
En el año 2016, la Oficina Nacional de Estadísticas e Investigación (ONEI) realizó una Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género. En dicho trabajo se entrevistó a miles de personas de todo el país y los resultados parecen sorprendentes. Sólo un 2,2 porciento de mujeres habría sufrido violencia sexual y un 2,3 porciento, agresiones físicas. ¿Se corresponden estas cifras con la realidad o es que muchos cubanos y cubanas no alcanzamos a percibir como violentas determinadas actitudes?
No tengo manera de negar o rebatir esas estadísticas, soy teatróloga, así que mi “disciplina” no tiene que ver con la mediación estadística (aunque sea una herramienta innegable). Asumo que me preguntas, precisamente porque no trabajo en la Oficina Nacional de Estadísticas e Investigación (ONEI). Si me lo permiten, voy a ser radical: todas las mujeres que conozco han padecido violencia de género, violencia machista.
En la realidad que experimento, la que constato en el espacio público, y en mi familia, veo el efecto dominó que produce una violencia de género sistémica, una estructura heteropatriarcal sostenida por un país que ha naturalizado la violencia machista. Esta aseveración molesta, pero no se trata de levantar humos, se trata de reflexionar y tomar acción sobre un fenómeno real que a veces pasa por incomprensiones y evasiones.
Todas hemos padecido violencia porque vivimos en un país macho. Pienso en el acoso, la violencia obstétrica, el mainsplaning, por nombrar situaciones que nos atraviesan a todas en algún momento de nuestras vidas en el campo intrafamiliar, clínico, profesional, etc.
Creo que existe un desconocimiento sobre lo que es la violencia de género, no se reconocen situaciones o evidencian sus repercusiones porque se ha normalizado. No denunciar casos de «violencia física» ha sido una de las decisiones.
Aclaro que no se trata de un problema de percepción o educación, padecemos una construcción histórica y cultural en la que las mujeres y mujeres trans mantenemos a ese propio sistema que ejerce violencia sobre nosotras, y quedamos “en silencio” ante ciertas evidencias que pasan como “normales” en el quehacer diario.
Hablamos de una maquinaria invisible que rige voluntades, que es cómplice de terribles consecuencias bajo la lógica del patriarcado.
También sorprende en esta encuesta que sólo un 6,6 porciento se refirió a la violencia económica, cuando sabemos que las frases «yo te mantengo» y «yo traigo la comida a esta casa» son comunes en muchos hombres cubanos al discutir con sus parejas. ¿No cree que sería necesario desarrollar campañas de divulgación, informar y educar desde la edad escolar para cambiar esa baja percepción de la violencia hacia la mujer?
Las campañas son una parte crucial, pero a veces no son suficientes. Creo que la educación sexista es una responsabilidad de todxs. Padezco diariamente la hipersexualización de la infancia, y abordé, desde lo autobiográfico, lo mucho que afectó mi psiquis esa infancia de niña precoz en un texto titulado Little girl lost.
Mi biografía está llena de mujeres trabajadoras, combativas, emancipadas, y también sumisas, cuidadoras del familiar que envejece. Ello afecta siempre el ámbito económico y lo político.
Madres solteras, putas, negociantes, inventoras, he crecido rodeada de mujeres que en diferentes épocas lograron pequeños cambios rebelándose contra sus propias familias, o reinventándose económicamente para mantener una casa en pie durante los años noventa.
Creo que abuelas, madres e hijas han pensado y, lamentablemente, suponen, que el macho abastecedor es el modo de subsistencia ideal para una mujer. Aunque parezca increíble, tengo amigas lesbianas cuyas madres se preocuparon de que no pudieran mantenerse por no elegir a un hombre como pareja. Esas mismas madres quedaron boquiabiertas cuando sus hijas lograron ser profesionales exitosas. Y no estoy hablando de relatos de hace muchos años, son testimonios muy recientes, que evidencian el miedo histórico sobre el futuro de una mujer: esa pesada y anquilosada noción de “no lo vas a lograr”.
