ENTREVISTA CON EL POETA Y NARRADOR CUBANO RAFAEL VILCHES PROENZA
¿Cómo definirías Salón del Reino?
Salón del Reino es, probablemente, el libro que más tiempo me acompañó y el que más se resistió a existir. Durante años lo fui escribiendo sin saber del todo que estaba armando un volumen; era más bien una respiración paralela, una suerte de cuaderno secreto que iba creciendo al margen de todo lo demás y de mis andanzas por un país roto que se resistía a mi voz y a mi canto de libertad e independencia.
Es también el libro que más cerca estuvo de desaparecer. Fue el último manuscrito que la Seguridad del Estado logró sacar de una editorial en Cuba antes de mi salida del país. Permaneció inédito durante años, hasta que uno de mis hijos, en diciembre de 2022, logró sacarlo de la isla vía Serbia-Madrid. Tal vez por eso acabó convirtiéndose en otra cosa: no solo en un poemario, sino en el registro íntimo de una metamorfosis.
En él hay algo del diario, algo de la elegía y algo del testimonio personal y de una nación. Están mis amores y mis pérdidas, mis arrestos, mis secuestros, la devastación de un país y, también, la obstinación de seguir creyendo en la dignidad humana cuando todo parece derrumbarse.
No sabría definirlo como un libro de poemas en el sentido convencional. Lo siento más bien como un territorio donde las voces de una vida fueron entrando poco a poco hasta encontrar una música común. Si alguien quisiera entender no solo mi poesía, sino la temperatura moral y emocional desde la que he escrito, quizá tendría que empezar por aquí.
He leído en algún sitio, y confieso que no me ha gustado, que estos poemas “sobraron” en otros libros. Eso haría pensar a un hipotético lector que no es una unidad, que es un Frankenstein poético, una simple recopilación de retazos poéticos dispersos… ¿Quiero que cuentes, o precises, si lo crees necesario, si eso es cierto y qué razones te llevaron a reunir todos estos poemas “sobrantes” en un libro?
No, de ninguna manera son poemas sobrantes. Y quizá esa idea nació de algo que expliqué mal hace años.
Recuerdo un episodio decisivo: un día llegué a la casa de mi madre, busqué todos los cuadernos inéditos de poesía que tenía guardados y los rompí. Todos, menos uno. Ese cuaderno era Salón del Reino. No porque yo supiera ya lo que iba a ser, sino porque había algo ahí que se resistía a desaparecer.
Ese manuscrito me acompañó por toda Cuba: Bayamo, Holguín, Santa Clara, las casas de mis hijos… las estaciones de una vida bastante rota y bastante obstinada. Mientras escribía novelas o publicaba otros libros —muchas veces fuera de Cuba, cuando ya me habían censurado por completo—, estos poemas seguían apareciendo con una música distinta. No entraban en otros libros; parecían reclamar un espacio propio.
Yo suelo escribir un libro de poesía y luego pasar mucho tiempo sin escribir un poema, hasta que un nuevo universo verbal empieza a llamar y a cantar dentro de mí. Pero con Salón del Reino ocurrió algo raro: mientras soñaba otros libros, algunos textos nacían con otra respiración, como si pertenecieran a un mismo clima moral y emocional sin que yo lo hubiera decidido.
Por eso nunca lo he visto como una suma de fragmentos, sino como un organismo que tardó años en reconocerse a sí mismo. Hay poemas muy tempranos, incluso anteriores a Dura silueta, la luna, y otros que llegan hasta 2014, con las máscaras finales del libro. Sin embargo, el lector advertirá que hay una dramaturgia interna, una secuencia emocional y una música persistente que sigue acompañándome y golpeándome.
Quizá porque fue, sin yo proponérmelo, una larga bitácora de confesión. O quizá porque en él terminó entrando, de una forma u otra, el sufrimiento de un país y la vida de alguien que intentaba sobrevivir a ese derrumbe sin renunciar del todo a la esperanza y al amor.
Si miras ahora a Dura silueta, la luna (2003)… ¿qué ha cambiado en tu mirada poética, además de los más de veinte años transcurridos?
Quizá en Dura silueta, la luna había todavía una forma de candor. Lo ha dicho alguna vez José Alberto Velázquez: ese era, acaso, mi libro más inocente y hermoso. También el dolor era otro, y el país desde donde escribía todavía no había terminado de revelar todos sus mecanismos de devastación y humillación.
Ese libro lo escribí en Vado del Yeso, el lugar donde crecí. Años después entendí algo que entonces no podía nombrar: cuando llegamos allí, el 20 de mayo de 1970, nos estaban conduciendo a uno de los llamados “pueblos cautivos”, levantados por la revolución cubana por mandato del ser más nefasto de cuantos he conocido, Fidel Castro, para aislar a familias consideradas incómodas o desobedientes.
La poesía cambia cuando cambian las heridas, pero también cuando cambia la conciencia de lo vivido. Después de Dura silueta, la luna, quien escribió fue alguien más roto, más triste; alguien que había comprendido que vivir bajo un sistema totalitario no solo afecta la biografía, sino que también modifica el lenguaje interior, lo modifica todo.
Desde entonces he intentado escribir desde una honestidad radical, incluso cuando lo contado resulta incómodo. Quizá toda mi poesía posterior sea el intento de dejar un testimonio sin traicionar la complejidad humana ni la fragilidad de quien escribe un poema.
Eras conocido como narrador por una rara novela, Ángeles desamparados (2001), cuando empezaste a publicar poesía. ¿Recuerdas las circunstancias en las que ocurrió ese salto?
