Historia de dos vizcachas

FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA


ALEJANDRO MARIQUE. Es escritor, sociólogo y diplomático. Actualmente trabaja en la Embajada del Perú en Alemania. Ha publicado las novelas La nieve roja de Moscú, El laberinto del Zar, Una cabaña frente al Kremlin, Un asesino emocional y Prometeo Ruso. Algunos de sus relatos han sido incluidos en las revistas literarias La Rompedora y Fábula (España) y Temporales (Estados Unidos). Cuenta con una maestría en narrativa y escritura creativa de la Escuela de Escritores de Madrid.


Capítulo I

Se vio a sí mismo de pie en medio de la sala, abstraído. Las paredes pintadas de blanco ostra no le decían nada. Dio un paso, casi sin notarlo, y se tropezó con una silla antigua de caoba tapizada con terciopelo azul. Un adorno curioso, aunque poco funcional, que había venido con el departamento amoblado. El zumbido de una mosca le hizo girar la cabeza hacia la derecha. Vio la mesa del comedor, que utilizaba como escritorio, y se acercó. Tomó asiento y miró por la ventana. No sabía por dónde empezar la novela que tenía en mente. Necesitaba un estímulo, una idea, algo concreto que lo atornillara al asiento hasta que las palabras obtuviesen forma y sentido. Tan sólo deseaba eso: una chispa que lo encendiera todo.

La lluvia lo adormecía durante ese domingo; aunque los sonidos de repiqueteo contra los tejados, el asfalto y las ventanas provocaban una sensación agradable. Pensó en aquella chica de ojos verdes con la que se había cruzado en varias oportunidades, en las últimas semanas, desde que se mudó a Londres. Ella misma era como una señal que le daba la bienvenida a la capital británica. Guapa, sí, dependiendo de los gustos, pero había algo más que eso: una apabullante energía que dejaba una estela sobre las veredas, un rastro que lo envolvía en un íntimo deseo de escuchar su voz y tocarla.

Harrods, King´s Road, la salida del metro de Knightsbridge, la calle en su sentido amplio, el café de una esquina. Se la había cruzado por todas partes. Incluso en la embajada. La vio salir mientras él se acercaba y no le dio tiempo de improvisar, saludarla, ¿seguirla y decirle alguna tontería?, «te vi salir, hola, yo trabajo aquí desde hace un mes, me llamo Javier. ¿Te puedo ayudar en algo?», ¡una sandez! Además, no importaba porque simplemente se había quedado sin reacción. Dentro preguntó, con disimulo, quién era esa chica que había salido. No hubo mayor respuesta: ni siquiera había dicho su nombre, tan sólo había preguntado, de manera rápida, si había algún evento cultural próximo que organizara la embajada.

Javier no había indagado más, para no llamar la atención, sobre todo porque era un hombre casado y su esposa e hijo, allá en Lima, se mudarían a Londres en los próximos meses. Aun así, como encargado del área cultural, se animó a decir: «Si regresa pídanle sus datos, así la ponemos en nuestra base de contactos para invitarla cuando haya alguna actividad».

¿Podría escribir sobre esa chica sin conocerla?, ¿algún microrrelato o cuento?, ¿un personaje de novela? No, la imaginación no le daba para tanto. Todo lo contrario: quería conocerla en la realidad, no en la ficción, por lo que se decidió a hablarle la próxima vez que se la cruzara. Animado por esa determinación, volvió a mirar por la ventana: la lluvia arreciaba. Sus pensamientos retornaron a la historia que quería empezar a escribir.

Tolstói. El escritor ruso vino a su mente junto con uno de sus libros favoritos: la saga autobiográfica originalmente compuesta por tres novelas, pero reagrupada bajo un solo título: Infancia, Adolescencia y Juventud. Poco explorado por la academia, quizá Tolstói habría sido el primero en escribir autoficción; lo cual, para Javier, acrecentaba su aura de escritor genial. No eran «memorias» como creían algunos, sino la vida de Tolstói como él mismo la vio y la quiso ver a través de la ficción. ¿Para qué cambiar los nombres de los personajes si no? Una frase de la saga volvía a la mente de Javier: “Había cumplido la mejor y más noble finalidad de esta vida: morir sin lamentarlo y sin miedo”.

