(Cuba, 1958) Escritor cubano exiliado, autor en los géneros de periodismo investigativo, ensayo, narraciones y novelas. Entre sus libros destacan La tabla, una abarcadora novela sobre la sociedad isleña, y Los naipes en el espejo, un ensayo sobre la historia de los partidos políticos estadounidenses que augura además el triunfo electoral de Donald Trump en 2016 y un profundo cambio de época en el mundo occidental. De Armas fue incluido en el libro de entrevistas y valoraciones sobre vida y obra de pensadores, escritores y artistas, tanto de Occidente como del Oriente, titulado Scrittori, artisti, Spirali, Milán, 2009. Ganador del Premio de Narrativa Reinaldo Arenas 2017 con la novela El Guardián en la Batalla. En 2018 es reconocido por el Centro UNESCO de Cultura de Puerto Rico debido «a su incansable labor cultural manifestada en cada una de sus obras literarias e históricas que incluyen ensayos, relatos, cuentos, novelas y testimonios, entre otros». En 2020 se alza con el Premio Ensayo Ego de Kaska de ese año por su libro Realismo metafísico: un texto mistérico acerca de la creación literaria.
Este próximo 7 de julio se cumplirán 93 años de la muerte, en 1930, del escritor escocés Sir Arthur Ignatius Conan Doyle, celebérrimo por fomentar al más famoso detective ficticio del mundo, Sherlock Holmes, personaje poderosamente psicológico a la hora de armar el rompecabezas del aparente azar para resolver satisfactoriamente el misterio detrás del crimen.
Por si fuera poco, Conan Doyle no fue sólo un escritor de éxito, sino también médico y ocultista de marca mayor, específicamente en la esfera del espiritismo.
El padre del futuro autor era alcohólico, no anónimo sino consuetudinario, y cuentan los biógrafos que resultaba rara la ocasión en que el pequeño Arthur arribaba al hogar, si es que así se le podía nombrar, y que su progenitor no estuviese ebrio hasta la misma médula.
Así, su madre, viendo cómo su marido se bebía el sueldo, decidió ponerse a trabajar para enviar a su hijo más pequeño a la Escuela Preparatoria de los Jesuitas en Hodder Place, en Stonyhurst, con sólo nueve años de edad.
Arthur, nacido en mayo de 1859, terminaría así estudiando medicina, graduándose en 1881 a los 22 y especializándose en lo naval para recibir el doctorado 4 años más tarde.
Pero su pasión no fue la medicina sino la escritura y, enseguida, el espiritismo, no como pasión, sino como búsqueda de sentido a una existencia que se le antojaba ahíta de dolor y de deseo; de la fórmula cuasi matemática, matemática y metafísica, en que a una dosis de deseo, de cumplimiento del deseo, corresponde una dosis de dolor en el negociado de la vida.
Se cuenta que ya para los años comprendidos entre 1885 y 1888, el autor participaba en sesiones espiritistas donde las manifestaciones del más allá se daban mediante el procedimiento de poner un vaso bocabajo sobre la superficie de una mesa en que las puntas de los dedos de los médiums, puestos en el borde del fondo, hacían mover el vaso que así va mostrando los mensajes de ultratumba al marcar las letras del abecedario previamente trazado en la madera.
Se cuenta también que con resultados exitosos realizó por ese tiempo sus propios experimentos de telepatía con un allegado.
Pero, era sólo el inicio, la práctica en serio del espiritismo empezaría para el escritor cuando, enlistado como soldado en la Primera Guerra Mundial, recibe la noticia de la muerte de su hijo menor, Kingsley, aquejado de pulmonía. Entonces procuró buscar una respuesta, no en la ciencia que no había podido preservarle al hijo sino en el espiritismo que lo abocaba a la posibilidad de la comunicación con los muertos; con el hijo muerto.
