El mundo en tiempos de wokismo

La libertad no es obligatoria, ni gratis

“Cada nuevo paso encierra el peligro de fracasar,
y ésta es una de las razones por las que se tema a la libertad”
Erich Fromm

Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán,
y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Ese es el problema
George Orwell

“Aún los Imperios más civilizados estarán tan cerca de la barbarie
como el hierro más bruñido lo está de la herrumbre.
En las naciones, al igual que en los metales, sólo relucen las superficies”
Antoine de Rivarol

“Las masas no deben saber, sino creer”
Benito Mussolini

Al momento de escribir esta columna, luego de una bizantina discusión parlamentaria que insumió una legislatura entera, el Uruguay finalmente aprobó la Ley de Tenencia Compartida (como se le conoce entre aqueos y troyanos, los unos para defenderla, los otros para denostarla). Tras ese larguísimo proceso de discusión, cabildeos, chantajes y aprietes, resta por ver si una Justicia de Familia totalmente ideologizada aplicará o no Ley.

Impulsada desde la sociedad civil, buscando corregir situaciones de familia donde las desavenencias de adultos se saldan con los niños como moneda de cambio, a regañadientes se le fueron sumando partidos y fracciones, en algunos casos legisladores por sí solos, que llevaron a sus patrocinadores -auténticos Quijotes, reconozcámoslo- y principales beneficiarios, a mantener la esperanza de conseguir la tan ansiada aprobación.

Desde el otro lado, al principio se intentó una suerte de “ninguneo”, para pasar a atacar el proyecto cuando este comenzó a tomar cuerpo y finalmente, ante la posibilidad cierta que se aprobara, una campaña de “disciplinamiento” corporativo -que incluye, como nos tiene acostumbrados la “orga intersocial”, a todo colectivo que pretenda llamarse tal-, para terminar metiendo en la refriega, hasta a los propios organismos supranacionales dependientes o emparentados con el “Agendismo 2030” de la benemérita ONU.

Hoy y aquí, ya es guerra abierta y todo se vale.

La buena noticia para quienes dieron la pelea es que no son todos los que están. La mala es que no están todos los que son.

En todo caso, si de consuelo sirviera, conviene saber que lo que para los involucrados -que al fin y al cabo somos, o podemos serlo todos- es la madre de las batallas, en realidad es una parte minúscula de la, ésa sí, Gran Guerra Santa de lo que puede caer bajo el paraguas de eso que ha dado en llamarse “wokismo”.

A eso apunta lo que sigue.


Un poco de historia

Este columnista ha recurrido ya, y lo seguirá haciendo en la medida que aborde asuntos que exceden las fronteras y problemáticas estrictamente nacionales, a dos autores que, en relación con lo que ha dado en llamarse la “agenda globalista” promovida desde las Naciones Unidas, a un siglo o más desde la publicación de sus ideas, han resultado proféticos.


Spengler, el determinista

Oswald Spengler (1880-1936)

En 1918, en el final mismo de la Gran Guerra europea, con Alemania vencida y anticipándose a la humillación del Tratado de Versalles, el historiador y filósofo alemán Oswald Spengler (1880-1936) publicaba su ensayo “El ocaso de Occidente”.

Revisado y ampliado en 1922, Spengler propone un giro copernicano en el estudio y mirada de la Historia, mostrándola como un conjunto de culturas y civilizaciones que, a lo largo de la historia y en tiempos muy distintos, siguieron los mismos procesos de creación, crecimiento, apogeo y decadencia. Del análisis comparativo de éstas, y aplicando lo que llamó “morfología comparativa de las culturas”, propuso que Occidente como cultura, se encontraba en esa fase final, la del ocaso.


Toynbee, el apaciguador globalista

El segundo autor es el británico Arnold J. Toynbee (1889-1975) historiador, filósofo de la historia y prestigioso profesor, quien publicó a partir de 1934 y hasta 1961 su monumental obra en 12 tomos “Estudio de la Historia”.