Qué frase tan potente, pensó Javier mientras la lluvia caía con más fuerza y él continuaba adormeciéndose sentado frente a la ventana. Una frase dura del siglo XIX, en términos morales y religiosos que él no compartía, pero que igual lo hacía reflexionar: ¿quién podía vivir y morir sin arrepentimientos? Todo lo contrario, estaba convencido de que el ser humano era un amasijo de contradicciones; un ser débil y adolorido que batallaba a diario para sufrir menos. Los conceptos del «bien» y del «mal» no tenían mayor cabida para él en un mundo donde la escala de grises era la regla general por excelencia. Arbitrario y relativo, sí, pero más real que los latidos mediocres de un corazón sin sueños.

Y exactamente aquello era lo que buscaba plasmar en la novela que quería escribir. Un personaje histórico que muy bien podría haberse visto como un paradigma de virtud y grandeza; pero que, en realidad, habría vivido lleno de remordimientos por cada uno de los errores cometidos. Al mundo se venía a errar y a intentar, al menos intentar, construir a partir de los errores: desde una silla rústica donde sentarse, a un fusil, un trasatlántico o la idea de una nación. O construir algo tan sublime e ilusorio como la llamada «libertad».

La lluvia cayó con más fuerza y Javier, decidido, saliendo de su letargo, se paró de un brinco. Había algo que debía hacer para sacudirse de esa modorra que enturbiaba su mente: ir al bar de la esquina (seguramente desierto), beberse un trago de cerveza o sidra y leer un buen libro. Tan sólo una decisión simple, y que la vida hiciera el resto.

*

Aquel domingo en la tarde no había nadie dentro del pub. La lluvia torrencial había espantado a todas las almas londinenses, al menos las que solían moverse en el corazón de Chelsea. En la esquina de King´s Road y Radnor Walk se encontraba uno de los locales favoritos de Javier. No sólo la cercanía a su departamento, sino ese placentero ambiente cultural británico de ocio y sidra de bayas silvestres. Apenas se mojó la punta de las zapatillas Converse bajo su paraguas y tras los tres minutos que le tomó llegar. Al lado de un vaso con abundante hielo, del que bebía pequeños sorbos pausados, sentado en la mesa esquinada de siempre, disfrutó de una grata soledad mientras leía las primeras páginas de una nueva novela.

Ella entró. Ni tan alta de estatura, sin muchos kilos de más, no demasiado guapa; aunque con cejas bien negras y abundantes, naturalmente delineadas, que imprimían un sello de elegancia y finura. Una chica normal que sobresalía. Se sacó la casaca turquesa y la colgó en el perchero junto con una bufanda de motivos tribales de distintas tonalidades naranja y marrón. El paraguas, en el estante de metal debajo. Tras aproximarse a la barra echó un rápido vistazo, inmutable, a Javier. Se desplazaba con aplomo y su piel dorada, como la de un camote recién salido del horno, resplandecía en el ambiente opaco del pub. A pesar de la distancia, Javier también pudo notar el brillo de sus ojos verdes. Faros, en medio de una noche de viento intenso y mar violento, que alumbraron la sidra frente a ella. Al vaciar su botella en un vaso con poco hielo, giró y ambos cruzaron miradas.

Con esa leve sonrisa desde la barra, apenas perceptible, pero viva y penetrante, Javier creyó que ya estaba enamorado al sesenta por ciento. Al setenta cuando, al pasar al lado de su mesa y frente a él, notó que el color de sus ojos era verde helecho. Y pensó que si formaba un rectángulo con los dedos índice y pulgar de ambas manos y lo colocaba en dirección al rostro de ella, haciendo un tipo de plano de cámara donde sólo aparecieran las cejas y los ojos, el resultado sería abrumador: esa chica, a pesar de su rostro ordinario, era hermosa. Un helecho trigueño de tallos gruesos y delineados. Enamorado al ochenta por ciento. El veinte restante, lo sabía, lo conseguirían las palabras.

