FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA
Antes de la tormenta
Algo malo sucedería. No bastaban todos los avatares que habían tenido en contra para concretar ese viaje ni el riesgo de adentrarse en el Atlántico con semejantes tormentas casi hasta cruzar el Mar de los Sargazos, como para ponerse a pensar en catástrofes peores. El barco se estremecía con tanta furia, como si estuvieran adentrándose en las peligrosas aguas del fin del mundo. Hacia allá iban, bromeaban cada cierto tiempo, hacia el fin del mundo. Apostárselo todo en ese viaje al trópico −hasta la vida−, como si fuese una partida de dados contra Dios, era lo único que tenía claro el joven Johannes Christoph. Por saciar su necesidad de conocerlo todo, estaba dispuesto a entregar lo más valioso que poseía: su vida. Era lo único por lo que se hallaba en el camarote de ese bergantín que había salido de Hamburgo hacía pocos meses, con una duda en la cabeza: ¿podría un simple mortal desentrañar las bondades de la naturaleza que Dios había creado y jactarse de ellas, como mismo lo habría hecho Él?
Mientras miraba a un punto impreciso del camarote y oía el rumor del agua, decidió poner fin a la monotonía y a expensas de las lluvias y de que obviamente no podría subir a cubierta, se dispuso a ir al encuentro de sus colegas, los otros que habían partido junto a él aquella fría mañana desde el puerto germano. Se vistió tal como exigía el respeto y al salir al pasillo, la casualidad quiso que se topara con el primero de sus colegas, Eduard Otto, quien estaba al frente de esa comitiva que viajaba a las Américas y a quien no solo lo precedía su apellido por ser el hijo de un inspector del Jardín Botánico de Berlín, sino también su sentido del compromiso y ese espíritu de líder que lo hacía mantener la mesura mientras el otro, Louis Pfeiffer, y él, el enjuto Johannes Christoph, en las no pocas ocasiones que la travesía les había permitido, se abocaban a recoger las algas atrapadas en las redes del bergantín, con la avidez de unos niños que buscaban el origen de las cosas, con el propósito −no tan distante de ese afán infantil− de recolectar las especies marinas que podían encontrarse enredadas entre los sargazos.
El amigo Otto le hizo saber que, si bien estaban cerca de hacer escala en la isla de Cuba, el clima no les permitiría hacerlo en el puerto de Santiago de Cuba y por ello el capitán había decidido bordear la costa meridional para llegar a La Habana, si nada conspiraba, a principios de año.
—¿Quiere decir usted que despediremos el año en alta mar? —preguntó el joven Johannes Christoph, en su natal alemán.
—Correcto.
—Bueno, mejor —continuó y se ajustó la levita—. Así estamos más cerca del amigo Carlos Booth. Pfeiffer estará encantado cuando se lo digamos.
—Pero eso lo alejaría a usted de Surinam y de su colega Julius Hille.
—Pudiera ser…
Quizá eso era lo malo que sucedería, pensó luego, antes de dormirse. Ese cambio de rumbo a último momento que lo haría pasar unos cuantos días más a bordo de ese bergantín August et Julius.
Desde un par de días antes, ya había escuchado pasar pájaros, sinónimo de la cercanía a tierra y eso fue lo que le despertó las ganas de alejarse, de una vez y por todas, de los casi sesenta días a bordo de esa monotonía flotante que no paraba de recibir los bandazos de las olas.
La cena de fin de año coincidió con un debate entre el amigo Pfeiffer y él sobre el avistamiento de las bandadas de aves que, al acercarse al Cabo de San Antonio, habían empezado a proliferar alrededor del barco, pero no fue hasta pasadas unas setenta y dos horas que divisaron la silueta de una ciudad capaz de recibirlos con la misma gracia con que mezclaba −y lo haría por los siglos de los siglos− la vida de sus habitantes con los azares del mar. Decidieron descansar a bordo ese viernes y al día siguiente, sábado, dejaron el August et Julius y después de varios meses, pisaban tierra firme los pies del joven Johannes Christoph, cuya mirada no solo había quedado marcada por la temprana pérdida del padre sino también por una incurable melancolía que envolvía todo su ser.