Uno de sus principales aportes se puede sintetizar en su radical cuestionamiento al enfoque euro-centrista de la historia, a la que invariablemente se la veía dividida en compartimientos estancos, antigüedad, edad media, renacimiento, modernidad y contemporánea. El autor demuestra que esas etapas solamente se corresponden con lo que hoy denominamos Occidente, en tanto otras culturas como la Islámica habían vivido su apogeo entre los siglos VII y X d.C., o por caso las culturas Maya e Inca que habían conocido su época de esplendor cuando Europa se encontraba sumida en las supuestas tinieblas de una eterna Edad Media.

Desde 1920 y durante décadas fue director del Real Instituto de Asuntos Internacionales, más conocido hasta hoy día como “Chattam House”, por la mansión londinense que sirve de sede del Instituto.

Arnold Joseph Toynbee (Londres, 1889 – Yorkshire, 1975) 

A diferencia de Spengler, que postulaba el determinismo respecto de las fases de las civilizaciones y que nada podía hacer una cultura para revertirlas, Toynbee creía -y actuó en consecuencia desde Chattam House- que Occidente sí podía generar ideas que rescataran a nuestra cultura de su decadencia. Veía a, por ejemplo, la Sociedad de Naciones creada al fin de la Primera Guerra Mundial, como un paso correcto.

Fue, en el seno del Real Instituto de Asuntos Internacionales que dirigía, el principal ideólogo e impulsor de lo que se llamó “la política del apaciguamiento” en materia de relaciones internacionales, la que luego se hiciera tristemente famosa en su aplicación con “la cuestión nazi” por parte del entonces Premier Chamberlain.

Con el tiempo, desde ese influyente think-tank fue tomando forma una iniciativa que al cabo de los años sería el germen creador del Foro de Davos y del Club Bildeberg nada menos. No menor fue el papel que jugó en la fundación de la propia Organización de las Naciones Unidas, sucesora de la disuelta Liga de Naciones, como entidad encargada de velar por la paz en el mundo. Paz para los negocios, y el negocio de la paz.

Velar por la paz, por el statu quo, que no por cuestiones como la democracia, sino aquello que asegurase a la oligarquía esclarecida que comenzaba a tomar forma como suprapoder, el desarrollo de su proyecto.

Es que Toynbee, como también Spengler, no creía en la democracia, entendiendo que el mundo bajo ese sistema resultaría ingobernable, ya entonces y con la mitad de la población actual.

Según él, y su cada vez más influyente círculo de poder, el mundo -o por lo menos la esfera de influencia de su círculo, el impreciso “Occidente”- debería ser gobernado por una élite de intelectuales y empresarios esclarecida, capaces de elaborar y viabilizar las políticas necesarias para una buena gobernanza global.


Los Davos Boys, conspiradores a plena luz

Para ello, iba a ser necesario implementar lo que Klaus Schaub -el Jefazo del Foro de Davos, ingeniero especializado en juntar millones de millonarios y cultivar el cinismo como arma- llamó el “gran reseteo”.

Klaus Schaub

Nada de conspiraciones, ni Sabios de Sion ni nada por el estilo. A plena luz, publicitado urbi et orbi, puesto en letra de molde allí donde se lo quiera encontrar, al mundo le sobran cuatro mil millones de “unidades humanas” así que hay que reclutar “científicos” que calienten el planeta, inventar unas “Gretas” que embistan contra la bosta de vaca como madre de todos los males, y hala, vamos todos a comer insectos, que son la hostia. Menos en Davos, por supuesto.

He ahí el cangrejo, a la vista de todos, encima de la piedra: en Chattam House nació el globalismo.


Occidente y la crisis del enemigo perdido

Un día cayó el Muro de Berlín, implosionó la URSS, y el joven discípulo de Samuel Huntington en Harvard, Francis Fukuyama salió con su corneta a proclamar “el fin de la Historia”, el liberalismo y la democracia serían para siempre los que gobernarían el mundo, y allí donde una nación se modernizara lo haría bajo esos valores.

