FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA
CARLOS SÁNCHEZ PINTO (Salvadiós, Ávila, España) Poeta, narrador y ensayista. En 1976 obtuvo el Premio Primavera del Certamen Nacional de Poesía de Granada. En ese género ha publicado Poemas de ayer y de ahora mismo (2020) y Un tiempo color malva (2024), ambos por Caldeadrín Ediciones, España. También ha publicado el ensayo etnográfico Los jubilosos juegos jubilados (ADRIMO, España, 2006), el libro de relatos Estampas color sepia (Caldeadrín Ediciones, 2017) y las novelas Nonato, música de rabel (Edival Ediciones, Premio Ateneo Ciudad de Valladolid, 1978); Un sombrero lleno de sol (Editorial Hijos de F. Armengot, Premio Armengot, Castellón, 1981); Tiempo de ausencia (Editorial Prometeo, Premio Ateneo Marítimo de Valencia, 1981), El mundo por un agujero (Ediciones Algaida, Premio Ciudad de Salamanca, 1999) y Maderas de Oriente (Ediciones Algaida, Premio Ciudad de Badajoz, 2005). Por su reconocida trayectoria como cuentista, relatos suyos han sido incluidos en numerosas antologías del género. La Asociación Cultural de Novelistas otorgó el Premio La Sombra del ciprés 2018 al conjunto de su obra.
Donde se ve que el mundo es un pañuelo
Con frecuencia recuerdo vagamente el pueblo, la familia de Francisco. Como en sueños se me representa a veces la casa, que se alzaba en un ángulo del cruce de la carretera con el río, su estructura rectangular de adobe y erosionada tierra de tapial, el rostro de su padre; aquel hombre que casi siempre sonreía si no estaba bebido, su perfil de arcilla bajo la visera de charol. Ahora me doy cuenta de que el vino confería a su rostro un rictus de perplejidad animal, y en la mirada torva se vislumbraba entonces una recóndita, amedrentadora y oscura presencia de rencor concentrado en el iris, como si reprochase al mundo entero haber sido empujado una vez más a un estado que él mismo consideraba reprobable.
Muchas veces me vuelve ahora a la memoria la imagen de Francisco sentado frente a mí, al otro lado de la mesa, durante nuestra primera entrevista en el locutorio de la cárcel. Hay noches en que esa estampa preside mi tiempo de vigilia sin que pueda evitarlo. Y es una imagen en color, nítida sobre un fondo oscuro que es la nada; ingrávida; una calcomanía pegada al pensamiento. A veces es un seco salivazo sobre la memoria, sobre la estampa de aquel muchacho que recuerdo lanzando la peonza con inigualable maestría en las tardes de nuestra niñez; tardes de otoño y pan y queso a la salida de la escuela. Y me asalta una vez más el griterío de las chovas en torno al campanario, la luz de un sol convaleciente alimonando las casas y las cosas.
Ahora mismo me parece estarle viendo, apesadumbrado y tembloroso, desvalido frente a mí en la inhóspita desnudez de la estancia carcelaria; y como él permanecía con la cabeza humillada, yo podía contemplar la bóveda de su cráneo prematuramente calvo.