Lo primero que le llamó la atención fue el bullicio. Parecía, daba la impresión, de que estaban preparados para recibirlos. Muchos negros disfrazados, que hacían ruidos con sus palos y percutían sobre unos tambores como si no conocieran el cansancio, reían y disfrutaban, al parecer, del momento. No era un festín reducido solo del puerto, pudo verlo después en lo que iban por el Paseo de Tacón rumbo al Castillo del Príncipe, sino que se expandía por varios puntos de la ciudad: los esclavos, con sus sonidos, haciendo de La Habana una fiesta. No faltó la persona que, en un tono entre risueño y patético, al recibirlos y conducirlos por el Paseo de Tacón, les explicara a los germanos que no debían preocuparse pues la algarabía era a causa de las fiestas del Día de Reyes, donde los amos les permitían a sus esclavos celebrar a sus dioses. Solo era un día, luego la ciudad volvía a ser la misma. Y los negros también, recalcó.
Habían llegado en una fecha −lo supieron unas horas después gracias a la misma persona que les facilitó el dato de los esclavos y sus festividades− en que los ricos habaneros, la gente pudiente, se marchaba al campo para alejarse del agobio de la ciudad, del aire pútrido del puerto y empaparse de las noblezas de la naturaleza, del aire puro, del sol, y no regresaban hasta pasado el Día de Reyes.
A sus veintiocho años, el deseo de conocer un poco más de la ciudad que lo recibía, lo llevó a dormir solo unas horas y bien temprano, antes de que sus colegas despertaran para visitar juntos el Jardín Botánico mencionado la noche anterior, acompañado por la misma persona de papada burocrática y cara de saberle los trapos sucios hasta al mismísimo Capitán General, el joven Johannes Christoph decidió ver con la melancolía propia de sus ojos la vida diaria de una ciudad que se le antojó antigua. Sobre su cabeza no solo traía su chistera de piel de castor comprada exclusivamente para ese viaje −y que en aprecio por el recorrido terminó regalándole al guía−, sino también los miles de proyectos e ilusiones que lo habían llevado a abordar el August et Julius con la misma decisión y el mismo espíritu que, unos pocos años antes, lo había hecho el admirado Alexander von Humboldt de quien, para más, el amigo Otto llevaba una carta de recomendación que avalaba no solo la intención de su viaje, sino también su labor científica en las Américas, su interés por la naturaleza y su dedicación a desentrañar el conocimiento del mundo.
Poco a poco, mientras lo miraba todo y su vista se enlodaba con el actuar de los pobladores, sus expectativas en relación con la ciudad fueron apagándose. Si bien había algo que hermanaba a las ciudades de su memoria con La Habana y era el ruido de los caballos y las ruedas de los coches, el bullicio de las gentes era algo con lo que no contaba. A los caballos y a los quitrines y a las calesas podía acostumbrarse, pero ¿debía hacerlo también a las personas con sus malos hábitos? Todo, lo corroboró, se desenvolvía entre gritos e imposiciones. Daba la impresión de que no podían comunicarse de manera civilizada, sino que debía ser con un galillo, un gruñido o un estrépito que retumbara en los oídos del prójimo, entre caleseros y transeúntes casi atropellados por los caballos, entre carreteros y cualquier otro que obstruyese la vía.
Lo que le dejó una peor impresión fue la desesperada pulsión comercial. En una mezcla entre impaciencias y vicisitudes, se buscaba vender hasta el alma al diablo si se aparecía de repente. Todo lo visto en esa mañana, parecía regirse por las necesidades del negocio. Solo faltaba que se le lanzaran delante ofreciéndole los más disímiles utensilios, un par de navajas de primera, un cortaplumas vizcaíno, unos tirantes elásticos. «¿Qué busca, señor, ropas, zapatos, navajas, sombreros, colonias?» Le pareció una pesadilla. Había llegado a una ciudad hostil, atrasada, en plena expansión, y lo que más caló en los ojos del joven Johannes Christoph: con un caos sin remedio.
