El monzón, los vientos de la historia
y el fin del imperio americano

Ensayo

José María Matás

El monzón conforma uno de los mayores sistemas atmosféricos del planeta, un sistema “matemático” de cuyo equilibrio depende la supervivencia, a menudo precaria, de millones de personas cuyas agriculturas y economías locales rotan en torno a la estabilidad del proceso. Un buen monzón –del árabe, mausim, “estación– significa prosperidad, de modo que, como nos advierte Kaplan, una alteración en las pautas atmosféricas, debida a un posible cambio climático –no faltan datos estadísticos en los últimos tiempos que nos invitan a temer que el calentamiento global ya está obligando al monzón a seguir un patrón más “errático”–, puede colocar al borde del desastre a extensas áreas del litoral.

 

monzon-un-viaje-por-el-futuro-del-oceano-indico-kaplan-otrolunes28Con frecuencia recurrimos a “los vientos de la Historia” a la hora de intentar captar en una imagen el devenir de la peripecia humana. Más allá del cliché, resulta incuestionable la capacidad de evocación que tal representación encierra. Tal vez, de modo inconsciente, al exhumarla dibujemos mentalmente la imagen del Angelus Novus de Klee, aquel que tanto maravilló a Benjamin; quizá sea un espectro ambulante recorriendo sigiloso un continente entero el que entonces nos devuelva la mirada; o tal vez, puestos a lucubrar, notemos algo así como que acaba de desfilar bajo el balcón del filósofo la figura de un emperador triunfante a caballo. Como sea, con esta socorrida metáfora solemos aludir al carácter variable, impredecible, turbulento, incluso violento con que los acontecimientos se incardinan unos a otros, ora como una brisa, ora como un ciclón horadando la tierra, mientras dejan tras de sí una estela de semillas que irán germinando a su vez al tiempo que multiplican los acontecimientos y hacen avanzar de forma discontinua, así al menos lo entendía entre otros María Zambrano, nuestra común aventura.

Pero, como decimos, con independencia del tópico, el viento y el hombre mantienen una relación tan antigua y rica como problemática. El viento puede ser el más benigno aliado como el más cruento enemigo. El viento que empuja y frena, que refresca y azota como un látigo. Lo supieron los héroes mitológicos que regresaban de Troya y reyes imperiales como el prudente Felipe II, quien vio sucumbir a la armada más invencible de los tiempos modernos a manos de un invitado inesperado. Lo supo, por supuesto, el aedo que encerró todos los males del mundo en un ánfora confiando en que sólo con la mediación de una maléfica brisa todas esas calamidades pudieran esparcirse de un confín a otro del orbe. Y lo han sabido siempre las gentes de la mar: que el viento es un dios al que temer, una profunda tumba helada, y al que adorar, fuente de sustento.

La imagen, por tanto, no es casual ni ociosa. Ya sea como alegoría o en su pura literalidad tratar de predecir la procedencia, la dirección, la fuerza y los efectos que esas corrientes invisibles pueden provocar en el devenir de los hombres supone una vieja aspiración. De algún modo, aludiendo a uno de los interrogantes que recorre la obra que nos convoca, esta actitud se incrusta dentro de nuestra resistencia a aceptar que no somos más que el resultado de vastas fuerzas impersonales –geográficas, económicas y culturales– frente a las que poco podemos hacer.  Allí donde la causalidad y la casualidad colisionan y se confunden, sabemos que el relato amaga con volverse indescifrable. Pero, aún así, persistimos. Nombramos y procuramos conferir sentido a lo que nos rodea, profetizando el pasado pero también tratando de anticiparnos a lo por venir. Y cuando creemos haber atrapado esa realidad, descubrimos, otra imagen recurrente, que ésta se nos escapa como el agua entre las manos.