Hubo un momento en que yo mismo me sentí agobiado, incapaz de llevar adelante el trabajo que sin duda iba a suponerme la defensa de aquel hombre que tenía delante y del que en aquella primera entrevista lo desconocía todo. Y esa sensación, que tampoco fui capaz de controlar, se tradujo ineluctablemente en un sentimiento de lástima, al considerar que el hecho de que me hubiese sido encomendado a mí el caso era una cuestión de mala suerte para él, fuera cual fuese su grado de culpabilidad; de modo que durante buen rato únicamente pensaba yo en la forma de compensarle tan mala fortuna. No sé si fue eso lo que hizo que surgiera una corriente de afecto hacia mi cliente; o quizás el ánima guarda secretos que en un principio desconoce el propio corazón, pero el caso es que enseguida me puse a considerar la posibilidad de que fuera culpable de los cargos que se le imputaban, llegando pronto a la conclusión de que no, de que aquel hombre pusilánime, cuya actitud me recordaba la de un animalejo acorralado, era incapaz de hacer daño a nadie a sabiendas, conclusión que, por otra parte, me llevó al desagradable convencimiento de que era yo un abogado inexperto, absolutamente incapaz de ejercer con garantía una profesión para cuya práctica, me parecía, era importante cierta facilidad para conocer a las personas y calar en su entraña sin dejarse influir por las apariencias, al cual, desde luego, nadie contrataría por propia voluntad y por cuyos servicios ningún avisado pagaría un duro si podía evitarlo. Entonces me arrepentí de haberme metido en semejante berenjenal al colegiarme, asumiendo tan a la ligera una responsabilidad para la que ni mucho menos me sentía preparado. Por vez primera añoré la posibilidad, tan irreflexivamente desestimada en su momento, de vivir en el pueblo de mis padres, con todo el tiempo del mundo para disfrutar de la música y la lectura, para compartir tertulias y juegos, para viajar o salir de caza.
En el transcurso de aquella primera entrevista, la inusitada situación nos había sumido a ambos en un mutismo que se me iba haciendo insufrible y que consideré necesario superar cuanto antes. La postración de aquel hombre, verle allí con la cabeza inclinada en un signo de sumisa desesperanza, los antebrazos apoyados en las rodillas y los dedos nerviosamente entrelazados, hundido en quién sabe qué negros presentimientos, cazado como un animal de paso al que no estaba destinado el señuelo, pero que al final acepta sin resistencia la fatalidad de haber caído en la trampa, me animó a confortarle, a tratar de superar la situación, a esforzarme por infundirle confianza haciéndole ver que lo suyo no era el fin del mundo, a fingir que para mí su caso era un caso sin demasiada importancia y pronto estaría todo resuelto para bien.
―Háblame de ti ―le dije, más bien por decir algo―. Cuéntame cosas de tu vida.
Me di cuenta enseguida de que había dado a mis palabras un tono excesivamente festivo, como si le estuviese animando a contar algo divertido con el único fin de pasar un buen rato; como si, en lugar de estar en el locutorio de la cárcel, nos hubiéramos encontrado, después de mucho tiempo y casualmente, en la sala de espera de una estación y tuviéramos que matar el tiempo mientras llegaba el tren.
Él me miró con aire de sorpresa, desconfiando quizá de un letrado principiante que le hablaba en semejantes términos y con tono tan extemporáneo. Acto seguido percibí en su mirada una cierta sensación de superioridad, sin embargo, no exenta de lástima que llegó a intimidarme: algo que quizá suscita en un acusado el primerizo defensor de oficio; y seguramente en ese instante perdió toda esperanza en que yo fuera capaz de hacer nada por devolverle cuanto antes la libertad, que en aquellos momentos era sin duda lo que él más valoraba en la vida. Por un instante me sentí cohibido.
Después de morir mi padre, yo me había colegiado sin convicción alguna de que la de abogado fuera a ser para mí una profesión definitiva; seguramente con el único fin de aparentar que era capaz de subsistir al margen de una herencia que mis progenitores no solo nunca habían necesitado, sino que habían ido acrecentando durante su matrimonio con la compra de extensas tierras de labor linderas a las que ya poseían mis abuelos.
Mi padre se había doctorado en Deusto, y desde el principio había practicado la medicina rural por vocación inquebrantable, sin considerar jamás la posibilidad de ocio que le brindaban las propiedades heredadas, a las que se añadirían las no menos extensas de mi madre. Ejerció su profesión hasta la edad de jubilación con dedicación admirable.
