FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA
RAÚL MOARQUECH FERRERA-BALANQUET (Cuba, 1958) Miembro de la Generación Mariel y del Centro Yucateco de Escritores A.C. (CYEAC) desde 1993. Autor de los libros Aestesis Decolonial Transmoderna Latinx_MX (2019); Imaginarios Creativos y Soberanía Erótica Decolonial (2018) y editor de la antología Andar Erótico Decolonial (2015, Ediciones del Signo, Buenos Aires, Argentina). Entre sus premios destacan: Fulbright Scholar, MacDowell Fellowship, CLACSO/Ibercultura, FONCA, Foundation of Contemporary Arts, Fundación Prince Claus, Contacto Cultural (Rockefeller/FONCA), ANAT Australia, y la Fundación de Video Lyn Blumenthal. Vive y trabaja en Washington DC, Estados Unidos y Mérida, Yucatán, México.
I
Abro la doble puerta de cristal de la estación de trenes de Houston ubicada en la avenida Washington; la sostengo con la mano izquierda indicando a Xux Éek’ que avance y, tras ella, me dirijo a la sala de espera. El recio aroma de cedro que emana de los bancos disponibles para los pasajeros me transporta al sur de la ciénaga donde los frondosos pinos y almendros resguardaban las casas de madera… el Fuereño los mandó a talar y luego los vendió. La madera era un buen negocio… entonces, iniciaron la construcción del terraplén y el suelo del pantano comenzó a secarse… dejaron de venir los flamencos… Desde aquella noche cuando me forzaron a abandonar la isla, siento la lejanía y el tiempo transcurrir velozmente. Me oprime el pecho… me dificulta respirar.
Una pausada voz femenina se escucha en las bocinas colocadas cerca del techo en las esquinas de la sala de espera. Anuncia el abordaje. Le indico a Xux Éek’ dirigirnos a los andenes. Me detengo frente a la espléndida locomotora pintada de azul brilloso que nos transportaría a la frontera. Alargo la mirada por la hilera de vagones que, en perspectiva cónica, converge en la línea de ferrocarril para luego confundirse con el horizonte. Evoco los rieles extendiéndose desde el puerto de Gueykabon hasta la mina… De vuelta a la locomotora, distingo las letras de metal incrustadas a un costado con el nombre de la compañía: Union Pacific Rail Road.
Alejándose de la estación, el roce de las ruedas sobre los rieles provoca un chirrido metálico. La presión en el pecho aumenta la ansiedad por recuperar el aliento. Suelto un leve aullido. Los pasajeros acomodados en asientos reclinables forrados de microfibra azul extendidos a cada lado del pasillo interior del vagón, al escucharme, notan mi desasosiego. Evito la mirada, volteo hacia la parte delantera divisando cinco ventanas anchas de cristal grueso a cada lado y los estantes de aluminio en la parte superior, en los cuales se colocan el equipaje de mano. Observo el contraste entre los cuatro tonos de azul marino pintados sobre las paredes interiores del Brownie y continuo una detallada inspección de los diseños funcionales de la década de los cincuentas. Con cierta suspicacia, imagino la posibilidad de cómo el níquel descubierto en Gueykabon, el pueblo costero donde nací, pudiera formar parte de las piezas de acero inoxidable incrustadas en las paredes.
Xux Éek’, sin dar importancia a mis acciones y con la cara apoyada en la ventana de cristal, mira en la distancia, parece no escuchar. Examino su delgada figura, su pelo color miel, sus grandes ojos azabache, sus delicadas manos. Ya no emana olor a azucena de su piel cobriza y extraño el aroma que la envolvía la noche cuando nos conocimos en La Perla Tapatía, el cabaret de Isla del Carmen donde yo trabajaba mezclando música mientras las teiboleras amenizaban el ambiente.
La potente máquina diésel arrastra los seis vagones traseros deslizándose por una curva inclinada hacia el sur. Por la ventana, diviso el ancho mar abrir sus dominios hacia el horizonte. Ubico al fondo, un par de pequeños cuartos destinados al equipaje pesado y luego, a cada lado del pasillo, otras tres ventanas, los baños y al final, la puerta corrediza contigua al acople de articulación con el otro vagón, destinado para subir y descender del tren. Atraído por la brisa marina que entra por la puerta, recorro el pasillo central hacia el fondo.
Parado sobre el puente entre los coches, volteo a la derecha y me encuentro de cara al Golfo—. “La inmensa llanura azul” —pronuncié en voz baja al recordar cómo mi padre Yayael siempre nombraba a la mar. Comienzo a inhalar profundamente como cuando era un adolescente y buscaba calmar las secuelas de la violencia familiar en Punta de Martillo.
Escena 3A. Exterior. Punta Martillo, Gueykabon, Guacanayabo. Día.
