Los fantasmas de Otto Müller

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA

La muerte de Otto Müller

El teléfono sonó ya entrada la tarde; la taza de té estaba humeando frente a mí. Era mi madre.

—Tu abuelo ha muerto —dijo como quien apura un trago.

El celular se hizo pesado mientras yo trataba de sostenerla desde los 6.500 kilómetros que nos separaban. Habían pasado varios años desde la última vez que estuve en casa; el recuerdo de su abrazo se había hecho tenue como piel envejecida. Durante una eternidad nos acompañamos en un pacto de silencio que ninguno se atrevía a romper.  Sostuve el teléfono con fuerza inconsciente hasta que mi mano empezó a agarrotarse.

—Que descanse en paz —dije con una voz que no me pertenecía, intentando que aquellas palabras no me desbordaran.

—Amén —respondió mamá con un hilo de voz que antecedió un nuevo silencio.

Me sostuve de la mesa para contener el vértigo que me causó la noticia. Pensar en el abuelo me ayudó a mantener la conciencia. Me lo imaginé en la biblioteca con sus pantuflas elegantes y aquella bata de paño inglés que solía usar en casa y que siempre me resultó excesiva para el trópico.

—Cuéntame cómo pasó —dije quedo.

Mi madre contuvo los sollozos y me dio los detalles. Habían pasado apenas unas pocas horas. El abuelo simplemente se derrumbó, vencido por la enfermedad. Con esfuerzo ahogué el lamento que intentaba escaparse por mi garganta; no me atreví a llorar.  Tomé un sorbo de té; el líquido tenía una aridez densa que me dificultó tragarlo.

 Cuando mi padre nos abandonó, el viejo se puso al frente. Terminó criándome junto a mi madre y se convirtió en la figura masculina más importante de mi historia. Cerré los ojos y traté de ubicar los rasgos de su rostro. Era inútil, en medio de la conmoción su cara se había liquidificado, como si fuera una mancha de pintura corriéndose sobre un lienzo. El lienzo era yo. 

Usé una servilleta que tenía a la mano para secarme un par de lágrimas que cayeron sin previo aviso por mis mejillas. Sin saber por qué, reparé en aquel trozo de papel rugoso. Era amarilla, parecida a las de las fiestas infantiles; tenía restos de la torta de chocolate que comía antes de la llamada y que ahora había adquirido un color marrón sucio parecido al de la mierda.

Alguien abrió la puerta del local, dejando entrar una ráfaga de aire frío que hirió mi rostro y me sacó de mis cavilaciones. Levanté la vista temiendo que los que me rodeaban hubieran percibido mi pequeño drama personal; me alivió ver que todos se ocupaban de sus propios asuntos. Siempre fue fácil pasar desapercibido en esta ciudad. Afuera rugía un viento gélido que, por alguna razón, me resultó entonces más perceptible. Mamá me hablaba de manera cariñosa, aferrándose a mí a través de las palabras. Su voz cálida era lo único que me reconfortaba.

—Papá se fue y siento que me han cortado un brazo —me dijo en medio de su angustia.

—No hay más remedio que ser fuertes. Usa los míos si te hacen falta. —Eran palabras vacías, pero fue lo único que se me ocurrió decir para consolarla.

—Ojalá estuvieras aquí.

—¿Qué te puedo decir? Si pudiera tomaría un avión ahora mismo.  

—Lo sé, no te preocupes, es lo que pasa cuando los hijos crecen. Una siente que los pierde un poco.

—Mamá, no me has perdido; adelantaré mis vacaciones o pediré un permiso. Iré pronto, te lo prometo.

—Te comprendo. No es un reclamo, es solo un desahogo. Tú eres el único hombre que me queda —dijo compungida.

 —¿Crees que deba llamar a mis tías y darles el pésame? —le pregunté, evitando que ella se derrumbara arrastrándome consigo. 

—No. No creo que haga falta; te llamaré durante el velorio y así aprovechas y hablas con ellas. Entre la familia no se dan pésames, uno solo se acompaña —me aleccionó.

—Me alegra que estés acompañada.

—Sí, pero sabes que entre mujeres siempre es todo más emocional. A veces mis hermanas me aturden. Hablar contigo me hace bien. Todo esto ha sido muy doloroso y ninguna sabe muy bien cómo continuar. 

El abuelo y yo habíamos vivido rodeados de mujeres. Él tuvo tres hijas y mis tías solo tuvieron hembras. Yo soy el único varón. Nuestra relación fue rugosa y cercana. De alguna manera nos refugiábamos el uno en el otro, construyendo un bastión en contra de la fuerza avasallante de lo femenino. Mi madre y mis tías aceptaban esa camaradería con resignación y mis primas con cierto malestar culposo que les costaba ocultar. Yo incluía aquellas asperezas entre las pérdidas que empezaba a contabilizar. 

—Nunca hemos hablado de la enfermedad del abuelo —le solté a mi madre como si ella tuviera la culpa de aquella circunstancia—. Sabía que no estaba bien, pero su muerte me parece repentina.

—Tú nunca preguntaste y yo no quise preocuparte —acotó.

—Has debido decirme —dije con severidad.

—Traté de protegerte.

No soy un niño —respondí resentido.

—Lo sé, pero yo soy tu madre y es mi trabajo. Además, tú estás demasiado lejos y no había nada que pudieras hacer.

—Si me lo hubieras advertido, hubiera podido despedirme.

—Javier, hijo, la muerte nunca puede advertirse, solo sucede —señaló.