Tal vez Robert D. Kaplan piense también, con Borges, que “Los astros y los hombres giran cíclicamente”. De lo que no nos cabe duda es de que, después de años viajando por los vastos territorios de Eurasia, entrevistando a sus habitantes y profundizando en su historia, el observador ha adquirido la certidumbre de que los vientos cuentan una historia, que determinados ciclos,  a pesar de su aire inescrutable, resultan más regulares que otros, y que estos engranajes naturales pueden convertirse en la dinamo que mueve la heterogénea realidad de los hombres que forman parte de ese extraordinario “sistema”.  Estamos hablando ahora de los vientos monzónicos que atraviesan el Índico, generalmente al norte del ecuador, y que con la precisión de un reloj atómico soplan, invirtiéndose en periodos regulares de seis meses, de nordeste a sudoeste y de norte a sur. Cada año, cada abril y cada octubre.

Gracias a ese ciclo recurrente que tiene su origen en la rotación terrestre y en el clima los hombres han podido desde la antigüedad recorrer grandes distancias en muy poco tiempo. El monzón conforma uno de los mayores sistemas atmosféricos del planeta, un sistema “matemático” de cuyo equilibrio depende la supervivencia, a menudo precaria, de millones de personas cuyas agriculturas y economías locales rotan en torno a la estabilidad del proceso. Un buen monzón –del árabe, mausim, “estación– significa prosperidad, de modo que, como nos advierte Kaplan, una alteración en las pautas atmosféricas, debida a un posible cambio climático –no faltan datos estadísticos en los últimos tiempos que nos invitan a temer que el calentamiento global ya está obligando al monzón a seguir un patrón más “errático”–, puede colocar al borde del desastre a extensas áreas del litoral.  Y es que, como también sabemos, no somos únicamente los hombres pacientes receptores de la acción de la naturaleza, sino que además de habernos afanado en domeñarla, como aplicados aprendices de brujo, estamos aprendiendo demasiado bien esa amarga lección de que cuando se pretende agarrar al  medio por el cuello las consecuencias no sólo pueden ser indeseables sino verdaderamente terribles, situándonos a veces, como nos ha mostrado en los últimos años Jared Diamond, a las puertas mismas del colapso.

Aunque no de manera central, no es este un elemento menor dentro de la abarcadora y al tiempo penetrante mirada que este analista político y periodista estadounidense comparte con los lectores en su fascinante ensayo Monzón. Un viaje por el futuro del océano Índico, publicado el pasado otoño por la selecta editorial de reciente creación El Hombre del Tres. La deforestación provocada por el hombre y que ha arrasado enormes extensiones de Nepal, la India y China y de la que se derivan los anegamientos que impiden que el agua fluya hasta llegar a los grandes ríos; el expolio por parte de estos dos últimos países del agua del Brahmaputra y del Ganges para sus sistemas de riego, con la consiguiente restricción del flujo de agua dulce hacia Bangladés, que repercute en la aparición de grandes sequías; o la subida del nivel del mar, que empuja el agua salada y los ciclones tierra adentro en grandes zonas de la bahía de Bengala, extendiendo su alargada sombra sobre la existencia de millones de personas, representan una pequeña muestra de la más que real amenaza que planea a lo largo de las casi quinientas páginas del libro como un factor de creciente importancia conforme el sistema índico, tesis principal de la obra, se consolida como uno, si es que no el más importante, de los centros neurálgicos del planeta.

Como lo fue el de Europa para el siglo XX, el mapa de un Gran Océano Índico extendiéndose hacia el este desde el Cuerno de África, cruzando la península Arábiga, la meseta iraní y el subcontinente indio, hasta más allá del archipiélago indonesio, terminará constituyendo a lo largo de esta centuria, según Kaplan, un “mapa icónico”, “una geografía reconocible” en la que puede jugarse parte del destino de nuestra civilización. Desde nuestra óptica occidental, tal afirmación puede llegar a sorprender. Vivimos aún demasiado marcados, después de cuatro siglos de predominio europeo, por siete décadas consecutivas de hegemonía global estadounidense –las dos últimas, partidas por los ataques del 11-S, de indiscutida superioridad–, como para aceptar sencillamente que las cosas no sólo van a cambiar de forma drástica, sino que el proceso está en marcha y es imparable. No se trata únicamente de que observemos con curiosidad no exenta de recelo cómo se produce el pujante despegue de países como China y la India, sino de empezar a reconsiderar de manera radical, más allá de la amarga realidad de una crisis que nos mantiene atenazados, sumidos en la desesperanza y el aislamiento, la fortaleza de nuestras viejas creencias. Algunos datos vienen apoyar esta tesis y así, de entre las cientos de cifras que, sin apabullar ni entorpecer la lectura, nos brinda el libro, basta citar un par de datos: el océano Índico alberga la mitad del tráfico mundial del comercio intercontinental, concentrando el rimland que va de Oriente Medio al Pacífico el 70% del tráfico mundial de derivados del petróleo. Hay muchos otros, igualmente contundentes, que nos permiten comprender que cuando Kaplan habla del “monzón”, se está refiriendo a mucho más que a un simple sistema tormentoso. Apunta de modo singular a un fenómeno climático de afirmación de la vida “beneficioso y muy necesario para el comercio, la globalización, la unidad y el progreso a lo largo de los siglos” que en las últimas décadas, como en los tiempos antiguos y medievales, vuelve a situarse de nuevo “en el corazón del mundo”, transformando el modo en que desde el Oeste habíamos concebido las relaciones internacionales durante siglos y haciendo que el clásico reparto entre centro y periferia dentro del sistema-mundo esté empezando a resultar obsoleta.

