Prolongarse de lo visible hacia lo invisible, gravitar de lo invisible a lo visible […]
José Lezama Lima
Princeton es una ciudad a cierta distancia de Nueva York, a dos horas de viaje en autobús y a una en tren aproximadamente. Allí, en la biblioteca Firestone de la universidad de aires neogóticos, descansan los documentos de Arenas y con ellos una parte de su vida. Algunos de ellos registran sus propias acciones, como el café o el té derramados mientras los mecanografiaba, lo que evidencia a veces su agitación y la entrega constante a su obra, de la que no se desviaba porque tal vez era consciente de lo ajustada que sería su existencia… Hay versiones más extensas y numerosas de algunas de sus novelas y otras más breves, notas tomadas al vuelo y obras concebidas de un solo plumazo, como algunas de sus noveletas o cuentos. En el caso de estas últimas, a duras penas alguna corrección y ya estaba lista la obra. La proximidad de su muerte y el propio deterioro que sufre en los últimos meses antes de suicidarse evidencian la premura por acabarla, sin restarle un ápice de imaginación a lo que escribía. Y entre sus últimas páginas aparece El color del verano o Nuevo Jardín de las delicias, una obra de particular relevancia entre el conjunto de sus novelas porque cierra el ciclo de su Pentagonía –o cinco agonías–, al mismo tiempo que en ella la pintura tiene un lugar de especial significación, así como todo el arte. Existen también en su archivo de documentos algunos materiales que demuestran su interés particular por la pintura de El Bosco. Por ejemplo, de visita en Madrid le dirigió al entonces director del archivo de documentos de la Universidad de Princeton una postal del Museo del Prado que representa El Jardín de las delicias de ese pintor holandés y, en otro momento, uno de sus agentes literarios le remitió al propio Arenas otra postal con una escena paradigmática del panel central de esa obra, en la que se muestra a dos viajeros en el interior de una fruta de color rosado.