Por fin la volvía a ver. Por fin, a solas. Le hablaría como se lo había prometido; quería pararse y dirigirse a ella, pero algo lo inmovilizó. «¿Qué me ocurre? No puedo dejarla ir de nuevo», pensó Javier. Como si sus palabras resonaran en medio del bar grisáceo y como si ella las entendiera y acudiera a un llamado, se acercó hacia él.

—¿Será la cuarta o quinta vez que nos cruzamos? —preguntó ella, parada al lado de la mesa, mostrando una sonrisa imperceptible para el mundo, aunque dirigida a Javier.

—La sexta, en realidad —dijo él. Tragó saliva y carraspeó para aclarar la garganta—. Las cuatro primeras veces intercambiamos miradas. La quinta vez compraste una ensalada, para llevar, en la zona de comida de Harrods y te fuiste. Fue el lunes pasado. Y la sexta, este viernes. Te vi salir de la embajada del Perú. En esas dos ocasiones no me viste.

—Y resulta que también bebemos lo mismo. Vi tu botella desde la barra. ¿Algo más en común además de encontrarnos en la calle durante las últimas semanas, beber la misma marca de sidra y toparnos aquí con esta lluvia que espanta hasta a las hormigas? —Esta vez hubo un gesto de coquetería. Sin preguntar, con esa elegancia que emanaba con naturalidad, movió una de las sillas y se sentó junto a Javier. Éste, evidenciando primero sorpresa y luego un gesto como «perdona que no te haya invitado a sentarte», pasó a una sonrisa cómplice.

—¿Qué me dices de la literatura?, ¿te gusta leer novelas? —preguntó él sin saber si ese tema resultaría táctico para iniciar la conversación.

—Me encanta, sí. Desde la barra noté también que leías; pero antes de decir que es un tema en común, me gustaría saber qué lees ahora —respondió y dio un trago a su sidra.

Javier, que había cerrado el libro desde que ella se aproximó a él, como un acto reflejo, se percató que ocultaba la portada con sus brazos apoyados sobre la mesa. Lo alzó y mostró. «Pues esto. ¿Qué me dices?, ¿te suena a algo?». Ella agrandó sus ojos y soltó una inesperada carcajada, y negó con la cabeza como si algún tipo de coincidencia acabase de ocurrir. Javier, observándola, sintió que aquellos gestos lo apaciguaban como si lo mecieran en su silla. Se hizo con la imagen de que la conocía de años.

—Así es que Aves sin nido de Clorinda Matto. Vaya sorpresa —dijo ella.

—¿Conoces el libro?, ¿lo has leído? Perdona, no quiero sonar brusco. Me sorprende que sepas de él cuando sucede lo opuesto con la gente de mi país, a pesar de que compartimos con Matto la misma patria.

—Sí lo he leído. Conozco muy bien el libro. Tu país también. Mira tú, ya se nos abrieron varios temas de conversación. Iremos poco a poco, pero primero déjame preguntarte por qué lees exactamente ese libro. ¿Sabes que Clorinda Matto fue la primera indigenista y una de las primeras voces feministas de Sudamérica? —preguntó ella mientras daba un nuevo sorbo a su sidra y mantenía una sonrisa que, esta vez, entremezclaba la curiosidad y la sorpresa. Sus ojos brillaron con un tono verde lima.

—No lo sabía. Me enteré cuando, no hace mucho, investigué algo de ella en internet. Recuerdo haber escuchado sobre la novela en el colegio, pero se me pasó la vida y recién he podido adquirir una copia. Irónico, hablo mal de mis compatriotas por desconocerla y yo recién la estoy leyendo.

—Ya veo. Sin embargo, aún no me has respondido. ¿Por qué la lees? Y, ya de paso, ¿te está gustando?

Javier miró alrededor. Nadie. El lugar era exclusivamente para ellos dos. Y esa chica sentada frente a él no solo había captado su interés con dos o tres frases, sino que también había demostrado ser muy inteligente. Una situación que lo hipnotizaba y que no dejaría escapar.

—Recién había empezado con las primeras páginas cuando entraste al pub. Verte por séptima vez me distrajo —soltó una risa; pero ella, inalterable, seguía atenta a sus palabras—. Compré el libro porque quería leer novelas peruanas escritas en el siglo XIX. Me fascina ese siglo.

—¿Por qué te fascina? —replicó sin alterar gesto alguno.

