Ninón Sevilla y Los maricones van al cielo: novela de Armando López Salamó

Presentación en Miami de «Los maricones van al cielo». En la foto, el periodista y crítico de cine Alejandro Ríos y el autor Armando López Salamó.

Armando López es conocido como editor de la revista Opina y gestor del premio Girasol que tanto involucró y entusiasmó al público cubano durante sus años de vigencia, los ochenta y parte de los noventa del siglo pasado1. También fue promotor, productor y guionista de espectáculos en teatros, cabarets, y televisión. Para sorpresa de muchos, a fines del año pasado publicó una novela bajo el título Los maricones van al cielo (2021)2, que bien podría referirse a una comedia musical de moda hoy mismo, o a un ensayo sobre sexualidad, ahora que este tema asociado al del homoerotismo se ha hecho ubicuo en las aulas, los libros de teoría literaria, la prensa plana, las conferencias académicas, las pantallas de los televisores, las redes sociales, las salas de cine y de teatro, los teléfonos móviles y las tabletas.

En alusión al ambiente psicosocial de la cárcel, aunque extensible a la sociedad en general, el narrador de Hombres sin mujer (1938), acuña esta frase: “No importa que no se vea la carne: el sexo está en todo”. Al comentar el medio que rodea a Pascasio, se hace la siguiente pregunta: “¿Cómo era posible que un hombre se pusiera a enamorar a otro?” (15). Más aún, él estaba acostumbrado a convivir en un mundo dividido entre “leas” y “bugas”, “como le[s] (sic) decían a los pederastas…se pasaban el día hablando de lo mismo, con palabras pegajosas y espesas como semen” (13)3. [mi énfasis]

¿De qué trata Los maricones…? La información dada en el reverso de la portada es suficiente para resumir el argumento:

“Un niño [Jorge Pérez Malatierra, alias Tres Paticas] se aventura en busca de su identidad. Como todos los niños es inocente, pero los prejuicios y la intolerancia, no dejan otro camino que la transgresión. Pícara, irreverente, procaz, esta novela narra las peripecias del niño-adolescente que aspira a la redención por el amor, en un pueblo [Matacallá] donde las fronteras del sexo están trazadas, los peligros acechan, las Malísimas vigilan, y la magia juega un papel revelador”. [mi énfasis]

Matacallá es un sitio imaginario que el lector puede asociar con cualquier espacio de la nación desde Pinar del Río hasta Guantánamo, si bien el contexto remite a un período anterior a 1959. En cualquier punto del locus insular hubo, hay y habrá una pelea, unas aventuras, unos riesgos y unos choques donde una persona gay se vio, se ve y se verá compulsada a plantar cara a los poderes públicos y, en ocasiones, a su familia nuclear. Por eso Emilio Bejel entiende que “…debido a tales esfuerzos, el fantasma de la homosexualidad y el simbolismo del cuerpo homosexual ha amenazado por mucho tiempo el discurso nacional cubano” (76)4.

El autor con su madre, a los 5 y a los 2 años.

Ahora bien, en esta novela tiene lugar un contrapunto entre los conceptos homosexual y maricón. En varias oportunidades, el protagonista hace esta diferenciación, no para desmarcarse del resto de aquellas obras literarias donde el centro argumental es la homosexualidad, sino más bien para introducir los matices que caracterizan por separado un par de identidades que, como las entiende Jorge, no son iguales. 

Esto no quiere decir que en el referente cubano y su concreto ámbito literario, el criterio de Bejel recién mentado no sea aplicable a Jorge. Este se conecta muy bien con personajes tales como José María (El ángel de Sodoma, 1928, de Alfonso Hernández Catá); Pascasio Speek y Andrés Pinel (Hombres sin mujer, 1938, de Carlos Montenegro)5. Todos viven circunstancias donde asumir una conducta homosexual abierta conlleva chocar con incontables obstáculos, complicaciones, discriminación, peligros y desafíos a veces mortales. José María se suicida porque no alcanza a liberarse de las presiones familiares y sociales; Pascasio y Andrés sucumben a los rigores y a la violencia del universo penitenciario.  

