FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA
1
Es fines de marzo y el verano se obstina en quedarse. La luz de la mañana es dorada, parece hecha de partículas de miel. El calor aprieta con la incomodidad de una bufanda. Cuando Ana sale a la calle con una jarra de limonada, los pintores interrumpen al unísono sus tareas y, se acercan, con disimulada impaciencia. Son tres estudiantes de Bellas Artes –dos hombres y una mujer– que no sobrepasan los veinte años. Están pintando un mural: una cafetería con libros, una tarima con un piano, una guitarra acostada en un estuche abierto y, en una mesa, un anciano de barba caudalosa hablando a los parroquianos. Luego de tomar casi de un trago el primer vaso, uno de los pintores pregunta a Ana por el nombre del café. Ella contesta que la historia es muy larga: «Para una novela».
Osvaldo, un amigo del barrio, «un libertario, pero de verdad»–cree registrar un leve sobresalto en uno de los jóvenes–, la convenció de abrir un lugar donde se sienta que la cultura es algo vivo y se defiendan las palabras para que no pierdan definitivamente su sentido. El muchacho que hizo la pregunta asiente, no del todo seguro de haber entendido, y se sirve un segundo vaso de limonada.
—¿Y qué esperás para abrir el café? —le preguntó aquella vez Osvaldo, cuando le devolvió a Ana un enorme fajo de hojas atado por una cinta roja. Era un manuscrito que Ana había heredado y en el que se contaba la historia de dos familias alemanas, los Pringsheim y los Mann.
—Hasta tenés el nombre.
—¿Cuál? —preguntó Ana.
—Lo vas a descubrir sola.
Desde hacía mucho, Ana quería abrir un café en el local que había comprado con el dinero que le deparó la venta de su casa. Las recurrentes crisis del país le hicieron posponer la decisión. «Mejor esperar a que escampe un poco», se aconsejaba a sí misma, cada vez que la asaltaba la tentación de poner manos a la obra. Pero no sólo no escampaba nunca, sino que los nubarrones se iban volviendo cada vez más espesos. Eso, sumado a la falta de descendencia –y de pareja estable–, y su condición de reciente jubilada, la empujaron, finalmente, a esta aventura. Sabía que no sería fácil, pero tenía un corazón paciente y confiaba que el sueño daría silenciosamente sus frutos. La lectura de aquel manuscrito la terminó de decidir, como si en su cerebro encajaran repentinamente todas las piezas de un rompecabezas. Fue un empujón irresistible, una bofetada que le abrió definitivamente los ojos.
—Me gustaría construir un espacio donde nos sintiéramos menos solos, donde podamos encender un fueguito para pasar este invierno que posiblemente dure varios años —le dijo Ana a Osvaldo aquella tarde.
Al otro día, ya había llamado a un maestro mayor de obras para empezar con los trabajos. Y a los pocos días una cuadrilla empezó a remodelar esa casa derruida que compró con tantas dudas –y deudas–, porque si bien siempre tuvo el sueño de abrir un café, nunca había tenido un negocio, y con más de sesenta años iba a tener que familiarizarse con los secretos manejos de un comercio, los resortes íntimos de una actividad que debía aprender como un idioma abstruso cuyas reglas estaba demasiado percudida para asimilar con rapidez. Quería reducir las complicaciones al mínimo. Por lo pronto, ella y Esteban –un sobrino que la ayudaría en la cocina– serían todo el personal hasta que el negocio creciera.
El manuscrito había llegado a manos de Ana porque había pertenecido al abuelo Helmut, quien lo había guardado en una valija que pasó, primero a manos de sus padres, luego, a las de ella, sin que nadie se hiciera demasiadas preguntas acerca de su contenido. Solo sabía que estaba escrito en alemán y que contaba la historia familiar del gran amigo del abuelo, Erik Pringsheim –con quien había quemado las naves en Alemania para radicarse en Argentina–, y la historia de la familia a la que se había unido la hermana de Erik, casándose con una de las grandes celebridades de las letras del siglo veinte.
El abuelo hablaba poco de esa historia, pero la escribió minuciosamente, investigando los detalles, carteándose con los protagonistas, reconstruyendo laboriosamente todo lo contado en las interminables noches heladas de la Patagonia, con la concentración de un poseído, y sin otra compañía que una vela que lloraba sobre un platito sus lágrimas calientes. A veces, una hogaza de pan y un mate cocido eran su único alimento. Otras, ni eso.