—Por… —dijo él y se rascó la cabeza—. Me interesa el proceso de independencia de los países americanos, así como la aparición de los distintos problemas de las nuevas repúblicas. Y saber ahora que Clorinda fue la primera indigenista y feminista es un valor agregado que enriquecerá mi perspectiva.  Además, me lo recomendó un amigo porque…

«¿Habré hablado de más?», pensó Javier con preocupación. ¿La asustaría con su rollo medio académico? No quería sonar como alguien soberbio.

—Vamos, termina —le pidió ella cuando él dudó y desvió la mirada—, no te cortes ahora después de ese discurso.

—Deseo incursionar en la creación literaria y quiero escribir una novela sobre un personaje histórico. Mi amigo me dijo que leyendo a Clorinda podría ambientarme en la época y el contexto social —respondió sintiendo que empezaba a traspirar.

—Ya veo, ¿y quién es el personaje histórico? —dijo ella con un nuevo brillo en los ojos que hizo cambiar la tonalidad de verde. ¿Sería posible?

—Andrés Avelino Cáceres Dorregaray —sentenció Javier con una sonrisa orgullosa.

—Vaya, me sigues sorprendiendo. Y perdona que te haga tantas preguntas, pero como habrás notado has captado mi interés.

—Por cierto, ¿cuál es tu nombre?

—Te lo diré, pero primero dime tú el tuyo —dijo ella. Torció los labios y levantó las cejas—. Yo me acerqué a tu mesa y te hablé primero, así es que compláceme con ese pequeño detalle —agregó con una sonrisa—. Y luego, me comentas por qué elegiste a Cáceres.

—Mira tú, venimos conversando desde hace rato y no sabemos nuestros nombres. Curioso, ¿no crees? Y no me sorprende lo más mínimo. Como si…

—Como si no importara, cierto. Eso significaba que lo estamos pasando bien —dijo y guiñó un ojo. Verde por todas partes, iluminando el bar, los vasos de sidra, la lluvia allá en la calle.

—Javier Perea. Ya entendiste que soy peruano, ¿cierto? Trabajo en la embajada. Por eso te vi el viernes. Quise acercarme a saludarte, pero me ganó la duda.

—Todo sucede por algo —dijo ella y se llevó la sidra a los labios. Dio un trago, hizo una pausa y agregó—: Es más divertido habernos encontrado aquí, conocernos hoy. ¿Qué más sobre ti?

—Siempre he querido escribir —dijo complacido—, y sin embargo se me pasó la vida con los estudios y después trabajando. En la oficina, aquí cerca en Sloane Street, coincidí un par de semanas con un colega, Arturo Cáceres, antes de que volviera al Perú. Desarrollamos rápida empatía porque él también estaba interesado en la literatura y ya había empezado a escribir su primera novela: un tema que ocurrió en Moscú, donde trabajó antes de venir a Londres. Un amigo suyo murió de una manera extraña. Te puedo contar esa historia otro día, si gustas.

—Tal vez. Sigue, que te escucho. —Javier notó que ella había tratado de poner paños fríos a ese desvío deliberado que buscaba ver su reacción sobre otro posible encuentro. Un tanteo como decían los peruanos. A esas alturas, pensó él, ambos ya se habían dado cuenta de que se gustaban.

—Arturo me dijo que, se supone, por lo que le contaron a él, es pariente directo de Andrés Cáceres y tenía deseos de escribir una novela relacionada con él. Como se empezó a ocupar en su novela moscovita y yo le caí bien, me cedió el tema, por decirlo así, ya que yo también tenía interés.

Elevó el vaso, simulando un brindis y bebió un trago sin esperar que ella chocara el suyo. Continuó:

—Y es lo que quiero hacer. Me llama la atención el rol militar y político de Cáceres. Fue héroe de guerra y presidente del país. Debe ser uno de los personajes más importantes en la historia del Perú. Aves sin nido, como te comentaba, me ayudará a comprender algunas cosas desde el punto de vista histórico y literario. Además, la  autora fue cacerista e incluso expulsada del país por sus preferencias políticas.

