"Todo lo que leo o hago en la vida académica,
como en la privada, tiene relación con mi vida creativa"

Entrevista al escritor peruano Ricardo Sumalavia

Amir Valle

IMG_6764Coincidí en Sofía, Bulgaria, con Ricardo Sumalavia. Salvo algunos de sus cuentos, publicados en internet, y algunas otras breves obras suyas que él mismo colocara en sus blogs, sólo había escuchado hablar de este escritor peruano precisamente por alguien que, supe luego, había formado parte del grupo de escritores con el que dio sus primeros pasos: Ivan Thays. Recuerdo perfectamente que hablábamos de escritores que se diferenciaran de otros, en este caso de su país, y también recuerdo que, sin pensarlo mucho, la respuesta de Thays fue: “tienes que leer a Ricardo Sumalavia”.

Por eso me alegré mucho cuando la profesora universitaria y ensayista búlgara Liliana Tabákova me comunicó que estaríamos juntos en el Coloquio que sobre la vida y obra de Mario Vargas Llosa preparó la Universidad San Clemente de Ohrid, para acompañar la entrega de la distinción de Doctor Honoris Causa al Premio Nobel peruano. Y me alegré todavía más cuando Ricardo puso en mis manos, dedicado, un ejemplar de su más reciente novela Mientras huya el cuerpo.

Es una de las novelas más cautivantes e inteligentes que he leído en los últimos tiempos. Una novela diferente. Que entra al género negro para dinamitarlo desde adentro, cosa que logra aunque no parezca fácil en un género donde hay tantos creadores de altísimo nivel que convierten cada una de sus obras en un experimento de ruptura de los moldes que hace ya mucho tiempo no son los cuartones estancos que muchos creen. Una novela que ancla su ruptura en los personajes y desde esos personajes va proponiendo una reconstrucción de las claves más usuales de esta modalidad narrativa: la violencia, la intriga, el buceo en la bestia que la especie humana esconde. Una novela que no va a dejar tranquilo al lector ni un instante, obligándolo a convertirse en cómplice y gestor de la trama.

Del impacto que tuve con esa novela nació la idea de hacer esta entrevista.

 

A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Ricardo Sumalavia? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Ricardo Sumalavia, el ser humano y Ricardo Sumalavia, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

De hecho es una pregunta que me he planteado regularmente a través de mi propia literatura. El Ricardo Sumalavia humano es aquel que proviene de un barrio del centro de Lima, en el que lo normal era ser un “criollazo”, es decir, aquel que conoce y aplica todas las argucias para salir adelante, el pícaro, el que tiene todas las respuestas ingeniosas, el que no se deja engañar por nadie. Ese debí ser, pero no lo fui. En todo caso, fue una imagen que di de adolescente, pero tras esa careta se hallaba alguien más bien tímido, observador, temeroso de la violencia de los otros. Y esa careta la pude desechar con un estupendo grupo de amigos de infancia, casi unos hermanos, que conocieron también mi lado bromista, alborotado, sardónico, incisivo y con una dosis de vulgaridad que solo comparto con los más afines.

El Ricardo Sumalavia escritor tiene una imagen contraria, de sumamente serio, metódico, reflexivo y hasta caballeroso. Todo esto también lo puedo ser, pero es bueno precisar que proviene de mi timidez. Un amigo poeta decía que cuando guardas silencio, los demás piensan que eres inteligente.

Creo que ambos aparecen bien reflejados en mis libros. Sobre todo en mi última novela.

 

Siempre hay un comienzo, unas primeras letras, y ese comienzo, en tu caso, fue en Perú. Háblame de esos comienzos, de ese momento en que descubriste que querías contar historias. ¿En qué contexto político, cultural, social y personal sucedió?

Los primeros cuentos los escribí a finales de los años ochenta, cuando vivía en Lima. En aquella época yo era estudiante de Ingeniería y no sospechaba que quería ser escritor. Simplemente escribía, contaba historias. Si bien mi país pasaba por unos momentos muy duros de crisis económica y una violencia que dejó como saldo una espantosa cifra de muertos y desaparecidos, mis primeras historias surgían de anécdotas que me contaba mi padre. Su vida me parecía, y aún me parece, maravillosa: llena de hechos curiosos, extraños, divertidos. Todo lo que él me contaba me atraía. Luego, a principios de los noventa, hubo un viraje en mi formación literaria. Ingresé a un taller de creación del cual se formó luego un grupo disparatado de jóvenes escritores. El grupo se llamó Centeno y fue la mejor escuela de escritura –y mucha amistad- que duró varios años. Participando en ese grupo nació mi amistad con Iván Thays, quien sin lugar a dudas fue clave para muchas o todas las lecturas que tuve por entonces.