La verdad es que la poesía llegó primero. Escribía poemas desde los catorce años —o antes— sin saber muy bien de dónde venían. Lo curioso es que entonces no había leído prácticamente poesía ni conocía poetas. Sucedió como ocurren algunas obsesiones tempranas: algo empezó a hablar dentro de mí antes de que yo tuviera un lenguaje para explicarlo.
La narrativa apareció después, por necesidad. Hay experiencias que el poema no siempre permite contar del modo en que uno necesita ser escuchado.
Recuerdo un momento decisivo. Durante el Periodo Especial (en 1993 o 1994) coincidimos en Bayamo un grupo de escritores. Los únicos que no éramos de la ciudad éramos Guillermo Vidal y yo. Después de un evento literario, fuimos a almorzar al antiguo Hotel Central. O a intentarlo: terminamos sin comer, pensando más bien qué estaría comiendo nuestra familia en casa.
Guillermo me preguntó por un cuento que acababa de leer. Le hablé de aquella experiencia de infancia y adolescencia en las becas cubanas, esos espacios de internamiento y adoctrinamiento que marcaron profundamente a varias generaciones. Me escuchó un rato y me dijo una frase que no he olvidado: “Ahí tienes una novela”.
Tres meses después estaba escrita Ángeles desamparados. En el año 2000 la despojaron de un Premio Nacional de Novela y en 2001 fue finalmente publicada; sin embargo, meses más tarde fue recogida y convertida en pulpa por el Instituto Cubano del Libro y la Literatura. A veces basta que alguien vea la herida antes que tú para entender que llevabas años intentando contarla.
Hace un tiempo escuché este reto… era de algún modo la clásica discusión entre Sartre y Camus sobre la participación del intelectual en la política, trasladada a la poesía: “entre el escapismo de John Keats y el tribunalismo poético de Mayakovski…”. ¿Cuál eliges?
Nunca me ha convencido esa falsa disyuntiva entre el escapismo de Keats y el tribunalismo de Mayakovski. La poesía no tiene por qué escoger entre la torre de marfil y el panfleto.
Keats no huía del mundo: intentaba salvar algo de él a través de la belleza, y la belleza no es evasión, sino otra forma de conocimiento. Mayakovski, por su parte, convirtió el poema en plaza pública y terminó revelando, incluso trágicamente, las fracturas entre la utopía y el individuo.
A mí me interesan más los escritores que sostienen esa tensión sin resolverla del todo: Mandelstam, Celan, Vallejo, Cavafis, Brodsky, Milosz, Pasolini… poetas capaces de mirar de frente la historia sin entregar el poema a la propaganda, pero también de defender la complejidad estética sin desertar de la tragedia humana.
No creo en una literatura neutral; he vivido demasiado para creer en esa comodidad. Pero tampoco creo en la literatura subordinada a consignas: un poema convertido en cartel político envejece rápido.
Durante años intentaron convencerme de que los escritores, artistas o religiosos no debían mezclarse con la política. Aprendí exactamente lo contrario: no podemos dejarles la política únicamente a los políticos y a la policía. La tarea del escritor quizá sea otra: defender la conciencia crítica sin convertir el arte en obediencia.
Por eso no elijo del todo entre Keats y Mayakovski. Prefiero una poesía que no huya del mundo, pero que tampoco se arrodille ante él.
“La maldita circunstancia del agua por todas partes”, Piñera dixit. Escribir en la isla, escribir en el exilio… ¿qué ha cambiado en la escritura de Rafael Vilches Proenza desde tu escape de esa maldita circunstancia?
La libertad modifica incluso la respiración de quien escribe.
Durante años escribí bajo vigilancia: coches de policía frente a mi casa, vecinos convertidos en informantes, la sensación de estar permanentemente observado. Uno termina interiorizando el miedo, incluso cuando cree haber aprendido a convivir con él.
El exilio no elimina las heridas, pero cambia la relación con ellas. Aquí he podido revisar lo que logré salvar de Cuba —manuscritos, notas, libros— gracias a personas que arriesgaron mucho para sacarlos, y también he podido reconciliarme con partes de mí que habían quedado suspendidas en la supervivencia.
Escribir fuera de Cuba me ha dado distancia. Y la distancia, aunque dolorosa, también ilumina. Uno empieza a comprender que el trauma no era solo individual, sino histórico.
Pero el precio es alto. El exilio siempre tiene algo de amputación. Todos los días pienso en quienes quedaron atrás, en mi familia, en los presos políticos, en los amigos a quienes todavía no sé cuándo volveré a abrazar. De modo que, aunque ahora escriba desde la libertad, Cuba sigue entrando todos los días a mi mesa de trabajo, a mi vida.
¿Por qué Salón del Reino?
No es un libro religioso en el sentido convencional, aunque la espiritualidad atraviesa muchas de sus páginas.
El título nace también de una memoria personal. La primera religión que conocí de cerca fue la de una familia de testigos de Jehová. De niño me impresionó algo profundamente: la obstinación con que defendían sus creencias incluso bajo la humillación. No usar la pañoleta escolar, no saludar la bandera, no cantar el himno nacional, no bajar la cabeza ante las imposiciones ideológicas de un sistema que exigía obediencia absoluta.
Aquella dignidad silenciosa me enseñó algo esencial: la fe —religiosa, moral o política— solo tiene sentido cuando alguien está dispuesto a sostenerla incluso en condiciones adversas.
Quizá Salón del Reino también dialogue con eso: con la resistencia íntima, con la idea de que el ser humano puede ser golpeado, vigilado, expulsado, pero, aun así, conservar una zona totalmente inviolable de sí mismo.