Hay que desmantelar esa idea, pero eso no se hace sin quitar “el velo de gracia” con el que nos miramos y somos miradas por el otro, ese otro que puede ser la pareja, lo privado, el país, eso que es la consecuencia de que quienes escriben y dictan han sido los hombres.
Aquí en Cuba tenemos igualdad de salarios; pero tengo amigas que en experiencias de liderazgo ante un grupo de hombres han tenido que luchar con desaprobaciones e incomodidades por su género. Y tenemos casos más duros, de mujeres en las que esta violencia económica se convierte en el prólogo de un maltrato psicológico y de una limitación de derechos e independencia básicos.
Hacen falta campañas; pero hace falta educar sobre principios de equidad.
Miles de mujeres han sufrido acoso, tocamientos, miradas lascivas, esos piropos que objetualizan, que convierten a la mujer en un cuerpo para el disfrute del macho. Muchos aún justifican estas actitudes como rezagos culturales, «parte de nuestra idiosincrasia de latin lovers, especie de tonterías sin importancia”. ¿Tiene alguna anécdota al respecto?
Te confieso que para mí eso es penoso, que me digan que es cultural, que tengo que conmoverme con la etnografía del acoso, del caballero cubano forzado a decir “cochinadas”. ¿En serio?
El otro día gestamos un evento de manera muy alternativa, con la curaduría de Ensayo Cero, en la residencia Arthaus, y depués de proyectar un corto documental de Leysa Medina, Presa, que textualiza el acoso verbal callejero con subtítulos clarísimos: “Oe, flaca, estoy pa singarte toa y meterte la pinga hasta atrá”, algunos hombres en la audiencia, comentaban que habían sido “influenciados”, cuasi “obligados” por los amigos, a actuar así.
Lo interesante de sus intervenciones, es que hablaron de romper un ciclo, y bueno, me quedo con aquello de romper esa sombra recursiva de violencia machista, ¿cómo?, con una ley, porque mientras permanezca en el territorio de lo admisible, lo cotidiano, lo “cultural”, vamos a ser esa gran oreja que soporta de todo en Presa, ese oído caminante cuyo espacio íntimo es atacado constantemente por la verbalización lascivia de la violencia, de un pensamiento perezoso, de una lengua-excusado.
Si rechazas un piropo te ofenden violentamente. Si les respondes como merecen cuando “son porno-machitos”, las personas que vienen caminando cerca de la escena te “aconsejan” y se refieren a ti como una vulgar. Esas son las cosas que me han sucedido.
Recuerdo de un incidente cuando yo estudiaba en el ISA. Estaba en una fiesta, y había bebido mucho, un muchacho me llevó, mientras desvariaba y caminaba con dificultad, a las ruinas de la universidad. Cerca de nosotros había otro muchacho mirándonos, venía detrás. Hoy sé que estaba todo planeado, por suerte reaccioné y escapé corriendo hacia la multitud, no sé qué me hubiera pasado. Lo más agresivo es que esos muchachos, que estudiaban en mi universidad, que coincidían conmigo en otros espacios comunes, actuaban como si nada, ellos no eran culpables.
¿Les habrá sucedido a otras? Probablemente sí.
Para terminar con la Encuesta, apenas un 3,7 porciento de las mujeres que sufren agresión sexual acuden a organizaciones o instituciones, cifra que sí parece lógica, al menos para este entrevistador, que ha conversado con mujeres que sufrieron este tipo de violencia y que, al denunciarlas, lo primero que se les pregunta es por qué estaban en ese lugar y qué ropa vestían o si el agresor parecía borracho. ¿Qué cree de esta situación, tan claramente reflejada en el performance chileno El violador eres tú?