Una vez licenciado yo y jubilado mi padre, sobre todo durante los últimos años, los dos fuimos conscientes de que era un tiempo que había que compartir estrechamente porque se nos estaba yendo entre las manos sin remedio; sensación que se acentuó cuando conocimos cuál era su enfermedad y el proceso irreversible que seguiría. Viajamos mientras a él le fue posible, y repartimos después el tiempo entre nuestra casona de Almazán, al abrigo de sierra Bermeja, y el piso de Bilbao; sobre todo cuando ya llegó a necesitar asistencia médica diaria; porque durante un tiempo se había sentido especialmente complacido con las soledades de nuestra casa en el pueblo, y en los inviernos gustaba de pasar los días sentado junto a la chimenea, contemplando el campo a través de los vidrios emplomados, cuya rusticidad deformaba un paisaje señoreado por el pico de San Cristóbal con su copete blanco. Después yo fui consciente de que algo tenía que hacer, además de cobrar las rentas y gastarme el dinero, si es que quería justificar de alguna forma mi existencia, cosa que por entonces me inquietaba; de modo que busqué el apoyo de un colaborador más enterado, abrí bufete y puse placa a la puerta.
Mercedes aceptó el contrato, convencida de que aquello no duraría mucho. Se había doctorado en derecho y, recién terminada la carrera, había trabajado ya en un despacho de abogados, de modo que conocía el oficio; por eso consideré que, de entre los candidatos que respondieron al anuncio, era sin duda la que podía aportar una experiencia con la que yo, desde luego, no contaba; de modo que no dudé en la elección.
Creo que desde el primer momento Mercedes fue consciente de mi bisoñez y de que lo que a ella correspondía era afrontar los asuntos del bufete como si fuera suyo propio y tratarme a mí como una madre. El error de su vida, me contó sin reservas, había sido creer que el amor es eterno cuando el matrimonio lo encapsula y lo protege de cualquier peligro de contaminación. Terminados sus estudios, aquel primer trabajo en el despacho de abogados dio a la mujer tranquilidad y perspectivas. Había cursado la carrera con cierto desahogo, y durante aquel tiempo tuvo tenacidad suficiente para doctorarse y acumular conocimientos. Pero un día se enamoró y lo dejó todo para dedicarse en alma y vida a su marido y a dos hijos que habían llegado demasiado pronto. No, nunca renegaría de aquel tiempo ni se arrepentiría de las decisiones que tomó pensando en ellos. “Pero todo se acaba, querido”, me decía en tono sosegado, y echaba la cabeza atrás para impulsar hacia el techo el humo azul de su cigarrillo, que nadie es perfecto y Mercedes fumaba, “de modo que un día llegamos a la conclusión de que ya habíamos hecho todo lo importante que juntos podíamos hacer en la vida. Nos dimos cuenta de que no nos complementábamos, no éramos imprescindibles para procurarnos el uno al otro la posibilidad de ser felices. Nos dio miedo de que nuestra convivencia fuera deteriorándose y, en evitación de males mayores, decidimos partir peras amistosamente y salir cada uno por su lado”. Me explicó sosegadamente que al principio se veían de vez en cuando, sobre todo si tenían algo que decidir sobre los hijos, pero poco a poco fueron amoldándose a la propia circunstancia; hasta que, con el tiempo, habían llegado a verse el uno al otro desde una perspectiva de aquiescencia donde no había lugar para el reproche. “Cómo es la vida”, se lamentaba, con una triste sonrisa de resignación. “Nunca hubiéramos pensado que llegaría ese momento; pero sí. Con los años, también los hijos eligen su propio destino, y de pronto un día te levantas y te ves sola en la casa y en la vida; y lo piensas mucho, das mil vueltas al asunto, lo consultas con las amigas y con la almohada y decides que aún puedes hacer algo de provecho, que no es bueno quedarse en casa esperando nada, creando adicciones estúpidas, sometida a la alienante pantalla de las aberraciones. Por eso contesté al anuncio. Espero ganarme el sueldo haciendo algo eficiente”, concluyó.