Extraño demasiado, a mamá esquivando los golpes de mi padre; a Tomás mientras señalaba hacia el padre Baltasar, parado en la puerta de la iglesia aquella tarde… cuando Massiel y los otros travestis del pueblo decidieron marchar frente al Ayuntamiento… pero la imagen más recurrente es la oscuridad de la mar en medio de la noche mientras el buque navegaba lejos de la costa y, en el horizonte, las luces del puerto se escondían poco a poco detrás del litoral… Doce… trece años sin ver a mi familia, la Isla… cómo si una neblina delgada cubriera el pasado… Abuelo Ixbalanqué me explicó en repetidas ocasiones cómo mi nacimiento tuvo lugar instigado por la furia de Jurakán, el supremo vórtice, corazón y centro del cielo porque esa noche un ciclón llamado Flora cruzó sobre la isla de Guacanayabo. Por eso me nombraron Arimao Urakán. Recuerdo la cadencia de la voz del anciano mientras leía el libro hecho con corteza de coco guardado celosamente en la cueva que conducía a los campos de amaranto…
Una tarde, durante la siesta, en las bocinas de la publicidad rodante se escuchó la voz del alcalde invitando a una asamblea frente al Ayuntamiento. Habían descubierto minas de níquel y cobalto cerca de la desembocadura del río Moa. Fuereño había llegado dos semanas atrás y ofrecía trabajo a todos los hombres. Después de comenzar la extracción, la brisa del mar se mezcló con el polvo rojo proveniente de las excavaciones; se metía en los poros, en la ropa, en la cama… algunos enfermaron. Aparecieron ampollas moradas en la piel de los mineros. Sólo un cocimiento de hojas de cedro, ácana y jagüey preparado por las abuelas curaba las llagas. Murieron muchos peces y otros emigraron al interior del río, donde las aguas estaban más limpias.
D’Óleo, el trovador del pueblo y cantante de la orquesta dirigida por mi padre, nos advirtió del polvo rojo. Según él, era el embrujo de la historia. El tío Janiguanó quedó atrapado en la mina de níquel y murió al instante. Su viuda, la tía Onane, y mamá lavaron su cuerpo varias veces, pero la delgada capa rojiza se mantuvo pegada a su piel. Me atreví a mirar su cuerpo inmóvil en el ataúd y recordé las momias de Nohcacab por su color cobrizo y el tufo agrio. Las minas quedaron paralizadas. El velorio duró tres días y durante el entierro, cuando la procesión tomó rumbo al cementerio, divisé a Fuereño salir de Gueykabon en un camión con dos uniformados. Seis horas más tarde regresó con la parte trasera del vehículo repleta de gente de otro pueblo. No pudieron llegar a la mina. Escuché disparos. Frente a mí, el cuerpo de Ignacio Ramírez cayó de espaldas y observé como José Juan rodaba por el asfalto… el hedor de la mezcla de la pólvora con la carne quemada llegó hasta mi nariz…
—¡Huye, hijo…! —mi madre, Yara Yaloldé, gritaba desde el jardín. Salté la cerca de madera colindante con la calle san Vicenta… resucito la persecución de aquella tarde por los senderos del traspatio—. Allí me detuvo una patrulla y, a empujones, me subieron en la parte trasera… desabrocharon mi camisa y la usaron para cubrir mi cara… las voces de los policías retumban en mis oídos. Me patearon en el estómago… todo estaba oscuro… luego escuché a mi hermano Habaguanex retar a los otros guardias.
Rumbo al muelle, al mismo tiempo que conducía la patrulla, mi hermano me explicó cómo debía esconderme en un buque contenedor. Una hora después de haber zarpado, El Capitán apareció en la bodega donde me habían ocultado. Dejamos atrás el olor a pescado congelado. Lo seguí hasta la cubierta y logré respirar el salitre de alta mar. Calmó mi ansiedad. Junto a la torre del puesto de mando me ofreció un emparedado de bacalao. Estaba fuera de peligro y del acoso de la policía… el barco rompía olas mientras las luces de Gueykabon disminuían en el horizonte. Desde entonces no he podido ver a mi familia… papá murió hace nueve años…
Al desembarcar en Isla del Carmen, El Capitán me llevó directo al patio trasero de la estación de trenes, hasta los vagones abandonados donde el tufo podrido de las frutas y las mercancías desechadas cubría el ambiente. Allí conocí a Jarocho, al Güero y a Sargento. El Capitán me aconsejó no volver a Gueykabon y, antes de marcharse, me obsequió cincuenta pesos. Agradecí su ayuda y quedé a merced de esa pandilla de maleantes quienes se convirtieron en mis camaradas… En las noches nos resguardábamos en los vagones… Fueron los primeros instantes en el exilio.
En el Golfo, con el cuerpo calado por la pestilencia del petróleo crudo y la gasolina refinada, navegué junto a nuevos amigos. Cometí fechorías en cada puerto; trafiqué ron, tabacos cubanos e indocumentados chinos; desembarqué en Tampico en busca de otras encrucijadas y, sobre trenes de carga, atravesé el desierto rumbo a Tijuana. Allí conocí a Edgardo, quien me ayudó a cruzar hacia el otro lado de la barrera de hierro… Hasta logré un título universitario hace seis años y llegaré a viejo pagando los intereses del préstamo bancario utilizado para costear la licenciatura en la escuela de Comunicaciones.
Algunos dirían: —cumplió el sueño americano. Ahora me invade el temor de ser acusado de malversar la beca del NEA gracias a un senador republicano llamado Jesse Helms a quien se le ocurrió decir que las artistas mujeres y lesbianas, junto a creadores latinos, afroamericanos y gais desfalcamos los fondos de las becas financieras del Consejo de las Artes. Según él, al realizar proyectos en contra de las buenas costumbres de la sociedad norteamericana. El senador Helms ha propuesto congelar los pagos.
No sé si podré terminar el filme autobiográfico en el cual quiero plasmar mi experiencia como inmigrante indocumentado al llegar a Los Ángeles y luego, cómo, adolescente callejero que sobrevivió en las calles de Nueva York. Freí hamburguesa en un Carl’s Jr.; fregué baños y limpié pisos en un hospital; lavé platos y cazuelas cuando era estudiante en la Universidad de Iowa… inesperadamente tropecé con el pasado en una calle de Nueva York…
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