Pasadas las siete de la mañana, los vendedores españoles en mangas de camisa se paseaban de un lado a otro por delante de sus vidrieras con el afán de que les compraran sus baratijas. Según le comentaron al joven Johannes Christoph, eran vendedores de fruslerías, quincalleros, como también se les llamaba, que pagaban el alquiler de esos espacios poco ventilados y algo oscuros a familias pudientes que habitaban los altos.
A la altura de la calle Mercaderes, se percató de una retahíla de niños que, compuesta en su mayoría por negros y mestizos, se veían sucios, harapientos y algunos hasta descalzos. Vio además un grupo de soldados uniformados, carabinas al hombro. Logró dar unos pocos pasos para evadirlos a todos y salir vivo de los roces y las invitaciones, casi obligadas, a comprar cosas que no quería ni mucho menos necesitaba.
—Vaya recibimiento —le diría a su amigo Pfeiffer al almorzar.
Durante ese almuerzo, prodigado no solo con las delicias del trópico en cuestión de jugos y tajadas de cualquier cantidad de frutas sino también con la abundancia de unas viandas cosechadas a las afueras de La Habana, una carne de puerco exquisita y unos vinos traídos de España, en lo que la cortesía de unos al tragar y la frugalidad al servirse del joven Johannes llamaban la atención de los demás, los otros hablaban del viaje y de lo que esperaban encontrar.
—Iremos al Jardín Botánico primero, luego les enseñaremos nuestro Paseo del Prado, y luego, claro está, cenaremos —dijo el hombre de la papada burocrática, en un alemán tamizado por la zeta de su español.
—Necesitamos avisar a un amigo que nos espera —dijo Johannes Christoph en alemán, y el amigo Pfeiffer lo secundó—. Amigo queridísimo y, de hecho, por su invitación es que estamos acá.
—Enseguida nos pondremos a ello —convino el hombre—. Tengan el placer de no escatimar con la comida. No me carezcan. Usted no es de comer mucho, ¿verdad? —le preguntó a Johannes Christoph y una mueca diáfana a modo de sonrisa sirvió para calzar la respuesta:
—Solo lo justo. Más bien poco.
En el viaje al Jardín Botánico, Johannes Christoph se dedicó a observar las pocas aves que se atrevían a volarles cerca. Le pareció, lo convino después con Louis Pfeiffer, que habría sido bueno también remitir algunas de esas aves a la Junta de Cassel −aquella sociedad científica que se había dispuesto a asumir el costo del viaje de los tres científicos a cambio de especímenes disecados de la fauna tropical, reacia en un principio, pero decidida después tras la intromisión en el asunto de Alexander von Humboldt. Pero no habían ido preparados, la visita al Jardín Botánico solo había sido una especie de introducción. Una vaga y sencilla presentación de lo que se podían topar más allá de esa ciudad y debido a la ausencia del director Ramón de la Sagra, fueron recibidos por un francés que, hasta en su mirada, se notaba el declive fulminante de semejante Jardín. Las palabras y promesas de restauración a su nivel anterior no demoraron en llenarle la boca al señor Auber, pero de promesas no se podía apuntalar la vida, pensó. De Jardín Botánico no tenía nada, más bien parecía un vivero, un lodazal con unos pocos árboles alrededor.
Fue ahí donde el joven Johannes notó el desconocimiento abismal que tenían en la isla en lo referido a su fauna, a su naturaleza. No solo era el atraso en la ciudad, convendría luego con el amigo Pfeiffer, sino también con los conocimientos sobre lo que los rodeaba. ¿Cómo se podía vivir en un mundo donde nadie tenía conocimiento alguno de lo que existía a su alrededor? O no: ¿cómo podía vivirse en un mundo donde nadie abogaba por la sabiduría, por descifrar la magnificencia de Dios?
El resto de la tarde se evaporó en una caminata de rigor al Paseo del Prado, de una milla de extensión, coronado al fondo con una fuente del dios Neptuno y flanqueado por cuatro hileras de árboles. Solo algunas damas se movían en sus respectivos quitrines alrededor del Paseo, otra cantidad de jóvenes lo hacía a pie para disfrutar de la caída de la tarde, para socializar siempre y cuando las calesas no lo impidieran.
