La hija del tiranosaurio

CUENTO DE LA ANTOLOGÍA LATINOAMÉRICA EN PIEL DE MUJER


Milia Gayoso Manzur (Villa Hayes, Paraguay, 1952) Periodista y escritora. Realizó estudios de Periodismo en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción. Trabajó como periodista en los diarios Hoy, El Día y La Nación. Autora de una vasta obra, entre las que se cuentan En el parque de Gaudí (novela), Martín de los mangos y otros cuentos (infantil), La vecindad de los abrazos (novela juvenil) y Cruzaré el mar para encontrarte. Con Ilíada Ediciones ha publicado Gorriones bajo la lluvia, Todos somos libros. Antología de cuentos paraguayo (compiladora) y Lágrimas negras.


La hija del Tiranosaurio

Lo único que quería era llegar a casa. Me ardían el estómago y la cara. Siempre me ocurre cuando me pongo nerviosa, y esta vez tenía sobrados motivos para sentir que todo se derrumbaba sobre mi cabeza.

Salí corriendo de la reunión. Como cada mes, celebramos los cumpleaños en casa de una de las chicas, y en este octubre, tocó hacerlo en la residencia de Tuita Ferro Morales, cuñada de una de las homenajeadas.

Todo estaba perfecto: la decoración con hortensias naturales, los bocaditos comprados de Casa Fisher, la selección de jugos naturales, helados artesanales y tortas de varios gustos. La música era lo único que desentonaba: demasiado fuerte y chabacana.

No sé a quién se le ocurrió contratar a ese DJ que ponía temas horrendos.

Cuando estaba disfrutando de mi jugo de frutillas, Mela Bosio se acercó de manera sigilosa y con un pedazo de milanesita aún a medio masticar, me dijo que quería hablarme de algo importante.

Por favor, no quiero chismes de Hugo, le dije suplicante. La herida de la separación aún estaba al rojo vivo y me sentía harta de escuchar todo tipo de preguntas y consejos, o lo que es peor, chismes de con quién lo vieron una de estas noches en la chopería del puerto de Asunción.

No es de Hugo, sino de tu papá, dijo, tragando la milanesa y empujándola con un trago de gaseosa. ¿Qué le pasa a mi papá?, pregunté angustiada. Mi papá, el Coronel Eduardo Luis Mendieta, es uno de los seres que más amo en esta tierra, y vivo pendiente de su salud y bienestar.

Él no es tu papá, soltó Mela sin ningún preámbulo.

Claro que sí, le dije. No vas a venir a decirme quienes son mis padres…

Doña Cecilia es tu madre, pero el coronel no es tu papá, Dolores.

Repasé mentalmente mi nombre, Dolores Anahí Mendieta Zarratea, Dolores Mendieta Zarratea, Doli Mendieta…, la hija del Coronel Mendieta, la nieta del Coronel Mendieta Safuán, la hija de Cecilia Zarratea Pino…

Tenés que escucharme, Doli, conozco a una de tus hermanas de padre y ella quiere hablar contigo.

Soy la ex esposa de Fermín Alarcón Sauá, mamá de Rocío y Julián, mejor amiga de Rosita Valladares que hoy celebra su cumpleaños, soy la hija del Coronel Mendieta…

No te entiendo, Mela, qué es lo que tenés en la cabeza. ¿Cómo es eso de que mi papá no es mi papá? ¿Quién, según vos, es mi padre?

Mirate al espejo, me dijo. Mirate al espejo y vas a notar que tenés sus mismos labios y la forma de su cara. ¿Y tu pelo rubio? ¡Es igualito al de él!

Pero cuando veas a tu hermana, vas a notar que son como dos gotas de agua. Solo que ella tiene los cabellos más castaños, pero es idéntica a vos, hasta en la forma de caminar. Querrás saber cómo la conocí. Ella me buscó. En realidad, buscaba acercarse a vos a través de cualquiera de tus amigas, y me ubicó primero a mí.

Las dos son hijas de Alfredo Stroessner. Desgració a tu madre y a la de ella, las embarazó y como hizo con varias jóvenes, las casó con militares solteros de su confianza, para que fueran criadas en una familia. ¿Por qué pensás que nunca pasaste penurias económicas? Porque el viejo siempre se encargó de enviarles una muy buena cantidad de dinero, primero para callar a tu madre y al esposo, y luego para que no te falte nada. Dicen que a pesar de las barbaridades que hizo, quería mucho a sus hijos y no desamparó económicamente a ninguno.

Y mirá que son varios, che.

No quería seguir escuchándola, pero me retuvo del brazo. Si no me creés, tratá de hablar con tu madre y ella te va a contar que el tirano fue quien le entregó su certificado de la secundaria, y allí en pleno acto, ya le echó el ojo y dos días después la hizo buscar en un auto negro, para que se la llevaran a su guarida. Tu abuela no pudo oponer resistencia para que no se llevaran a su hija. Era frágil y humilde, ¿cómo enfrentar al dictador?

Tu madre fue una de las tantas jovencitas ultrajadas que quedaron embarazadas, y luego obligadas a casarse con alguien elegido por él. Ella tuvo suerte porque tu papá adoptivo es una buena persona, pero no todas tuvieron esa dicha, algunas cayeron en manos de depravados.

Mela, quiero irme a casa, hablamos otro día. Acá está su número, Dolores, se llama Eugenia Von Tropper. Hace días que espera tu llamado.

No la escuché, salí sin despedirme de nadie, y sentí que se me había corrido el rímel por toda la cara. Manejé a cien por hora, me comí los semáforos rojos y no podía ver a causa de las lágrimas.

Cuando llegué a casa, no hice ruido para que Rocío no me viera en ese estado. Subí a mi habitación y me dirigí al baño. Aún con los ojos empañados de máscara de pestañas y lágrimas, me miré los labios carnosos, exageradamente gruesos, parecidas a la del dictador.

Me lavé la cara y tomé, con agua de la canilla, uno de mis tranquilizantes. Me eché a la cama con los zapatos puestos y debí dormir varias horas.

A la mañana siguiente, mi hija me contó que me quitó las sandalias y me tapó, pensando que llegué cansada de la reunión de cumpleaños. Me di una ducha y desayuné para despabilarme. Busqué el número de celular anotado en un trozo de papel.

En vez del tradicional sonido se escuchó una canción brasileña y al otro lado una voz muy parecida a la mía. ¡Hola!, holaaa… tardé en responderle porque tenía una catarata de saliva en la garganta. Hola, soy Dolores. Me dijeron que querías hablarme.

Nos citamos para las cinco de la tarde en el bar del Club Centenario. No almorcé de los nervios y estuve a punto de faltar a la cita. Sin embargo, fui, para llegar primera y verla atravesar el salón.

A las cuatro y media ya estaba instalada en la mesa más escondida del bar, semitapada por el centro de mesa y la botella de agua tónica. Hice como que leía, pero en realidad ni siquiera sabía qué libro agarré del estante, cuando salí de casa.

Ya había tomado dos botellas de tónica, cuando la vi llegar. Era yo con el pelo castaño, y orillando los sesenta años, con un conjunto de pantalón blanco y blusa verde manzana, con la misma cantidad de pulseras en el brazo derecho, con los mismos labios gruesos que los hombres encuentran sensuales, pero que para mí se estaba convirtiendo en una seña particular de desgracia. Sí, soy la hija del tiranosaurio.


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