La verdad es que el caso de Francisco me interesó desde el principio más allá de lo estrictamente profesional; quizás porque, ya desde la primera entrevista, incluso antes de saber quién era realmente, detectaba en aquel recluso el pálpito que nos produce el reencuentro con personas o cosas conocidas. Él estaba implicado en un delito contra la salud pública, que es como en el lenguaje jurídico y policial se enmascara al caso de andar metido en asuntos de drogas, y parece que se esperaba que, más tarde o más temprano, fuera el hilo que llevase al ovillo. Pero la policía fue atando cabos y, después de algunos interrogatorios y varias pesquisas, se añadió a la primera acusación la de colaboración con banda armada, nada menos.
Yo le consideré un incauto desde el primer momento, un pobre ingenuo utilizado. Ahora sé que, aún antes de reconocerle, me recordaba a su padre, aunque no tanto por el rostro como por las manos, cuyos dedos largos y nudosos se ensanchaban en las puntas de uñas aplanadas y me hacían concebir la idea de una profesión artesanal en cuya práctica fueran principal elemento. Era a comienzos de abril, y una glauca luz, tamizada entre las hojas de las acacias, penetraba por el alto ventanal enrejado y se posaba silenciosa y viva sobre la superficie desnuda de la mesa, sobre el agrietado piso de cemento y sobre la espalda de aquel hombre para quien el aire de la calle constituía sin duda una tentación de fuga mientras, sentado en el borde de la silla, trataba probablemente de olvidar la realidad entreteniéndose en encarar las yemas de los dedos de ambas manos, presionando nervioso los pulpejos hasta que la sangre huía y blanqueaba el extremo de las uñas.
Tampoco él me reconoció. Entre otras razones porque, además del tiempo transcurrido, creo que en ningún momento me miró para ver algo en mí, sino más bien para que yo interpretase su mirada.
Fue a la vuelta de aquella primera entrevista cuando repasé más detenidamente los papeles. Me había servido un dedo de whisky, que luego me olvidé de beber ante la sorpresa de ver escrito en el informe policial el nombre de un pueblo que era el mío. Entonces hice memoria de aquel tiempo, porque calculé que la edad del encausado, algún año mayor que yo, le situaba entre mis compañeros de infancia. Pero sus apellidos no me decían nada, seguramente porque esa mínima diferencia de edad entre ambos nos había distanciado más en aquellos años infantiles. Sin embargo, eso fue definitivo para suscitar en mí un interés extraordinario por el caso.
Yo había salido del pueblo cuando apenas contaba ocho o nueve años, y entre las brumas de la memoria recordaba a veces situaciones y personas si disponía de claves apropiadas. A pesar de ello, ni un solo instante dudé de que era preferible no darme a conocer, pues manteniendo el anonimato confiaba en que con el tiempo conseguiría vencer aquella cerrazón inicial de Francisco y ganarme su confianza. Y es que enseguida fui consciente de que nada le amedrentaba más que la idea de que el asunto en que se veía metido llegase a saberse en el pueblo. Había alzado un muro entre todo cuanto se relacionase con el pasado y su circunstancia actual. Para él, el pueblo en que habían transcurrido su infancia y juventud se le antojaba en otro mundo; aquella había sido otra vida que en modo alguno quería mancillar con el presente. Él mismo, pude advertirlo, se consideraba una persona distinta según se situase en el pueblo o en Bilbao. “Esa es otra cuestión”, aseguraba. Y se le notaba incómodo, hostigado. “Aquello no tiene nada que ver con esto. Aquello dejémoslo estar. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa; no mezclemos. Deje, deje en paz el pueblo”.
―Háblame de ti ―le insistí de nuevo en la segunda entrevista―. Cuanto mejor te conozca, más fácil me resultará tu defensa.
Volvió a mirarme con la misma extrañeza del primer día.