Conan Doyle aseguraba haber podido escuchar la voz de su hijo muerto, o pasado a mejor vida según el espiritismo, en una serie de sesiones con un médium y, posteriormente, escribió que había apreciado la aparición de su madre y de un su primo, no aclara si juntos o por separado, y que aparecían ante sus atónitos ojos con la misma prestancia de los vivos; de la sobrevida.
Paralelo a la práctica espiritista, Conan Doyle no sólo escribía novelas policiacas sino que se adentro en la escritura de libros como La guerra de los Bóers y artículos de profundidad ensayística como La guerra en el sur de África: causas y desarrollo, obra que fue ampliamente traducida y que a la larga provocaría que le nombraran Caballero del Imperio Británico, en 1902, otorgándole así el tratamiento de Sir, además de obras de estudios espiritistas como La nueva revelación, El mensaje vital y Historia del espiritismo; ésta última publicada en 1926.
Los últimos años de su vida, el autor los dedicó a promover el estudio y la práctica del espiritismo y, en Londres, mantuvo durante mucho tiempo un museo de la doctrina espiritista y una librería que se especializaba en literatura de la índole ocultista y, por si fuera poco, viajaba sin descanso por todo el mundo para pronunciar conferencias en las que propagaba el conocimiento de lo ultramundano.
Labor que venía a facilitar su fama de escritor racional o, al menos, de autor que había creado un personaje, Holmes, epítome de lo racional, por lo que a sus presentaciones asistía un público enorme que, va de suyo, solía salir convencido de la nueva revelación de los muertos en un mundo que parecía morir de atiborramiento cientificista.
Paradójicamente, algunos han visto una manifiesta contradicción entre el personaje de Holmes, pletórico de pura lógica y lúcida reflexión, y su creador en tanto ferviente adepto del espiritismo. Error de apreciación, pues la lógica del personaje no parecía ser más que consecuencia de la antilógica del autor, si por antilógica entendemos el desarrollo de la intuición, la visión y la guía que provienen de la metarrealidad mediante el método del espiritismo; así, el poder psicológico del personaje a la hora de armar el rompecabezas del aparente azar en la resolución del misterio detrás del crimen no sería otra cosa que el poder psicológico del autor previa integración del oscuro inconsciente, de los muertos tutelares, con las ostentosas obligaciones del consciente, estudios científicos, para acceder no ya al sentido común sino al nada común suprasentido.
Guillermo «Coco» Fariñas, José Ángel Pardo (exprisionero político y escritor) y Armando de Armas durante la presentación de la novela.
La literatura carcelaria en Cuba tiene una ilustre tradición que va, al menos, de Martí a Montenegro, pasando por Pablo de la Torriente Brau y Arenas, extendiéndose así, entre otros, por vía de Jorge Valls, Ana Lázara Rodríguez, Huber Matos, Ángel Cuadra, Ernesto Díaz-Rodríguez y Rafael Saumel.
Se suman a la ilustre lista Regis Iglesias, Ricardo González Alfonso y Raúl Rivero. Más reciente, Jorge Luis García Pérez, Antúnez, y Guillermo «Coco» Fariñas.
La preponderancia presidiaria en la letra impresa no sería patrimonio de la isla, aunque la isla, ya saben, lleve su propio peso infernal. Como he escrito antes la novela moderna, expresión de libertad, pudiera deber su nacimiento a la prisión o, mejor, al hecho de que los escritores que la prohijaron pasaran por la experiencia de la prisión. Lo que por cierto no dice mucho de la modernidad como un periodo de libertades sin precedentes cual se nos ha hecho creer. La existencia de la novela moderna ilustraría las inextricables relaciones entre bien y mal; esas donde bien sirve para mal y, lo más interesante, donde mal sir ve para bien. De hecho, no ya la novela moderna, sino la historia misma de la literatura universal debe más al mal que al bien, a la guerra que a la paz.
La épica estaría en el origen de la literatura, pues sin épica no habrían surgido los cantares de gesta, ni epopeyas como la Ilíada y la Odisea de Homero, o la Epopeya deGilgamech, ni toda la posterior producción de obras literarias que, habiendo hecho de la humanidad una especie mucho menos pedestre, se deberían más a la saga que a la ciega, a la sangre que a la siembra.