Luego me comentó de lo mucho que tenían por delante: cosas que recoger, papeles que revisar, documentos patrimoniales, entre miles de otros asuntos.

—Tu abuelo era muy quisquilloso; hay un montón de cosas que solo él conocía y nos ha tocado reconstruir todo como si fuera un rompecabezas.

En efecto, la vida del abuelo estaba cargada de piezas en ausencia de figuras de referencia. De su vida en Europa solo sabíamos lo que nos había contado, que era poco. Había sido partisano. Luchó contra los nazis y mató a alguno. No le gustaba hablar de ello, decía que eso pertenecía al pasado y que él había dejado Europa para vivir el presente. Jamás regresó a Austria y, en cuanto tuvo la oportunidad, adquirió la nacionalidad venezolana. Nunca indagué lo que había detrás de aquella negativa a contar su historia; supuse que no quería lidiar con lo que había dejado atrás. Jamás me imaginé la existencia de un secreto tan determinante como el que con el tiempo llegaría a descubrir.

El abuelo era un tipo singular. Era alto y elegante, tenía la voz ronca y profunda de quien estaba acostumbrado a dar órdenes. Hablaba con un acento germánico que nunca lo abandonó. Era cariñoso pero tosco; solo se dulcificaba con las damas, a quienes trataba con delicadeza domesticada.

Aprovecha el día —me dijo cuando puso en mis manos un ejemplar de la vida breve de Séneca, que aún me acompaña—. Nunca dejes que entre el pensar y el hacer te salgan canas.

Fue mi primera lección de estoicismo. El abuelo no creía en las disertaciones largas, sino en la voluntad que se mantiene en pie hasta el desplome. Mostraba, no dictaba cátedra.

Por alguna razón, la muerte suele venir acompañada de memorias que no hacen más que profundizar las ausencias. Reflexioné mientras las imágenes se agolpaban en mi cabeza. Me lo imaginaba luchando por mantenerse en pie.

Yo buscaba palabras para mantener viva aquella conversación en la que mi madre parecía desvanecerse. En el fondo de una rocola antigua sonaba la voz de Norah Jones; interpretaba la conocida «Don’t Know Why» y yo decidí que se trataba de un homenaje al abuelo. Respiré antes de continuar.

—Duele que se haya ido —dije finalmente.

—Sí, siempre es doloroso que se vayan los nuestros.

—Ahora toca aceptarlo y tratar de continuar —apunté tratando de simular que todo estaba bien. La verdad es que tenía un miedo extraño que poco a poco se fue convirtiendo en desolación.

—Te quiero. Dios te bendiga. Hablemos más tarde —dijo mi madre con la voz quebrada antes de cortar la llamada. Yo me quedé estático en la silla en medio de un tiempo que se había detenido. El té estaba frío y ahora me parecía insuficiente. Pedí un whisky seco que me bebí de un trago a la salud del fallecido; sin dudas, aquel era un mal momento para estar lejos.

Me pasó como a muchos, vine a Canadá a estudiar y terminé quedándome. Fue algo que simplemente sucedió. Supongo que pertenezco a la primera oleada de una diáspora que al final terminó inundando al mundo. Han pasado cinco años y todavía no me acostumbro al invierno y a las particularidades de la convivencia, a ciertas sutilezas de la cultura. Migrar siempre nos coloca frente a otra dimensión de lo humano.

El camarero me trajo otro trago. Esta vez lo saboreé con lentitud, sintiendo sus matices. Me distraje detallando el lugar. Era un bar musical donde a veces daban conciertos. El estilo vintage y las fotografías icónicas parecían ahora detenidos en el tiempo. Me había sentado en una barra larga que se encontraba rodeada de pequeñas mesas de madera y teléfonos de baquelita. Todo allí me recordaba al abuelo.

Bebí un poco y le deseé buen viaje. Frente a mí había una fotografía de Carlos Gardel; iba de sombrero y llevaba una bandana al cuello. Me levanté por impulso y me aproximé a la rocola; precisaba un tango, busqué hasta que encontré el que necesitaba:  Adiós Nonino. 

Mientras Piazzolla dejaba correr la nostalgia en el bandoneón, recordé nuestras discusiones filosóficas; el viejo leía a Nietzsche, yo prefería a Foucault y a Habermas. Nos enfrascábamos hasta alcanzar los puntos de inflexión y solo nos deteníamos cuando todo estaba a punto de romperse. La verdad, siempre comprendimos la necesidad de hacernos concesiones.

Decidí abandonar el lugar cuando los recuerdos empezaron a pesar demasiado. Afuera me recibió la ventisca. Había nevado y las calles empezaban a cubrirse del velo invernal. Disfrutaba caminar sobre la nieve reciente; me gusta aplastarla y dejar mis huellas marcadas durante el instante efímero que les tomaba desaparecer, esta vez lo hacía cabizbajo. Subí el cierre de mi chaqueta y saqué los guantes del bolso justo cuando mis dedos empezaban a entumecerse. En medio de la helada pensé en el mar de Higuerote. Mis paseos con el abuelo adquirieron entonces una nueva dimensión.

Llegué a casa después de tomar el metro y comprar algunas cosas en el supermercado. Mientras me quitaba la ropa húmeda y entraba en calor, pensé que entre la vida y la muerte siempre quedan demasiadas cosas por decir. Me senté en un sillón y revisé algunas fotografías viejas. El abuelo terminó perdiendo la memoria y yo me aferraba a nuestras pequeñas historias como si me fuera la vida en ello.


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