—Conozco la historia de Clorinda Matto —dijo ella. Esos ojos ¿esmeralda, olivo? tan brillantes embobaban a Javier—. Migró a Argentina y fundó la revista femenina Búcaro Americano, y desde el periodismo procuró luchar en favor de la emancipación e igualdad de la mujer. Todo un suceso, ¿no crees?

Ambos sonrieron con un gesto cómplice. Javier levantó su vaso de sidra una vez más, dijo salud, lo chocó contra el de ella, sin esperar que lo terminase de levantar, y le dijo: «¿Me contarás algo sobre ti? Mira que ya me generaste intriga desde que conoces todas estas cosas. Vamos, es tu turno». Ella se puso de pie, apuró lo que quedaba en su vaso y le dijo sin darle mayor importancia: «Será otro día». Ante la mirada sorprendida y ruborizada de Javier, agregó sin reprimir una risa: «Mentira. Voy al baño. Piensa en qué me vas a preguntar y, mientras tanto, pídeme otra sidra. La misma marca».

Pasada la sorpresa, Javier terminó su sidra, fue a la barra por dos más y, al regresar, trató de asimilar de manera rápida lo que venía ocurriendo. ¿Destino o casualidad? La chica que había robado su mirada y curiosidad, desde que se mudó a Londres pocas semanas atrás, se había convertido ya en una referencia entrañable de la ciudad. No tan guapa, pero hermosa; y más aún cuando la oía expresarse con tanta naturalidad, interrogar con sensualidad, mirar con aplomo. Se rio: era un encuentro histórico fuera de registro, una magia del tiempo. Mutuo interés literario, académico y parecía que hasta erótico; ¿se podía pedir más?

Su pensamiento se desvió. Miró alrededor de nuevo: el bar vacío, la bartender ensimismada, el ambiente grisáceo, la lluvia que no cesaba y su corazón latiendo. Por ella y por el Perú. Había sido sincero: tenía gran interés por el siglo XIX. Una pasión, acaso una obsesión, por un país al igual que por una chica de ojos verdes que uno ve seis veces en la calle.

Agachó la mirada y se concentró en el suelo: sólo entendiendo cómo había empezado todo, uno podría tratar de comprender a un Perú actual aún dolido y que arrastraba los traumas de sus procesos históricos. Un país que intentaba encontrar un camino que, a puertas del bicentenario de la independencia, pudiera consolidar una idea en común, un imaginario colectivo y orgulloso que permitiera enfrentar el futuro con un mayor sentido de identidad. Algo le decía que aprendería mucho más con ella a su lado.

Un ligero y cariñoso golpe en la cabeza lo sacó de su trance. Una mirada íntima y risueña lo devolvió a esa realidad tan inusual. «¿Tan concentrado estabas en las preguntas que me vas a hacer? Vaya que te lo tomaste en serio. ¡A ver, suéltalas!». El tono ¿helecho? de sus ojos brilló. Por un momento, Javier pensó que el color trasmutaba a uno lima. ¿Sería el reflejo de un estado emocional? Se la veía expectante debajo de esas cejas tan cautivadoras y el brillo dorado de sus brazos, su cuello, su rostro.

—¿Cómo te llamas?

—¡Tanto misterio para eso! —soltó una carcajada mientras sus dedos coquetos jugaban con su cabello. Tomó asiento.

—En serio. Es lo primero que quisiera saber de ti. Luego, abrazaré todo.

—Qué lindo. —Esta vez fue ella quien se ruborizó—. ¿Quieres adivinarlo? Mi nombre es igual al de otra mujer que, de una u otra forma, está aquí.

De manera automática, Javier miró alrededor. Nadie excepto por la chica de la barra. Aburrida, miraba su teléfono y se llevaba a la boca algunos frutos secos de un pequeño recipiente. Negó con la cabeza y luego, con incredulidad, como diciendo «de quién diablos estás hablando», miró a su acompañante. Ella, moviendo la nariz y sonriendo con picardía, señaló el libro en medio de ambos.

—¿Me estás tomando el pelo?, ¿en serio me vas a decir que te llamas como la escritora?

Clorinda abrió las manos y las elevó como diciendo así es la vida, no es mi culpa, qué sorpresa, ¿cierto?