El padre de la novela moderna no es otro que Don Miguel de Cervantes y Saavedra; pero la madre no es otra que la cárcel. Una estrafalaria relación en que la madre preña al padre. Mamá cárcel proporciona, penetra, preña a Papá Cervantes con un chorro, caudal de experiencias, la experiencia como semen, que parirá la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha en 1605, pero antes, en 1599, Mateo Alemán había parido la primera parte del Guzmán de Alfarache, un relato en prosa que por su realismo sin desdeñar lo psíquico podría ser el germen de la novela moderna; modelo en el cual se inspiraría Cervantes para la eficaz construcción del Quijote. Cervantes y Alemán se conocían entre sí y, a su vez, eran viejos conocidos en los ambientes del bajo mundo de Sevilla y, tanto el uno como el otro, habían ido a parar con sus huesos a la prisión sevillana. Alemán estuvo en la cárcel allá por 1580 y, en una segunda ocasión, allá por 1602. Luego, Alemán también sería penetrado, preñado por la experiencia presidiaria para parir su Guzmán de Alfarache.
Después, así, de Sade a Dostoyevski, de Wilde a Verlaine, de Santos Chocano a William Burroughs, las rejas parecerían propiciar a las letras en el mundo occidental.
Fariñas hace su aporte con la novela testimonial Cementerio de hombres vivos, Iliada Ediciones, Berlín, 2022. Para empezar, camino a la cárcel en un carro jaula, un “calor agobiante lo comenzó a maltratar: las planchas metálicas estaban muy calientes por el sol, afuera, y cuando se cansó de quitarse el sudor, pues los brazos le pesaban mucho, empezó a beber su propio sudor”.
Y continúa ya en el interior de la célebre cárcel de Manacas -cuyos paisajes achicharrados por el sol, aterran al novato en el talego como anticipo de lo que se va a encontrar dentro-, con una paliza a un preso que se niega a compartir con el asesino de su hermano:
“El apodado subteniente Verruga Aplanadora se le plantó frente al preso, a una distancia de un metro y medio más o menos, mientras los otros siete guardias lo comenzaron a rodear completamente, estrechando el círculo. El acosado, ante la inminencia del ataque, comenzó a voltearse para poder ver a los dos guardias que tenía a sus espaldas y, en cuanto dejó de mirar al subteniente Verruga Aplanadora, este le descargó un golpe del bastón de marabú directo a la cabeza, exactamente entre la oreja izquierda y ese mismo ojo, a la vez, que otro de los uniformados le asestaba un fuerte golpe a su pierna derecha, al nivel de la rodilla. Golpes aquellos que le hicieron perder el equilibrio y caer al suelo. Fue ese derrumbe como la señal para que todos, como máquinas de golpear, se ensañaran con él. Llegó un momento en que ya no reaccionaba a los golpes, parecía que había perdido el conocimiento. Entonces, el capitán Diosdado que estaba atento a todo lo que sucedía, les gritó; ─Paren y échenle un poco de agua, para que vuelva en sí… Ahí, el capitán Diosdado se le acercó y le preguntó con cinismo: ─Recluso Ampudia, ¿usted tiene enemigos aquí o va a compartir con Arroyo? A lo que aquel joven, llorando, pero con una mezcla de impotencia y dolor, le acotó: ─Sí, tengo enemigos aquí, y no voy a compartir con Arroyo. Bruscamente, el oficial se volvió a alejar mientras ordenaba al subteniente Verruga Aplanadora: ─Denle otra tanda, pero esta vez que sea hasta que se les cansen los brazos a ustedes. La pateadura continuó con mayor intensidad y rabia que la anterior. Ya se veía a los guardias sudorosos y jadeantes de tanto golpear”.