Ana apenas si sabía que Erik había sido cuñado de Thomas Mann, un escritor al que admiraba profundamente. Muchos años después, cuando pudo descifrar esos escritos –gracias a la traducción de Osvaldo–, descubrió que la persona que más le interesaba de esa saga familiar, no era aquel escritor consagrado, sino una mujer, sepultada bajo la pesada sombra del Premio Nobel, inmovilizada en su condición de hija, y que Ana descubrió –desde un primer momento–, iba a tener una importancia fundamental en su propia vida: Erika Mann.
Durante años, ese mamotreto, fue acumulando polvo, ácaros, hongos, y marchitándose con el lento avance de la humedad. Hasta que un día, Ana decidió resucitar ese legado, único vínculo que la unía al viejo anarquista que se marchó de Alemania para recalar en la Patagonia, donde se salvó milagrosamente de los fusilamientos de 1921.
Recordaba vagamente al abuelo. Un rostro curtido con facciones que parecían esculpidas a cuchillo; una mirada rasgada y azul clavada a algo que sospechaba perdido para siempre, hasta que un mate interrumpía la meditación y lo volvía de este lado, para aportar apenas monosílabos, palabras confusas, o frases enteras en un alemán en el que se había vuelto a encerrar de viejo y que pronunciaba con voz de fantasma acatarrado. Siempre iba de visita por poco tiempo a la casa familiar, como para dar una prueba de vida. Detrás de sus maneras hurañas de hombre acostumbrado a la soledad, había cierta ternura recóndita que le alumbraba los ojos desde muy adentro. Pasados los ochenta años, seguía ejerciendo el oficio de zapatero remendón, en un cuartucho abierto al frente de su casa, inundado de olor a cola y cuero, con la boca llena de clavos, el martillo empuñado con fuerza, y una habilidad con las manos que parecía no perder nunca.
Un día Helmut apareció en la casa familiar, y pareció que en esa semana transcurrida desde la última vez que lo vieron, le había caído bruscamente encima un baldazo de años, se percibía un temblor en la voz que antes no le conocían, una imprecisión en los movimientos y una preocupante vacilación en las piernas. Los padres de Ana intentaron convencerlo de que se quedara definitivamente con ellos, pero solo lograron enojarlo y hacerlo proferir la amenaza de no regresar más. Se resignaron a entender que ese hombre necesitaba estar a solas consigo mismo para saldar misteriosas cuentas pendientes.
Helmut se había dejado arrastrar a la Patagonia por su amigo, Erik Pringsheim, con vagos argumentos y promesas: aire virgen, sangre nueva, emociones y descubrimientos que cambiarían para siempre sus días. En definitiva, una vida para inventar con las propias manos cada mañana. Los dos habían soñado con ser escritores y se mintieron que, del otro lado del océano, los estaban esperando las historias que los harían famosos.
Erik, hastiado de una vida que apestaba a previsibilidad, decidió cortar de un tajo las amarras. No le costó convencer a su amigo, quien también quería huir de ese destino que parecía tener prefijado en Múnich. Una vez llegados a Buenos Aires, alguien les habló de la inmensidad desierta de la Patagonia, un lugar en el que todo estaba por hacerse y en el que se podía conseguir trabajo fácil en las estancias. Así, de pueblo en pueblo, fueron llegando a Santa Cruz y se radicaron en un rancho con paredes mordidas por la humedad que apenas si podían protegerlos del viento. Allí sus caminos se bifurcaron. Una noche, después de mirar largamente el rojo furioso cubriéndose lentamente de cenizas en el brasero de lata, Erik le comunicó su decisión: a la mañana siguiente se iría más al sur. No dio cuenta de los motivos. No hizo falta. Los dos sabían que padecía de una pulsión aventurera que no le permitía estarse quieto en un lugar por mucho tiempo, y ahora lo llevaba vaya a saber dónde, lo más probable, conchabarse como peón en una estancia, y después volver a perderse en una lejanía de la que nunca regresaría.