Bastó que el integrismo islámico encarnado en Osama Bin- Laden y Al Qaeda se pusiera a jugar al bowling con el WTC de Nueva York y que George Bush Jr. iniciase su guerra contra “el eje del mal”, para que la Historia le pegara un portazo a Fukuyama y sus historias de liberalismos.

Desde entonces, con el Occidente campeón moral de la Guerra Fría, y su buque insignia, los EE. UU. confundidos tras la pérdida de su enemigo ideal, casi sin que nos diéramos cuenta de ello a pesar de la obscena ostentación que de su Agenda hace el Foro de Davos, el eje de poder y de gobierno supranacional gira en torno a esta oligarquía ilustrada.

Constituidos en una suerte de Multinacional de las “iniciativas globales” con la ONU como Gerenciadora rentada de ellas, el sueño de Toynbee se hace cada día más real.

En una entente -de delicado equilibrio, por cierto- con el bloque asiático totalitario chino-ruso y el eje islámico Teherán-Riad-El Cairo por un lado, y el “Occidente” reducido a la anciana UE más un EE. UU. en avanzado estado de descomposición -tan parecido a la República de Roma, tan-, unos y otros se han dedicado a la autodestrucción de lo único que les hizo grandes como civilización: sus valores.


Y para finalizar

Es de esto que estamos hablando, cuando en el inicio nos referíamos a la mal llamada “agenda de derechos”, la imposición desde Ginebra de los “nuevos paradigmas” que las naciones DEBEN adoptar, y de cómo la combinación de poder económico, legislación supranacional y alianzas estratégicas globales, han hecho de las soberanías nacionales una antigualla digna de un museo egipcio.

Es por ello por lo que, independiente de la suerte que siga esta Ley, el gobierno global no tolerará tal muestra de indisciplina del pequeño y aldeano Uruguay, y más aquí o más allá, valiéndose de sus múltiples tentáculos conseguirá volvernos al rebaño.

Entonces, lo del título: el poder global no cesa en su avance sobre las soberanías cada vez más cercenadas, «jibarizando» a las democracias hasta convertirlas en meros territorios controlados desde la Metrópoli. Aun así, aunque sólo sea en homenaje a quienes nos lo han venido advirtiendo desde hace décadas, esta y las futuras batallas habrá que darlas, para no darse por vencidos ni aún vencidos.

El escritor, la ética y su falta

‘¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era! ¡Oponed vuestras frentes a los ignorantes mercenarios!
Pues tenemos mercenarios en el campamento, en la corte y en la universidad:
los cuales, si pudieran, rebajarían lo mental para siempre y prolongarían la guerra corpórea’.

Casi con el Idus de Marzo mismo, en lo que parece un guiño literario más, se nos fue Kenzaburo Oé y como un gesto no menor, habría sido en el día que los romanos dedicaban al dios Marte, dios de la guerra -que Oé odió- pero también del hierro, la fuerza, como las de las convicciones que cultivó y mantuvo a lo largo de su extensa vida.

El lunes al atardecer, en la aldea que es Maldonado, concurrí a una jornada de lecturas literarias (denominadas 8×8, porque 8 autores leen durante 8 minutos) principalmente porque allí participaba mi hija Ana Claudia con fragmentos de sus dos novelas premiadas.

Allí, en un patio intimista bajo palio de dos magníficos tilos de anchas hojas, nos congregamos una veintena de personas, se supone amantes de las letras, mayoría familiares de los lectores como suele suceder con nuestra literatura de cabotaje.

Con la consigna “El poder de la poesía”, aunque reuniera poesía y narrativa, el evento sería abierto por una profesora de Literatura, quien para la ocasión eligió -por sus gustos personales, supongo- un largo poema de Neruda dedicado a la Guerra Civil española. Ese ese poema en que Neftalí Ricardo Reyes Basoalto reescribe el clásico infantil “Caperucita Roja y el Lobo feroz” en clave inocentes republicanos exterminados por las hordas fascistas.

