Condiciones de una recepción castrista de José Martí

DEL LIBRO DE ENSAYO JOSÉ MARTÍ: FILOSOFÍA Y NACIÓN


NOTA EDITORIAL

El pasado 31 de mayo, a la edad de 75 años, murió en en la ciudad de São Paulo, Brasil, país donde residía desde hacía varios años, un referente de la investigación literaria y el pensamiento crítico en Cuba: el escritor, ensayista, profesor e investigador Luis Álvarez Álvarez.

Nacido en Camagüey en 1951, Álvarez Álvarez publicó más de 50 libros en Cuba, España y México; más de setenta ensayos en revistas de su país natal, de Brasil, España, Corea del Sur, Alemania y otros países, así como ocho prólogos en Cuba y Estados Unidos. Ha publicado numerosas reseñas críticas suyas en Cuba, España y Argentina. Ha obtenido el Premio Nacional de Literatura en Cuba, 2017; la Mención de Honor en el IV Concurso Hispanoamericano de Ensayo sobre Pensamiento y Lenguaje “René Uribe Ferrer”, de la Universidad Pontificia de Bogotá y el Instituto Cervantes de Madrid; en 2003 el Premio de Pensamiento Caribeño (área de la Cultura), de la Editorial Siglo XXI y la Universidad Autónoma de Quintana Roo, México; en 1995, el Premio Extraordinario en Ensayo sobre José Martí, Casa de las Américas, Cuba, entre otros reconocimientos a su labor intelectual.

OtroLunes desea homenajear su memoria con la publicación de este importante capítulo de su libro José Martí: Filosofía y nación, publicado en Ilíada Ediciones en 2024.


El debate asfixiado

Todo el proceso de la exégesis martiana a partir de 1959 está condicionado por las condiciones de la recepción posible de la obra del prócer. No se puede desconocer que precisamente en los primeros lustros de la Revolución y por una maniobra política de indudable habilidad, por primera vez se puso a disposición del lector cubano y de los investigadores una edición aproximadamente completa de los textos de Martí. Ello condicionó nada menos que la impresión sicosocial de que por primera vez se podía interpretar el legado del prohombre, algo que en cierta medida sobre todo cuantitativa era plausible. Esto sentó las bases de la creencia en una interpretación objetiva del pensamiento de Martí por parte de una política cultural castrista. Por eso es imprescindible analizar, aunque sea de modo somero, cuáles fueron las condiciones de recepción de la obra martiana condicionadas por el castro-comunismo, sus ideólogos y sus instituciones oficiales. De modo que las consideraciones sobre ese punto que expongo a continuación no son una digresión, sino una necesidad para entender tanto la recepción como la deformación de las ideas martianas a partir de 1959, tanto en Cuba como en cierta medida en América Latina. No existen lecturas asépticas de un intelectual gigantesco como Martí: todas exigen una contextualización compleja. Y en este caso, es decir, en el marco de la configuración de un proceso tan abstruso y heterogéneo como la Revolución cubana, son muchos los factores a tener en cuenta, tantos, que difícilmente pueda yo abarcar en estas páginas más allá de una apretadísima selección de algunos de los más importantes.

Un hecho a la vez político y cultural que dañó de manera impresionante al pensamiento cubano en general y en particular la recepción de los textos martianos fue la implantación castro-soviética del marxismo-leninismo como única filosofía válida y en todo caso oficialmente autorizada. Esta pretensión absurda, que es todavía coreada en diversos países y en particular en universidades de México y otros sitios de América Latina, es una manifestación flagrante del dogmatismo y, sobre todo, la incultura que se asocia con las dictaduras comunistas. El proceso, mucho más complejo de lo que a primera vista pudiera parecer, tiene una historia que, aun en una síntesis extrema, resulta sumamente significativa.