Luego la sobrevivencia, el aprendizaje del protagonista, Juan «El Johnny» González Febles, a manos de un catedrático de presidio:
«Mire, y con el mayor respeto hacia usted, le pregunto: ¿usted hoy separó los gusanos que tenía el arroz y no se los comió? ─Sí, Chispa, así mismo hice. Es que me dio mucho asco. ─Usted hace lo que quiera, pero en la prisión esos gusanos son proteína animal, y se comen. ─Es que me dieron mucho asco, de verdad. ─Mire, Licenciado, en una prisión vivimos momentos buenos y otros muy malos. Usted debe prepararse para todos los tipos de momentos, para que pueda sobrevivir y salir. ─Está bien, Chispa, trataré de seguir su experiencia. ─No, no, Licenciado, no es tratar, es obligarse a hacerlo, o si no, no va a sobrevivir aquí dentro”…
El libro agarra, garra presidiaria, y no te suelta al mejor estilo de las novelas negras, o de suspense, pendiente el lector de la próxima puñalada, de la próxima paliza, de desentrañar el misterio, los motivos por los que el protagonista, un intelectual que ha vivido en una burbuja, alejado de los bajos fondos, hasta ahora ciego por las melopeas marxistas, fiel al fidelismo, ha ido a parar al cementerio de los hombres vivos, pendiente el lector del próximo acto de trujanismo –por trujano, que es una corrupción de la palabra Trajano, del emperador Trajano, quien, afirman, era enfermo a los efebos, a sodomizar efebos-.
“Febles pudo observar cómo sacó su afiladísima cuchilla y se le fue acercando al joven Marquiño que, al ver el brillo de aquella arma blanca, comenzó a gritar desesperadamente, quizás pensando que iba a ser apuñaleado, que fue lo mismo que creyó Febles. Sin embargo, el Gordo del Cerro se arrodilló junto a él y comenzó a cortarle las ropas con la cuchilla. Primero, se dedicó a cortar la camisa sin mangas de color gris azuloso del uniforme reglamentario. Cuando le sacó toda la pieza superior del cuerpo, se vio una piel blanquecina y, para que no pudiera continuar gritando, la tela de la camisa se le introdujo a la fuerza, hecha un nudo, en la boca. A partir de ahí se dejó de escuchar la aterrorizada voz de Marquiño. Tras eso, el mandante se dedicó a picarle el pantalón corto del uniforme carcelario y, cuando tuvo en sus manos cada una de las 70 piezas en que lo rajó, entonces, con mucho cuidado para no dañarle su piel blanquísima, también le ripió el tacacillo. Todos pudieron ver el pene fláccido y los testículos de color rojizo de aquel que pronto sería abusado sexualmente. Febles permanecía incólume, viendo todo aquello, que le parecía algo onírico y hasta alucinante. Los violadores sabían lo que hacían, y por eso el Gordo les dijo, imperativamente: ─Bien, ya lo tenemos desnudito como vino al mundo. Ahora vamos a ahogarlo, para que pierda fuerzas y poder comérnoslo con más facilidad y sin que haga mucha resistencia. Al decir eso, tomó toda la ropa rota de Marquiño y la envolvió apretándola con fuerza entre sus manos, hasta transformarla en una especie de almohadilla de tela con la que comenzó a presionarle nariz y boca al muchacho, para que no le pudiese llegar bien el aire a sus pulmones. El agredido pataleaba y se contraía, e intentaba zafar sus aprisionados brazos, como si casi se llegara a ahogar. Pero, con mucha meticulosidad, el Gordo del Cerro siempre le quitaba a tiempo la improvisada almohadilla de tela, dejándolo tomar unas cortas bocanadas de aire, que eran bloqueadas nuevamente, algo que se transformó en un proceso repetitivo y cercano al cansancio. Poco después, Marquiño perdió todas sus fuerzas y ya no hubo que sujetarlo: estaba desmayado y tirado encima del piso desnudo. Entonces, el mandante se puso de pie y, con voz triunfante, les comunicó a sus matones: ─Arrástrenlo ahora y llévenmelo para el Jolonguero. Yo soy el primero que se va a singar a este pichón de maricón. Cuando yo termine con él, lo sacan del Jolonguero, se lo llevan para las duchas y allí se lo comen ustedes ─Les miró a la cara a cada uno de sus cómplices e hizo un gesto imperativo”.