Terminada su lectura, luego de los aplausos de rigor, el micrófono quedó abierto para comentarios del público.

Fue entonces que recordé que al otro lado del mundo había fallecido Kenzaburo Oé. Pensé que, siendo la figura literaria que era resultaría extraño no dedicarle una sola palabra, y que, a pesar de las distancias entre el japonés y el chileno, había un desgraciado hecho que, como se verá, les unía, y a la vez, les separaba con una profunda grieta, un verdadero abismo.

Nacido en 1935 en la lejana isla de Shikoku, con solo nueve años el pequeño Kenzaburo quedaría huérfano de padre al morir éste en la Guerra del Pacífico. A partir de entonces, será su abuela quien asumirá un papel central en la educación del niño, tercero de cinco hijos, en una familia tradicional japonesa donde ella desempeñaba el papel de encargada de preservar la tradición oral japonesa. Su influencia, sería decisiva en la temprana vocación del niño Oé en su afición por las letras.

En Tokio, a donde viaja por primera vez con 19 años para ingresar en la Universidad, estudia Letras Francesas siendo alumno de Kazuo Watanabe. Se casa en 1960, cuando ya había publicado sus primeros trabajos, lo que le había valido el Premio Akutawa para jóvenes promesas literarias.

Para 1963, cuando ya había viajado a Francia, donde había conocido a Sartre y tenía una carrera y una vida por delante, es que le sobreviene la tragedia familiar: la llegada de su primer hijo, Hikari -traducido como “luz”, significativamente- nacido con una severa discapacidad producto de una hidrocefalia, que además se verá luego acompañada de un diagnóstico de autismo.

Es que, como lo relatara Oé en su novela “Una cuestión personal”, aquél hecho sería su propia explosión nuclear, un parteaguas para el que un joven de apenas veintiocho años no estaba preparado.

Lo que vendría sería la larga lucha de Oé consigo mismo, el pasaje por todos los estados de ánimos posibles, las peores ideas imaginables, el descenso a los infiernos del alcohol, el abandono y hasta las ideas, filicidas en algún caso, suicidas en otros.

En esa novela publicada en 1964, a la que luego seguirían “Dinos cómo sobrevivir a la locura” y “El grito silencioso” relata esa terrible experiencia, el exorcismo de sus demonios, y el largo y doloroso camino de aceptación y construcción de un amor filial que le acompañará toda su vida y le dará a Hikari la oportunidad de desarrollar su propia vida y un talento musical para la composición que de otro modo jamás habría conocido.

La suya fue una verdadera lucha a vida o muerte entre el bien y el mal que todos llevamos dentro, pero que la ética y moral propias de su educación, terminaron decidiendo por el camino correcto, no sólo para su hijo que dependía de él y era culpable de nada, sino para él mismo. Su carrera literaria, explosiva a partir de 1964 y con esta experiencia personal como eje, es lo que le llevaría a obtener treinta años después el Nobel de Literatura por el conjunto de su obra.

Hijo de su tiempo y circunstancias, Oé fue un intransigente defensor de las causas de paz y contrario al desarrollo nuclear, que sostuvo hasta su propia muerte.

La belleza y profundidad de su obra, su compromiso ético y moral con la vida y el respeto a los valores del individuo, serían harto suficientes para hacerle merecedor de mucho más que esta columna y todos los homenajes, que seguramente le serán dados, por sí solo y sin necesidad de apelar a ninguna otra cosa.

Si le he dado vela en este funeral al chileno Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, alias Neruda, dios no menor de la imaginería de la izquierda latinoamericana y de la progresía biempensante europea, es porque él también tuvo una hija, primera y única, casi con la misma edad, en 1934 y a los treinta años, dos antes de estallar la Guerra Civil.