―¿Y qué quiere que le diga de mí? ―me respondió en tono levemente agresivo, al tiempo que se encogía de hombros.
―Cualquier cosa ―repuse―, lo que tú quieras contarme; qué hacías en Cañiclosa cuando eras chico, cómo viniste a parar aquí; lo que se te ocurra. Tengo que sacar conclusiones en que apoyarme para tu defensa, conocer tu circunstancia, ya sabes; necesito argumentos.
Al oír el nombre del pueblo tuvo un sobresalto, como si el convencimiento de que yo lo conociera le dejase desnudo frente a mí, sin la posibilidad de una mentira, convencido de que, el solo hecho de que hubiera descubierto su origen, me revelara de golpe un pasado que deseaba ocultar a toda costa. Y entonces me di cuenta de la importancia que para él seguía teniendo todo lo relacionado con el entorno en que habían transcurrido sus primeros años, y descubrí el temor que le causaba enfrentar la circunstancia del presente a todo lo que había pretendido dejar definitivamente atrás.
―Prefiero que tú me lo cuentes bueno a bueno a tener que averiguarlo por medio de terceros. Si tú me pones al corriente, excuso pedir informes al ayuntamiento de Cañiclosa ―dije. Y me reproché a mí mismo atacarle por el flanco más débil, utilizar contra él el arma que sin duda más temía y que ingenuamente acababa de descubrirme. De modo que añadí―: No tengas ningún miedo, hombre. Me gustaría que fuéramos amigos. Es mejor para los dos, porque a mí me interesa sacar adelante este asunto tanto como a ti; puedes estar seguro.
Percibí su duda, pero no quise atosigarle. Y ni siquiera yo mismo estaba seguro de que mi táctica fuera la apropiada para el caso, dada mi inexperiencia. De una cosa sí fui consciente: él había descubierto que la distancia no iba a ser suficiente obstáculo para evitar que la noticia de su desgraciada peripecia llegase hasta el pueblo. Eso lo amedrentaba y le llenaba de congoja. Podía soportar cualquier humillación menos ser en Cañiclosa comentario de taberna y de solana. “Con una cosa así”, me confiaría después en cierta ocasión, “entierro yo a mi madre”. Y en el tono de su voz detecté la carga de súplica y de angustia que encerraba tal revelación.
―Yo necesito que se me vaya conociendo como abogado ―agregué, intentando ponerme a su altura―; pero es importante que tú me eches una mano.
―Lo he dicho ya mil veces ―habló, dando a sus palabras un tono mitad resignación mitad hastío―: yo no sabía lo que estaba llevando y trayendo. Ni me importaba. Entregaba el paquete y recogía el sobre. No sé nada más. A mí se me decía una hora y un sitio; yo lo aprendía de memoria, porque no se me dejaba escribirlo. Nunca se me dejó escribir nada: ni sitios, ni nombres, ni horas, ni nada. Iba allá, hacía el encargo y a casa; porque siempre se me dijo que no apareciera por allí hasta dos o tres días después; a veces más. En la mayoría de las ocasiones no cruzaba ni una palabra con quien acudía a recoger o entregar lo que fuera. ¿Qué tengo yo que ver?
―¿Quién te decía todas esas cosas? ―le corté.
―Eso no lo puedo decir ―respondió, bajando el tono de la voz y humillando la cabeza―. Di mi palabra.
―Y cuando estuviste yendo cada dos días al taller mecánico, ¿tampoco sabías lo que llevabas?
―¡Yo no iba a ningún taller! ―protestó en tono airado―. Yo me encontraba con el hombre cada vez en un sitio distinto. Ni siquiera hablábamos, ya digo. Yo le entregaba un paquete y él me daba otro. Lo único que puedo decir es que siempre pesaba más el que yo le daba que el que recogía.
―La policía sabe perfectamente lo que llevabas y traías ―le informé―. ¿Quién te daba el paquete?, ¿de dónde lo llevabas?