Me entristece mucho la soledad que sufren, me duele, y la verdad es que después de escuchar a alguien decir que existía un “violador cortés”, creo que mi tristeza tiene que ver con ese peso tormentoso que pasa por el cuerpo, la memoria del cuerpo, el adoctrinamiento en el que hay un relato que presupone que: somos culpables, es decir, hemos sido victimizadas y reproducimos la lógica de un sistema violador.
Por poner un ejemplo, recuerdo que fui comité de selección de la Muestra Joven de Cine, había un cortometraje de ficción que evidenciaba el escenario que describes en tu pregunta. Admiro la intención denunciatoria de la directora, y que el guión buscaba exponer cómo médicos y policías mantenían una postura acusatoria sobre la protagonista.
Sin embargo, en el guión había una escena que debilitaba todo lo demás, el novio de la protagonista le advertía –con mucha violencia– que no debía salir con “un vestido tan corto”, después de reprimirla, ella escogía salir sin él. Sin pretenderlo, la recomendación del novio se convertía en un hecho terrible, por qué pensar que “un vestido corto”, salir sola, puede ser una de las razones cómplices de una violación. Novios, policías, médicos, el que se aprovecha de la protagonista en el baño de la fiesta, todos suponen que la culpa es de ella.
La causa de una violación es que existe un hombre cis que viola. Ni vestirse como uno desee, ni emborracharse, ni volver sola a casa, son razones para que algo tan inhumano suceda. Me pregunto: ¿cuántas mujeres no denuncian porque tienen miedo, miedo de ser juzgadas por una moral acusatoria y policial, miedo de que denunciar sea en vano, miedo de que no crean en ellas?
Por los testimonios que aparecen en #YoSiTeCreo, así como los actos de violencia física que algunas amigas han decidido no denunciar porque la policía no actúa con severidad: algo que comprobaron acusando a pajusos, novios y maridos violentos, pienso que debe educarse y luchar contra el violador, contra el sistema machista, contra el silencio.
Antes del performance de Las Tesis, yo había encontrado una verdad en Mujeres Creando de María Galindo, no lo había encontrado sola, sino con las mujeres, intelectuales, creadoras e “impuras”, que coordinan el Laboratorio Escénico de Experimentación Social: Yohayna Hernández, Marta María Borrás, Dianelis Diéguez, Mercedes Ruiz, Maité Hernández-Lorenzo. También junto a las hermanxs que viajaron para formar parte de la residencia de creación que coordinamos en La Habana, que venían desde un activismo muy inspirador, el Colectivo Utópico de Disidencia Sexual. Si soy feminista es por –y con– ellas.
Sin la experiencia de Las Impuras. Unidad de contagio, y el taller de Jorge Díaz y Ernesto Orellana, no hubiera sido lo mismo para mí El violador eres tú, es decir, no estaría padeciendo en el cuerpo lo que significaba ese gesto: denunciar el delito de la violación en la criminalidad del gobierno y el sistema chilenos, manifestar a través de axiomas bien cuestionadores, a los violadores.
La repercución de esta intervención a nivel global, no tiene que ver exclusivamente con una solidaria expansión de ese manifiesto y su eco mediático, sino con el hecho de compartir esa misma denuncia.
Se habla poco o nada en nuestro país de la violencia hacia las mujeres lesbianas, manifestada desde el bullying escolar hasta el rechazo en los centros laborales. ¿Concibe usted alguna estrategia para enfrentar esta discriminación, más allá de lo establecido constitucionalmente?
Sobre la infancia del niño queer leí un texto muy hermoso de Paul B. Preciado, y he admirado a artistas que se identifican con género no-binarios como Tash Sultana (cuya música recomiendo), en Cuba hay que deconstruir este femóneno desde el machismo, que hace más compleja la sensación de que una debe “adaptarse” a un sistema, desde mi punto de vista, misógino.
El proceso de “inadaptación” terrible de las niñas lesbianas, que puede evidenciarse en ser rechazadas y acosadas, me parece poco visibilizado. Recuerdo ver una exposición de Yanahara Mauri Villarreal en el Festival de Teatro Rosa, en Matanzas, que además de mostrar en retratos las identidades de hombres trans, recogía testimonios dolorosos sobre sus procesos personales.