Erik se marchó con un bolso pequeño, en el que guardó unas ropas y algunos recuerdos muy queridos. La valija se la dejó a Helmut. Estaba llena de cuadernos de todos los tamaños escritos hasta la última hoja, multitud de papeles atados con un cordel, anotaciones dispersas, muchas cartas de distintos remitentes. «Me voy a mi futuro, te dejo mi pasado», le dijo señalando con la cabeza la valija. No agregó nada, no hacía falta. Como si hubiera mediado un pacto anterior a las palabras, un mandato que Helmut comenzó a cumplir a los pocos días de irse Erik.
Helmut tardó un tiempo en darse cuenta que toda esa catarata de hojas escritas que quedaron encerradas en una valija, era la materia prima que su amigo le había legado para que saciara, por fin, las hambrientas ganas de escribir una historia que había traído de Alemania. Eso le quedó de Erik, y una foto de los dos, en Múnich, tomada cuando eran adolescentes y que Helmut pegó con una chinche en la pared sucia de la habitación.
Se quedó envuelto en su indómito aislamiento y retomó el oficio que había visto ejercer a su abuelo: zapatero. Sus ojos agrandados de niño habían sabido de los martillazos diestros sobre la suela, la sabia insistencia de la lezna, el lugar exacto de los clavos y el golpe preciso. «Algún día seré zapatero», dijo, ante la mirada burlona del abuelo que detuvo por un momento su tarea. Lo que no sabía aquel lejano día, es que estaba diciendo la verdad. No era una ocurrencia de niño sino una profecía.
Pero paralelamente a su oficio de zapatero, Helmut se dedicó a levantar un edificio desde la primera piedra: escribir la historia familiar de los Pringsheim y los Mann. Era consciente que habría muchos pormenores seguramente irrecuperables, pero los largos relatos de su amigo, la valija llena de información, y lo que pudiera seguir averiguando, bastarían para reconstruir esa historia familiar cuyo sentido último se le escapaba, pero que necesitaba contar como una necesidad íntima e inexcusable. Era como construir una casa de recuerdos que su amigo pudiera habitar para siempre. Un santuario donde reanudar la íntima conversación estimulada durante horas por la verde paz burbujeante de esa infusión que desconocían en Alemania pero que en Argentina hicieron prontamente suya. Una manera de seguir estando con Erik, sentir su voz hipnótica desplegándose como una manta abrigándolo en la espera vacía de un desierto interminable.
Un día, Helmut fue a hacer una compra al almacén del pueblo y conoció a una mujer, Nora, cuyos ojos tenían una delicadeza acuática. Le gustó la manera en que ella le sostuvo la mirada mientras guardaba la mercadería en una bolsa, pero la despedida no pasó de un ceremonioso estrechar de manos. La segunda vez, se rieron con algunas bromas que él hizo. Ella no solo le sostuvo la mirada, sino que se dejó acariciar al descuido la mano mientras guardaban las cosas. A la tercera vez, él le propuso vivir juntos en su rancho. Al rato, ella ya estaba arreglando la casa como si hubiera suya desde siempre.
Nora, le encendió a Helmut el deseo, le hizo sentir que había un camino muy largo para andar, y lo convenció que el hijo que estaban esperando merecía mucho más que esa soledad donde el viento es un aullido interminable en los inviernos y un mar seco calcinado por el verano, donde todas las presencias humanas se disuelven en la distancia como humo y las pelusas errantes de los cardos enseñan a irse. La enfermedad de ella fue más excusa que motivo.
Cuando el médico les dijo que la enfermedad era seria y que Buenos Aires era el mejor lugar para tratarla, no dudaron, y al otro día ya estaban haciendo las valijas. Alquilaron un departamento barato en Constitución. Las cosas se sucedieron vertiginosamente, el cuadro se complicó mucho más rápido de lo previsto. Todo ocurrió en pocos meses: el nacimiento del hijo y la muerte de Nora.
Cuando Helmut enviudó, se mudó a La Plata, porque había quedado prendado de esa ciudad con idiosincrasia de pueblo, en donde terminó asentándose, abriendo una zapatería y criando como pudo a su hijo, al que llamaron Erik. A partir de la muerte de Nora los ojos de Helmut se llenaron de sombras y una fatigada tristeza lo acompañó desde entonces. Ya no volvería a ser el mismo, sólo sobrevivió de él una voluntad titánica de seguir escribiendo que, vista desde afuera, parecía una condena.
