La publicación de este cuento es motivo de orgullo y un honor para OtroLunes. Primero, porque su autor, el prestigioso narrador y crítico guatemalteco Francisco Alejandro Méndez, ha elegido a nuestra revista para dar este adelanto de su más reciente libro: Tripleplay, publicado por la editorial Germinal, de Guatemala.
Un libro, integrado por dos relatos largos («Babe I’m Gonna Leave You», dedicado a Walter Mosley; «She’s a maniater», dedicado a la banda de Barva) y por el cuento que aquí presentamos, dedicado a nuestro Director, quien nos ha dicho sentirse muy honrado con esta dedicatoria de un colega que es considerado uno de los más importantes cuentistas de América Latina en estos momentos.
para Amir Valle
No recuerdo los nombres de las calles o de las avenidas, pero sí el de los bares y las cantinas. Especialmente en aquellos en lo que me he detenido a tomar, a contemplar a los demás, escuchar quejas de los barman mientras con un secador limpian la barra, o a los músicos itinerantes que te interrumpen para ofrecerte un poco de ritmo y canto.
Tampoco recuerdo los nombres de ellas, pero sí sus sonrisas, el olor de su cabello y los dedos de sus pies. Adivino su signo zodiacal, el sabor de sus labios, si besarlos, ¡ah! y la temperatura de su sexo.
La tarde en La Habana era calurosa. Según Alfredo habíamos bordeado dos veces la Plaza 13 de marzo y visitado el Museo Nacional de la Música y caminábamos prácticamente sin rumbo fijo. Algunos pequeños uniformados de rojo volvían de sus estudios entonando canciones dedicadas al Che Guevara. Algún mulato sonreía desde el asiento de su bicicleta cromada con herrumbre y algún otro me adivinaba el rostro de turista mientras afilaba los dientes para ofrecerme la mejor de sus sonrisas.
Alfredo caminaba a mi izquierda abriendo los pies hacia diferentes puntos cardinales. Era más bajo que yo. Usaba anteojos, pantalones cortos, camisa casual y caites de cuero. Su pecho cubierto de vello lo mantenía destapado, como ofreciéndoselo a la primera que le lanzara un anzuelo.
John Charles sonreía cada paso a las muchachas que desde los balcones grises palpaban la ropa para comprobar que el sol había hecho su tarea. Un sombrero tipo Indiana Jones le cubría su espesa melena, unos anteojos cuadrados hacían de careta en su rostro y un Pal Mall le recordaba el peso en su mano derecha.
Nos adentramos por La Habana Vieja hasta que con experiencia de marinero mis ojos-binoculares observaron la puerta de madera vieja, que como tronco flotando en el agua, nos invitó a estos tres náufragos a entrar para anclar y beber algo sabroso.
Un negro muy alto y con evidentes músculos marcados en sus bíceps sonrío más de la cuenta al escuchar nuestro acento entre cantadito y lastimero.
—Una botella de Guayabita del Pinar, hermano— sonreí mientras escogía el mejor sitio, es decir al fondo, cerca de la esquina donde descansaban algunos posters de trovadores cubanos.
Mario, que era el nombre del barman nos ofreció la botella con tres vasos. La serví casi sin voltear a ver a mis amigos, que ya se habían sentado en unos viejos bancos de madera y tras agradecer por el elixir y brindar por la historia, tragaron, como yo, el sabor dulzón de ese licor extraordinario.
Cuando pedimos la segunda botella, ya nos habíamos enterado que Mario era un retirado boxeador, competidor en juegos panamericanos y campeón de peso medio en el Caribe. Un precoz párkinson lo obligó a retirarse. Además, supimos que Lucio Garay Zabala había sido el mago del registro de tan noble licor, ya que en 1892 lo había patentizado.
Alfredo tuvo la brillante idea de invitar al retirado boxeador a que se tomara un trago con nosotros. Comenzamos a intercambiar alegrías y desgracias de nuestros respectivos países. Nosotros, maldiciendo desde el gobierno, pasando por los militares y terminando porque la mayoría de las mujeres eran llenitas de mierdas y que por lo tanto, la situación multicultural y pluriétnica andaba por los suelos.
Mario se vanagloriaba de la resistencia de su país y de su gente; del gobierno también se quejó, pero confesó que no conocía otras experiencias y que por lo tanto no podía opinar al respecto.
