Cuba y la monarquía

Leonel Antonio de la Cuesta

Isabel "II" corona a Manuel Quintana como poeta laureado. Su reinado "coronó" al pueblo (o a la oligarquía parlamentaria que decía representarlo), destruyendo la Monarquía que la primera Isabel había exaltado.

Isabel “II” corona a Manuel Quintana como poeta laureado. Su reinado “coronó” al pueblo (o a la oligarquía parlamentaria que decía representarlo), destruyendo la Monarquía que la primera Isabel había exaltado.

Cuando pensamos en la monarquía casi siempre la relacionamos con Europa y hasta cierto punto con Asia, por ejemplo, Japón y Tailandia. Sin embargo, la monarquía como sistema de gobierno existe en el Nuevo Mundo y ha estado presente, aunque sin mucho éxito, a través de la historia del mismo.

Me explico. Canadá, un país de grandes dimensiones geográficas (aunque relativamente poco poblado) es una monarquía. Su jefe de Estado es Isabel II, no como monarca del Reino Unido, sino como reina del Canadá. Belice, otra nación de tierra firme, reconoce igualmente a Isabel II como su monarca. En ambos casos ninguno de los dos países tiene una nobleza titulada autóctona, ni dicha reina vive en el territorio nacional. Claro que Noruega también carece de nobleza pero siempre ha tenido a un rey como jefe de Estado. Además de los países citados, también se clasifican como monarquías constitucionales las Islas Bahamas, Jamaica, Barbados, Antigua y Barbuda, entre otras, todas ubicadas en el Caribe.

En el siglo XIX las monarquías tuvieron en el Nuevo Mundo una relativa importancia. En primer lugar, Brasil, el país de mayor extensión territorial y mayor número de habitantes de la América Latina. El Brasil consiguió su independencia sin derramamiento de sangre pues Dom Pedro I, su primer emperador, era el príncipe heredero de la Corona portuguesa y se negó a regresar a tierras lusitanas tras haber desaparecido en 1814 el peligro de la invasión napoleónica. “Eu fico!” (¡Me quedo!), exclamó al pedírsele desde Lisboa su regreso. Su reinado (1822-31) fue extraordinariamente positivo, y más todavía el de su hijo y sucesor Dom Pedro II (1831-89) uno de los más esclarecidos gobernantes de ese inmenso país. La Casa de Braganza ha dejado un excelente recuerdo y se considera un hito positivo en la historia del Brasil.

Otra nación declarada imperio fue Méjico. La independencia del país la logró Agustín de Iturbide, criollo de origen vasco, proclamado emperador el 18 de mayo de 1824. Su imperio solo duró unos meses. El flamante emperador se vio forzado a abdicar por un golpe de Estado militar encabezado por el tristemente célebre Antonio López de Santa Anna. Pasados los años Napoleón III concibió la idea de recrear el imperio mejicano e hizo escoger para esta dignidad a Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria, casado con Carlota, princesa belga. Nos resulta hoy en día increíble que una pareja que aparte de hablar el español y ser católicos, se decidieran a aceptar la Corona sin conocer siquiera el país, basados en el hecho de ser él descendiente de Carlos V. Solo en la atmosfera del romanticismo se puede concebir un disparate de esta magnitud. El archiduque terminó fusilado por Benito Juárez en el Cerro de las Campanas, tan pronto como terminó la Guerra civil en los Estados Unidos y se hizo posible invocar la conocida doctrina de Monroe. En el número XV de esta revista, publicado en noviembre de 2010, me he referido en detalle a ese episodio, así como al hecho de que hoy en día viva en Australia el heredero de la Corona mejicana. A este trabajo remito al lector interesado en ahondar sobre el tema.

En contraste con Brasil y Méjico, dos grandes países de Iberoamérica, la monarquía floreció también en uno de los más pequeños: Haití. Y allí prendió en varias ocasiones. Es cierto que esta nación se separó de su metrópoli antes de que lo hicieran las naciones iberoamericanas de las suyas.