 

El latido del monzón

Si Europa está encanecida y los Estados Unidos están pasando de golpe la crisis de los 40 y de los 50, no debe chocarnos que el futuro del mundo se dirima ahora en los llamados, por simplificar, países emergentes, en parte de aquellos “no alineados” de la Guerra Fría, y de manera más concreta, en ese orden “multipolarizado y multiestratificado” que conforma la región índica. Este océano como unidad, como “idea”, dibuja una imagen que amenaza con salirse de cualquier posible marco interpretativo. A pesar de su forma semicerrada, embahiada, es demasiado grande, demasiado heterogéneo. Entre las precarias democracias o la anárquica Somalia, en el África oriental y, a más de 6.000 kilómetros de distancia, la postfundamentalista Indonesia, el país musulmán con mayor número de habitantes del planeta, entre los marrones desiertos de arabia y las enmarañadas selvas tropicales que se asoman al Pacífico, nos encontramos con toda una serie de regiones plagadas en la mayoría de los casos de “instituciones débiles, infraestructuras tambaleantes y unas poblaciones jóvenes y descontentas tentadas por el extremismo.”  ¿Cómo armonizar, por citar sólo tres casos, la represiva monarquía saudí, el tribal Yemen y la ostentosamente irreal Dubái? ¿En qué se parecen el culto y reflexivo sultán de Omán y la sanguinaria junta que rige los destinos de esa “catástrofe estratégica, romántica y moral” que es la antigua Birmania? ¿No exceden con mucho, por encima de su mera situación geográfica, las diferencias a las similitudes? Pero, bajo el caos aparente, sin embargo, fruto en buen grado de siglos de aviesa colonización europea, Kaplan cree encontrar aquí una imagen que encarna como ninguna otra “el espíritu de nuestro mundo sin fronteras”, un mundo que oscila entre “su competencia entre civilizaciones por un lado, y un intenso e inarticulado anhelo de unidad por el otro”.

Esta imagen del Índico trasciende la realidad literaria e histórica que este mapa, como el del Mediterráneo en la época clásica, dibujaron los navegantes europeos, en este caso portugueses, que doblaron por primera vez el cabo de Buena Esperanza. Aquella aventura, narrada por Camões, truculenta y agotadora, llena de “sufrimiento, estupor y salvajismo” que supuso la conquista lusa, la “octava cruzada” liderada por el Infante Dom Henrique –en la que confluyeron un misticismo cristiano militante combinado con un odio implacable hacia el islam, en palabras de Panikkar, y que, según el historiador de la Universidad de Chicago William H. McNeill, impulsó el “advenimiento de la era moderna”–, descubrió a los europeos, y es una lección que conviene tener presente, especialmente a la luz de los acontecimientos recientes en Afganistán e Irak,  hasta qué punto “las tierras de la India”, como llamaban los conquistadores a todo lo que se extendía hacia el oriente, conforma un ecosistema frágil e inestable, pero reconocible y unificado por el trabajo de los cosmopolitas comerciantes árabes, persas e hindúes así como por la predictibilidad de los vientos monzónicos, cuya evolución futura marcará decisivamente el rumbo de esta nave –ya estamos de nuevo– en la que viajamos, unos pocos pisando las zonas nobles, la mayoría agolpada en las mohosas bodegas, los habitantes del planeta.

