Sin duda, la mayor figura de la escena en las dos orillas es Matías Montes Huidobro, del que —al poco tiempo de mi arribo a Miami: el primero de julio del 2011— pude conocer in situ mucho más de su amplia creación literaria, ya que, en La Habana, apenas tenía a mano algunos datos suyos a través de la reprimida, vigilada, troppo lenta y siempre paupérrima “Intranet”, ese engendro creado por el fascistoide castrismo en su particular Gulag, para evitar que el pueblo se comunique con el mundo exterior y disfrute del elemental derecho de libertad, que, solo ahora y muy lento, ¿permiten? los gendarmes quienes, asimismo, tienen aprehendidos a los hermanos venezolanos y nicaragüenses, como sendas provincias aherrojadas.
De tal suerte, tras poco tiempo de mi llegada, amigos comunes me presentarían al relevante polígrafo cubano, algunas de cuyas virtudes (cultura, bonhomía y sentido del humor) me hicieron pensar que lo conocía desde mucho tiempo atrás. El hecho que cronico acontecería en el «Congreso por el Centenario de Virgilio Piñera, Teoría y práctica del teatro cubano del exilio: celebrando a Virgilio» (2012), en cuya sesión dedicada a las “Dramaturgas de la diáspora”, leí a petición suya mi ponencia: “El último bolero o la fragmentación familiar: Nostalgia y crítica en la dramaturgia de Cristina Rebull”, a la que yo conocía desde Cuba, y de la que había incluido su pieza homónima El último bolero en mi segunda (y última) selección en la Isla de piezas escénicas: Cinco obras en un acto. Teatro cubano de fin de siglo que yo publicara en 2001 por la Editorial Letras Cubanas. (La primera sería: La soledad del actor de fondo Primera antología del monólogo teatral cubano, Ediciones Unión, La Habana, 1999).
Con su entusiasmo y voluntad creadora, Montes Huidobro descollaría por su incansable quehacer, primero en La Habana, con el estreno de varias piezas suyas (la mayoría de las cuales obtendrían lauros) y con sus ensayos y críticas teatrales, hasta 1961, cuando vendría al exilio estadunidense, con su inseparable esposa, la también ensayista y profesora universitaria Yara González.
De tal suerte, se dedicaría a varias facetas de la creación sin olvidar la enseñanza universitaria en Hawai —en cuya Universidad tanto él como Yara descollarían como profesores— y en Miami, donde ha realizado la mayor parte de su amplia labor creadora.
En primer lugar, la investigación escénica, destacada vertiente de su quehacer por la que, sin asomo de duda, se convertiría en el mayor estudioso de la escena cubana de las dos orillas, cuyo legado integra un haz de serios estudios, iniciados por su ensayo fundacional Persona, vida y máscara y en el teatro cubano (Ediciones Universal, Coleccion Polymitia, 1971), al que luego le seguirán otros esfuerzos relevantes, tales: El teatro cubano en el vórtice del compromiso (2002, de 738 páginas), El teatro cubano durante la República (University of Colorado, 2003) y los cuatro volúmenes de Cuba detras del telón (publicados entre 2008 y 2010 por Ediciones Universal), donde examina con hondura e indeclinable aliento ocho décadas de la historia del teatro cubano en el siglo XX, a lo largo de 762 páginas.
Este trabajo de tal proyección intelectual me evoca el que realizara su colega generacional y ex profesor de Historia del Teatro Cubano y colegamigo de este cronista: Rine Leal (La Habana, 1930-Caracas, 1996), con los dos volúmenes de su historia del teatro en la Isla: La selva oscura, donde dejara la imborrable huella de la escena creada y representada en la Isla desde sus orígenes hasta fines del siglo XIX.
Mas, Montes Huidobro lo supera con creces, pues integra en su vasto quehacer una amplia gama genérica: dramaturgia, narrativa (cuento y, en particular, novela, donde descollará con numerosos títulos, algunos galardonados en Europa), poesía, como asimismo, tal dije arriba, se dedica a la enseñanza universitaria y la edición de libros en su Editorial Persona, en Honolulu, Hawaii, donde descollaran el y Yara como profesores universitarios entre 1965 y 1977.