Haití a principios del siglo XIX era un país muy rico gracias a los altos precios del azúcar, el café, el cacao y el algodón, producidos por la mano esclava de los negros importados de África por los colonos franceses. La Revolución francesa de 1789 desencadenó en la isla (llamada Saint Domingue) una verdadera guerra racial. Los esclavos exigían su manumisión y los colonos se negaban a ello. Francia se vio obligada a abolir la esclavitud en 1801. Un antiguo esclavo que se había destacado, Toussaint de Louverture, dio un golpe de mano y se hizo elegir gobernador vitalicio, así como aprobar una Constitución. Napoleón Bonaparte, primer cónsul de Francia, reaccionó ante este hecho enviando un ejército y numerosos buques de guerra al mando de su cuñado el general Víctor Emmanuel Leclerc. Este hizo prisionero a Toussaint y lo remitió a Francia donde murió. Pero Leclerc también murió, víctima del cólera. Los lugartenientes de Toussaint, Jean Jacques Dessalines y Henri Christophe, arrojaron a los franceses de la Isla y el primero de enero de 1804 proclamaron su independencia y bautizaron a su Estado independiente como Haití, voz de las lenguas indígenas que quiere decir “tierra de montañas” . Dessalines se hizo proclamar “emperador electivo” y ciñó, se dice, una diadema de papel dorado. Dos años después el primer emperador haitiano moría asesinado. Christophe asumió la jefatura del Estado con el título de presidente vitalicio y cuatro años después, el 28 de marzo de 1811, se proclamó rey y fue coronado con toda la pompa del caso el 2 de junio de 1812. Se le ungió, por cierto, con aceite de coco, pero esta vez la corona no fue de papel1.

Henri I organizó una verdadera monarquía con Corte y Nobleza. Construyó edificios deslumbrantes como el Palacio Real de Sans Souci y la fortaleza La Ferrière, inexpugnable plaza fuerte.

Henri Christophe estableció una administración pública eficientísima. Promulgó leyes como el llamado Code Henri donde se regulaba minuciosamente la vida de los haitianos. Se proscribían la prostitución y la mendicidad; se propiciaba el matrimonio (católico, por supuesto) y se creaba un cuerpo de seguridad, los dahomei, precursores de los tom-tom macoutes, formados por nacionales de ese país africano, y leales al rey hasta la muerte. Se persiguió la criminalidad y desde luego la desafección al Régimen. La producción económica se multiplicó y consecuentemente las exportaciones. Esta riqueza propició la fundación de una escuela de medicina, otra de Bellas Artes, así como la construcción de numerosas obras públicas. Sin embargo, la ausencia de las libertades que la Revolución de 1789 había proclamado, convirtió al Gobierno regio en una tiranía despótica. El 15 de agosto de 1820, el rey sufrió una apoplejía y el 8 de octubre el antiguo esclavo, nacido en la isla de Grenada en 1777, se suicidó con una bala de oro.

Esta saga ha sido novelada con mano maestra por Alejo Carpentier en su obra El Reino de este Mundo.

En otros países latinoamericanos se jugó con la idea monárquica. Por ejemplo, en la Argentina. Desde 1810 en que la Junta de Buenos Aires se arrogó por subrogación los poderes del virrey, se pensó en la necesidad de proclamar la independencia bajo la forma de una monarquía. A pesar de ello, la Junta en 1813 abolió los títulos de nobleza y los mayorazgos2. No se proclamó la independencia, sin embargo, hasta 1816. Manuel Belgrano, el creador de la bandera nacional argentina, aconsejó establecer un reino. Otros inclusive, propusieron que un Inca ocupara el nuevo trono. El Congreso de Tucumán se trasladó a Buenos Aires y allí votó la Constitución de 1819 donde no se mencionaba la palabra república y cuyos jefes se denominaban directores generales3. Esta Carta nunca tuvo vigencia pero hizo evidente que la idea de la monarquía no estaba lejos. De hecho la idea parece haber perdurado a través de los años, pues tan recientemente como en 1993 circuló en Madrid la noticia de que el llamado Movimiento Monárquico Argentino estaba considerando pedirle al rey Juan Carlos que su hija menor, la infanta doña Cristina, ocupara el trono del Río de la Plata, formado por la Argentina y el Uruguay. El hecho quedó plasmado en un artículo del periodista José Grau en el que daba a la luz una entrevista con el señor Mario Carosini, líder del Movimiento Monárquico Argentino de fecha 24 de noviembre de 1993. El asunto como era de esperarse quedó en la nada4.