—Creo en el destino, Javier. Que la vida es circular. Que todo está dicho y hecho, como en la literatura y la filosofía, como en la historia de la humanidad, y que el resto son ecos repetitivos en diferentes magnitudes y composiciones. Incluso para algo tan insignificante como los nombres.

—¿Y ahora me vas a decir que eres filósofa? No me sorprendería.

—No, soy historiadora —dijo ella, acomodándose sobre la silla y enderezando la espalda—. Trabajo en la Biblioteca Británica; pero bueno, por lo visto ambos somos capaces de mantener una conversación interesante y no creo que mi discurso te sorprenda mucho, ¿a que no? Los rollos académicos que me has soltado son para espantar a cualquiera, pero a mí me han encantado.

—Tal cual. Sólo te diré que me parece extraño que una británica se llame «Clorinda». Porque eres británica, ¿cierto? Y ahora que lo pienso, en realidad eres la primera mujer que conozco, en mi vida, con ese nombre.

—Británica, sí. Mi padre me llamó así. Él es un viejo admirador de Clorinda Matto. Me puso el nombre por ella. Estoy segura de que esta vez no me crees.

—Si me dices que es verdad te creeré, pero es cierto que esto me parece muy extraño. Demasiada coincidencia.

—¿O destino? —Clorinda guiñó un ojo.

—No sé qué decirte. Soy un poco más descreído y cínico en la vida —dijo Javier.

—Pues es verdad lo de mi nombre. Es más, ¿te digo otra cosa para que te rías de esta situación?

—Ya estamos aquí y sospecho que no será la última vez que te vea. Así es que, sí, cuéntamelo todo —dijo con entusiasmo.

—También voy a empezar a escribir mi primera novela. Y al igual que en tu caso, es sobre un personaje histórico, aunque británico. ¿Qué me dices de eso?

Javier arqueó una ceja, la miró con sorpresa y exhaló con un soplido. Se rascó la cabeza y carraspeó un par de veces.

—Siento que la lluvia torrencial de allá afuera fue el inicio del fin del mundo —dijo él—. Que ya estamos muertos; y esto que está sucediendo, aquí entre ambos, es una especie de limbo existencial o el sueño de una tercera persona. De esas cosas raras que seguro te gustan.

Clorinda cogió Aves sin nido con la mano derecha, miró la portada, se la enseñó a Javier y le preguntó: «En serio, ¿qué piensas de todo esto?».

—Te creo. Es tu nombre y ambos hemos coincidido en un momento curioso en el que queremos escribir ficción sobre personajes históricos de nuestros países. Sí, tal vez me vas a hacer creer en el destino. ¿Sobre quién quieres escribir?

—Ahora sí, te prometo, te vas a caer de espaldas. —No cabía más sonrisa cómplice y coqueta en el rostro de Clorinda. Se le veía animada. Todo ella era un sol esmeralda, oliva, lima, en un universo paralelo.

—Ya nada me sorprende. Aunque algo me hace creer que me caeré de la silla. —Javier le guiñó el ojo.

—¿Te suena el nombre Lord Thomas Cochrane?

—¿Estás hablando en serio?, pero ¿qué diablos está sucediendo hoy? Seguro la lluvia es ácida, ha matado a todos y esto se ha convertido en una distopía entre dos tipos raros y una bartender aburrida —respondió con más asombro.

—Es muy en serio. Mira, tú aquí, un peruano interesado en el siglo XIX, conversando conmigo y yo que quiero escribir sobre un oficial naval que contribuyó con la independencia sudamericana.

—¿Te gustan los mismos temas del siglo XIX que a mí? —preguntó Javier entrecerrando los ojos.

—Pues sí. El nacimiento de nuevos estados, la lucha por consolidar proyectos en medio de diferentes problemas sociales, culturales, económicos. Todo eso que dijiste. Y me atraen también, igual que a mi padre, el indigenismo y el feminismo. Créeme, por ese motivo llevo con orgullo mi nombre. ¡Hasta algunas veces me siento más peruana que británica! Y cuando sucede busco por todo Londres un buen ceviche, un jugoso lomo saltado, una causa de cangrejo, un arroz chaufa, ¡hasta un helado de lúcuma! Te parecerá una locura, pero incluso me pongo a escuchar a Daniel F y a Leusemia. Adoro sus canciones.