Con los años, y gracias a que Erik le había hablado de ella en algunas cartas, Helmut logró mantener una correspondencia regular con Erika Mann, quien fue llenándole los huecos, aportándole mucha información, y manteniéndolo al tanto de cómo había proseguido la historia familiar desde la partida de Erik. Por su parte, Erika no había podido conocer personalmente a su tío y quería saber todo sobre él, resolver el enigma de ese hombre que en lugar de prosperar en el papel de abogado brillante para el que parecía predestinado, había decidió irse lo más lejos posible de aquel orden asfixiante, para ya no volver a Alemania –porque estaba demasiado lejos y ya era demasiado tarde–, y quedarse a vivir –y seguramente morir– en un desierto en el que se perdería como un ahogado en el mar.
A cambio de toda la información que Helmut le fue suministrando, Erika le contaba las andanzas de la familia Mann, que para Helmut terminaron convirtiéndose en una obsesión que lo seguiría como una sombra mucho más grande que su propio cuerpo, intentando descifrar aquellas vidas como si fueran parte de su propia vida.
Revolvía en su memoria, investigaba todo lo que podía, trataba de poner más luz a lo que recordaba. Gracias a Erika pudo llegar a otros integrantes de la familia Mann –sobre todo Katia, hermana de Erik, quien oscuramente se sentía responsable de la ida de su hermano hacia una tierra apenas sospechada que solo podía ser habitadas por el olvido. Quizás fuera la culpa o la curiosidad la que mantuvo del otro lado del océano ese puente tendido por el que llegaba la información familiar que mantenía a Helmut actualizado.
Helmut se sentía un forastero en La Plata, nunca pudo adaptarse. Pero ya no tenía fuerzas para una nueva mudanza. Mantenía abierta la zapatería apenas un par de horas diarias, el resto del tiempo, se encerraba a escribir algo que parecía no estar destinado a nadie y que difícilmente pudiera interesar a alguien.
Había visto en la Patagonia cosas que le despellejaron el alma y de las que hablaba poco. Ana recordó escucharlo contar la historia de los fusilamientos de 1921. En esa oportunidad, se esforzó en hablar con claridad, masticando cada palabra con rencor, un odio frío y meticuloso que los años no lograron aplacar. Un odio que iba dirigido a otros, pero, también, a sí mismo. La sospecha de que Erik había sido uno de los fusilados, y la culpa de no haberlo convencido de quedarse con él. No tenía una sola información al respecto, solo conjeturas. Pero la larga ausencia y la inexplicable falta de noticias, las interpretaba como la confirmación categórica de sus más lúgubres sospechas. Tenía la recurrente pesadilla de estar allí, al lado de Erik, a punto de ser fusilados, pero Helmut conseguía escapar de esa manera misteriosa que sólo es posible en los sueños. Huía sin dar vuelta la cabeza luego de escuchar las detonaciones, y despertaba agitado por la carrera. Desde que la culpa comenzó a aparecerse en sueños, Helmut no hizo otra cosa que huir. Siguió huyendo durante toda su vida: del sonido de los disparos de los fusiles, de las imaginadas caras de las víctimas que caían con su mueca final, de sí mismo dispuesto a enjuiciarse y condenarse. Y siguió huyendo cuando se casó con Nora y enviudó temprano y se hizo zapatero como si fuera un destino traído de Alemania y siguió huyendo cuando crio solo a un hijo que lo terminaría llenando de nietos y huyó más lejos aun cuando se recluyó en su habitación donde se dedicó a hacer lo único que parecía dar sentido a lo que le quedaba de vida: continuar lo que había iniciado su amigo. Seguir escribiendo, interminablemente, esas páginas sobre cuyo contenido nadie podía enterarse, porque él contestaba solo con un fastidiado balbuceo o un gruñido, cuando alguien le preguntaba. Manuscrito que fue volviéndose voluminoso y que guardaba en la misma valija raída con la que su amigo había llegado a Argentina –y con la que, de alguna manera, él lo hacía regresar a su tierra de origen.
Un verano, Ana decidió abrir la valija, tomar esa fiebre de papeles desesperados de humedad y desparramarlos en el piso, conservando el orden de las páginas que tenían el color del tiempo, crocantes de antigüedad, que cubrieron enteramente el piso del departamento –con apenas un estrecho caminito que le permitía continuar, aunque muy acotadamente, su vida cotidiana–, hasta que el sol que entraba a oleadas por las ventanas y el delicado plumereo con un pincel, dejaron a ese Everest de papel en condiciones de ser leído sin peligro de alergia y picazones. Faltaba lo principal: escalarlo.