La plática entre los germanos y los colegas nacionales que los guiaban giró sobre el interés europeo en las criaturas tropicales. Había poca documentación allá sobre la fauna a este lado del Atlántico, y eso era lo que los había hecho a ellos llegar a La Habana, para luego cada uno seguir su camino. El amigo Eduard Otto, el guía, botánico y malacólogo, tenía pensado continuar hacia los Estados Unidos de Norteamérica, luego hacia América del Sur; Louis Pfeiffer, eminente médico, botánico y malacólogo, se encargaría de los moluscos del trópico, después de verse con el amigo Carlos Booth; mientras que el joven Johannes Christoph tenía en mente continuar a Surinam, donde su queridísimo compañero Julius Hille, quien había sido el primero en sembrarle la idea de semejante travesía, lo esperaba. Desde allá, desde Surinam, pensaba Johannes Christoph, comenzaría a enviarles las especies colectadas a la Junta de Cassel en pago por los gastos de su viaje.
La cena no tuvo nada de especial. Fue una reiteración de los mismos temas y los mismos propósitos, en esa ocasión acompañados por unas considerables lonchas de jamón y unas excesivas copas de vino que Johannes Christoph ni se tomó el trabajo de probar. A la pregunta de qué les había parecido La Habana, el joven, callado, decidió evadirse con su mueca típica que evocaba una sonrisa: arquear los labios sin enseñar los dientes.
—Y eso que no han visto nada todavía —dijo uno y concluyó con una risa y un considerable trago de vino.
Como habían congeniado con anterioridad, Eduard Otto se quedaría unos días más en La Habana en pro de legalizar la documentación de la comitiva y para no perder tiempo, algo de lo que no iban sobrados para ese entonces, Johannes Christoph y Louis Pfeiffer enrumbarían hacia la ciudad de Matanzas, donde el amigo Carlos Booth, dueño de varios cafetales, los esperaba con los brazos abiertos para que conocieran, de verdad −don Carlos dixit−, las bellezas de la fauna matancera. Sin esperar más y dominados por el deseo de conocer lo nuevo, lo nunca antes visto por sus ojos, emprendieron el recorrido en el vapor General Tacón. Todavía, como un regalo solo para él, para el joven Johannes Christoph Gundlach, Dios tenía mucho que enseñarle.
¿Cómo no intentar salvarte del pozo de la melancolía, niño, si verte huérfano de padre a los ocho años te cambió la forma de ver la vida, de entender el mundo? No solo por la ausencia que vagamente, nunca en su totalidad, intentaste suplir con la figura de tu hermano mayor, para suerte tuya de que estaba ahí no solo para ti, sino también para mamá, la sufrida señora Redberg que tuvo que vérselas sola a cargo de cinco hijos y con dos pensiones insuficientes para alimentos y educación.
La muerte del profesor de Matemáticas y Física Johann Gundlach, conmovió no solo el ámbito familiar, sino también la Universidad de Marburgo se hizo eco de la pérdida. Un hombre estricto, serio, dedicado a la enseñanza y devoto del conocimiento. Todavía hoy no sabes si fue la tristeza lo que hernió tu rostro, o fue la disposición de afrontar la vida solo, por ti mismo, lo que lo hizo. Tal vez, niño, fue a partir de ahí cuando tu pensamiento se volvió lo que ha sido hasta ahora. Pregúntate siempre, ¿qué habrías sido de no haber sido lo que has sido hasta el día de hoy? Parece una incoherencia, un galimatías, ¿verdad? Pero mírate al espejo, reconoce tu mirada melancólica, tus labios parcos, como acostumbrados a no soltar muchas palabras, solo las justas, tus pómulos pronunciados y la marca de aquel accidente con el arma de fuego que provocó la tristeza en mamá y varios días sin dormir también pensando en ti, en tu recuperación; analízate a conciencia y asume que la vida nos ha moldeado lo mejor que ha podido. Uno no siempre escoge lo que desea ser, sino lo que la vida nos ofrece ser.