Me gustaría que, como escritor residente en Burdeos, miraras hacia Perú y respondieras: ¿cómo veías al Perú que dejaste alguna vez y cómo lo ves ahora, luego de recorrer mundo y de vivir en sitios tan distantes y distintos como Corea del Sur y Francia?

Ya son casi ocho años los que estoy fuera de Perú. Y las veces que he vuelto siempre han sido periodos cortos. Al principio todo me parece extraño, pero a los pocos días tengo la impresión de que el tiempo se hubiera detenido, que en esencia sigue siendo el mismo lugar que dejé. Es muy curioso, porque mucha gente me dice que tiene la impresión de lo contrario.

 

Este es otro ejercicio que le proponemos siempre a nuestros invitados: Voy a mencionar tus libros y sé que los lectores siempre quieren saber qué significado tuvo cada uno para tu carrera, qué te permitieron descubrir, qué anécdota buena o mala puedes contar en torno a cada uno de esos libros:

1.--habitaciones-ricardo-sumalavia

Habitaciones

(Cuentos, 1993):

Es un libro que nació de la amistad. Escribí cada cuento para los integrantes del Grupo Centeno. Aprendí mucho escribiéndolo. Me permitió buscar mi propia voz.

 

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2.--retratos-familiares-ricardo-sumalavia

Retratos familiares

(Cuentos, 2001):

Este libro me costó mucho escribirlo. Mientras lo redactaba, por momentos creía que nunca lo terminaría y que vida de escritor había terminado. Por suerte no fue así.

 

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3.--enciclopedia-minima-ricardo-sumalavia

Enciclopedia mínima

(Cuentos, 2004):

Con este libro pude mostrar mi lado irónico, de humor y una seductora sordidez en algunos de mis personajes.

 

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4.--que-la-tierra-te-sea-leve--ricardo-sumalavia

Que la tierra te sea leve

(Novela, 2008):

Esta novela la escribí casi en un estado de alucinación. Después tuvo varias versiones. Es el libro que muestra las diferentes facetas que puedo tener.

 

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5.--mientras-huya-el-cuerpo-ricardo-sumalavia

Mientras huya el cuerpo

(Novela, 2012):

Aquí pude dar un paso adelante en mi proyecto narrativo. No sé si para los lectores será del todo evidente, pero aquí traté de poner en crisis la identidad de todos los personajes.

 

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Suele decirse que casi todo escritor sueña con fundar una editorial o una revista. Tú fundaste la Colección Underwood, que como detalle curioso te cuento que despertó mi nostalgia por los viejos tiempos porque yo escribí mis primeros libros en una enorme, pesada y negra máquina de escribir Underwood que había comprado mi madre con su primer salario de maestra. Me gustaría que nos hicieras la historia del nacimiento y camino posterior de esa colección.

En verdad, ya había tenido otras experiencias editoriales desde mis épocas de estudiante universitario. A principios de los noventa edité la revista Cuartetos, que tuvo solo cuatro números, y publiqué a cuatro narradores y cuatro poetas. Poco después, bajo la gentil colaboración y enseñanza del poeta, traductor y editor, Ricardo Silva-Santisteban, empecé la Colección Centeno en Ediciones Pedernal. Allí publiqué a muchos jóvenes poetas y narradores que empezaban a publicar en esa década. La Colección Underwood nació a mi vuelta de Corea del Sur. Trabajaba yo en la Universidad Católica y decidí comprar papel color hueso, Kimberly, cortarlo en formato A4, plegarlo en cuatro partes, y tener una plaqueta de ocho pequeñas páginas. Lo curioso de esta colección es que no se vendía ni se regalaba al primero que pasaba, sino que las dejaba en tres puntos diferentes y el interesado debía ir a buscar su ejemplar. De ese modo se creó un público fiel. Luego el proyecto fue retomado por unos amigos e hicieron cosas fabulosas con la colección.

 

He escuchado decir a varios colegas que el trabajo académico es un veneno y un elixir para la obra de un escritor: veneno porque suele impedir la dedicación que la obra literaria merece y elixir porque te abre nuevas perspectivas de la escritura ya que tienes que mirar el acto creativo desde otras atalayas menos personales. ¿Cómo ha sido en tu caso esa relación entre el escritor que eres y el profesor que también eres?