Con su nana, a los 7 años.

Por supuesto que fue en el período republicano (1952-1959), donde comenzó la tradición de incorporar el tópico de la homosexualidad a las letras, a pesar de las convenciones al uso, los reparos, las objeciones y la censura de determinados sectores laicos y religiosos. Virgilio Piñera en “[Emilio] Ballagas en persona”, aborda el caso específico de este poeta que debió domar su homosexualidad mediante el sometimiento a las normas imperantes, tal y como le ocurre a José María en El ángel de Sodoma6. Hay en el ensayo un párrafo muy lúcido y honesto en cuanto al proceso de renuncias y dolores -como antes experimentó Óscar Wilde- por los cuales pasó Ballagas para salvarse de la reprobación social:

…además de artista, [Ballagas] pudo llegar a ser esposo ejemplar, padre amantísimo, buen católico…Lo que costaron esas decisiones, las noches en vela, los días pugnando con los días, las luchas con el Ángel, las caídas y recaídas, el sentimiento de culpabilidad, las tremendas frustraciones, no, nada de eso tuvieron en cuenta sus amigos. ¿Entonces, ¿se luchó como león en la vida para terminar como carnero en la muerte? (193)7

¿Por qué apodan a Jorge Tres Paticas o Tres Patas? Porque al notar cuán grande era su pene grande, la nana le endilga el apodo (26). Paradójicamente, esa notabilidad fálica le resulta inútil. En el río de Matacallá los muchachos, que se bañan desnudos, se entretienen midiéndose el pene: “El que la tenga más grande es Tarzán, el héroe del colegio… ¡Qué burla! yo la tengo grande por gusto” (26).  

A esta tensión entre biología y disposición psicosexual Jorge le llama ser maricón.

De entrada el título de la novela se convierte en una afirmación provocadora y conflictiva para religiones como el judaísmo, el cristianismo y el islam. En la entrada ‘homosexuality,’ The Oxford Dictionary of World Religions (1997), afirma: “The attitude of religions to homosexuality is obscured by the extremely wide reference of the term (in some religions, for example, particular acts may be condemned, but not the disposition itself, and not all acts) …” (440).

El autor, a los 10 años de edad.

De todos modos, y con independencia de los matices predominantes entre las iglesias señaladas, allí donde se impusieron sus dogmas se codificó el delito de sodomía por el cual muchos individuos fueron condenados a prisión o sido objeto de torturas. En materia doctrinal la iglesia lo identifica como el pecado nefando, es decir el cometido durante el coito anal. A los pecadores les niegan  acceso al cielo, esto es el lugar sagrado donde residen Dios, los ángeles y las almas de los cristianos rectos.

Al leer la frase “las fronteras del sexo están trazadas’ se alude a dos posibles interpretaciones inspiradas sobre todo en estas normativas. La primera que viene a la mente es la de limitarlo a las parejas heterosexuales y en matrimonio; la segunda, prohibirlo si la cópula ocurre fuera de esta institución y así evitar el goce carnal entre solteros, o entre casados que cometen adulterio, entre una persona casada y otra soltera, o cuando el propósito de esos lazos carnales no incluye el de la procreación sino lo que se ha categorizado como sodomía.

El pecado nefando constituye, por deducción, un acto contra natura. Jorge, por cierto, no está seguro de que esa opinión sea cierta, ni siquiera consiente en haber cometido transgresión. La novela comienza cuando él ha asistido a misa y luego confesado. En ese momento, el lector de se entera de lo que está pensando: “El cura sabe que he pecado. Mamá también lo debe saber. Quizá el pueblo entero lo sabe. Yo soy el único que no lo sé” (13).

Incluso va más lejos y, mediante una descripción fatua de sí, que podría haber salido de las páginas de Manuel Puig, imagina ser una bailarina, a quienes sus compañeros de escuela  le gritan: “- ¡Maricón! – [y a continuación concluye] qué adjetivo más sonoro.” Noño, primo de Jorge le dice a este: “La mariconería es un vicio, una perversión, que merece la ira de Dios” (129).