Estaba escrito en alemán. Idioma del que Ana no tenía la menor sospecha, ni voluntad de aprenderlo. Llegó a creer que enterarse de lo que allí se contaba era una posibilidad abolida para siempre, hasta que descubrió que nadie hace tan bien las cosas como el azar. De alguna manera, al adecentarlo, ese papelerío había dejado de ser algo polvoriento, remoto y ajeno, y se volvió, de manera misteriosa, una historia que le incumbía.
Alguien le comentó que, a pocas cuadras de su casa, vivía desde hacía mucho, un profesor de alemán, Osvaldo, un viejito con el que a veces coincidía en la verdulería y que tenía ojos de refinada maldad con ráfagas de ternura, capaz de leer con fluidez en alemán –porque había sido su lengua materna–, y que se ganaba la vida como traductor y profesor de literatura germánica en la Facultad de Filosofía y Letras.
En 1958, Osvaldo se radicó en Esquel, donde fundó un periódico autodenominado el «primer periódico independiente de la Patagonia», que llevaba como subtítulo: «Contra el latifundio. Contra el hambre. Contra la injusticia». La publicación solo duró ocho números. Su defensa exacerbada de los derechos de los mapuches le valieron las iras de los latifundistas de la zona, quienes lo expulsaron de la provincia a punta de pistola. Se dedicó a investigar –y dar a conocer, en su cátedra de Historia– la vida de Severino Di Giovanni, Simón Radowitzky, Kurt Wilckens y tantos otros anarquistas que, sin sus pesquisas, hubieran sido sólo nombres en el museo de cera de la truculencia o muertos anónimos que –como él decía– habrían sido arrojados a la fosa común de la historia donde van los pequeños ladrones, los muertos en eterna borrachera, las putas envejecidas en la pobreza, los piojosos encontrados en los basurales, las sirvientitas muertas en abortos ilegales.
Cuando Ana le entregó a Osvaldo el manuscrito para su traducción, estuvo un par de meses sin verlo. Pensó que había enfermado. Llegó a preocuparse: no contestaba el teléfono ni atendía el timbre de la casa. Al tiempo, apareció como si nada, y le extendió el manuscrito atado con una cinta roja, dentro de un inmenso sobre de papel madera. Sacó de su morral otro paquete: la traducción. Luego de un silencio teatral, dijo:
—Es un tesoro.
La sonrisa de Ana irradiaba orgullo.
—Me llevó tiempo traducirlo. El tiempo que puede llevar a una hormiga darle de comer a un elefante.
Le extendió los paquetes.
—Evidentemente, por la diferencia en la caligrafía, está escrito por dos personas distintas, pero siempre con una escritura muy cuidada, aunque llena de corchetes y asteriscos con aclaraciones.
Con la euforia de quien ha descubierto un yacimiento oculto, agregó:
—Impresiona conocer las intimidades de una de las mayores catedrales de la lengua alemana. Asomarse a lo que ningún biógrafo pudo. Pero lo más sorprendente es que el protagonista principal no es él, sino su hija, Erika.
No bien se quedó sola, Ana empezó a leer la traducción –hecha con una caligrafía tan esmerada como la del original–, que le abrió un mundo a cuyos personajes llegaba siguiendo el hilo sinuoso del tiempo y que, a partir de esa tarde, poblarían su imaginación, como los últimos sobrevivientes de una isla que solo se puede mantener a flote en la memoria.
Tenía razón Osvaldo, una figura se fue recortando con una nitidez enceguecedora, una mujer cuyo retrato fue a buscar inmediatamente a internet, y a quien le pareció reconocer como a una vieja conocida, un familiar que se hubiera extraviado hacia atrás en el tiempo: Erika Mann.
Erika era una de las hijas de Thomas Mann y Katia Pringsheim –hermana de Erik–, quien en 1933, ante el avance irrefrenable del nazismo, abrió en Múnich un café cultural que funcionó como espacio de resistencia cultural, al que llamó El Molino de Pimienta.
Desde que Osvaldo le dio el material habían pasado varios meses.