Malva Marina, nace en el Madrid donde su padre es Cónsul General de Chile -en su calidad de miembro del Comité Central del Partido Comunista de Chile- con una brutal hidrocefalia, que pone en serio riesgo la posibilidad de sobrevida.

El rechazo de Reyes Basoalto a su hija demora lo que le cuesta aceptar su infortunio. A partir de entonces ella será “una vampiresa de 3 kilos”, una “especie de punto y coma”, un “ser perfectamente ridículo”.

El estallido de la Guerra Civil menos de dos años después, la huida -propia de estos especímenes- hacia Montecarlo, le dan al rey de las parrandas, la coartada perfecta para abandonar a su “querida Maruca” a la buena de dios, para nunca más volver.

No iba a ser ese pequeño monstruo el que iba a impedir que Neruda, el poeta bendecido urbi et orbi, disfrutara de su condición divina de pope comunista, caviar y champagne, y cama promiscua como las de los poderosos que se sienten tales.

Las peripecias de esta infamia han sido muy bien relatadas por la escritora Hagar Peeters en su novela “Malva” de Ed. Rey Naranjo.

Pero la disociación entre la calidad literaria -que no nos sentimos calificados para cuestionar, aún cuando sus versos despidan olor a sangre- y la del ruin ser que fue Neruda, tendría todavía décadas para manifestarse con total impudicia. Desde su auto confesa violación a una criada en Sri-Lanka, hasta su “poema de la maldad” como lo calificara Fernando Mires, por la “Oda a Stalin” dedicada a la muerte del genocida, escrita desde su casona en Isla Negra, una de las 3 grandes propiedades que poseyó el comunista Reyes. No fue la única maldad a la que rindió pleitesía, por cierto. Fulgencio Batista (sí, ¡Batista!) y Fidel Castro fueron también destinatarios de sus patéticos panegíricos.

Todas estas ruindades son nada comparadas con la muerte, a los 8 años, de esa Malva Marina que no pudo nunca florecer, sola y abandonada a la suerte de una madre que corrió igual suerte.

En una entrevista al diario “La Tercera” el notable escritor argentino César Aira, autor del libro “Diccionario de autores latinoamericanos” dedica un capítulo al chileno, en el que afirma que “el cinismo de Neruda le permitió vivir sin sentir miserias ni dolores, aunque se los infligiera a otros. Creo que era muy propio de aquellos izquierdistas de antes, tan infatuados con su postura de Amigos del Pueblo que se lo podían permitir todo, desde el adulterio hasta el champagne”.

Aquí, es cuando uno debería ponerse de pie y aplaudir a César Aira por tan magistral descripción en tan sólo un párrafo, con el que debemos coincidir hasta en las comas.

En cambio, en este particular homenaje a Kenzaburo Oé que pretende ser esta columna, en la que como en esas salas de espejos donde el reflejado, delgado, se ve obeso o siendo alto se ve pequeño, sin que las calidades literarias sean puestas en cuestión -habida cuenta que eso es materia del lector-, la figura del Oé consagrado a su hijo y la del chileno inmoral puestas frente a frente, la de aquél adquiere la estatura de un gigante enfrentado a un minúsculo ser informe, “un vampiro de muchos kilos”, una “especie de punto y aparte”, un “ser perfectamente despreciable”.

Al final de esa entrevista, Aira dice algo más: “de cualquier modo, la calidad literaria corre por un canal distinto al de la moralidad”.   

No, César. No.

Una y otra son una misma, porque si bien un monstruo puede “escribir los versos más bellos una noche” no dejará por ello de ser un monstruo, y en cambio, toda bella literatura reluce con el brillo del oro auténtico si detrás de ella reposa la figura de un ser humano merecedor de ser llamado tal.

De Oé, su obra y su vida, seguirán viviendo en nosotros.

Requiescat in pace, Kenzaburo.