También creo que es fundamental que hablemos de la existencia de una lesbofobia evidente, el ataque xenófobo puede pasar de ofensas verbales a ataques físicos.
Fue la activista y performer Argelia Fellowe quien me habló tajantemente sobre el tema, tras experimentar racismo y situaciones lesbofóbicas en espacios dominados por una cultura gay machista. Ella trabaja desde el transformismo masculino, y admiro muchísimo las estrategias desde las que deconstruye la identidad de género. Creo que no puedo hablar de su experiencia desde todos los privilegios con los que he crecido; pero reconozco/apoyo/celebro su trabajo y accionar donde sea necesario.
En mi pre-universitario, por ejemplo, recuerdo que fue una profesora de Español-Literatura quien encontró a dos niñas en el baño de la escuela –quién sabe qué hacían exactamente–, y su reacción provocó una serie larga de humillaciones. Parece un escenario “normal” para experimentar con los placeres, los juegos sexuales, el sexo, adolescentes aislados, que atraviesan un descubrimiento de su sexualidad, y se encuentran en una etapa de cambios y procesos hormonales muy fuertes. Sin embargo, la autoridad, la persona que debía manejar ese descubrimiento homosexual como algo lógico, íntimo, mientras que en parejas heterosexuales se sucedían a plena luz del día en el área deportiva y las aulas, escogió la “cacería de brujas”, el buylling, la estigmatización de un placer, que no se adecuaba porque eran dos mujeres.
La niña queer, aquella muchacha a la que bautizarán en este país como “marimacha”, “tortillera”, “dura”, “pan con pan”, debe sufrir constantemente abusos y pruebas de su valía, escuchará estos insultos como epítetos que caracterizan su manera de comportarse: ¿por qué debemos permitir el acoso?, ¿quiénes la acompañan, la respetan, la aceptan?, ¿sus familiares?, ¿quiénes intentarán “corregirla”?, ¿qué debe corregirse?, ¿la apariencia?, ¿el deseo?, ¿qué tendrá que soportar o cómo tendrá que replicar a esto?, ¿con violencia?, ¿adaptación?
En todo caso, ¿qué es vestir como mujer?, ¿qué es ser niña o niño?, ¿quién pone el amor y el respeto después de la libertad a ser y sentir?, ¿qué es amar? Pueden sonar a preguntas (no tan) difíciles para Cuba, he visto transformaciones y presencias sexo-disidentes en este país expresarse con mucha libertad en el espacio público (mientras sea de madrugada), aunque creo que hay una generación de jóvenes que están menos ligados al conservadurismo y el machismo, conscientes o no, creo que por ellxs sería bueno hablar con claridad sobre estos temas, porque se enfrentan a dolorosos procesos “reguladores” en lo intrafamiliar y lo social.
Dentro del movimiento feminista no existe uniformidad de criterios respecto a las mujeres trans y el universo queer. ¿Cuál es su posición al respecto?
Si soy honesta, yo soy una escritora y performer, que se mueve desde la palabra, no puedo hablar de un movimiento feminista, puedo hablar de feministas, trans, transformistas, travestis, mariconas y lesbianas, que han revolucionado mi manera de pensar y vivir en este país, con sus acciones y su coherencia personal, y puedo mencionar colectivos feministas que han hecho un trabajo sistemático durante años en Cuba, yo he sido una colaboradora y defensora de los derechos LGTBIQ desde mi humilde espacio de investigación, no como activista.
Creo que he estado más cerca del universo queer durante mi trabajo con Carlos Díaz. Su estética está fuertemente atravesada por lo queer. En mi escena, escrita para su proyecto Orlando, poetizo un poco mi idea no binaria del género, y me dejo tentar por las preguntas que despierta Virginia Woolf en mí, ahora. Teatro El Público ha sido un refugio, que toma lo necesario para hacer un performance continuo del simulacro y las máscaras de la sociedad cubana. Creo que es una escena trans, libre.