En mi caso, todo lo que leo o hago en la vida académica, como en la privada, tiene relación con mi vida creativa. El ser profesor me permite estar entre los libros, analizarlos con cierto rigor –que también se puede hacer sin ser escritor-, y tener más tiempo para escribir. Y, claro, están los descubrimientos. Además te permite aprender de los más jóvenes. Saber qué se están cuestionando te ayuda a tener un punto de referencia para tus propias preguntas.

 

Aunque el ego de algunos de nuestros colegas prefiera negarlo, siempre existen maestros, esas personas, notables o invisibles, un reconocido gran escritor o un desconocido maestro de escuela, que marcan o empujan o cambian la ruta del escritor que uno es. Cuando miras atrás, ¿qué maestros ves y en qué sentido crees que te enriquecieron?

Los que me prestaron o regalaron libros y aconsejaron enormemente fueron Ricardo Silva-Santisteban, Iván Thays y Carlos Calderón Fajardo. Y lo mejor es que estuvieron cerca en diferentes etapas de mi vida. Eso no lo olvidaré nunca. Bueno, me corrijo, siguen enseñándome.

 

Escribir en un país con una tan rica tradición literaria como el Perú y donde, al mismo tiempo, existe tan bajo nivel de lectura, tiene mucho de reto, tozudez y locura. Me hablaste en Sofía de aquellos escritores que conociste en esos primeros tiempos. Me gustaría que retomáramos esa conversación y me hablaras del entorno cultural en el que se desarrolló el joven escritor que entonces eras, qué hacían, qué proyectos concretaron, cuál ha sido el destino de tus colegas…

Del Grupo Centeno, que éramos doce, sólo hemos publicado tres. No he podido mantener el contacto con todos, pero sé que están bien. Y sí, fueron unos tiempos de tozudez y locura. En realidad, ni siquiera nos tomábamos tan en serio. Y eso fue bueno. Escribíamos con mucha libertad y lo compartíamos todos los sábados. Claro, eso no significa que descuidáramos nuestros textos. Al contrario, teníamos un premio al mejor cuento de la semana. Y un castigo para el peor cuento. Incluso un castigo para que el que peor se comportaba en esa sesión. Normalmente lo lanzábamos por la ventana. Y no es broma. Por suerte nos reuníamos en un primer piso.

 

Un paréntesis: Mientras huya el cuerpo

 

a.- Antes de hablar de la novela, ¿qué es Casa de Cartón?

Es una novela vanguardista peruana de 1928, escrita por Martín Adán, cuando él contaba con 16 años. Es un libro extraordinario. Y, por supuesto, una referencia para todo escritor peruano.

 

b.- “La novela negra es el mejor reflejo de la decadencia de nuestros países”, ha dicho Paco Ignacio Taibo II. ¿Qué es para ti la novela negra?

La novela negra para mí se articula en torno a un crimen, en el cual hay que encontrar sus móviles y al culpable, a partir de ciertos procedimientos, no necesariamente los más convencionales. El esquema es simple. Sin embargo, no lo podemos negar, en el caso latinoamericano hay determinadas condiciones sociales y políticas que han exigido a los escritores adaptar sus historias en esos contextos con el fin de ganar en verosimilitud. Yo no niego que haya sido un género particularmente maleable para hacer referencia a las dictaduras y demás gobiernos represivos, pero creo que puede ser abordado desde diferentes frentes.

 

c.- Pero Mientras huya el cuerpo es una rara novela negra. Cargada de violencia, con una intriga criminal clara, con personajes típicos del género, sin embargo, la verdadera búsqueda de “lo criminal” ocurre en el ámbito de la psicología de los personajes, una búsqueda reflexiva hacia el interior. ¿A qué se debe esa evidente intención de escribir desde el género, dinamitando los tópicos que el propio género ha establecido?

Es sólo una impresión muy subjetiva lo que te voy a decir, pero creo que en mis escritos, desde los primeros, siempre hubo una voluntad de ir construyendo una estructura sino única, sí muy personal, pero a la vez ir colocando minas en sus bases, para este modo llegar al final de la lectura con el recuerdo de un todo que acaba de estallar frente a ti. Y cuando intentas volver a atrás, sólo percibes los escombros, los fragmentos.

 

d.- Más que la violencia del entorno, que está presente también en Mientras huya el cuerpo, la novela reflexiona sobre la violencia que todos llevamos dentro, en una especie de buceo en las profundidades de la bestia que nuestra especie esconde. ¿Por qué ese interés en la violencia?

