Terrestre: viajar para no quedarse quieto

Terrestre
Cristina Rivera Garza
Random House, 2025

POR EZEQUIEL VELÁZQUEZ MEDINA


Las páginas de Terrestre, de Cristina Rivera Garza, no llevan al lector de un lugar a otro para mostrarle paisajes, ciudades o carreteras: lo llevan de una edad a otra, de un cuerpo a otro, de la memoria a la invención, de aquello que ocurrió a aquello que pudo haber ocurrido. Y en ese desplazamiento permanente está buena parte de su fuerza.

Terrestre reúne siete relatos que se resisten a ser clasificados. Son relatos de viaje, sí, pero también crónicas, recuerdos, ejercicios de imaginación y piezas de una autobiografía que nunca termina de confesarse. La propia estructura del libro parece decirnos que las etiquetas literarias sirven poco cuando una escritora decide moverse con libertad entre ellas.

Rivera Garza no escribe aquí desde la comodidad del recuerdo. Escribe contra él. O, mejor dicho, utiliza la memoria como quien entra en una habitación a oscuras: tocando las paredes, buscando una salida, aceptando que cada objeto puede conducir a otra historia. Los viajes que aparecen en el libro pertenecen en buena medida a la juventud de la autora, pero la juventud que regresa a estas páginas no es una postal sentimental. Es una edad peligrosa, insolente, físicamente expuesta al mundo. Una edad en la que todavía parece posible escapar.

Y precisamente ahí está una de las claves de Terrestre: escapar es también una forma de resistencia.

Sus protagonistas —jóvenes, fundamentalmente mujeres— se desplazan por carreteras, autobuses y trenes, atraviesan territorios y fronteras, ocupan espacios que no necesariamente les pertenecen y convierten el movimiento en una declaración de existencia. No viajan para llegar. Viajan porque quedarse quietas sería aceptar las reglas de un mundo que ya ha decidido cómo deben comportarse. La autora ha explicado que los textos nacieron de recuerdos de sus propios viajes juveniles y que, con el tiempo, descubrió que todos compartían hilos como la juventud, la amistad, el recorrido terrestre y la experiencia de cuerpos femeninos enfrentados a un mundo hostil.

Eso hace que el libro tenga una energía particularmente física. Aquí se camina, se corre, se espera, se cruza, se duerme, se observa. El cuerpo no es un accesorio de la narración: es el lugar desde donde se experimenta el mundo. Y es también el territorio que el mundo intenta controlar.

Pero Terrestre no es un libro sobre mujeres víctimas. Esa diferencia resulta fundamental. Después de El invencible verano de Liliana, donde Rivera Garza reconstruyó la vida y el feminicidio de su hermana y ganó el Premio Pulitzer de Biografía en 2024, habría sido fácil esperar otra exploración de la violencia contra las mujeres. Sin embargo, aquí la autora desplaza el foco. Le interesa imaginar a las jóvenes que siguen adelante, las que viajan, se equivocan, desean, se rebelan, se ríen, hacen amistad y ocupan el mundo antes de que el mundo pueda convertirlas en una estadística.

Por eso el libro tiene algo de celebración, aunque nunca sea una celebración ingenua. Hay alegría, pero debajo de ella permanece la conciencia del peligro. Hay libertad, pero una libertad que sabe cuánto cuesta. Hay amistad, pero una amistad que aparece como refugio frente a un exterior imprevisible.

La gran virtud de Rivera Garza está en que no necesita explicar demasiado. La forma piensa por ella.

Las narraciones se desplazan, cambian de perspectiva, mezclan tiempos y voces, introducen documentos, referencias literarias y zonas de incertidumbre. El lector no recibe siempre un camino perfectamente señalizado. A veces se encuentra en una carretera sin saber exactamente quién conduce. Y esa incertidumbre no constituye un defecto: es parte del proyecto. Terrestre ha sido leído precisamente como un libro que desarma las fronteras entre cuento, crónica de viajes y relato confesional.

Rivera Garza escribe además con una sintaxis que parece negarse a detenerse. Sus frases avanzan como los propios viajes del libro: se ramifican, cambian de dirección, acumulan imágenes y continúan cuando uno cree que deberían haber terminado. Es una prosa que exige atención, pero que también recompensa esa atención con momentos de verdadera intensidad.

El resultado es extraño en el mejor sentido de la palabra: un libro sobre el movimiento que consigue hablar de la permanencia; un libro sobre la juventud escrito desde la distancia de los años; un libro sobre el viaje que, en realidad, habla de la memoria.

Porque todo viaje termina siendo un viaje hacia atrás.

Uno puede atravesar México, cruzar una frontera, subir a un autobús o mirar por la ventana de un tren, pero tarde o temprano el trayecto desemboca en aquello que uno lleva consigo. La carretera no elimina la memoria: la despierta. Cada paisaje puede convertirse en un detonador. Cada ciudad puede devolver una voz. Cada estación puede abrir una puerta hacia una versión anterior de nosotros mismos.

Ahí Terrestre deja de ser solamente un libro sobre la juventud de unas mujeres y se convierte en algo más amplio: un libro sobre la imposibilidad de regresar exactamente al lugar del que partimos.

La tierra del título importa. No es una palabra ornamental. La propia Rivera Garza ha explicado la relación entre los pies y la tierra: necesitamos tocarla para avanzar, necesitamos arraigo para poder desplazarnos. Y esa paradoja recorre todo el libro. Para irnos necesitamos un lugar del que partir. Para transformarnos necesitamos una memoria. Para ser libres necesitamos reconocer aquello que intenta sujetarnos.

Quizás por eso la palabra «terrestre» termina adquiriendo un significado más profundo. Somos terrestres porque tenemos cuerpo, porque caminamos sobre una superficie, porque estamos sometidos al tiempo, porque envejecemos y porque todo viaje tiene un final. Pero somos también terrestres porque pertenecemos a los otros: a las amistades, a los lugares, a las historias que nos precedieron y a las que dejamos atrás.

Rivera Garza consigue que esa condición terrestre no resulte una condena, sino una posibilidad.

Su literatura no pretende elevarnos por encima del mundo. Hace exactamente lo contrario: nos devuelve al suelo. A los cuerpos. A las carreteras. A los miedos. A las amistades. A la juventud que ya no volverá. A los lugares que creíamos olvidados.

Y acaso esa sea la verdadera radicalidad de este libro: no escapar de la tierra, sino aprender a moverse dentgro de ella.

Terrestre es, en definitiva, un libro de viajes que no confía demasiado en los destinos. Lo importante no es llegar. Lo importante es haber estado en movimiento. Haber compartido el camino. Haber mirado por la ventana. Haber tenido miedo y haber continuado. Haber descubierto, mientras avanzábamos, que la memoria también es una carretera y que cada persona que fuimos sigue viajando dentro de nosotros.

Cristina Rivera Garza escribe desde ese lugar incómodo donde el pasado no desaparece y el presente todavía no sabe qué hacer con él. Su apuesta consiste en convertir esa incomodidad en literatura.

Y lo consigue.

Porque después de leer Terrestre queda una certeza difícil de sacudir: viajar no siempre significa alejarnos de un lugar. A veces significa acercarnos, por fin, a la persona que fuimos.