De Marta María Ramírez aprendí muchísimo sobre teorías y acompañamientos a mujeres trans, aprendo de sus Martazos y de las conversaciones, de sus publicaciones en Facebook, de su maternidad. Su participación en el proyecto BaqueStritBois, BSB, fue crucial. Y por eso admiro tanto a José Ramón Hernández y Yohayna Hernández, que llevan Osikán. Plataforma Escénica Experimental, en BSB abrieron un espacio de discusión, desde el teatro documental, sobre la prostitución masculina gay. Este trabajo poético, fue una de los primeros atisbos transdisciplinares del teatro cubano.
De Lidia Romero conozco que ha acompañado a mujeres trans durante encarcelamientos, así que escucho y aprendo de ella, aprendo de los riesgos y las posturas como aliada que defiende.
Pienso que el movimiento feminista tiene antecedentes históricos en Cuba impresionantes (con el performance Las fundadoras, esta era una de las motivaciones para acercarme a la historia del Lyceum de La Habana), y también ha construido espacios y grupos con agendas feministas, no soy quién para juzgar un movimiento feminista, de verdad, he sido una observadora, y no soy experta, no lo conozco, no me he desgastado años porque se reconozca la palabra “feminismo” en instituciones, no puedo criticar ni suponer sobre un espacio de tanta incertidumbre y tantos retos en un país como este en el que es fácil apagar y reducir cualquier gesto colectivo. Por tanto, mis respetos a lxs activistas que han puesto sobre la mesa estos temas, y que se han concentrado en las necesidades y horizontes más justos.
Últimamente leo muchísimo a Sandra AbdAllah-Álvarez Ramínez (“Negra cubana tenía que ser”) y a Aylinn Torres Santana, se han vuelto en voces que me movilizan constantemente.
He sido más militante de una sensación global que local, lo cual me parece bochornoso, pero lo tengo que reconocer para transformar esto. Este es el país en el que vivo, aquí me enfrento a situaciones de violencia machista. Aspiro a que los modelos y estrategias foráneas me sirvan como inspiración para escuchar lo que sucede en Cuba y apreciar desde diversas perspectivas las circunstancias; pero que esas referencias no dominen mi cuerpo y mi participación en luchas.
Quiero escuchar y pensar más en lo que hacemos desde Cuba, lo que pudiéramos hacer si ese movimiento creciera además de las mujeres que firmamos la solicitud de una #LeyIntegralContralaViolenciadeGénero. Me parece que no puede existir mejor contexto que la lucha por esa ley para que nos sentemos a debatir y a pensar qué podemos hacer juntas un movimiento feminista que exista para el diálogo con feministas cubanas. Me encanta el Grupo Feminista de WhatsApp que creó La Manada y que tiene más de cien participantes, entre ellxs, Mel Herrera, una mujer trans que leo también en Facebook.
Puedo hablar desde mi espacio, desde la incomodidad que siento a veces cuando reconozco con más evidencia la violencia machista. Preferiría que sepan que pueden contar conmigo para acompañar cualquier espacio desde mis saberes, puedo aportar desde ediciones sinsentido, desde el LEES, saben que tienen mi voz, mi escritura y mi cuerpo para luchar. Yo todavía estoy aprendiendo, y eso me reconforta.
La FMC no es una organización feminista, sino femenina, y al escuchar a su presidenta Teresa Amarelle hablar de reinserción de reclusas en la sociedad, embarazo en la adolescencia y porciento de mujeres parlamentarias o profesionales como cuestiones trascendentales, uno cree que esa organización tampoco considera un problema apremiante combatir la violencia de género. ¿Existe la posibilidad de que surjan y se desarrollen otras organizaciones que sí asuman el ideario feminista, o cree que correrían la suerte de Magín, obligada a su autodisolución?