La armonía del bar se había convertido en una especie de buenas relaciones bilaterales entre los cuatro, que tras intercambiar credenciales, solucionábamos los conflictos ideológicos mejor que un premio nobel de la paz.
Yo había solicitado, insistentemente que repitieran varias veces algunas piezas de Elena Burke y de Bola de Nieve. Alfredo casi que suplicó por la profética Para vivir de Pablo Milanés y John Charles, Unicornio Azul. Nos parecía increíble escuchar a esos maestros en plena Habana, con dos botellas y próximamente más de Guayabita del Pinar. Su ambarino y curativo líquido prácticamente nos había transportado, como viajantes de agujeros de gusano a varias épocas, como la colonial. De inmediato me ubiqué entre las fabulosas novelas de Alejo Carpentier o de los irreverentes y extraordinarias narrativas de Reinaldo Arenas.
Elena volvía a cantar Qué sabes tú mientras que yo me imaginaba a Ruth, la protagonista de Los pasos perdidos, cantándome sentada en la barra. Mientras el verso de tú no sabes nada de la vida fue seguido por trompetas me percaté que un par de cubanos entraron, saludaron a Mario y nos sonrieron amablemente. De inmediato, Alfredo los invitó a un trago. Tras mostrar una sonrisa de incredulidad, se acercaron, nos ofrecieron la mano y comenzamos brindar los seis, al ritmo de Elena, la cual ya había monopolizado el concierto, debido a mi impertinencia.
Los dos nuevos acompañantes, Angel, de tez blanca, alto, químico farmacéutico y Ariel, negro, dramaturgo y sibarita, se alegraron de conocer a tres guatemaltecos, pues nunca habían hablado con ninguno y solamente sabían que Rigoberta Menchú había ganado un premio nobel de la paz.
Ambos estaban realmente agradecidos por la invitación. A Mario le quedaban solamente tres botellas de Guayabita, por lo que las reservamos abusando de nuestros derechos de turistas.
Ángel y Ariel nos preguntaron cómo podían agradecernos la fineza de la invitación. Tanto Alfredo como yo expresamos que no era necesario. Sin embargo, John Charles los miró como analizándolos y les confesó que le encantaría llevarse un pedazo de La Habana para su casa. Ni bien hubo terminado de hablar, cuando Ariel salió casi volando entre un humo parecido al de El reino de este mundo. No supimos que había pasado, pero intuimos que tal vez había tenido problemas con su vejiga. Cuando destapábamos la segunda de las reservadas, Ariel apareció, como ángel en las puertas del cielo, con una sonrisa de oreja a oreja y tras acercarse a John Charles con la picardía de un niño que esconde unos caramelos en las manos escondidas en la espalda, puso frente a los cuadrados anteojos de mi amigo un hermoso tocador con la figura de una mano apoyando una esfera. El objeto todavía tenía pedazos de madera y evidentemente había sido arrancado sin martillo por la mano de Ariel.
—Chico, tú quieres llevarte un pedazo de La Habana y lo vas a hacer. Toma.
Esa fue la primera ocasión que John Charles lloró esa tarde-noche. Abrazó a Ariel y le expresó que no era necesario lo que había hecho, pero de inmediato lo guardó, como si fuera un cheque al portador con fecha de caducidad indeterminada.
Los tragos comenzaron a hacer estragos en la garganta. Sí, ya recuerdo, la segunda vez que lloró John Charles, fue cuando Ángel salió por el umbral de la puerta, casi como un querubín expulsado del limbo, pero al rato regresó con una morena extraordinariamente hermosa. Con unos labios perfectos, sonrisa paralizante, que si hubiera sido una serpiente nos hubiera atraído hacia ella como ratas blancas. Su cuerpo era descaradamente voluptuoso. Usaba una diminuta blusa que destacaba sus grandes pezones y un pantaloncillo corto, en el que se reventaban sus caderas.
Ángel nos sonrió mientras nos explicaba que era su pareja. Los tres le hicimos reverencia como si la misma Cleopatra nos lo hubiera pedido, pero Ángel nos detuvo y nos expresó algo que no creímos o simplemente no quisimos creer. ¿Quién quiere acostarse con ella? Agradeció y la hizo que adelantara un paso. Ella asintió. Fue en ese instante en el que John Charles lloró.
