DEL POEMARIO PALABRAS QUE ADORAN
«Poesía ésta cargada de la sinceridad y la humildad de quienes reconocen que Dios es quien rige sus vidas, el que ha escrito ya sus destinos, el que los ha sacado enriquecidos de los más desalentadores desiertos, el que pese a todos los retos que como humanos estamos llamados a vencer va a nuestro lado, casi siempre en silencio, sin alardes, sabiéndose vencedor de todas las batallas, y solo basta mirar con fe para saber que está ahí y recibir su abrazo cálido y su paz inexplicable.
Hay en estos poemas, además, esas preguntas que solo pueden lanzar quienes reconocen su insignificancia, quienes han aprendido y están dispuestos a no olvidar los comportamientos humanos que aborrece Dios: “Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6, 17-19), pero además quienes son capaces de entender que los talentos que poseen −en este caso el don de la poesía− se deben única y exclusivamente a la misericordia de Dios y a Su propósito de que “en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor (Filipenses, 2:10-11).
Estoy seguro de que esta andadura literaria, este hermoso proyecto de alabar a Dios desde la poesía, emprendido hace ya un tiempo por Arletty Romero Lafargue y Onel Pérez Izaguirre y que aglutina a otros 15 autores, llegará a muchos corazones que esperan entre las sombras que habitan este mundo. Los aquí reunidos, a través de estos poemas, cumplen su misión de poner delante de los ojos de todos a ese Señor y Salvador que promete que, como leemos en Romanos 10:11-15, “Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (…) porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!”.
AMIR VALLE
Alberto Garrido
Santiago de Cuba (1966)
Logos
En soledad con Dios la vida escribo
los oficios del hombre
y sus desiertos
la piedra memorable de los muertos
el corazón de un salmo
y lo que vivo.
De un viernes tan humano
ya cautivo
donde testamentar mis heredades.
Con Dios en soledad
y mis verdades
una mujer
mi justo tiempo humano
y la humilde intemperie de un hermano
y dos hijos
dos patrias
dos ciudades.
En soledad con Dios
por el espejo
oscuro como befa de un escriba
la muerte nos golpea tan arriba
que sorbemos
debajo
su reflejo.
Mas guardo una palabra
y la entretejo como un pastor callado
hasta que encienda.
Una sola palabra tibia venda
la del único Verbo
que me nombra
así la soledad pierde su sombra
y Dios me da su voz
para que entienda.
Frank Castell
Las Tunas, Cuba (1976)
Redentor
Eres el canto,
la empuñadura de mi espada,
juicio y sostén de mi familia.
De ti brota el aliento,
la luz y la gloria,
las cumbres perfectas,
el pan, el vino, el fuego
en noches que se inclinan.
Estás sobre las aves,
las mentes y los salmos,
sobre la mansedumbre de los redimidos
y las palabras que surcan
los sueños del mar.
Oh, Señor,
eres mi fortaleza
cuando la soledad hiere mi rostro.
Eres el tiempo inevitable sobre el mundo.
Arletty Romero Lafargue
Guantánamo (1990)
I.
Sabes de las heridas
que he sufrido sin merecerlo,
sabes de mis pecados
y la necedad de ignorarlos,
como el ciervo sediento en el desierto,
clamo a ti entre el polvo y el silencio.
Eres Bálsamo de Galaad
que fluye sobre mi piel quebrantada,
Padre que corre hacia el hijo herido,
mientras yo, frágil,
apenas doy el primer paso.
II.
No soy la mujer justa que alza manos puras,
ni el olivo verde junto al templo.
Soy barro quebrado,
arena que se escapa entre tus dedos,
y aun así me levantas.
Temo el trueno de tu voz,
la hoz que separa el trigo de la paja,
y sin embargo,
—como el hijo que huye y olvida el pan—
me aparto.
Y aun así me das la fuerza
para apoyarme en ti,
como el junco que se mece en el río,
sin romperse,
porque en la corriente
sostiene tu mano lo que el mundo ve frágil.
III.
Tú luchas
donde yo ya no tengo fuerzas,
como David ante Goliat,
pequeño pero tuyo;
mi enfermedad
es el valle de sombras,
pero Tú eres el fuego
en la hoguera de Elias,
que no se apaga,
aunque el cuerpo desfallezca.
Amén.
Porque aunque hoy
sea el surco estrecho,
la semilla que cae en tierra buena
—aun entre espinas—
florecerá en tu tiempo.
Y mi fe,
débil como lágila de mostaza,
será montaña movida por tu voz.
Ania Lias González
Nuevitas, Camaguey (1978)
Presencia
Como se mira a un niño dormir
deshojaste misterios sobre mí.
Te avisté algunas veces, en tu huida
si despertaba a medias.
Latigazo de aromas, llovizna
huella fresca.
Fuiste un hilo
dorado en los asombros
en la causalidad de los aconteceres
en la encubierta faz de los propósitos.
Te sentí en esas formas
del tiempo entre mis dedos, como un vórtice.
Yo sorbía el universo con los párpados
como embudo sensible
y acaparé las horas, los anhelos, el miedo
la punzada perpetua de vivir.
Tú latías entonces a ese ritmo
de la misma punzada
tras los astros
los párpados, el tiempo.
Te entreví de soslayo
en la espesura
al filo de una daga de preguntas
como una herida lúcida
anónima.
Y me atrapaste al fin
con esas cuerdas de tus ojos
que llaman de amor.
Ahora Tu Nombre es pronunciable
lo convoco
asciende o se sumerge
a muy bajo volumen
o a toda voz.
Sigues siendo mi asombro
misterio, dador
centinela en la noche del mundo.
Yo te persigo más.
Deseo que me atrapes
otra vez.
Despertar
del todo
es mi sueño.
Onel Pérez Izaguirre
Baire, Santiago de Cuba (1988)
I
Abro mis ojos. No puedo respirar ente tanta manigua y sal. Escapo de mí.
La cruz seduce, inquieta. El dolor me señala el camino para Aquel que forma todas las cosas. No puedo estar en pie, aun así, veo en el cielo esas preguntas que a veces desconozco.
II
Una alabanza es como un cuchillo en la oscuridad que se esconde detrás del muro.
Un poema, un hacha contra el yo. Un trazo del Ángel para descansar en la Roca que no termina. Una oración para no morir en el tedio y alzar de nuevo el vuelo hacia la estrella infinita.
III
Pienso otra fuga, otro paisaje roto. Pero sigo frente a la Roca en busca de un silencio para respirar.
El Ángel viene y siento como la luz me traspasa. La Roca Antigua sigue firme, me apoyo en ella y cobro aliento.