Pienso que la FMC fue una organización progresista y valiosa, el otro día leía una revista Mujeres de 1991, el año en que yo nací, y me sorprendían los temas que se discutían, desde el racismo, el aborto y la obesidad. Y no pienso que en el año 1991 no hubiera existido violencia de género, para nada, mi madre fue una “agregada”, una “oriental”, durante muchos años, y como mismo surgió esa “agrupación femenina” para acompañar a mujeres, también la Revolución Cubana dejaba clara su idea de producción del “hombre nuevo”…
Como he tratado de aclarar, no conozco de profundis el trabajo de la FMC y he seguido bastante poco lo que se acordó en su último congreso, así que es responsabilidad mía no tener un criterio fundamentado del trabajo que hace esa organización. Desde mi punto de vista, pienso que la FMC es una organización adormecida, tienen la infraestructura y los recursos, pero queda mucho trabajo por hacer en términos de presencia y acción.
Lo otro que es evidente, es que la FMC no está cuestionándose como organización, no está reescribiendo y actualizando su agenda, está cumpliendo con un programa de acciones, estadísticas, estrategias, cuestiones cuantitativas seguro, pero no le están mirando a la cara a la mujer, por lo menos a las mujeres de mi generación no les dicen nada, mucho menos a las mujeres trans (supongo que esto le toque al Cenesex en la repartición de tareas, ¿no?).
Cuando te hablaba de respeto a las mujeres, investigadoras y activistas que han hecho un trabajo desde el feminismo en Cuba, es porque pienso que podemos fundar o juntarnos desde otro lugar. Hay muchas herramientas y saberes que podemos articular de manera colectiva, sacándonos la idea de liderazgo, moviéndonos más hacia lo micropolítico y lo interseccional, con una #LeyIntegralContralaViolenciadeGénero cuántas cosas cambiarían.
¿No es de esta ley que debería ocuparse y concentrarse algo que se llama Federación de Mujeres Cubanas?
A mí me entusiasma lo que emana del grupo de WhatsApp, el mismo entusiasmo de las muchachas de La Manada que coordinaron el performance de El violador eres tú en el ISA, y las donaciones de copas menstruales en Cuba. Me entusiasma que nos encontremos y nos miremos a los ojos, tener la experiencia de escuchar tantas voces presentes, que aunque nos conozcamos únicamente por un sticker o una verdad/pregunta dicha sin censura ni cortapisas, participamos de un “espacio en común”; pero me duele que la mujer que conocí en Berroa siga recibiendo golpes de su marido borracho y que ella no pueda hacer nada. Me duele mucho que la líder de esa comunidad, una mujer trans increíble, Ariadna, esté sola batallando con problemas de ilegalidad e insalubridad, necesitamos que se legisle esa #LeyIntegralContraLaViolenciaDeGénero, y si la FMC no se ha dado cuenta de que tiene que hacerlo es porque no despertará de su letargo y porque será una organización más machista de lo que, incluso, muchxs ya pensamos.
Plácido Domingo ha sido otra de las «víctimas» del Me too. ¿Existe también en nuestros predios culturales este acoso y violencia sexual?
Obvio, si somos glúteos y cubanidad vendida en un enlatado de videoclip nacional.
Recuerdo la campaña en redes para apoyar la denuncia de La Diosa, también el inescrupuloso video de Michel Mirabal, en fin, un imaginario bien duro contra el que rebelarse.
A mí una vez me dijeron que yo como poeta no era una “mami”, y me quedé pensativa porque supuse que esto era un elogio, sin embargo, me ofende inmensamente que alguien venga a ponerle un epíteto a mi trabajo, que un hombre venga a discernir sobre mi trabajo en esos términos.
Lo otro es la constante minimización de lo que una hace: “Ay, qué bonita. Si, Martica Minipunto escribió una cosita. Ah, no seas histérica, no pasa nada con el covid-19, tú no eres epidemióloga”. Pero eso a mí no me apaga ni me quita el sueño, quienes me vean así, felices y soberbios, con su aire de superioridad y su arrogancia masturbatoria, que no se piensen que voy a estar callada, lo mío es trabajar, y hasta ahora, eso es lo único que hago.