No en balde, tu nombre papá lo escogió a la perfección. Johannes: la bondad de Dios en tu nombre. No podía haber otro significado para el de una persona que, en su esencia, solo albergara eso: bondad. Como también lo aprendiste de tu hermano, niño. La bondad y la virtud en la dedicación al prójimo, porque si algo te habían enseñado en el seno de ese hogar, era la devoción a la caridad, a la bondad hacia los demás, a la ayuda al otro. Si algo habías aprendido bien era que la caridad no consistía en aquello que todos creían, no. La caridad no era depositar unas monedas a la entrada de la iglesia como si con ellas se exorcizaran los pecados o lanzarle otras pocas a algún necesitado en la calle, no. No era cuestión de entregar lo material, sino entregarse uno mismo a la asistencia al necesitado. Entregarse era el símbolo máximo de la bondad.
Tantas veces repetías eso mientras te mirabas en el espejo de tu hermano, y de mayor, a falta de un padre, querías ser como él, que siempre mantenía viva la estela de papá. Vivía para perpetuar su memoria. Lo imitabas en todo, en sus actos, en sus palabras, en sus intereses. Tu hermano, que acababa de regresar de Cassel donde había aprendido el oficio de la taxidermia, fue el primero en enseñarte la ciencia detrás de cada proceso para disecar especies. Nos debemos a la naturaleza, niño, nos debemos a ella, porque en un futuro, cuando no estemos en este mundo, ella nos sobrevivirá y será lo único bello de lo que podremos habernos enorgullecido en el más allá. Lo único por lo que la vida merece la pena, sin ella no somos nada.
Para ese entonces, con tu hermano dándote las lecciones necesarias sobre la taxidermia, ya tu interés por la vida natural te sobrepasaba. Salías, a veces escapado de la férula de mamá y de los demás, con el propósito de cazar pájaros pequeños, insectos, animales y así practicar y perfeccionar en las noches las enseñanzas de tu hermano, mientras todos dormían y te delataba esa luz encendida en el medio de la penumbra. Te convertiste en un niño ágil, nada torpe −contrario a lo que podían creer los otros en el colegio. Solías ser arriesgado, saltabas y trepabas en los árboles que, para muchos, podían resultar peligroso, pero la curiosidad te tiraba más. Buscabas ver un nido de cerca, unos huevos, un agujero en un árbol que podía servir de hogar para aves. Todo merecía atención. Lo principal de la experiencia, era pulir el don de la observación. Mirarlo todo a tu alrededor, como lo hacías: las estrías de los árboles, las alas del insecto, las patas y el pico del ave, la suavidad de las plumas de la torcaza. Para mala fortuna tuya, aquella vez en que un guardia te vio con el arma y quisiste esconderla rápido, la mala manipulación hizo que tu dedo fuese a dar al gatillo y la bala te provocara lesiones, dolores y preocupaciones en el rostro. Fueron unos días angustiosos en los que ni la señora Redberg ni tus hermanos pudieron vivir en paz. Más desgracias en casa de quien no iba sobrado de gracias.
Lo único que recordabas de aquello, era que antes de la tormenta provocada por aquel disparo, habías visto al mejor y más hermoso de los pájaros con los que te habías topado hasta ese momento. No pudiste identificarlo a primera vista y por eso, te decidiste a cazarlo para disecarlo luego. De hecho, te había extrañado verlo ahí, te dio la impresión de que parecía un pájaro perdido. Lo habías perseguido, cauteloso, con el arma preparada, pero el grito de alerta del guardia que te vio te sacó de concentración. La culpa inoculada te traicionó y a consecuencia de ello, la desgracia no solo se manifestó en la pérdida del olfato, sino también del paladar. Un disparo accidental que te arrancaba el olfato y el gusto para siempre. No podías oler nada. No sentías el sabor de nada. Mejor así, te dijo tu hermano con el tiempo. Así podrías dedicarte a la taxidermia y no te verías expuesto a las fetideces propias de ese oficio.
Ese mismo ímpetu en seguir los pasos de tu hermano, no solo te llevó a sufrir semejantes golpes, sino que, antes de la tormenta, él mismo vio la dedicación y el empeño que le ponías a la disección de especímenes. Lo hacías con una precisión que a veces hasta él envidiaba en silencio. Lo sabías. A tal extremo llegó a destacar tu incipiente talento, que una tarde al verte cazando aves, un capitán de barco, cerca del puerto de Marburgo se interesó en ti y tras unas horas de pláticas, había estado dispuesto a que le trabajaras su colección de pieles de aves exóticas; que se la prepararas. Fue ese tu primer encargo frente a la vida, tu primera prueba de fuego, y tal fue el resultado que no solo el capitán quedó a gusto, sino también tu hermano te felicitó y te auguró un buen futuro.