Cuba, desde sus orígenes de pequeña colonia española, aportó una reflexión filosófica de cierto interés. Las décadas finales del siglo XVIII permitieron una apreciable expansión de pensar filosófico, impulso derivado de las reformas que fueron lográndose en la enseñanza universitaria habanera. Figuras como el sólido padre Agustín Caballero y el eminente sacerdote Félix Varela, abrieron con pasión las aulas a una renovación más acorde con las nuevas ideas que se iban imponiendo en el tránsito de la Ilustración europea al Romanticismo. En las primeras décadas del siglo XIX una gran figura intelectual cubana, cuyo magisterio marcaría buena parte de la juventud insular, José de la Luz y Caballero, volvió a confiar, como lo había hecho el padre Félix Varela en sus Cartas a Elpidio, en la educación de los jóvenes como una vía para alcanzar la libertad del país. Toda una generación se lanzó a meditar y a actuar en pro de la independencia, tanto política, como moral y cultural. Fueron las primicias gallardas de una gesta libertaria que habría de ser ahogada en sangre y cuya historia, todavía inacabada, no me corresponde a mí hacer. Debo subrayar, sin embargo, que por razones epocales fueron sobre todo abogados, periodistas y escritores literarios quienes cargaron en sus hombros esa gesta a la vez trágica y deslumbrante. Una serie de personalidades de la isla aportó, hasta el presente (2024), varias obras de carácter filosófico, ya del pensamiento estricto, ya del pensamiento filosófico aplicado a un área del conocimiento. No obstante su indudable valor, la lista siguiente es breve e incluye solo los que adquirieron una determinada relevancia por una producción científica. No se incluyen autores con estricta labor pedagógica o publicaciones de otro orden.

  1. Siglo XVIII-inicios del XIX: padre José Agustín Caballero. Padre Félix Varela.
  2. Siglo XIX: Juan Bernardo O’Gavan. José de la Luz y Caballero. José Manuel Mestre. Enrique José Varona. Rafael Montoro Valdez. José del Perojo.
  3. Siglo XX primera mitad (formados y desarrollados antes del castrismo y de la imposición del marxismo-leninismo como única filosofía posible y permitida en el país por el gobierno comunista): Jorge Mañach, Medardo Vitier, Roberto Agramonte. Mercedes García Tudurí. Rafael García Bárcena. Humberto Piñera Llera.
  4. Siglo XX (marxistas): Fernando Martínez Heredia. Zaira Rodríguez Ugidos. Isabel Monal. Pablo Guadarrama. Thalía Fung Riverón. Jorge Luis Acanda.
  5. Siglo XX segunda mitad (emigrados y no marxistas): Rafael Rojas Gutiérrez, Lourdes Rensoli Laliga. Alexis Jardines. Enrique Patterson.

     La dogmatización de la filosofía en Cuba comenzó de manera gradual, pero indetenible ya a partir de 1962, en que se funda el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, a partir de la Reforma Universitaria dirigida por el intelectual comunista Juan Marinello. La idea inicial de dicho departamento era impartir la filosofía marxista-leninista a todas las carreras universitarias. Pero no había profesores previamente formados. Se hizo un llamado a los estudiantes de todas las especialidades en los últimos dos años de su plan de estudios. Ellos recibirían cursos emergentes de formación filosófica acelerada para formarlos como instructores docentes de Filosofía y Economía Política. Esta determinación inicial condenaba ya el proyecto a una superficialidad y una falta de verdadera profundidad académica. Esos alumnos recibieron clases de las siguientes asignaturas: Materialismo Dialéctico y Materialismo Histórico. Historia de la Filosofía. Historia Universal. Historia de Cuba. Economía Política del Capitalismo. Otra asignatura fue Colonialismo y Subdesarrollo. El claustro estaba integrado por distintas personas; hubo españoles emigrados de la Guerra Civil y el resto eran cubanos. Eran cien estudiantes, de los cuales al final fueron seleccionados 21 como profesores de Filosofía y 16 que impartirían Economía Política. El curso empezó en septiembre de 1962 y terminó en enero de 1963. El siguiente primero de febrero estos maestros emergentes comenzaron a impartir clases en las aulas universitarias. En las otras dos universidades del país también se crearon departamentos de Filosofía, no supeditados académicamente al de La Habana, sobre los cuales apenas hay información. Por otra parte, eran relativamente autónomos dentro de cada una de las tres universidades y no estaban incluidos dentro de ninguna facultad. En 1965, siendo Fernando Martínez Heredia el jefe del departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, se organizaron dos encuentros nacionales de profesores de Filosofía del país. Solo se ha investigado hasta ahora la trayectoria del departamento de Filosofía habanero. No hay una historia de la enseñanza de la filosofía y sus departamentos en las universidades cubanas a partir de la Revolución. Uno se preguntaría por qué, pero la tentación de responder que porque se trata de una historia difícil y arriesgada es muy grande. Como se puede observar, no hubo una cabal plataforma teórica marxista-leninista en esos inicios, sino una preparación rápida y desde luego sin profundidad académica. Además, es necesario tener en cuenta tres factores internos de la isla y uno internacional, los cuales agravan la falta de unidad y la incoherencia teórica.