Negó con la cabeza, resuelto, empecinado en seguir ocultando a quien le había utilizado.
―Pues si la policía lo sabe ―objetó malhumorado―, ya sabe más que yo. La policía acabará por volverme tarumba, con tanto enredo. Ya lo sé, ya sé que dicen que distribuía droga. Hasta que colaboraba con la ETA llevando la comida para uno que tenían en un zulo de esos, han llegado a decirme. Me vuelven loco. No sé a santo de qué tantas preguntas. Otra cosa no puedo decir.
―¿Por qué? ―insistí― ¿De quién tienes miedo? ¿De qué?
―No es porque tenga miedo, que lo tengo ―admitió―, pero yo soy un hombre de palabra.
―Bueno ―acepté, intentando quitar importancia al asunto―. Ya habrá tiempo de hablar de eso. Lo que yo quiero ahora es que me cuentes cosas de antes, saber quién eres y cómo te enredaste en este lío. Si me hablas de ti yo iré sacando detalles para argumentar tu defensa ante el juez. Cuanto mejor te conozca más fácil me resultará sacarte de aquí.
Yo me daba cuenta de que, en mi fuero interno, la curiosidad se imponía al oficio; quería que me ayudase a disipar las brumas que celaban la memoria de aquel tiempo, que sus palabras sobre el pasado sirviesen de lazarillo a mi recuerdo desvaído; de manera que sentía un poco de vergüenza, y me prometí sacarle de aquel atolladero, aun a costa de recurrir a otro abogado más experto si llegara el caso.
Estuvo asintiendo repetidamente con la cabeza, y en aquel momento me parecía vencido por una insoslayable pesadumbre. Sin duda estaba comparando aquella situación con lo que hubiera sido su vida en Cañiclosa, considerando la desgracia a que le había llevado su mala cabeza, aquella desgracia fácilmente evitable. “Estas cosas me pasan a mí por mi mala cabeza”, se repetía una y otra vez, como si estuviera convencido de que solo su cabeza era culpable y el resto del cuerpo fuera del todo ajeno y se hubiera visto forzosamente involucrado en el asunto. Quién le mandaría a él meterse en camisa de once varas, pensaría quizás; a qué santo tuvo que marcharse y dejar el pueblo, siendo que allí era todo más fácil.
Me despedí con una palmada en el hombro.
―Tranquilo, Francisco ―traté de infundirle ánimo―, ya iremos cambiando impresiones; pero no olvides que yo estoy aquí para ayudarte. Mañana volveré.
Sin embargo, al día siguiente había recuperado el aire desconfiado y escéptico de la anterior entrevista. Mantenía ante mis preguntas un silencio desesperante, tan solo alterado con chasquidos de la lengua y violentos ademanes que denotaban su disgusto; por eso no tuve más remedio que ponerle de nuevo entre la espada y la pared.
―Bien ―le hablé con pretendida resignación―, si no me das otra salida tendré que pedir antecedentes a tu pueblo.
Entonces claudicó. Se removió incómodo en la silla sin encontrar postura, liberó con un gemido la angustia acumulada y con la cabeza hundida entre los hombros me mostró las palmas de las manos en un gesto de plena disposición.
―Pregunte lo que quiera ―dijo resuelto.
―No se trata de preguntar nada, Paco ―me sorprendí enseguida de haber utilizado el nombre familiar con que le distinguía en otros tiempos―. No es cuestión de rellenar ningún formulario, sino de establecer una cierta relación entre tú y yo; algo que me permita conocerte mejor.
Mientras le daba un respiro volví a contemplar aquellas manos de anchas uñas, cuya blancura destacaba sobre el tono avellanado de la piel, tal que si la sangre hubiera huido de ellas como cuando hacemos presión sobre las yemas de los dedos.
Fue él quien interrumpió el silencio.
―Entonces ―dijo con marcado escepticismo―, cree usted que si le cuento mi vida podrá sacarme de aquí.
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