tal como fue, porque eso es imposible. Regresa para comprender quién es cuando ya casi todo lo que sostenía su existencia ha desaparecido. Ese viaje exige despojarse de muchas certezas y volver a hacerse preguntas esenciales.

Tal vez por eso el cementerio termina siendo uno de los lugares más vivos de la novela. Allí el protagonista deja de dialogar únicamente con sus muertos y comienza a dialogar consigo mismo. Y si en ese proceso aparece el niño de Nietzsche, no será porque yo lo coloqué deliberadamente en esas páginas, sino porque la literatura, cuando nace de una experiencia verdadera, suele encontrarse con la filosofía en el mismo lugar donde ambas intentan responder la misma pregunta: qué significa, realmente, volver a empezar.

Pero debo de confesarte que la tumba existe al lado de la de mi abuela en Barahona, y me extrañó un día cuando fui a visitarla que tenía ese pequeño juguete encima.

Otro detalle singular: la casa no es solo decoración escenográfica, no es un espacio muerto; la casa son recuerdos, sensaciones, riquezas perdidas que el protagonista irá reconquistando, al tiempo que es reconquistado él mismo… una casa viva que interactúa con el personaje… y aquí otra vez aparece ese Nietzche que en «La gaya ciencia» y otros de sus libros habla del amor fati («amor al destino»: la invitación no solo a aceptar lo que ocurre, sino a quererlo como parte inseparable de la propia vida). Dicho todo esto, esa casa de «El hombre que vuelve» ¿qué es para Marino Berigüete?

No escribí esta novela pensando en ilustrar ninguna corriente filosófica. Es verdad que he leído a Nietzsche, a Heidegger, a Jung y a muchos otros pensadores, pero cuando uno escribe una novela no está pensando en demostrar una tesis. Si eso ocurriera, dejaría de escribir literatura para escribir filosofía.

La casa nació de un lugar mucho más íntimo. Para mí, una casa nunca es solamente un conjunto de paredes. Es el sitio donde aprendemos a mirar el mundo, donde escuchamos las primeras voces, donde conocemos el amor, el miedo, las pérdidas y también la felicidad más sencilla. Cuando abandonamos esa casa, creemos que la dejamos atrás, pero en realidad ella sigue viviendo dentro de nosotros.

Por eso, en la novela, el protagonista cree que regresa para recuperar una casa, cuando en realidad la casa termina recuperándolo a él. Cada habitación, cada objeto, cada silencio le devuelve una parte de sí mismo que había quedado enterrada bajo los años, el trabajo, la ciudad y la rutina. La casa no habla, pero recuerda. Y al recordar, obliga al protagonista a enfrentarse con la persona que fue y con la que ha llegado a ser.

Si un lector encuentra en ese recorrido una cercanía con el amor fati de Nietzsche, me parece una lectura válida. Pero no fue un punto de partida para escribir la novela. Fue, si acaso, un punto de llegada que otro lector puede descubrir. Yo simplemente intenté contar la historia de un hombre que comprende que no puede cambiar su pasado, pero sí reconciliarse con él.

¿Qué representa esa casa para mí? Representa el origen. Ese lugar al que todos volvemos alguna vez, aunque sea únicamente con la memoria. Porque llega un momento en la vida en que uno descubre que la verdadera patria no es un país ni una ciudad, sino la casa donde comenzó a entender quién era. Y quizá esa sea la única conquista posible: regresar a ese lugar, aceptar todo lo vivido —lo bueno y lo doloroso— y comprender que sin esa historia tampoco seríamos quienes somos.

En esa casa hoy hay un hotel, se llama El Loro Tuerto.

Finalmente, ¿en qué proyectos literarios andas actualmente?

Antes de pensar en los libros publicados, pienso en los que todavía me exigen tiempo. Es una etapa distinta de mi vida. Ya no escribo con la ansiedad de demostrar nada, sino con la paciencia de quien entiende que cada obra necesita su propio ritmo. Hay manuscritos que avanzan con rapidez y otros que permanecen meses esperando una palabra, una lectura o una experiencia que los complete.

En este momento tengo sobre mi mesa dos libros de poesía, cada uno integrado por setenta poemas. Son proyectos diferentes, escritos desde registros distintos, pero ambos nacieron de la misma convicción: la poesía sigue siendo el lugar donde regreso para entender lo que no consigo explicar de otra manera.

También trabajo en dos novelas que aún no he dado por concluidas. Aprendí que una novela no termina cuando el autor cree haber escrito la última página, sino cuando los personajes dejan de reclamarle cambios. Hasta que eso no ocurre, prefiero seguir escuchándolos.

A esos proyectos se suman dos libros de ensayos literarios. Siempre he sentido que leer y escribir forman parte del mismo oficio. Los ensayos son mi manera de conversar con los autores que me han acompañado durante décadas y de reflexionar sobre la literatura desde la experiencia del escritor y del lector.

Pero, si debo decir dónde está hoy concentrada la mayor parte de mi energía, la respuesta es clara: en mi tesis doctoral en Filosofía. Es el trabajo que ocupa mis días y mis noches. Allí convergen muchas de las preguntas que han atravesado mis novelas, mis poemas y mis artículos. No la concibo como un ejercicio académico aislado, sino como otra forma de seguir buscando respuestas.

Al final, todos esos libros, terminados o inconclusos, participan de una misma travesía. No compiten entre sí. Se acompañan. Cada página escrita alimenta a las demás. Y mientras la vida me conceda el privilegio de seguir leyendo, pensando y escribiendo, siempre habrá un manuscrito abierto sobre mi escritorio esperando el comienzo de una nueva jornada.