La señora Redberg, mamá, aún no se recuperaba de la nefasta experiencia con el arma de fuego y por eso, a cada rato, se te sentaba al lado, como buscando con su cobijo alejar las alas negras de la tormenta. Cuídate de ti mismo, hijo, que Dios te cuidará del resto, fueron las palabras de ella al abrazarte tras sobrevivir a aquel terrible disparo. Ella, quien no hacía otra cosa que dedicarse a sus hijos, a veces no era correspondida por la suerte. Una mujer que, pudiendo haberse dedicado a rearmar su vida después de enviudar, de dedicarse a otros placeres, se entregó por entero a su prole, a enseñarles la bondad y a recordarles siempre la dimensión humana de un mundo que cada vez lo era menos. Todas las noches rezaba por sus hijos, le pedía a Dios por su bienestar, por su protección, no quería otra cosa en el mundo que eso: el buen camino de su descendencia.
Por ello, decidió llevarte por la senda de Dios. Decidió consagrarte a la iglesia, y empezaste a estudiar las leyes de Dios y las enseñanzas de Él solo para darte cuenta de que no podías dejarte llevar por algo etéreo. La fe era muy importante, era necesaria, pero tú necesitabas creer en algo más práctico, en algo más duradero. La fe en Dios acababa en el mismo momento en que acababa la vida. Sin embargo, la magnificencia de su obra, no. La obra de Dios perduraba después de la muerte y estaría ahí por los siglos de los siglos. Cuando decidiste comunicárselo a tu madre, niño, palideció. Cuando le dijiste que no querías dedicarte a la iglesia, que preferías el camino de las Ciencias, mamá supo que una influencia externa había apoyado tu decisión. Fue ahí cuando le contaste que no, que ya tu decisión estaba tomada, pero las palabras del profesor Herold, zoólogo de la Universidad de Marburgo, te habían servido de mucho. ¿Qué sería del mundo y de las nobles almas dedicadas a trascender si no hubiese de por medio la intervención precisa de un profesor?, pensaste después, con los años. ¿Cuántos otros maestros, noble profesión de la vida, no habrían intercedido en la trascendencia de las almas destinadas a ello?
Mamá lo asumió, porque no tenía alternativas, y antes de darte la bendición con un beso en la frente y un abrazo, la pregunta que te hizo afianzó aún más los lazos entre ustedes. ¿Cómo puede un hombre tan bueno vivir sin Dios? Te tomaste largo rato en explicarle que Él estaba, que vivía en sus creaciones, en la vida misma, pero que ese camino no era transitable para ti.
Fue a partir de ahí donde tu vida se sintió más enrumbada. Estabas en algo que habías visto de siempre, que conocías gracias a tu hermano, nada te era ajeno. Empezabas a estudiar Zoología en la Universidad de Marburgo, donde, además, por haber sido hijo del recordado profesor Gundlach, la matrícula había sido libre de costo. Estabas destinado y obligado a destacar, a brillar. Tenías no solo sobre tu espalda el rigor de la responsabilidad personal, sino también la estela de tu hermano y la memoria de un padre al que no podías defraudar.
Conjuntamente, la tutela del profesor Herold te vino como anillo al dedo. No solo por las pláticas y las recomendaciones científicas que incrementaban tu acervo, niño, sino por la dedicación que el maestro vio en ti al punto de recomendarte para el puesto de Conservador del Museo, oportunidad que no dejaste escapar pues te permitía poner en práctica lo aprendido con tu hermano: conservar y disecar especies. El estudio de notables figuras de las ciencias y sus aportes, así como también el estudio de la Filosofía, donde los debates con el profesor Herold se hacían interminables, extensos, y lo escuchabas con ese tono didáctico, de quien estaba acostumbrado con el tiempo a ser escuchado, porque como mantendrías en tu memoria a lo largo de los años, el doctor Maurice Herold, aquel profesor querido, pertenecía a esa selecta clase de personas que siempre tenían la razón. A esa estirpe de hombres de convicciones profundas, conocimientos infinitos e intereses trascendentales.