Sobre la homosexualidad, El Catecismo de la iglesia católica (1997) expresa lo siguiente: Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados,” contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso8. (646).

En consecuencia y según esta doctrina, no es posible esperar que los maricones puedan ir al cielo. ¿Qué es el cielo?, ¿dónde está?, ¿quienes residen allá? Esto afirma el Catecismo:  

El ‘cielo’ o ‘los cielos’ puede designar el firmamento, pero también el ‘lugar’ propio de Dios: ‘nuestro padre que está en los cielos’ (Mateo 5,16), y por consiguiente también el ‘cielo’, que es la gloria escatológica. Finalmente, la palabra ‘cielo’ indica el ‘lugar’ de las criaturas espirituales -los ángeles- que rodean a Dios (95).

Armando López, a los 18 años de edad.

En el habla cubana abundan los sinónimos de maricones. ¿Por qué Jorge opta a favor de este calificativo? La respuesta la da explícitamente el protagonista ante una pregunta que el padre le hace: “Quiero que me digas la verdad, Jorgito: ¿eres homosexual?”, Antes de soltar una sola palabra, el hijo hace una breve introspección donde expone sus razones para no mentirle: “Ya me cansé de la fábula del buen hombre y su hijo. Prefiero la del mal hijo y su hombre, y el cuento: “No papá, homosexual era Oscar Wilde… ¡Yo soy maricón!” (121).  ¿Cuál es la diferencia entre homosexual y maricón?

La conducta homosexual ha quedado definida como la de una “…persona que siente atracción por otras de su mismo sexo” (Petit Larousse 2010, 531). Sin embargo, el concepto de maricón reduce dicha preferencia a una sola modalidad: la del hombre afeminado, como se comprueba en la explicación dada en el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas (382)9. Esta, sin embargo, no delimita palmariamente en qué consiste la disimilitud entre homosexual y maricón, y por eso Jorge hace la salvedad apuntada.

Asimismo, en el capítulo “Las tres R”, tres locas (“ricas, recalcitrantes y roñosas”) invitan a Jorge a cenar. El ambiente trazado semeja al de cierta literatura fantástica aunque aderezado con un toque de humor grueso. La puesta en escena es muy teatral y la escenografía barroca, Las R viven en “una casona de enormes columnas [y] esculturas grotescas” adonde llegó montado en un “Packard magnífico” (141).

Durante la estancia en la residencia, una de las R enarbola la palabra ‘homosexuales’ como estandarte de finesse en su acepción de refinamiento y delicadeza. Lo hace en un momento en el cual le muestran una versión del cuadro La última cena donde los doce apóstoles han sido sustituidos por reconocidos artistas canónicos que representan distintas épocas, escuelas y artes: la poesía, la música, el teatro, la novela y la pintura. Todos ellos rodean a un joven y desnudo Leonardo da Vinci que aquí ocupa la antigua centralidad de Cristo en el original (142). En medio de esta atmósfera, Jorge les lanza una pregunta incómoda que de inmediato lo ubica en las antípodas psicológicas e intelectuales de los anfitriones: “¿Es verdad que ustedes no singan?” (143).

Se suele mencionar a Michel Foucault quien en su Historia de la sexualidad establece “que el surgimiento, en el siglo XIX, de discursos médicos y psiquiátricos que definían al homosexual como una clase desviada facilitaban el control social, pero a la vez hacían posible la “construcción de un discurso de rechazo” (140) a dichos diagnósticos (140)10.

Al respecto y en su Critical Theory Today, Lois Tyson afirma que en el mundo anglosajón, pero no exclusivamente, se impuso el apelativo gay por encima del de homosexual porque los expertos consideraban que esta categoría era tratada como un desorden médico o psicológico (331)11. Tyson prefiere aludir a la “sensibilidad gay” y cómo esta influye en la visión del mundo, en la relación con los demás, en la manera de vincularse con el arte y la música, en la interpretación de las obras literarias, en el modo de procesar sus experiencias y de manifestar sus emociones (331). De ahí que para Jorge el contraste entre ser maricón u homosexual resulte determinante y necesaria porque con las tres R no tiene mucho en común.