Primer factor interno: la presión gubernamental castrista para organizar un sistema rápido de formación marxista-leninista. El gobierno organizaba, ordenaba y financiaba todo el plan. Allí figuraban desde luego Fidel y Raúl Castro, Armando Hart y sobre todo Ernesto Che Guevara. Este primer factor estaba marcado por el voluntarismo del líder, pero no obstante no era, como se verá, por completo homogéneo. Véase la siguiente anécdota de Aurelio Alonso narrada por el investigador argentino Néstor Kohan:

En una ocasión, Fidel estaba hablando en la plaza de la Universidad de La Habana. Por entonces unos profesores de Economía que lideraba Anastasio Mansilla, que era profesor de Economía y coordinador de un seminario sobre El capital, del que Fidel y el Che Guevara fueron alumnos, habían empezado a criticar a Fidel en las clases diciendo que la dirección política de la Revolución Cubana no conocía El capital. En la plaza estaban Jesús Díaz y Ricardo Jorge Machado, no sé si alguien más y parece que mientras Fidel estaba hablando, no sé si Machado o Jesús, creo que Machado, hace dos o tres preguntas a Fidel y Fidel se da cuenta de que eran muy lúcidas. Entonces se vira y le dice: “¿Y tú quién eres? ¿Tú qué haces?”. Y Machado le dice: “Yo enseño Filosofía Marxista”. Y Fidel le contesta: “¡Ah,  Filosofía Marxista, está bien” (…). Como a la media hora se vira para Machado. Hace un silencio, como que se le acaba el tema de lo que quería decir: “¿Así que tú eres  uno de esos sabios profesores de Marxismo de la universidad que anda diciendo que yo no conozco El capital y que los dirigentes cubanos no conocen El capital y que no dominan el marxismo?”.[1]

Esta anécdota opresiva es un botón de muestra sobre el áspero debate en la época, en el cual iría gestándose, para decirlo con palabras de Nuestra América, la pechada del caudillo contra el intelectual. El caudillismo castrista habría de liquidar las indagaciones en busca de una plataforma teórica específica para el socialismo cubano. Se procedería a satanizar no solo a los que buscaban una reflexión responsable desde el mismo país, para proceder también a condenar al intelectual como prototipo de individuo con actitud no revolucionaria, algo que aparecería literalmente dicho por Ernesto Che Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba. Me tocó escuchar, a mis veinte años y estudiando en la universidad, a un ama de casa con nivel de bachillerato declararme con petulancia y autoritarismo que los intelectuales tenían que ser modestos y receptivos ante lo que se les decía, es decir, sumisos: era una especie de slogan asimilado por todos los niveles del castrismo, del más o menos culto al más pedestre y chabacano. El propio Martínez Heredia fue consciente de que la guerra contra los intelectuales estaba más o menos soterrada o pública y promovida desde el gobierno, y en especial desde el ejército. Estas presiones múltiples dieron lugar a la clausura del departamento de Filosofía y la liquidación del grupo de Pensamiento Crítico.

Segundo factor interno: la vieja guardia del Partido Socialista Popular en Cuba intrigaba para adueñarse de todos los puestos clave en la organización de aquella campaña de modelación ideológica marxista.  Pero lo hacía desde perspectivas muy marcadas por el reciente estalinismo que había dominado a la Unión Soviética hasta fines de la década del cincuenta. De hecho, esta vieja guardia estaba integrada y manejada sobre todo por un núcleo duro con Carlos Rafael Rodríguez, Blas Roca, Juan Marinello, Mirta Aguirre, Edith García Buchaca, José Antonio Portuondo, Gaspar Jorge García Galló, Juan Mier Febles y otros.

