Además de la trama en sí, de la que luego hablaremos, en La Ciudad de los Desechos, última novela del autor cordobés Fernando López, sobrevuela la visión de una ciudad, es decir, la Córdoba actual, muy distante por cierto de la publicitada en bocetos de turismo o en la propaganda oficial del gobierno.
La novela viene a constituir el Episodio VI, de una saga de diez, sobre Philip Lecoq, un detective muy original, marginal que se expresa en ese particular dialecto o lunfardo cordobés. Ese dialecto del que nadie habla, pero que todos conocen, forma parte de la dicotomía existente entre “Córdoba la docta” y la “Córdoba popular”, que en su momento supo visibilizar la revista Hortensia, a través de las figuras de Negrazón y Chaveta. Dicotomía que con el correr del tiempo y las generaciones parecía que había menguado, aunque solo superficialmente, sino recordemos lo sucedido un miércoles 4 de diciembre cuando la huelga policial.
Córdoba ha tenido muchas visiones, a lo largo de su historia, la mayoría endógenas, ya que fueron efectuadas por personas que no eran nativos del lugar. La primera de ella es la reflejada por Domingo Faustino Sarmiento en su emblemático libro Facundo. El sanjuanino observa una Córdoba premoderna, encerrada, monárquica, colonial y monástica. “Un claustro, encerrado entre barrancas”, decía, por contraposición a Buenos Aires, abierta, amplia y moderna. Por supuesto esa visión estaba enmarcada dentro del debate de civilización o barbarie propuesto por su pluma.
Joaquín V González, riojano, asentado en la ciudad temporalmente, nos da una visión de una córdoba decimonónica luchando entra su tragedia de origen (el colonial, español, marcado sobre todo por la presencia de la orden de los jesuitas) y una ciudad que se avizoraba que iba cambiando, y sobre todo por la universidad, que le daba amplitud de miras y las incipientemente barriadas fabriles.
Igualmente el catalán Juan Bialet Masse, que se instaló en Córdoba a raíz del contrato para construir el Dique San Roque, observa una ciudad que va cambiando, dejando de lado su raíz colonial y transformándose en una urbe con gran energía, decía él quizás ingenuamente.
La Reforma Universitaria (1918) trastoco aquella visión primigenia de Sarmiento, contraponiendo una Córdoba civil, laica, abierta, universal.
Más cercanos a estos tiempos Antonio Marimón, en su libro El antiguo alimento de los héroes, (Ediciones Letras y Biblioteca Córdoba, 2010), nos muestra una ciudad totalmente distinta: se trata de la Córdoba obrera, fabril, insurgente, es la del Cordobazo, pero también de la dictadura feroz que azota sus calles desiertas.
En el libro de Fernando López, aparece una Córdoba sórdida. Es una ciudad irrespirable, merced al nauseabundo olor de las cloacas que estallan por todos lados. En donde coexisten una elite gobernante que habita los alrededores en cómodos y vigilados barrios cerrados, con marginales que viven de lo ilícito y demás trapisondas, conectados ambos mundos por una trama de corrupción y lazos de negocios non sanctos. Una Córdoba empobrecida en todo sentido: política, económica, social y culturalmente hablando.
Hay algo revulsivo en la novela de López. No es tan solo esa criatura, sedicente vampiro, que cuestiona toda conciencia “bien pensante” en cuanto al tema de la violencia de género, llevando toda la trama a una mezcla de terror, pesadez y oscuridad.
Todo un entramado social y cultural, que nuestro héroe logra descifrar, plagado de corrupción en todo nivel, en donde se destaca ese helicóptero que sobrevuela en noches gélidas o calurosas, la ciudad con el objetivo de vigilar y castigar aquellos seres potencialmente peligrosos para la seguridad provincial, ya sea por sus rostros, la gorra que portan, o simplemente por el azar del que apunta con la mira telescópica y de visión nocturna y desde el cielo actúa como juez y verdugo.
Una ciudad donde hay personas que consideran a otras como escorias y deben ser eliminadas. Pero ello lo hacen para ocultar otros negocios más peligrosos y obscenos para la sociedad. Su riqueza no es inocente.
Los personajes que rodean y acompañan a nuestro héroe suburbano están magistralmente dibujados por la pluma del autor. Asumen, en determinados casos, papeles cuasi protagónicos. Es el caso de la Yesi, compañera del detective, la Lore, ocasional amante o el enigmático CQ. Los mismos deambulan por arterias y lugares conocidas de nuestra ciudad, buscando así la complicidad del lector.
Una novela que provoca. Insolente. Que por momentos parece contaminarse de ese olor nauseabundo que está presente en todos lados, que traspone deliberadamente límites de todo tipo, que invita a pensar en donde estamos parados cuando nos dicen que ellos, -los del poder- representan el intereses de todos los cordobeses y que necesariamente pone en cuestión también la naturaleza del cordobesismo.