Armando López junto a Gabriel García Márquez.

Por supuesto que no hay manera de saber si Jorge, que gusta desmarcarse de Wilde y es bastante precoz para su edad, está al tanto de que aquel cumplió dos años de  prisión por haber sido hallado, en juicio célebre, culpable del delito de sodomía. Hacia el final de la condena, Wilde escribió una extensa y muy notable carta (De profundis. In Carcere et Vinculis, 1897), dirigida a su más joven amante, Lord Alfred Bosie Douglas, hijo del Marqués de Queensberry, quien montó la acusación de sodomía contra el dramaturgo.

Gracias a ella, los lectores han podido enterarse de los pormenores de una intensa y a menudo perniciosa relación amorosa, altamente conflictiva, escandalosa en ocasiones, voluble, contada a veces con pelos y señales, repleta de quejas contra Bosie, a quien le adjudica también, y en tono despechado, su inconsistencia de carácter, su desconsideración por el tiempo creativo que Wilde reclama haber perdido mientras lo atendía, la mala reputación social que le había causado y el despilfarro de sus ahorros ganados por méritos literarios y respaldo del público.

En la misma carta añade valoraciones extraordinariamente agudas sobre el dolor y el sufrimiento, las lecciones aprendidas en la soledad de la celda en particular y el aislamiento carcelario en general. A la luz de estas circunstancias, reinterpreta las obras de Dante Alighieri, J.W. Goethe, Charles Baudelaire, André Gide, etc., lleva a cabo un análisis particularmente brillante del romanticismo y de Jesucristo como héroe principal de ese movimiento, además de manifestar una conciencia clara y un orgullo justificado por su propia notoriedad y prestigio dentro de las letras inglesas12

Indudablemente, el lector se da cuenta de que la personalidad y los intereses artísticos manifestados por Jorge en la trama de Los maricones, no van por los caminos de Wilde. Jorge, proporciona incontables datos sobre su vida erótica y social, incluyendo chismes sobre sus padres, Manana, doméstica además de confidente, los abuelos, las amistades, los rivales y hasta las parejas que se agencia.

La revista Opina, una de las publicaciones de mayor popularidad en Cuba en la década del 80 del siglo XX, fue dirigida por Armando López.

En sus confesiones y comentarios nunca escamotea detalles por insignificantes o escabrosos que parezcan, menos aún sus frecuentes ardores homoeróticos, imaginarios o reales. La premisa aparente es simple: no hay hecho ni delirio que esconder, ni asunto que esquivar ni palabras censurables. Esta falta de recato en la representación de su conducta gay es una de las cualidades distintivas de Jorge en contraste con la discreción de Wilde.

Aparte de esos datos, hay elementos adicionales que sirven para comparar ambos estilos. En Jorge predominan el tono picaresco y la procacidad con que da fe de ciertos pasajes, escandalosos o no. Al contrario de Wilde, no se adentra en disquisiciones filosóficas.  

Definitivamente de él podría afirmarse que es frívolo, más inclinado al teatro de variedades que a los dramas psicológicos o a las tragedias. Más que el ballet clásico le encantan las coreografías de cabaret y los movimientos de caderas en las rumberas. Eso sí, se halla muy cerca de la estética kitsch que conocemos en las obras de Manuel Puig: “Un día me presentaré en un gran teatro, con butacas de pana roja y un telón con pasajes burlescos…Ninón Sevilla no sabe que…le copio sus trajes de lamé, sus batas de encaje con tantísimos vuelos, y hasta los payasitos monísimos con los que baila el mambo…” (21)13.