Si se registra a fondo la historia política post colonial de los países hispanos se encuentra que la idea monárquica se ha asomado en mayor o menor grado, como por ejemplo en Centroamérica que se incorporó transitoriamente al imperio mexicano de Iturbide. Inclusive, en Haití se proclamo por cuarta vez la monarquía entre 1849 y 1859 con Faustin Soulouque como monarca.

Y, ¿qué pasó con Cuba?

Se dijo anteriormente que las monarquías británicas en el Nuevo Mundo carecen de una nobleza titulada y por ende no se tiene una conciencia clara sobre el carácter dinástico de esos países.

O sea, que la nobleza es un elemento importante en la configuración de una estructura política monárquica. No es esencial pues como también vimos no hay nobleza titulada en Dinamarca y nadie duda de la naturaleza monarquista de su sistema de gobierno.

¿Cuál ha sido la situación de Cuba al respecto? ¿Hubo como en muchos países latinoamericanos una tendencia monárquica?

Aclaro antes de seguir adelante que aparte de los títulos nobiliarios hay otras categorías en lo que ordinario se llama nobleza como lo son la pertenencia a ciertas órdenes militares (la Jarretera en Inglaterra, la de Santiago en España, la del Espíritu Santo en la Francia monárquica, la de Cristo en Portugal, etc., etc.). Igualmente en el caso de España habría que considerar el requisito de la limpieza de sangre y la hidalguía. También en la grandeza.

 

La nobleza cubana

Según los datos que recoge el eminente historiador cubano Leví Marrero Artiles5, en Cuba se empiezan a obtener títulos de nobleza desde principios de siglo XVIII. De hecho entre 1708 y 1866, o sea, hasta la víspera del inicio de la Guerra de los Diez Años, la Corona española había otorgado 34 marquesados y 39 condados6. Curiosamente no aparecen en la lista de Marrero ni ducados ni baronías, ni tampoco muchas grandezas.

Ahora bien, ¿sobre quién recaían estas distinciones nobiliarias? Solamente sobre peninsulares y criollos, es decir, sobre súbditos blancos. Los negros y mulatos, aunque fuesen libertos, no disfrutaban de este privilegio; de hecho, estaban formalmente excluidos como hemos de ver más adelante.

¿Para qué se procuraban los criollos estos títulos de Castilla? El escritor español Jacinto Salas y Quiroga quien visitara La Habana y sus inmediaciones en 1849, explicaba el afán de los criollos ricos de verse ennoblecidos por la especial situación política de Cuba a partir de 1825 en que los capitanes generales recibieran las tristemente célebres facultades omnímodas. El ostentar un marquesado o un condado era una protección, relativamente débil pero protección de todas formas, contra las arbitrariedades de los funcionarios cuneros que mandaban despóticamente en el país y que en muchos casos eran plebeyos7.

¿Qué requisitos se exigían para postular para un titulo nobiliaria?

  • Prueba de hidalguía y de limpieza de sangre.
  • Fortuna personal suficiente para sostener el tren de vida propio del honor que se solicitaba.
  • Méritos personales.
  • Pago de los derechos de expedición del título, eufemísticamente llamado “servicio de supererogación”.

 

La hidalguía es el nombre de la baja nobleza española, a veces carente de documentos y basada en la reputación pública de quienes decían tenerla. La condición de hidalgo, además, variaba de un reino a otro en España. En general su principal privilegio era “no pechar”, es decir, no pagar impuestos8.

Al principio probar la hidalguía era difícil para los súbditos de las Indias, pero con el tiempo se obtenía el reconocimiento de la misma con el pago de un servicio de 5350 pesos fuertes de Indias.

Otro elemento era la limpieza de sangre: no tener ascendientes judíos o moros. En el caso de los reinos ultramarinos tampoco tener sangre africana. La sangre india no era obstáculo pues los reyes españoles reconocían a los indios como los dueños originales de las tierras colonizadas.

Por otra parte, nadie podía ser agraciado con un título nobiliario sin una renta anual superior a los 6000 ducados.

En cuanto a méritos personales, estos podían ser de muy diversa naturaleza. Por ejemplo: la fidelidad a la Corona española durante los once meses de la dominación de La Habana por los ingleses (1762-63), préstamos sin interés o donaciones al Real Erario en situaciones críticas, la fundación de pueblos, etc.

Los servicios de supererogación solían ser cuantiosos: un título ducal pagaba 40 000 reales y el título más bajo (barón o señor) pagaba 8000.