El ideal de mujer que trajera el romanticismo del siglo XIX aún pervive y existen muchas mujeres que critican a las feministas por oponerse a que ellas asuman determinadas actitudes, amen los concursos de belleza y disfruten realizar los quehaceres hogareños y ser las madres felices de los anuncios de los años cincuenta. En la despedida, ¿qué le diría a estas mujeres?
Pienso que el romanticismo no tiene nada que ver con la época que vivimos hoy, con la pesadumbre, la pandemia, el miedo, el neoliberalismo y la guerra. La Iglesia ganando mucho poder. La extrema derecha, uña y churre de la Iglesia, llamando asesinas a las mujeres que tienen el derecho de decidir sobre sus cuerpos con el aborto. Esta realidad se parece cada vez más a las distopias de Margaret Antwood. Yo creo mucho en la distinción que hace Donna Haraway, y por eso quiero mirarnos desde su noción de “parentesco”.
Pero yo no voy a mandar a ninguna mujer a vivir la revolución que vivo o imagino yo, como poeta, criada por padres inteligentes y generosos, que nunca me cuestionaron mi libertad sexual o de pensamiento, ni siquiera mi decisión de no ponerme etiquetas, de sentirme con el derecho de amar bajo mis propias visiones sobre el deseo. Yo no voy a sacar a nadie de su casa, o de su página de revista, no tengo superpoderes ni soy un personaje sabiondo con el derecho de juzgar el modelo de vida con el que una mujer decide dar braceadas en este mundo maldito y jodido, construido por los hombres.
Mi único deseo es que ellas puedan escuchar la realidad de otras, que puedan mirar críticamente los modelos de representación hegemónicos que usan ese deseo idealizado (todas en casita cocinando) como aparato de coerción y dominación. Sacar la cabeza de la televisión o darle martillazos a la pantalla puede costar mucho, pero hay que hacerlo, y hay que hacerlo compartiendo estadísticas reales e identificando la violencia machista sin tibieza. Puedo compartir lo que sé, lo poco que sé.
Lo hago con mi mamá y con mi familia. Lo digo cuando veo que a una bebé le ponen el mundo rosa porque su identidad sexual está llena de una chapucería de consumo que crece como avalancha. Desde que naces ya tienes esa condena, por eso escribí un poema que se llamaba Cuídate de nacer niña, lo escribí mientras veía el video de una neonatóloga que examinaba a la bebé que llevaba una manilla rosada y parecía contener su destino en la muñeca. “Lo que te toca, te está esperando desde antes de nacer”.
Yo no le puedo hablar a todas esas mujeres, no le puedo hablar a ese porciento que me mencionabas de las estadísticas, yo no soy ese dios omnipresente, ni quiero serlo, yo no tengo la verdad, no soy canónica.
Puedo hablarle a mi hermana de 3 años, decirle que la amo mucho, y que la voy a acompañar en su construcción del mundo, de los afectos, en la relación que puede establecer entre su casa, su calle de Centro Habana, el amor incondicional de su mamá y lo que pueda ser capaz de preguntarse. Puedo hablarle a ella y decirle que si soy feminista es porque en este siglo en el que vivimos tenemos que ponerle fin al mundo que construyeron los hombres, porque el mundo de los años cincuenta también es el mundo de las mujeres que se salieron de esas postales de la casa, y el mundo del romanticismo también es el de las brujas, cortesanas y putas.
El futuro tendrá que ser feminista, porque se ha destruido la tierra, se ha destruido la vida, y nosotras vamos a parar con el desastre que han construido en nombre del romanticismo, en nombre del amor romántico, en nombre de nuestras libertades románticamente cortadas.
Si no hay futuro con parentesco, antirracista, feminista, para qué.