Claro está, escoge a Ninón Sevilla para sublimar su identificación con ella y con el objetivo de proyectar lo femenino como su ideal sexual a pesar de que reconoce “…yo no quiero ser mujer” (66). En este mismo lugar, nos enteramos de que sueña igualmente con personajes gais o percibidos como tal (Brick, interpretado por Paul Newman)14, con arquetipos de masculinidad presentes en la música popular, Beny [sic] Moré, y en los deportes, por ejemplo los boxeadores Mandarria Jiménez y Puppy García (120).

En ese mismo ámbito, el narrador elige letras de canciones populares que funcionan como breves relatos intercalados para enfatizar un punto de vista o ilustrar un estado de ánimo. En repetidas ocasiones hallamos en cursivas letras de canciones infantiles, jingles comerciales, boleros, cha, rumbas, guaguancó, etc. Es tan determinante esta técnica narrativa que al final de la novela aparece una lista de las canciones mencionadas junto a los nombres de sus respectivos compositores (185).

Jorge canaliza y musicaliza su energía erótica mediante el uso de esas letras de canciones para adelantar sus aspiraciones o glosar hechos, aparte de coleccionar fotografías de actores famosos de Hollywood con los cuales sueña: James Dean, Yul Brynner, Sal Mineo… En clave psicoanalítica, esos actos lo ayudarían, repito, a sublimar y realizar conductas reprimidas en el hogar y en la sociedad. Manana, que funge también como su psicoterapeuta, le había dado un consejo útil al respecto: “Haz como te enseñé niño mío, escapa, en tu reino nadie podrá hacerte daño”(15).

Una de los tantos aportes de Armando López a la cultura cubana del exilio.

Esas fugas le permiten a Jorge vivir ciertas fantasías: “Estoy en medio del teatro chino de Hollywood, es noche de Óscares y yo soy la estrella absoluta” (15). Por motivos parecidos a este, Tyson afirma que para los gais, “el transformismo [drag] les sirve para vestirse y maquillarse de mujeres, a modo de subrayar una expresión [y un deseo] personal que se amolda con un determinado afán histriónico, muy representativo de la categoría camp, el cual implica, a su vez, atrevimiento, artificio y exageración (332).

No solo Jorge es capaz de inventarse su propio universo mental sin velos, también atesora un archivo donde guarda imágenes de sus “…más íntimos secretos, fotos de varones sudorosos, provocadores, enmarcadas por mis eróticas anotaciones” (17). En el desván, esconde de su madre algunos retazos de tela que ha tomado de ella y admite que su casa es el primer lugar donde lo enmiendan: “Mamá dice que son pajarerías mías, y me tiene prohibido hacer de Ninón…” (21).

Esas aficiones no le molestan, acepta la realidad de su cuerpo enteramente masculino, dotado, paradójicamente, de un falo prominente. No padece de complejos de inadecuación, de mujer atrapada en cuerpo de hombre, que angustian al José María de El ángel de Sodoma, o el desconcierto que afecta a Pascasio cuando se convence de sentirse atraído por Andrés en Hombres sin mujer.

El primero verbaliza esa incomodidad de esta manera: “¡Pero si dentro de mí, me siento blando, femenino! ¡Si desde niño gusté de cuanto las mujeres gustan! Si la naturaleza, o Dios, o Satán iban a hacerme mujer y, cuando ya estaban puestos los cimientos de mi ser, se arrepintieron y echaron de mala gana arcilla de hombre. ¿qué he de hacer yo?” (41 PDF).

Por otro lado, el presidiario Matienzo comparte con Andrés este razonamiento: “¿Sabes lo que nos pasa? ¡Que somos los hombres sin mujer! … Aquí no hay degenerados; hay, solamente, hombres sin mujer…Eso es todo…Tú no eres una mujer, pero… pareces menos hombre que los que estamos aquí…” (56).

A manera de cortesía con el lector no cubano, luego del final de la novela (181-184), se añade un glosario que aclara el significado de términos relacionados con las prácticas religiosas afrocubanas, cubanismos, y otros vocablos de rigurosa connotación sexual, presentados sin filtro. Unas pocas muestras: bollo, crica o raja; morronga; rallarse una paja…