Al igual que la hidalguía hay otra institución nobiliaria típica de la nobleza española: la grandeza. Los grandes de España pueden permanecer cubiertos ante el rey y sus mujeres sentadas ante la reina. Esta dignidad podía estar unida a un título de nobleza o no. Entre los agraciados con ese honor se contaron los marqueses de San Felipe y Santiago, los condes de Villanueva, y los de San Juan de Mopox así como los de Fernandina y los del Castillo. Otro título raro en Cuba fue el de señor. Este se concedía a los fundadores de villas o ciudades y les autorizaba a conocer las causas judiciales en Primera instancia y a veces en segunda y se les investía del derecho de designar alcaldes y regidores. Los señoríos cubanos correspondieron a los marquesados de San Felipe y Santiago (Bejucal), de Guisa (Guisa), de Cárdenas de Monte Hermoso (San Antonio de los Baños) y a los condados de Casa Bayona (Santa María del Rosario) y de San Juan de Jaruco (Jaruco).

Curiosamente al momento de la invasión francesa de 1804 unos pocos nobles cubanos apoyaron al rey intruso. Los más prominentes fueron tres habaneros que acompañaron a José Bonaparte cuando abandonó Madrid: Gonzalo O’Farril y Herrera que se desempeñaba como ministro de la guerra, el marqués de Casa Calvo y la condesa de Jaruco, de quien se decía que era amante del hermano de Napoleón9.

 

Las Órdenes Militares

Surgidas durante la Reconquista para luchar contra los moros, las órdenes militares españolas (Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa) en el siglo XIX eran organizaciones básicamente honoríficas, de menos importancia que los pergaminos nobiliarios, pero de indudable prestigio social. Entre 1642 y 1868 hubo 56 cubanos admitidos en la Orden de Santiago. Entre 1658 y 1868 hubo 28 caballeros cubanos en la Orden de Calatrava y entre 1801 y 1864 un total de 16 cubanos ingresaron en la Orden de Alcántara. La de Montesa recibió entre 1085 y 1868 igual número de caballeros criollos.

 

Otras órdenes y honores

A finales del siglo XVIII (1771) se creó la Distinguida Orden de Carlos III donde se daba más importancia al valor personal del agraciado que a la genealogía ilustre de sus antepasados. Con todo se llegó a exigir la limpieza de sangre, si bien con exigencias menos estrictas en cuanto a su prueba. Tuvo 97 miembros cubanos.

A principios del siglo XIX (1817) Fernando VII creó la Real Orden Americana de Isabel la Católica en la cual entraron 211 criollos.

Otros honores codiciados eran la denominación de gentiles hombres de cámara de Su Majestad y secretarios honorarios del rey. Su número en la Isla hacia 1860 era de 79.

Como se ve en siglo y medio en Cuba se desarrolló una nobleza criolla muy considerable. Sin embargo, cuando a partir de la invasión napoleónica de España (1804) aparecen los diversos movimientos políticos que habrían de animar la vida pública cubana hasta 1899 (reformismo, anexionismo, separatismo y autonomismo), no surgió ningún movimiento que propiciara la creación de un Estado monárquico. Hasta entre los separatistas se destacaron varios nobles titulados: Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucia. Este camagüeyano fue tres veces presidente de la República en armas y firmó la Constitución de Guáimaro y la Constitución republicana de 1901. Además, José Luis Alfonso de García y Medina, marqués de Montelo, dirigente anexionista en la década de 1830. Asimismo Miguel Antonio de Aldama y Alfonso, marqués de Santa Rosa, quien abandonó sus cuantiosos bienes en la Isla y pasó a Nueva York como agente de la República en armas durante la Guerra de los Diez Años. Además, Francisco de Frías y Jacott, conde de Pozos Dulces, fue figura destacada del movimiento reformista.

Consecuentemente en ninguno de los proyectos constitucionales del siglo XIX se habla de otra forma de gobierno que no fuera la republicana. Mucho menos se habló de monarquía después de conseguida la independencia. Los descendientes de los nobles de la época colonial en algunos casos siguieron usando sus títulos sin que nada se lo impidiese legalmente. Hubo una marquesa que se procuró en los años cincuenta del siglo pasado un ducado, otorgado por uno de los monarcas europeos destronados después de la Segunda Guerra Mundial. Hubo otro que fue un intelectual destacado, me refiero al Dr. José María Chacón y Calvo, conde de Casa Bayona y señor de Santa María del Rosario, quien fuera director de la Academia Cubana de la Lengua, presidente del Ateneo de La Habana y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva. Además, fue un investigador destacado en el campo de la Filología hispánica. Ninguno se dedicó a la política activa y los títulos en general solo aparecían en la crónica social de los periódicos.