Cuando aquella mañana Ana volvió a salir a la vereda, los estudiantes de Bellas Artes estaban pintando las últimas letras del nombre del Café. Uno de los muchachos la miraba con el pincel goteando sobre el tarro de pintura que sostenía con la otra mano. Con la mirada le pidió el veredicto. Ella, callada, tomó distancia, para mirar la obra en perspectiva. Parada casi sobre el cordón de la vereda miró el mural. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato apretando los labios. El muchacho estuvo por hacer una pregunta que calló, cuando vio que por la cara de Ana las lágrimas abrían dos tajos cayendo sobre una sonrisa de tristísima felicidad. Osvaldo le pasó una mano por la espalda deletreando triunfalmente: El Molino de Pimienta. Ana sonrió. El sol jugaba en el brillo de esa sonrisa.
Ana entrevió con sus ojos nublados unos dedos largos –que le parecieron de mujer– apoyados suavemente sobre su hombro, confortándola.
—Llegó el momento de llamar las cosas por su nombre. Encender la mecha que incendie esta farsa.
Dijo Osvaldo retirando la mano del hombre de Ana, y bajando el tono de su exaltación –sabía que a ella no le gustaban las pontificaciones–, siguió hablando:
— Seguramente lo que podamos hacer será poco. Pero hacerlo ya será mucho.
Osvaldo ya no podía detenerse, era mucha la bronca acumulada, la necesidad de no arriar ninguna bandera:
—No podemos permitir que se llamen a sí mismos libertarios los que no vacilarían en apalear y encarcelar a los libertarios de verdad.
—Libertad —dijo Osvaldo luego de una pausa, y la palabra sonó como traspasada por un rayo de luz—. No tenemos que dejar que la palabra «libertad» quede deshonrada para siempre. Se están vaciando de sentido las palabras fundamentales, volviéndolas ruidos inofensivos.
—Empezando por la palabra democracia —aportó Ana.
—¿Qué es hoy la democracia? Un mecanismo viciado, donde gobierne quien gobierne siempre mandan los mismos. Una palabra cansada, hueca, pura resignación.
—Nunca resignados. Nunca dejarnos convencer que nos han vencido —dijo Ana en un susurro que era también un juramento.
—Si no, nos terminaremos convirtiendo en el Comala de Rulfo, un pueblo muerto, solo poblado de voces gastadas, ecos, murmullos, fantasmas y sombras.
—Por eso, hay que seguir con nuestros asaltos furtivos, robando esperanza de donde podamos —dijo Ana con esa sonrisa desafiante que Osvaldo conocía muy bien.
—Porque los que tienen razón están equivocados.
Ana se frota las manos para darse calor.
—Hay que hacer un fueguito alrededor del cual podamos juntarnos.
—Como nuestros antepasados que alrededor del fuego inventaron un lenguaje para entenderse —asintió Osvaldo.
—Tenemos la obligación de que las palabras que dan sentido a nuestra vida no se cubran de barro y vergüenza —urgió Ana.
—Si no, nos quedaremos sin palabras cuando más las necesitemos.
—Estos tipos están pisoteando el lenguaje y dejándole la huella de su deformidad.
Osvaldo volvió a mirar el cartel del negocio que desde el día siguiente abriría sus puertas. Respiró profundamente. Era el primer aliento de una nueva vida. Las cejas se le contrajeron torvamente, le temblaba la voz:
—Erika estaría feliz.
Posiblemente fuera así. Lo cierto es que Ana sí estaba feliz, después de mucho tiempo.
Cuando Ana leyó el manuscrito –en el largo desvelo de interminables noches–, decidió a un tiempo tres cosas: abrir el café, llamarlo El Molino de Pimienta, y empezar a acumular fuerzas para hacer lo que nunca creía que sería capaz: escribir. Esa historia no sólo merecía, sino que debía ser contada. Ella continuaría lo que Erik había iniciado y Helmut no había podido completar. Si bien había perdido mucha fuerza en el camino y, tenía el aliento muy debilitado para iniciar una travesía larga, iba a dedicar sus energías a contar lo que no merecía quedar inconcluso, terminar de dar forma esa materia prima que el azar había dejado en sus manos como una dádiva y que hablaba de ella misma más de lo que cualquiera podía suponer. A la mañana siguiente, ya había comprado un par de cuadernos grandes para ir anotando todo aquello que, con una fuerza que ya no podía controlar, pugnaba por volverse palabras.