Clorinda dio un nuevo trago de su cidra. No podía dejar de sonreír y Javier vio, con placidez, que la bebida se le escapaba por la comisura, humedeciendo ese bello rostro al que ya quería acariciar.

—Estoy gratamente sorprendido. Tenemos muchas cosas que conversar. Tantos temas en común. Pero, déjame preguntarte, yo te respondí el motivo por el que escogí a Cáceres, ¿tú por qué a Cochrane? Podría equivocarme, pero no creo que haya sido una figura tan gravitacional en tu país. Sé que como oficial de la Marina Británica hizo grandes cosas, aunque tampoco fue un Nelson contra Napoleón ni mucho menos vital y decisivo como Cáceres para el Perú.

—La respuesta es más simple —dijo Clorinda con elegancia y seguridad—. Es mi ancestro. Mi interés es el siguiente, escúchame: toda persona es complicada y contradictoria, no entraré a distinciones moralistas sobre el bien y el mal, ni en cuestionamientos atemporales, pero lo cierto es que fue un hombre bien intencionado. Sus acciones contribuyeron, de todas maneras, a una causa noble en Sudamérica; y cuenta la leyenda que una niña llamada Clorinda Matto lo conoció en Londres, pocos años antes de morir, en un viaje del que no quedó registro histórico. —Terminó hablando rápido y esbozó una sonrisa tan grande que se le cerraron los párpados. Unos sutiles hoyuelos aparecieron en sus mejillas. Al abrirlos, Javier detectó un tono de verde esmeralda, como si fuese el color del orgullo.

—Mira, Clorinda; si no me caigo del asiento como temías antes, es porque quiero evitar pasar vergüenza contigo. Dicho eso, estoy impactado, impresionado. Es un domingo de locos.

—¿Quieres escuchar más?

—Dios mío, ya no sé en qué parte de mi cabeza podría entrar tanta información. ¿Hay más? El mundo debe haber acabado hoy, como creí, y estamos viviendo un sueño distópico.

—Qué imaginación tienes, Javier —dijo ella, complacida—. La realidad, como se sabe, siempre la supera. Cochrane tuvo un hijo bastardo. Desconocido e ignorado por la historia. Alfred. Yo soy su descendencia. Vivió en el Perú y fue amigo de Clorinda. Parece, incluso, que tuvieron un romance.

—¡Será posible!, ¿me dirás que también eres descendencia de Clorinda Matto?

—Ahora estás siendo irreal y exagerado, Javier. ¿Cómo se te ocurre? Eso sí sería de locos.

Ambos rieron. Le dijo a Clorinda que iba al baño, que por favor no se fuera y que le siguiera contado más historias alucinantes a su retorno. Ella, cerca de terminar de beber la sidra de su vaso, le pidió que, a su retorno, fuese tan amable de traerle un vaso con agua de la barra.

Hizo todo en cinco segundos. Al regresar con sendos vasos, Clorinda bebió un trago con esa desenvoltura que seguía intacta y que, ahora, con mayor fuerza, acrecentaba su belleza. A Javier le pareció notar que sus ojos, esta vez, tenían un brillo de color oliva, dando la apariencia de que ella gozaba de cierta calma placentera. Una locura que el color de sus ojos cambiara de tonalidad según el estado de humor o emocional. Un atractivo mayúsculo que terminó enamorándolo más a pesar de que ya había llegado al cien por ciento.

—¿Entonces quieres escuchar algo más, Javier?

—Siempre. Sólo dices cosas que me interesan. Tal vez no exista un mañana y será mejor si hoy se me revelan los misterios del universo. Parece que tú los conoces.

—Has regresado más gracioso del baño. ¿Sabes quién fue admiradora de Clorinda, amiga de ella y futura escritora?

Javier se recostó sobre su asiento y desvió la mirada por un instante, a pesar de que no quería dejar de mirar a Clorinda ni un segundo. La lluvia allá afuera arremetía. El bar seguía vacío y la chica de la barra había desaparecido también. La opacidad del ambiente se mantenía, pero Clorinda… ¿sus ojos podían brillar aún más?