A mí me dieron ganas de ir al baño. La escena era demasiado fuerte y casi surrealista. Me avergonzaba más la sonrisa de mi amigo, que el ofrecimiento de Ángel. Sentí por mi piel gallinácea un escalofrío que me recordó con Reinaldo se escondía entre las ramas de un árbol en el parque Carlos Marx, antes que anocheciera.
Pasé entre todos. Mi piel rozó el cuerpo de Yamileth, que era el nombre de la muchacha, quien ya se había servido un trago y se resignaba a la descortesía de nosotros tres, que la preferíamos de amiga.
Caminé un poco para despejar mi mente y recapitular todo. Me sentía empalagado de todo, de la Guayabita, de la voz de Elena, de mis amigos y hasta de mi mismo. Ya había oscurecido. La noche comenzaba a posesionarse, el calor perdía un poco de fuerza, parecía que lo habían llevado a la barbería y cual Sansón había sido afeitado. Avancé sin rumbo, atravesé una calle adornada con columnas salomónicas, crucé la intransitada avenida y mientras recorría una cuadra un tanto carente de iluminación escuché la inconfundible guitarra de Gary Moore. Al principio pensé que se trataba de la alucinación provocada por Guayabita, et al, pero, para estar seguro de que no lo era me detuve a comprobar.
Seguramente cuando mi alma fue tocada por las notas metálicas, fui atraído, como marinero hacia Circe y quede paralizado por varios segundos. Entonces reaccioné. Mis mejillas se sonrojaron y sentí un leve cosquilleo en la cara. Me percaté que permanecía parado frente a una larga y alta pared descolorida, en la que destacaba una gran ventana cubierta con barrotes que bordeaban también a un balcón independentista. Las puertas de la ventana estaban casi cerradas. Sin embargo, de adentro de esa habitación emanaba una tenue luz como de una lámpara de gas, junto con las notas inconfundibles de Still Got the Blues. Al fondo de la enorme habitación, en una de las paredes interiores se reflejaba la silueta de un guitarrista. Definitivamente era Gary Moore. Su tradicional figura con poco movimiento, pero sosteniendo la guitarra con precisión, como sus solos, como su manera de apretar las cuerdas y marcar los acordes. La sombra reflejaba una melena risada abundante, un poco disparatada, evidentemente mojada por el sudor. La figura se balanceaba al ritmo del blues, pero también al de la llama de la lámpara que indecisa subía y bajaba constantemente.
No lo podía creer. Gary Moore en La Habana. Tocando una de mis piezas favoritas Still Got the Blues. Quizás era el mejor regalo que me podrían ofrecer. Pero, por qué en Cuba. Qué estaría haciendo este genial músico irlandés en el Caribe. ¿Practicando? ¿Alejado de la fama occidental y consumista?
La pieza estaba llegando a su final. La pericia de sus dedos impactando puntualmente en las cuerdas de metal y en los trastes de la guitarra en estos momentos finales era perfecta. Limpia, trazada casi que con un compás infalible, a la perfección. Permanecí hipnotizado, estático, sin atreverme a tocar la puerta de la ventana o posar mis manos en la vieja madera, empujarla un poco, como náufrago aferrado a la tabla, para atisbar la figura de carne y hueso este maestro del blues. Una parte de mí me aconsejaba, como profesor de escuela, que terminara de escuchar la pieza, girara sobre mis talones y me largara. Pero otra, maliciosa como el diablo, me exigía curiosidad de ratón. Recordé que al día siguiente salía mi avión hacia Guatemala. No me podría ir de La Habana, sin aprovechar la oportunidad de estrecharle la mano a este maestro, al que nunca me había imaginado encontrar en este preciso lugar. Tal vez esperaba a que finalizara su intervención. Quizá me presentaba con él, le contaba de mi afición a su música, a la literatura y al ginebra. De repente Gary se animaba a acompañarme al bar, quizá le presentaba a mis brothers, a Yamileth, o a Mario. Eran suposiciones ilógicas, pero hacerlas realidad dependía exclusivamente de mí.
