Mi biblioteca

…lo bueno de una biblioteca es ir eligiendo lo importante
y por eso en ella está dibujada nuestra vida.

Me siento derrotado por mi biblioteca. La miro, toco los lomos de mis libros adorados y me doy cuenta de que muchos ya no podré leerlos. Varios están conmigo hace más de tres décadas. ¿Por qué los conservo? Son parte de mi paisaje íntimo y me tranquiliza verlos ahí. La acumulación tiene diferentes motivos. Uno es el hábito de tener toda la obra de un autor que me gusta y en varios idiomas. Un caso típico es Lawrence Durrell, El cuarteto de Alejandría. Lo tengo en inglés en dos ediciones diferentes y en español en otras dos. O Rimbaud, cuyas ediciones se acumulan. Una de ellas, una bonita traducción de Jomi García Ascot. De Graham Greene tengo 53 libros en español e inglés con dos primeras ediciones: The Human Factor y El doctor Fischer de Ginebra. Edición de autor importante que veo y no tengo, la compro. ¿Pretendo llegar a una especie de biblioteca perfecta? Hay motivos profundos: una biblioteca es muchas cosas, pero sobre todo es un retrato íntimo de su propietario. Para mí lo más hermoso y grande de la vida es la literatura y, dentro de la literatura, la novela. Mi adolescencia transcurrió leyendo novela latinoamericana. Quise ser Tres tristes tigres, Rayuela, La tía Julia y el escribidor, Sobre héroes y tumbas, La región más transparente, Cien años de soledad, Casa de campo, Boquitas pintadas, Lazos de familia, Juntacadáveres, Un mundo para Julius, Pedro Páramo, El recurso del método, Gabriela, clavo y canela, Silvio en El Rosedal, La nieve del almirante, Agosto, Paradiso… No sólo quería leerlas y emularlas, quería ser esas novelas. Mi sueño de escribir proviene de ahí. Formar parte, aunque fuera de un modo modesto, de ese conjunto llamado “literatura latinoamericana”.

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