—¿Quién? No tengo ni idea.

—La hija de tu Andrés Cáceres. Zoila Aurora Cáceres Moreno. Se presentaba como Aurora, o con su seudónimo Evangelina, y fue una de las primeras mujeres escritoras modernistas y feministas del siglo XX. Estoy segura de que eso no lo sabías, ¿cierto? En realidad, se dice que con ella empezó el feminismo en el Perú.

—¡Impresionante! —dijo Javier a punto de beber del vaso con agua, pero lo dejó a medio subir, suspendiendo el brazo en el aire—. No tenía ni idea… Ahora ya estoy al nivel de mis compatriotas a quienes criticaba por no conocer Aves sin nido. En el fondo, veo que conozco pocas cosas. Qué privilegio ser tú y tener acceso a toda esta información por el lado de tu familia y, supongo, gracias a la Biblioteca Británica.

—Sí y no. Existió mucha información sobre Aurora debido a su activismo político y, además, porque escribió muchos libros; pero todo esto fue olvidándose poco a poco. Increíble, ¿no crees?, que la hija del histórico machote militar, tan importante o incluso más que su padre, haya sido olvidada porque, en simple, no fue un hombre que participó en la guerra, se convirtió en héroe y llegó a presidente. ¿No te parece injusto? Felizmente hay intentos por retomar su figura. Estamos en el 2014 y una novela suya, La rosa muerta, cumple un siglo desde su primera publicación. Y fue reeditada hace poco para evitar que desapareciera del todo.

De pronto, la lluvia se detuvo y la chica de la barra, como reavivada, volvió a aparecer. Levantó la voz y preguntó si querían beber algo más. Ante el silencio dudoso de Javier, Clorinda respondió que no, gracias, que ya se iba. Javier lamentó oírla porque ese extraño y mágico momento llegaba a su fin. Aun así, trató de mantener el ánimo.

—Tienes razón en todo. Da para pensar muchísimo. Me impresionas, Clorinda. Estoy contento de que, por fin, nos hayamos sentado a conversar. Cuéntame un poco más antes de que te vayas, ¿sí? No creo que Aurora haya tenido también un romance con Alfred Cochrane, ¿verdad? ¿O que tú misma, entonces, seas descendiente de Cáceres?

—Veo que tienes una gran imaginación, Javier, aunque nada de eso —respondió con una renovada sonrisa—. Me gustaría contarte más cosas, desde luego, pero tengo que partir. He quedado con una amiga por aquí cerca y ya se me hizo tarde. Te dejo para que sigas con Aves sin nido. Al menos hemos conversado bastante y te he deslumbrado con todas estas coincidencias y conexiones, ¡a que sí!

—¡Espera! Una idea excéntrica —dijo él de manera apurada—: ¿Y si inventamos un romance ficcional entre Alfred y Aurora y lo incorporamos a nuestros libros sobre Cáceres y Cochrane? Podríamos unir las historias de esos dos grandes personajes, así sea sólo en la ficción. Nuestros libros quedarían también enlazados. ¿Qué piensas?

—Que desde que entré al pub y te vi, tras haber cruzado miradas contigo en la calle tres, cinco, diez veces, ya perdí la cuenta, supe que terminaríamos construyendo algo juntos. Conversaremos sobre tu idea en nuestra segunda cita. ¿De acuerdo?

—¿Entonces esta fue una primera cita? —preguntó Javier con todo el entusiasmo y astucia que había guardado para un momento final como ese—. Si me dices que sí, entonces ya sabes cómo terminará este encuentro. No te podrás ir sin darme un beso. Bueno, tampoco me mires así, porque por lo menos me darás un abrazo, ¿cierto?

Ambos se miraron con intensidad y se rozaron, con timidez, una mano sobre la mesa. Sus emociones coincidían: nada como la primera vez en que dos personas, que intuyen que estarán juntas, se conocen, conversan, se interesan el uno por el otro, se escuchan con pasión e imaginan acariciándose no sólo la piel sino también las palabras y hasta los pensamientos. Javier miró sus ojos con intensidad y notó el brillo de un nuevo tono de verde: uno trébol que lo invitó a ponerse de pie, acercarse y abrazarla.


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