Al fin terminó la pieza. Habían transcurrido los casi siete minutos de éxtasis armónico. Gary bajó la cabeza. Tal vez mejor deba decir, la sombra plasmada en la pared fue la que manifestó estatismo. Pero a los pocos segundos, la sombra se despojó de la guitarra. La ubicó en un pedestal. La cabeza giró hacia la ventana o sea hacia mí. En ese momento yo podría ser considerado un pirata, un invasor o un simple metiche, que no debía estar parado en esos momentos en ese lugar. Un escalofrío navegó mi piel. Era un poco de miedo, pero también emoción. Aunque fuera por las malas podría conversar con Gary. Como típico guatemalteco, me disculparía con él, pero luego, con cara de payaso arrepentido de un mal chiste, lo invitaría a un trago de ginebra o de Guayabita del Pinar.
La sombra continuaba estática. No sé si fue por la emoción, el miedo o la borrachera que me causaba el exquisito licor que había bebido, pero sentí inmensas ganas de orinar. La sombra comenzó a peinar sus rizados cabellos. La calle continuaba desierta. No se escuchaba ningún ruido. Parecía como que el mar Caribe había congelado las olas, que estáticamente aguardaban el desenlace de mi encuentro con este maestro.
Y así fue.
La ventana se abrió de repente como empujada por un viento que aguardaba también el desenlace de mi encuentro con Gary. Una mano fina y segura apretó la madera descascarada de la ventana. Para ese instante yo ya estaba totalmente paralizado. Se trataba del momento más importante de mi vida. Por fin estrecharía la mano de este genial guitarrista, de quien había escuchado una y otra vez sus piezas, pero especialmente Still Got The Blues. En cientos de ocasiones anteriores repetí una y otra vez la pieza. En el itunes de mi computadora, en el reproductor CD de mi auto. En mi casa, con Ana María. Con mis amigos. Al mismo Alfredo y a John Charles los había mareado durante los viajes una y otra vez con la pieza. Más de alguna vez interrumpí fiestas para reproducir la pieza a pesar de la protesta de algún trasnochado. Claro también con Parisienne Walkways o Midnight Blues, por ejemplo, pero era Still Got The Blues la que me alucinaba.
La silueta que comenzó a atravesar el umbral de la ventana cobró forma. Se trataba de una extraña mujer de tez blanca, con el cabello alborotado, un rostro fino, pero unos ojos difíciles de descifrar. Su expresión era la de una afecto plano, desgarbada, sudada. Vestía una vieja camiseta amarilla, atravesada por una marca húmeda del hombro hacia la cintura, seguramente resultado del cincho de la guitarra eléctrica. Se me quedó viendo con mirada de pregunta. Al interior de la habitación, la sombra reflejada en la pared tomaba agua en un envase de plástico. La garganta del músico se ensanchaba con el paso del líquido, hasta que mi mirada volvió a fijarse en la mujer. Quise preguntarle si sería tan amable de comunicarme con Gary Moore, pero de inmediato comprendí que podía lanzar la pregunta más estúpida de mi vida. Años atrás yo había sido periodista y ya había recurrido en indagaciones ridículas a mis entrevistados. La mujer interpretó mi silencio con un rechazo en el gesto de su boca. Subió y bajó las pupilas celestes de sus ojos. Retrocedió y se lanzó hacia el fondo.
La ventana quedó entreabierta. Observé los pies de la mujer detenerse frente a la pared, girar y luego deslizarse para que el cuerpo quedara sentado sobre de ellos. Frente a la mujer sentada visualicé cómo la sombra se agachaba para ubicar la botella vacía en el suelo y luego recoger la guitarra. También miré que se estiraba mientras la acondicionaba en su cuerpo y tras comprobar algunos trastes, inclinaba la cabeza y se animaba a dar la primera nota de If You be My Baby.
La figura de la sombra volvía a lucir las siluetas de una camisa de seda negra y la fortaleza de un hombre tocando una guitarra que podría haber sido Gary Moore. Sus sacudidas de cabeza, el cuerpo arqueándose para atrás y los gestos de su rostro. La guitarra comenzó casi a hablar y su estreñida voz cantó a todo pulmón. Las ganas de orinar me recordaron que estaba en apuros fisiológicos.
Comprendí que era el momento de regresar hacia el bar. Había tenido suficiente ración de blues por esa noche. La Habana había perdido totalmente su calor. Las calles parecían mostrarme un cuadro de Wilfredo Lam.
Mis amigos estarían esperándome ansiosos. Se habrían acabado las botellas de reserva. Esperarían mi relato de ficción. Sin embargo, yo llevaba suficientes argumentos para convencerlos de la verosimilitud de los hechos.