Sucede que en determinado momento de mi vida me cansé de esa imagen justiciera de muchos, para quienes es más fácil acusar a los demás de violentos antes que mirarse a sí mismos. Luego, en esa exploración, decidí desarrollar otros tipos de violencia. Me interesó ver, por ejemplo, cómo la violencia contra la mujer era una de las más recurrentes entre las personas en sociedades, digamos, organizadas.

 

e.- Otro detalle curioso: siento como lector que tenía que ir construyendo yo mismo tu novela, que era yo quien tenía que atar los cabos para encontrar las respuestas, trabajo que tampoco facilitabas con esa dispersión intencional con la que entrelazas escenarios y situaciones. ¿Qué te hizo pensar en violar esa vieja norma del género de irle dando al lector pistas o de engañarlo para evitar que las encontrara?

En realidad no sentía que violaba normas, pues nunca me impuse escribir una novela negra en sentido estricto. Sólo quise valerme de sus recursos, como los de otros géneros y formas –como la microficción, por ejemplo-, para construir este libro. Por otro lado, esas pistas falsas, en realidad, son aparentemente falsas. La idea es que todo cobre cierta unidad final a partir de un supuesto caos inicial.

 

f.- Al terminar de leer la novela, uno siente, como lector, que está leyendo parte de algo mayor, de un proyecto mayor, hay  muchas claves que indican continuidad ¿Es así?

Se supone que esta novela es la segunda entrega de lo que he venido a llamar Tríptico de la levedad. Sobre la tercera novela no puedo decir mucho aún. Está en fase construcción, paralela a otros proyectos.

 

 

Coda

 

Un escritor es también, aunque se suele olvidar, un ser humano. Puede parecer tontería pero en nuestro encuentro en Sofía me dio mucha satisfacción comprobar que no soy el único bicho raro que tiene a su familia en un sitio muy especial de la vida. Noté una relación muy especial tuya con tu esposa, Carmen Herrera Nolorve, pintora y grabadora, y con tus hijas. ¿Cómo es Ricardo Sumalavia cuando no es profesor ni escritor? ¿En qué ámbitos esa relación familiar alimenta al escritor?

Yo me casé bastante joven. Tenía 22 años. Es por eso que podría decir que Carmen y yo hemos crecido juntos. Además, fuimos enamorados desde que teníamos 15 años. Esto te permite crear una gran complicidad. Ella ha sido testigo de toda mi formación literaria. Y no sólo eso. Ella pasa en limpio la mayor parte de mis escritos. Eso hace que sea siempre mi primera lectora. De igual modo puedo decir que he visto todo su crecimiento como artista plástica. Y sin lugar a equivocarme puedo afirmar que nos hemos nutrido mutuamente y a su vez tener expresiones diferentes. Con mis pasa lo mismo. Ellas son bastante grandes y me sorprende aún la mirada crítica que pueden tener sobre nuestro trabajo creativo. En fin, la familia es una mis constantes en mi universo narrativo.

 

Me sigue llamando la atención el hecho de que hayas sido profesor en Corea del Sur. Tengo un par de amigos, escritores, cuya estancia en idiosincrasias tan distintas a la nuestra como la china y la japonesa le cambiaron la vida de plano. ¿Cambió algo en tu visión de la vida, en tu visión de escritor, esa estancia coreana?

La experiencia coreana fue sumamente importante para mí, pero no podría afirmar que cambió mi vida. Lo que sí puedo afirmar es que afinó mis sentidos, mi manera de ver las cosas.

 

París fue la Meca para muchos escritores latinoamericanos…, algo así como el paraíso soñado que luego fue vivido como infierno por muchos, por suerte, con el final feliz del acceso al reconocimiento universal. Burdeos, ¿paraíso o infierno?

Podría decir que se acerca más al paraíso. Es una ciudad pequeña, agradable, tranquila y con una gran personalidad como ciudad. Todo esto me parece sumamente estimulante. El sólo hecho de caminar por sus calles me crea grandes entusiasmos.

 

No se te puede considerar un autor prolífico. Ahí están tus libros, con largos años entre la salida de uno y del siguiente, nada que ver con esos escritores que publican un libro cada año. De todos modos, y para el cierre, podrías decirles a los lectores de OtroLunes ¿en qué nuevo proyecto literario andas ahora mismo?

Por lo general, mientras estoy en el proceso de edición de un libro, a la vez voy trabajando en otro manuscrito. Ahora mismo tengo en manos un libro que va creciendo y que se llamará Enciclopedia plástica. Será un libro de microcuentos. Veremos cuánto tardo en publicarlo.