El problema con los comunistas no es que sean malos, el problema es que además aspiran por todos los medios a que aplaudas su maldad, no es que controlen tu cuerpo, sino que pretenden controlar tu alma. Así ante uno de los tantos alardes de inminencia de invasión americana, piden a los presos: ─De eso ocurrir, ¿podemos contar con ustedes, los presos que se sientan revolucionarios y patriotas? Que levanten la mano los que de ustedes estén dispuestos a defender voluntariamente a nuestra Revolución Socialista.
Y ante tal desfachatez González Febles no levanta la mano y comienza con este gesto de rebeldía su doloroso derrotero hacia la disidencia, el entendimiento de la naturaleza demoniaca del sistema de los marxistas en el mejor sitio para entenderlo, el cementerio de los hombres vivos.
Allí en ese cementerio, mientras espera en una especie de proceso kafkiano a que alguien le aclare por qué ha ido a parar con su asombrada ósea a una tumba entre rejas, Febles es testigo de los más grandes abusos por parte de la guarnición, abusos y corrupción, al punto que algunos de aquellos matones endurecidos, pero con ciertos códigos de honor carcelarios, parecerían en comparación con sus custodios auténticos caballeros medievales. Proveniente de una prominente familia de profesionales médicos, alumno ejemplar en la ejemplar Lenin, licenciado en Filología y editor de un importante medio oficialista Febles permanece ahora en la ergástula convertido en un Caso Especial de la Oficina Especial del Alto Mando Histórico de la Revolución, qué es esa misteriosa y macabra mandancia, qué interés podría tener esa entidad en un aplicado pero simple hombre de letras, en qué ofendió a los históricos, histéricos, de la oficial oficina, qué tiene que ver en ello, si es que algo, su esposa Winnie –nombre que ostenta probablemente en honor a la terrorista Winnie Mandela, mujer de Mandela, muy de moda en la isla por aquellos años-, qué tiene que ver el vástago que viene en camino y del cual se entera el ex editor durante una visita a la cárcel de su madre donde, además, se entera que la Winnie ha abandonado el hogar tras dejar una sentida nota, qué pasa con Winnie, ¿es víctima o villana?, qué pasa con el vástago, ¿es hijo de la víctima o del verdugo?
Para enterarse, Febles, que ya no se fía del fidelismo y se ha crecido con valor estoico en medio de la ordalía, ha de llegar vivo o medio vivo hasta el final de la historia y, junto a Febles, el lector, quien entre apuñalamientos y palizas, estupros y trujanismos, inmerso en un estupor devenido estertor que emana y se extiende como lepra entre las letras, no podrá así apartarse del libro hasta saciar su sed de enigma; de solucionar el enigma.
Al final Febles será otro y el lector también.
La novela Cementerio de hombres vivos fue presentada en la Casa del Preso, en Miami, el 1 de abril de 2023.
El editor Angel Callejas, el autor Ariel Perez Lazo y el presentador Armando de Armas. Presentación del libro el 2 de diciembre de 2022 en Wesley United Methodist Church de Coral Gables).
Al final Roma no murió, sino que dio paso a la magna -siempre vilipendiada y nunca bien comprendida por los modernos- Edad Media, para montarse así en la ola de los nuevos ciclos culturales que venía a imponer el catolicismo.
Ariel Pérez Lazo entra, con La crisis de la cultura occidental: Revisitando un tema de Ortega y Gasset desde una perspectiva contemporánea, en el estrechísimo círculo de autores cubanos que a lo largo del tiempo hayan podido escapar al ontológico, a veces antológico y antojadizo, ombliguismo obnubilado del aldeano en su Barataria insular; parodiando al mismo Martí que está entre los que escapan vía el espiritualismo emersoniano, pero que así mismo regresa vía el positivismo político del iluminismo francés.