Ana era una lectora omnívora que no podía respirar si no tenía un libro a mano. Había escrito algunos cuentos y poemas, pero sin ínfulas de formar parte del círculo de plumíferos. Estaba convencida que la literatura sería siempre lo que escribieran los otros. Pero esta historia que había caído en sus manos, parecía haberle llegado en una valija remitida por el destino. Si la palabra no le produjera alergia, podía decir que se le había asignado una misión a la que no podía rehuir. «A los 65 años, viruela», se repetía, casi con coquetería.
Pero no se trataba solo de escribir. Abrir un café que se llamara El Molino de Pimienta, con el mismo sentido con que originariamente había sido creado hace casi un siglo, era plantar un desafío en tiempos de derrota. Una manera de dar cobijo a los que se atrevieran a decirle «no» a la barbarie, los que sintieran que la desgracia ajena les incumbe como un latigazo en su propia espalda. Un viento secreto la agitaba. Hacía mucho que no se atrevía a una audacia como ésta, se sentía una nadadora arrastrada por corrientes desconocidas, desandando el río del tiempo hacia una juventud que misteriosamente volvía a empujarle en la sangre. En los pliegues ocultos del pasado había muchas claves que permitirían comprender el presente. Era como si soldando aquel tiempo con este, confirmara que más allá de las diferencias hay una misma batalla que librar por la dignidad y los sueños, desde la certeza de que solo tiene las manos limpias el que no se lava las manos.
—Hoy es el comienzo de algo que nos dará sentido —dijo Osvaldo, mirando el cartel, con el convencimiento de quien hace los aprestos para iniciar una aventura esperada durante toda una vida. Hasta hace poco, creía que los días se le habían puesto definitivamente viejos, ahora tenía ímpetus de veinteañero.
Los tres pintores, Osvaldo y Ana, se quedaron viendo el frente del Café, compartiendo un silencio que poderosamente hablaba por ellos.
—Brindemos —dijo Ana trayendo una botella de vino en una bandeja con cinco vasos.
—Por los sueños que nos mantienen vivos —dijo Osvaldo alzando su copa—. Que no dejaremos que se pierdan entre las cosas perdidas.
—Por todos los que vendrán —dijo Ana, mirando a los tres jóvenes pintores y dejando, luego, que su mirada se perdiera en la lejanía. Y agregó:
—Por los que volverán…
Bebieron. Y luego del primer trago, Osvaldo continuó con la copa alzada:
—Por todos los que supieron que sin justicia no habrá tierra donde sembrar futuro. Por los auténticos libertarios, los que no permitirían que se prostituyera el sentido de la palabra libertad, y le devolverían su auténtico sentido. Contaremos sus historias, para que ellos, uno por uno, regresen, con nuevas caras, nuevos brazos, nuevas voces. Porque el olvido se lleva solo aquello que dejamos ir.
—¡Salud! —dijo una voz de mujer.
—¡Salud! —dijeron todos en dirección a Ana. Pero Ana se sobresaltó porque no era ella la que había hablado.
La voz –indudablemente de mujer– había sonado con un acento extraño, de erres arrastradas como piedras por la corriente de un arroyo. Ana recordó esos finos dedos de mujer que hacía unos instantes había sentido sobre su hombro, y alzó la copa.
—¡Salud! —dijo Ana, horas después, alzando una copa, en su cama, con el manuscrito en su regazo, dispuesta a leer una vez más esa historia que el abuelo Helmut, sin sospecharlo, le legó como una memoria que era, al mismo tiempo, un futuro. Una historia que ella ayudaría a poner de pie sobre la tierra, reconstruyéndola según la lenta albañilería de la imaginación. Hacer que la memoria arda como una llamarada, quemando fechas, nombres, lugares, episodios, datos, señales, y al retirarse, en lugar de cenizas, deje una casa de fuego en la que ya no pueda entrar el olvido. Una casa que llevará por siempre el nombre de Erika Mann y su Molino de Pimienta. Pero para entenderlo debía empezar una vez más por el principio, remontar el hilo que el abuelo Helmut desenrolló en el laberinto del tiempo, hasta llegar a su amigo, Erik Pringsheim, con quien se fue de Alemania para entregarse a la incertidumbre de estas tierras. Ana se caló los anteojos y comenzó a leer.
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