Los desafíos, obviamente, son tan enormes como las dificultades pues, como nos recuerda el autor, si bien los vientos de la naturaleza han permitido que el océano Índico, así como todas las inhóspitas extensiones de desierto y los litorales que hay en él, hayan formado “una pequeña e íntima comunidad” a lo largo de los siglos, los vientos de la historia no soplan en la actualidad siempre de un modo tan benévolo. El extremismo religioso que prende la mecha del terrorismo pero que también ocasiona masivos estallidos de violencia, como en el ataque antimusulmán de febrero de 2002 en Godhra (India); la amenaza de un conflicto armado entre Estados Unidos e Irán; la violencia de baja intensidad pero amplia y profundamente diseminada que despliegan las fuerzas centrífugas de las decenas de minorías étnicas que luchan por alcanzar la soberanía en los territorios que baña el mar arábigo y las aguas del golfo de Bengala; el surgimiento de actores subestatales c0mo, en el nordeste de Somalia, el estado pirata de Puntlandia; la tensa situación que se vive en torno a fronteras como las que dividen las dos Coreas o Pakistán de la India; el temor a la modernización, como refuerzo identitario que promueve la reinvención de una pretendida grandeza nacional por parte de las emergentes clases medias; el rechazo hacia los chinos étnicos, que esporádicamente desemboca en pogromos, en buena parte del sudeste asiático; la insoportable pobreza en la que viven millones de seres humanos ya en ciudades como Calcuta, “la ciudad de la noche espantosa” en palabras de Kipling, y a la que Kaplan dedica uno de los mejores capítulos del libro, ya en países enteros como Bangladés, son sólo algunos de los sangrantes focos de inestabilidad que traen en jaque a los gobiernos de la región–algunos de ellos, responsables en primera persona de agravar el dolor de su población– y que mantienen en permanente alerta a aquellos países occidentales, casi nunca inocentes, con intereses directos en la zona.

La batalla por la supervivencia se da primordialmente en tierra, en las mastodónticas ciudades y en la miserables aldeas, o en esa zona anfibia, manglanosa, que ocupa vastas extensiones ganadas al mar y donde la salinidad, por efecto de la devastación natural,   amenaza con convertir en incultivables los campos. Pero, también, aunque menos visible –y no hace falta recurrir al clásico de Alfred Thayer Mahan The Influence of Sea Power Upon History para percibirlo–, esta lucha no es menos cruenta en el mar.  Como dice Kaplan, “el poderío naval será un indicador tan preciso como los demás de un equilibrio de poderes mundiales más y más complejo”. Así, será especialmente en aquellos enclaves de la costa ubicados en algún punto de las principales rutas de suministros o en torno a los estrechos y corredores marítimos, donde se librará en los próximos años una de las más gigantescas batallas comerciales y estratégicas que han vivido los últimos siglos. Y es que con un golfo Pérsico cada vez más “atestado”, con la endémica presencia de la piratería, no ya sólo en zonas del cuerno de África, operando de forma cada vez más intimidatoria, y con una reducción de la capacidad de la Marina estadounidense en el Índico que China e India tratan de capitalizar en beneficio propio, topónimos como Dhofar, Gwadar, Guyarat, Chittagong, Hambantota o Malaca, van a ir incrementando su importancia día tras día. Lo que pasa allí afecta directamente a quienes vivimos a miles de kilómetros, a quienes haríamos bien en ir familiarizándonos con estos nombres de un exotismo sólo aparente si tenemos en cuenta que en el campo asociativo de tales lugares deben incluirse términos bastante menos evocadores como dársena, refinería, gas natural licuado, combustible de aviación, transbordo, puerto seco, dique, bunkering o repostaje. Creo que me siguen.

Bibliografía

Monzón. Un viaje por el futuro del océano Índico Robert D. Kaplan. Traducción de Inga Pellisa. El hombre del Tres, 2012. 519 páginas. ISBN 9788494016158. Publicación: octubre de 2012.