Tercer factor interno: era el más débil y también el único con posibilidades de un impulso real a la conformación de una plataforma teórica nacional. Eran los jóvenes nucleados en el departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. Allí estaban Fernando Martínez Heredia, Aurelio Alonso, Justo Nicola, Luciano García, Cristina Baeza, Marta Blaquier, Luisa Noa, Isabel Monal, Jorge Gómez y otros. Estos jóvenes trataban de abrirse al mundo de las ideas de la época, así como adquirir experiencias de otros pensadores y tendencias de izquierda en el mundo; su propósito esencial era demostrar que el marxismo-leninismo estaba contextualizado por una historia compleja, que incluía la historia de la filosofía y en el caso de Cuba, la historia de la nación, la del Caribe, la de América Latina y la de África.

Un cuarto factor de carácter internacional: se trata de un elemento bien complejo. Por una parte, están las confrontaciones entre el partido comunista soviético y el chino, pugnando por quién adquiriría el mayor predominio. El maoísmo había adquirido ya no solo una determinada fuerza, sino que se estaba extendiendo por el mundo, en particular por América Latina. El XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética había sacado a la luz una serie de graves problemas del estalinismo, pero no los había erradicado por completo. Los incidentes de Hungría y otros habían afectado el otrora omnímodo prestigio del comunismo soviético. Había aparecido el concepto de Tercer Mundo y su relación con el subdesarrollo. África despertaba tanto a la reflexión teórica como a una lucha más activa por su independencia. Las antiguas colonias en el mundo advienen a una meditación creciente sobre su destino político.

Los jóvenes del departamento de Filosofía aspiraban a conformar las bases teóricas del socialismo cubano, pero están aprisionados entre los demás factores que acabo de relacionar, así como también por los avatares del pensamiento internacional. La política interna del país, la voluntad personalista del gobierno castrista, eran factores tensionantes. Fernando Martínez Heredia ha afirmado sobre este difícil terreno ideológico de los años sesenta:

La teoría de Marx, Engels y Lenin había sido reducida por aquel campo a una ideología autoritaria, destinada sobre todo a legitimar, obedecer y clasificar. Necesitábamos un marxismo creador y abierto, debatidor, que supiera asumir el anticolonialismo más radical, el internacionalismo, en lugar de la razón de Estado, un verdadero antiimperialismo y la transformación sin fronteras de la persona y la sociedad socialista, como premisas para un trabajo intelectual que fuera indeclinable en su autonomía y esencialmente crítico. Un marxismo que no se creyera el único pensamiento admisible y el juez de los demás.[2]       

Pero ese marxismo era imposible en una Cuba lanzada por el camino de caudillismo que Martí había denunciado incansablemente, pero que ahora asumió su peor perfil por tratarse de uno de izquierda marcado por el estalinismo. Pronto el marxismo fue declarado discurso único, pero sobre la base de que se estudiara no a través de las obras de los pensadores clásicos de esta filosofía, sino de manuales de bajo nivel filosófico traducidos del ruso, como el muy manoseado de Konstantinov (“el Konstantinov”), publicado en 1958 e inevitablemente traducido al español por Adolfo Sánchez Vázquez y Wenceslao Roces, traducción que se imprimió en 8,000 ejemplares en México y otros 8,000 en los tres años subsiguientes. De nuevo otra enorme tirada en 1965, con nueva traducción de Sánchez Vázquez. Por cierto, que esa edición de 1965 en el país azteca se realiza cuando ya en Cuba se estaba procurando prescindir de dicho manual.

Ahora bien, es mucho más complejo el fenómeno que su simple enunciación. Ante todo, hay que cuestionarse críticamente la insistencia en que existió una verdadera plataforma teórica del socialismo en Cuba: no la hubo realmente. Una serie de elementos habla más bien de una profunda incultura y de una especie de dictadura ideológica, que irónicamente varios intelectuales cubanos marxistas denominaban con sarcasmo, pero no del todo erróneamente, “La Iglesia”. Muy pronto después de 1959 comenzó a propagarse un fantasma por la isla: el del diversionismo ideológico, que se convirtió en una acusación letal, a partir de la cual una persona o un hecho cultural podían ser barridos como por una explosión atómica y desaparecidos del mapa nacional. Igualmente, se desató una serie de tonterías y lugares comunes para nada filosóficos. Véase el siguiente pasaje de un discurso de Fidel Castro en el año 1970, el de su sonado ridículo con la zafra megalomaníaca de 1970 que terminó en un rotundo fracaso:

¡Qué lección práctica de marxismo-leninismo! Nosotros que nos iniciamos en el camino de la Revolución no por una fábrica, que buena falta que nos habría hecho a todo, sino que nos iniciamos en el camino de la Revolución por la vía intelectual del estudio de la teoría, del pensamiento. Y que bien nos habría convenido a todos nosotros haber conocido mucho mejor y haber surgido de las fábricas, porque allí donde realmente está el espíritu genuinamente revolucionario de que hablaban Marx y Lenin.[3]        

No hay que recordar aquí que el origen de clase de Marx y desde luego de Engels no era el proletariado y que ambos eran exactamente intelectuales de origen burgués. El padre de Lenin, Ilyá Ulianov, fue un burócrata ruso con tratamiento de “Su Excelencia” en Rusia, de hecho equiparado a la pequeña nobleza. Así que Castro habla de una pura entelequia, una manipulación destinada a engañar a las masas poco informadas de las personalidades clave del marxismo-leninismo. Pero más ilustrativo es el siguiente pasaje de una intervención más que significativa de Raúl Castro:

Son frecuentes las muestras de diversionismo ideológico que aparecen en el extranjero destinadas a minar las ideas del marxismo-leninismo y en algunos casos el apoyo de las masas populares de esos países a nuestra Revolución. A veces esas ideas entran en nuestro país como mercancía de contrabando y desdichadamente en ocasiones encuentran eco en círculos reducidos, por ignorancia política o fatuidad más que por cualquier otra cosa. originando manifestaciones que pretenden ser revolucionarias y son realmente ajenas al marxismo-leninismo; expresiones que constituyen una mezcla de pobreza ideológica y petulancia intelectual muy distante de las ideas de la Revolución.

El marxismo-leninismo es una ciencia, no una especulación. No existen “varios marxismos-leninismo”. Cualesquiera que sean las cuestiones secundarias puestas a investigación y debate en los círculos revolucionarios, el marxismo ofrece un fondo de verdades incontrovertibles que han sido probadas hasta la saciedad en el terreno de las ciencias y en el de la lucha social. La Revolución abre el campo de la investigación científica en todas las direcciones y no intenta amputar ningún esfuerzo seriamente concebido. Pero una cosa es investigar y otra es aprovechar conocimientos –casi siempre mal digeridos– para socavar con especulaciones irresponsables las bases de nuestra ideología. Sobre todo, es necesario aclarar que esas especulaciones, como las que aparecen con frecuencia en las páginas de la revista Pensamiento Crítico, no constituyen, por supuesto, la expresión de los criterios de nuestro Partido.

La aclaración, además, es necesaria, por cuanto existe la confusión en algunos compañeros que nos han preguntado si la publicación mencionada constituye el órgano teórico del Partido. Nosotros hemos conocido directamente algunas experiencias de este tipo. Tenemos, en el Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas, centenares de oficiales estudiando en aulas universitarias distintas carreras. En más de una ocasión, hasta nosotros han llegado las inquietudes de estos compañeros, muy especialmente los de Ciencias Políticas, sobre planteamientos realizados por algunos profesores, de confuso carácter ideológico cuando no absolutamente contrarios al marxismo o irrespetuosos a la autoridad de sus fundadores gloriosos. Hace aproximadamente un año nosotros teníamos en la mano un caso concreto, esto lo comuniqué personalmente a las autoridades de la Universidad de La Habana. Pero todavía hace algunos días transitando por un despacho, nos hemos encontrado a un compañero oficial que trabaja directamente con nosotros y estudia en la universidad, esta vez en la escuela de Ciencias Jurídicas, dedicado al estudio de un artículo de la mencionada revista de carácter contradictorio y revisionista, que se le había recomendado en el aula por un profesor.