Ahora bien, a pesar de todo esto hay varios cubanos –y cubanas– que se han introducido en las casas reales de Europa. Hoy en día Su Alteza Real María Teresa, Gran Duquesa de Luxemburgo (née Mestre y Batista Falla), es cubana. Los Batista10 son una antigua familia que aparece mencionada en el Espejo de Paciencia, primera obra literaria escrita en Cuba en el siglo XVII. Igualmente José Güell y Renté, esposo de la Infanta Josefa Fernanda de Borbón y Borbón, prima de Isabel II y hermana del rey consorte Francisco de Asís. Hubo otras dos cubanas que se casaron con don Alfonso de Borbón y Battemberg, primogénito de Alfonso XIII y tío abuelo del actual monarca español. De algunos de ellos pienso ocuparme en el futuro.

Para concluir quiero hacer notar que Cuba como se ha visto es un país de paradojas. Un ejemplo más nos lo da el profesor Elías Entralgo: “La [ley] más radical aprobada por el Congreso antes de 1933, la Ley del Divorcio [fue] presentada por el legislador al que se ha tenido como el más caracterizado representativo de la clases conservadores”. Razón tenía Juan Martínez Villegas cuando dijo: “Cuba es el país de los viceversas”11.

Notas del artículo

  1. Los datos sobre Haití provienen del libro del doctor J. C. Dorsainvil, Histoire d’ Haití, Cours supérieur, publicado en Puerto Príncipe por la editorial Henri Deschamps, 1934.
  2. El mayorazgo es una institución medieval que consiste en retener en un solo heredero por cada generación todo, o al menos la mayor parte, del patrimonio de una familia. Sin posibilidad de dividirlo, pero sí de aumentarlo.
  3. Vide, Félix Luna, Breve historia de los argentinos. Buenos Aires, Editorial Planeta, 2006, pp. 70-75.
  4. Vide, Juan Balansó. Las coronas huecas. Buenos Aires, Random House Argentina, 1995, pp. 203-204.
  5. Los datos positivos (fechas, cantidades, clasificaciones, etc.), salvo indicación al contrario, provienen del tomo XIII de su obra Cuba: economía y sociedad, publicado en Madrid por la Editorial Playor, 1987.
  6. Durante los años mentados se instalaron permanentemente en la Isla los poseedores de cuatro marquesados y un condado originalmente concedidos a quienes no habitaban antes en Cuba. También hubo títulos de monarquías extranjeras, así como pontificios, cuyo uso autorizó la Corona.
  7. Vide, Jacinto Salas y Quiroga. Viajes. La Habana, Edición cubana, 1964, pp. 82-87.
  8. Vide, David García Hernán. La nobleza en la España moderna. Madrid: Ediciones Istmo, 1992, pp. 21-22.
  9. Se trató de María Teresa de Montalvo y O’Farril viuda del conde de Jaruco y Mopox. Además, fue la madre de María Mercedes de Santa Cruz y Montalvo, condesa de Merlín, ilustre literata Cuban decimonónica. Vide, Manuel Moreno Fraginals. Cuba/España: España/Cuba. Historia común. Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1995, p. 185.
  10. Sin vinculación alguna con el dictador de igual apellido. Posiblemente este descendiera de esclavos de los Batista pues los esclavos llevaban el apellido de sus amos.
  11. Vide, Elías Entralgo y Vallina, Lecturas y estudios. La Habana, Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, 1962, p. 231. Ambas citas vienen de la misma página.

Del Autor

Leonel Antonio de la Cuesta
Profesor universitario en los Estados Unidos durante cuatro décadas. Dirigió durante dieciocho años el Programa de Formación de Traductores e Intérpretes de Florida International University. Está acreditado por la American Translators Association y es uno de los principales analistas de Derecho constitucional cubano. Ha publicado varios libros, el último de ellos es Constituciones Cubanas desde 1812 hasta nuestros días.