Luego, también, en casa, los debates se hacían extensos, donde mamá te escuchaba hablar y la emoción de ver a un joven de bien, con la bondad aun anidando en su pecho, la mantenían en silencio, con las palabras y la emoción atoradas en la garganta.
El trabajo en ese Museo −que no era un trabajo como tal cuando la devoción y el gozo también fluían− no solo te dotó de grandes conocimientos, niño. Sino también de grandes amistades, como la del doctor Julius Hille. Para después de haber pasado el riguroso examen oral y haberte graduado con los honores máximos de la Universidad como Doctor en Filosofía, con la orgullosa firma de los eminentes profesores Bunger, Wenderoth, Hessel y el noble Herold en tu certificación y la publicación de tu tesis De pennis (sobre las plumas de las aves), ese espíritu aventurero que habías mantenido anidado en tu corazón decidió brotar. Necesitabas poner en práctica lo aprendido en los libros, lo aprendido por las vivencias de otros científicos, de otras personas que, al igual que tú, se habían interesado en buscarle un por qué a lo que nos rodeaba. ¿Cómo es posible que tantas personas no recalen en el vuelo de un ave, o en la majestuosidad de un árbol, o la belleza de una hoja? ¿No son capaces de pensar por un minuto en la belleza implícita en ello, en una flor, sus colores, en un ave y sus plumajes? Era eso lo que le decías al doctor Hille en vuestras charlas. Ha habido tanto mundo, tanta belleza, y ha pasado desapercibida ante nuestros ojos, que, de solo pensar en semejante ingratitud con la naturaleza, con la obra de Dios, te daba pavor.
Fue Julius Hille el primero en hablarte del Caribe, de la fauna caribeña, de lo poco estudiada que estaba, y te remitió a un par de trabajos de Humboldt. Fue a partir de entonces donde Hille te ofreció alojamiento, comida y espacio para trabajar en un viaje a Surinam, a donde viajaría pronto y estaría gustoso de recibirte allá, para juntos vivir la experiencia de conocer especies exóticas, mundos nuevos. Pronto, te abocaste a la tarea de reunir el dinero necesario para sufragar los costes de viaje, ayudado por el doctor Bunsen, presidente de la Sociedad de Historia Natural de Cassel, de la cual te habías hecho miembro unos años antes. A un precio de seis táleros cada acción, se costearía el viaje y después de una larga espera que se perpetuó durante varios meses, a fines de noviembre de 1837, la cantidad de acciones vendidas era de doscientas tres.
De boca en boca, la idea fue tomando auge hasta que llegó a la mismísima Berlín. No solo eso, hasta el mismísimo Jardín Botánico de Berlín, e incluso a los oídos y los intereses de Alexander von Humboldt, quien intercedió junto al ministro de Altemburgo para que el gobierno pagara también los gastos de viaje de Eduard Otto, hijo del inspector del Jardín Botánico de Berlín. Todo cobraba nuevos bríos. Había personas de renombre vinculadas ya a la idea, la veían con buenos ojos y, sobre todo, lo más importante, necesaria para el progreso científico.
Nada podría salirte mal, si estabas predestinado a ello.
La visita del cubano Carlos Booth y Tinto, que había culminado sus estudios y regresaba a su tierra de origen, presupuestó también tu interés en conocer la isla. Booth, amigo también de Louis Pfeiffer, estaría encantado de recibirlos en su hacienda y mostrarles su trabajo allá. No hizo falta sopesar la invitación, porque a la primera se la aceptaron. Una escala en la isla mayor del Caribe no influiría para nada en tus planes posteriores de continuar a Surinam, de continuar a encontrarte con tu amigo Hille. Mientras más conocieras del Caribe, más especímenes podrías colectar y así cumplir con las obligaciones de la Sociedad de Historia Natural de Cassel.
¿Qué podría pasarte en Cuba, niño?
¿Qué podrías ver allí que te cambiara la vida?
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