Se ha llegado en determinados círculos a extremos ridículos a los que solo puede llevar el intelectualismo desarraigado de la realidad y una buena dosis de autosuficiencia y versiones de Marx y Engels, tan pomposas como superficiales, se unen hechos increíbles como el de recomendar estudiar el proceso revolucionario de   Octubre prescindiendo de Lenin.[4]

Este momento oratorio merece un comentario detallado. Ahí está la temida frase: diversionismo ideológico. No hay definición lógica posible. Se trataba de todo aquello que contradijera no ya al sistema de pensamiento marxista, sino sobre todo el discurso del poder castrista, todo aquello que no reprodujera literalmente las órdenes, declaraciones y consignas del gobierno en cualquier nivel de este. De inmediato viene un esquema repetido hasta el cansancio:  todo lo que no repita el discurso único partidista, era inmediatamente ridiculizado como superficial, fatuo, o satanizado como enemigo y antiobrero. No había, pues, ni la menor posibilidad de riposta y menos aún de discusión; era, a nivel de la vida cotidiana, el correlato exacto de la frase tiránica de Palabras a los intelectuales. Con la Revolución, prosopopeya de Castro, todo; contra la Revolución, ningún derecho. A pesar de todo, el orador era indiscreto e inhábil. Esas ideas petulantes y contrarrevolucionarias a las que se refiere estaban censuradas y tenían que entrar “de contrabando”, como en el terreno de un estado teológico, un Monte Athos vedado al mundo real. Asimismo, su afirmación de una unidad del marxismo es algo tan pedestre y contrario a la historia misma, que parece olvidar que, por citar un solo ejemplo, las ideas del marxista italiano no leninista, Antonio Gramsci, fueron durante años muy poco gratas al poder castrista en la isla. Por otra parte, la realidad histórica, objetiva en el mundo llevaría poco tiempo después, en la década del setenta, a unos hechos políticos y militares sobre los cuales el destacado sociólogo Benedict Anderson escribió:

Quizás sin que lo notemos mucho todavía, vivimos una transformación fundamental en la historia del marxismo y de los movimientos marxistas. Sus señales más visibles son las guerras recientes entre Viet Nam, Camboya y China. Estas guerras tienen una importancia histórica mundial porque son las primeras que ocurren entre regímenes de independencia y credenciales revolucionarias innegables, y porque ninguno de los beligerantes ha hecho más que esfuerzos superficiales para justificar el derrame de sangre desde el punto de vista de una teoría marxista reconocible.[5]

En una palabra, la supuesta y nunca objetivada unidad monolítica del marxismo en el siglo XX, terminaba sus días y su propaganda en medio de la nube de humo no ya de un derrumbe espontáneo, sino de una serie de confrontaciones políticas y militares. Las sucesivas intervenciones militares soviéticas en países satélites en la Europa del Este, el desdeñoso abandono de Castro en la crisis de los misiles en Cuba, la feroz confrontación de influencias entre China y la Unión Soviética por todas partes, pero en particular en África, desmentía ese bucólico e ignorante principio de unidad aludido por Raúl Castro. En la propia Cuba castrista, donde por un momento se pensó ingenuamente por algunas personas en el diseño de una ideología para la revolución insular, todos estos esfuerzos fueron asfixiados para erigir a sangre y fuego un discurso totalitario, deslavazado, incoherente y sin la más mínima solidez teórica. Una vez más, se trataba simplemente de un caudillismo burdo y desde luego aterrador, que desde los núcleos duros del poder castrista se proyectaron sobre toda la sociedad insular y crearon un frenesí de absolutismo, un afán de dominio entre castrense y populachero, que habría, desde el punto de vista sicosocial, de enfermar literalmente a diversos sectores de la sociedad cubana.

No puedo ahora emprender una historia que, de una u otra manera ha sido trabajada por prestigiosos autores, entre ellos el filósofo e historiador Rafael Rojas. Me detengo solo en algunos hitos imprescindibles para comprender medianamente la sistemática operación de tergiversar el pensamiento de Martí sobre la nación cubana.

La fundación de Pensamiento Crítico como revista asociada con el programa emergente de formación en el marxismo-leninismo, se había convertido inadvertidamente en un foco de debates sobre el pensamiento contemporáneo, tanto filosófico como cultural e incluso específicamente artístico, así como sociológico y político. No era la revista de adoctrinamiento que esperaban los Castros y su camarilla, ni la vieja guardia del Partido Socialista Popular, ni funcionaba como baluarte del estalinismo. Tampoco solucionó la completa ignorancia del propio marxismo exhibida por la pandilla castrista. Impresiona leer a Raúl Castro decir imperturbable que el marxismo-leninismo era una ciencia. Pero ¿no era la única filosofía verdadera de la historia de la humanidad? Y desde luego no podía ser clasificada como ciencia. Castro se expresa desde una supina ignorancia de la teoría y la práctica de lo que se supone que defiende. Esa represión del pensamiento, aparentemente realizada desde la filosofía marxista-leninista, ni siquiera tenía un apoyo teórico en los elementales mínimos del propio marxismo. El odio de los dos caudillos Castro por la intelectualidad cubana era más que transparente. Esta actitud se socializó y se asumió como una postura revolucionaria y comunista. Es bien interesante que Ernesto Guevara proyectó públicamente una actitud igualmente agresiva, sobre la cual se verá luego que, de manera privada, sustentó otra muy diferente, en una incoherencia que resulta cuando menos cegadora. Guevara escribió sobre los intelectuales unas palabras ominosas y dogmáticas:

Resumiendo, la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original: no son auténticamente revolucionarios. Podemos intentar injertar el olmo para que dé peras, pero simultáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original. Las probabilidades de que surjan artistas excepcionales serán tanto mayores cuanto más se hayan ensanchado el campo de la cultura y la posibilidad de expresión. Nuestra tarea consiste en impedir que la generación actual, dislocada por sus conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas. No debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni “becarios” que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas. Ya vendrán los revolucionarios que entonen el canto del hombre nuevo con la auténtica voz del pueblo. Es un proceso que requiere tiempo.

En nuestra sociedad juegan un gran papel la juventud y el partido.[6]

Deliberadamente he incluido el último renglón, porque lo necesito para un rápido comentario. Ante todo, véase el tono religioso de todo el pasaje guevarista. El intelectual tiene un pecado original: no es una metáfora. Creo que es el sentido literal. No hay manera de ofrecer una explicación racional a esa andanada sobre el “pecado” de los intelectuales. Y además, ¿qué entiende Guevara, y todos los demás de la dirigencia comunista, por ser “auténticamente revolucionarios”?. Pues jamás hay una explicación racional de semejante condición. Ni podía haberla: de hecho, ser auténticamente revolucionario era no otra cosa que ser por completo sumiso a los dictados de la jefatura. Hay un total irracionalismo y una negación total de lo que significa inteligir, que no es otra cosa que ser capaz de elegir de acuerdo con un raciocinio eficiente y unos principios considerados válidos. Pero eso era justamente lo que había que negar a toda costa en Cuba, como había sido combatido en la Unión Soviética y en todas las instancias de los partidos comunistas. No al pensamiento, no al análisis, no al cuestionamiento en aras de la verdad, la ética y la objetividad. Más adelante veremos cómo ni el propio Guevara pudo ser por completo cómplice de un escolasticismo tan burdo y asfixiante. como este. Pero tampoco puede olvidarse que el comunista argentino fue también de los que atizó la llama contra el pensamiento en Cuba. Y que el último renglón con que cierro la cita anterior evidencia la santurronería religiosa con que todos los comunistas han repetido una y otra vez, con una actitud entre mística, irracionalista y servil, que el partido comunista es una especie de entelequia que, con los papas católicos, goza del dogma de la infalibilidad.

Sin embargo, de Guevara provendrían las objeciones más fuertes y peligrosas que el naciente dogmatismo iba a recibir en Cuba.  El historiador Rafael Rojas ha escrito con entera razón: “El Che Guevara, tal vez la figura central del debate económico e ideológico cubano de aquellos años, había criticado desde 1962, en la revista Cuba Socialista los mecanismos de comercio exterior que predominaban en el campo socialista y que obligaban a Cuba a pagar en divisas las materias primas procedentes de la URSS y otros países del bloque soviético”.[7] Y, en efecto, Guevara, sobre todo en textos y anotaciones que solo se publicaron mucho tiempo después de su muerte, ejerció una crítica muy dura sobre lo que estaba sucediendo en la Cuba de los primeros años del castrismo. Son consideraciones que, inevitablemente, arrojan unas connotaciones sombrías sobre su salida definitiva de la isla prisionera de los Castro.


ESTE LIBRO DE ENSAYO PUEDE ADQUIRIRSE EN ESTE LINK: José Martí: Filosofía y Nación, ensayo, Luis Álvarez Álvarez

¿Qué se entiende por errótico?

ASPECTOS DEL CUENTO ERRÓTICO

Imagen cortesía de efe – Pixabay

El sexo no debe ser el tema central. Es una circunstancia más de las tantas existentes. Aquí lo erótico forma parte del asunto y no es el asunto en sí, sino una mediación para abordar otros temas que involucran la existencia y lo esencialmente humano. No es sólo sexo, es además el sexo. Es el hecho válido de que lo erótico adiciona importancia a otros aspectos o sentimientos relevantes de la vida.

El cuento errótico nunca es pornografía. El sexo no es la tosca descripción del acto sexual del que ya se ha abusado demasiado. Sabemos que lo erótico se confunde y se pierde cuando se mezcla con la pornografía. No es lo burdo de una relación, ni lo a veces abusivo, o grotesco, del acto como tal por el puro hecho de la posesión; no es el sentido de la posesión como relación de poder ni mucho menos el de la perversión y el masoquismo.

El sexo no se presenta en forma bruta. Se trata del diamante que exige laboriosidad y entrega. El «errotismo» es una combinación donde lo erótico no solo va junto o mezclado con otros asuntos de la vida humana en la sociedad, sino también con los conflictos que existen, a través de lo sexual, en lo cultural, político, social, psicológico, familiar, ambiental, y que por error o por exceso nos marcan y/o definen la vida. Así se presentan situaciones que pudieran tener como marco o color la relación sexual. El «errotismo» es mezcla de lo erótico y otros asuntos del entorno político-social-cultural del hombre y la pareja sexual muy necesarios de abordar en todos los géneros de la literatura en estos tiempos inciertos, sobre todo en esos que han perdido el protagonismo que tuvieron en otros tiempos como la poesía y el teatro.

Un cuento errótico puede resultar también antierótico. El sexo puede ser algo más que sexo, independientemente de cualquier alienación y orientación sexual. La presentación de este acto físico-mental —y en el mejor de los casos espiritual—, puede no despertar deseos sexuales, sino más bien abatimiento, contrariedad, indefensión, rabia, dolor, el sabor de lo que pudo ser y no fue por violación y abuso, por los excesos, faltas o errores cometidos.

El «errotismo» es una fórmula. Se puede convertir un cuento erótico en cuento errótico. Se puede comenzar la historia o presentar entre los primeros párrafos una frase o un párrafo erótico-sexual bien articulado, con buena sintaxis, bien expresiva. Lo importante es que desde el principio el lector quede entrampado para lo que viene y deseoso de continuar la lectura esperando por más de lo que le gusta más. Entonces el escritor puede llevarlo dócilmente a donde quiere, al análisis social, a la especulación filosófica, a las profundidades psicológicas, a los abusos del poder, a las denuncias de esquemas represivos, a las necesidades existenciales donde se desenvuelven los personajes. Se requiere destreza narrativa para dosificar e intercalar todo. Hay que saber cómo seleccionar y manejar los recursos literarios de cada género para que todo fluya sin que se note la costura.

El «errotismo» en general. Este se presenta para interesar al lector en las situaciones humanas y los entramados políticos, sociales, culturales, personales, que nos afectan hasta en las más íntimas reacciones psicológicas y en la actitud que se adopte para lidiar con todo en la sociedad. Se combina y se sustenta con ciertos recursos técnicos, estilísticos o estéticos para que se puedan digerir o asimilar mejor los asuntos espinosos, ya que existe por naturaleza cierto rechazo o evasión a la realidad de la que no queremos hablar, oír hablar y mucho menos aceptar.

Finalmente. Presentamos el «errotismo» no como un género literario, ni siquiera como un subgénero, sino más bien como “un nuevo estilo de comunicación”, que intenta con su fórmula acercar el cuento errótico al lector, o el lector al cuento errótico, que hace del cuento o narración algo diferente, más útil, más funcional y más atractivo que el cuento tradicional.

NOTA NECESARIA. Entre los autores que no entendieron bien la fórmula, y otros que la aplicaron exitosamente para crear originales cuentos erróticos, hemos tenido la experiencia, de trabajar con algunos bien interesados en el experimento que decidieron transformar exitosamente sus cuentos eróticos en verdaderos cuentos erróticos, los cuales ya forman parte con orgullo de una o de las dos novedosas compilaciones de CUENTOS ERRÓTICOS, publicadas en 2018 y 2023 por NeoClub Ediciones, disponibles en Amazon.

En Berlín, Alemania y Toronto, Canadá, junio de 2026.