En consecuencia, resulta vasta y decisiva la labor desplegada por Montes Huidobro en la difusión, investigación y análisis de la escena cubana de las dos orillas, desplegada en diversos estudios que mucho nos sirven a los críticos de teatro, valga el caso de quien escribe, quien, por poseer toda su colección, suele consultarlos como asidua referencia de las tablas cubanas de aquí y de allá. Tales volúmenes de alta valía constituyen piezas de indudable permanencia, porque sus temas abordan a fondo la historia de la escena cubana.
Tanto en sus obras en un acto, reunidas en el título homónimo (Ediciones Universal, 1991), que incluye: Sobre las mismas rocas, Los acosados, Gas en los poros (cuyo estreno cumpliría 55 años en 2017, por lo que sería reestrenada en Miami, por Artefactus Teatro, bajo la dirección de Eddy Diaz Souza, con las actuaciones de Daisy Fontao y Belkis Proenza), La botija, El tiro por la culata, La madre y la guillotina, La navaja de Olofe y Hablando en chino), como en el resto de sus obras —tal advirtiera la Dra. Esther Sánchez Grey-Alba en las “Palabras preliminares” de su Teatro Cubano moderno. Dramaturgos (Ediciones Universal, 1991)— en Montes Huidobro se advierte una marcada tendencia a la experimentación formal que lo llevó frecuentemente al teatro del absurdo, tendencia que había sido introducida por Virgilio Piñera y que José Triana sigue dentro del llamado “teatro de la crueldad”.
Tal aseveración la confirmaría José A. Escarpanter cuando señalara “la experimentación constante como una de las características de su creación dramática”, tal apuntara en su estudio “Funeral en Teruel y el concepto de la hispanidad” (incluido en Matías Montes Huidobro. Funeral en Teruel, Editorial Persona, Hawaii, 1991).
La propia Sánchez Grey-Alba, tras vincular su dramaturgia con el influjo del existencialismo sartreano —que tanto influyera en los años de formación y aprendizaje habaneros de Montes Huidobro—, afirmará en su propio ensayo incluido en Teatro Cubano Moderno. Dramaturgos:
cuando se estudia a Montes Huidobro, ya sea en su dramaturgia o en su narrativa, se encuentra una angustia humana dominada por la asfixia y la frustracion, y saturada muchas veces de un sustrato histórico en que el que puede reconocerse la tragedia de la patria.
Por su calidad y permanencia, obras suyas han sido incluidas en dos recientes colecciones a cargo de dos autores de otras generaciones, quienes así constatan el reconocimiento de su quehacer: Tirando las cartas, en Teatro cubano de Miami (Editorial Silueta, selección de Luis de la Paz, 2010) y La sal de los muertos en Tres dramaturgos. Tres generaciones (Editorial Silueta, edición, Nota aclaratoria y entrevistas de Rodolfo Martinez Sotomayor, 2012).
Ambas publicaciones pondrían de nuevo en circulación estas y otras singulares piezas del maestro, de quien Jorge M. Febles y Armando González-Pérez editaran en 1997, el importante volumen: Matías Montes Huidobro. Acercamientos a su obra literaria. A este elogioso tributo, le seguiría, una década después, el aun mayor homenaje, preparado y editado por su inseparable esposa, la Dra. Yara González Montes, quien se ocupara del importante volumen de estudios sobre su integralidad creadora, en tanto profundiza en el orbe del escritor, con diversos análisis sobre su labor en la narrativa, la poesía, el teatro y el ensayo: Matías Montes Huidobro: su obsesión por la escritura (Ediciones Universal, 2007).
En consecuencia, se incluyen en este volumen, ensayos sobre su narrativa, a cargo de William Siemens (Desterrados al fuego), Elsa Gilmore y Patricia M. Montilla (Esa fuente de dolor), Jorge Febles (quien explora a fondo su “trilogía del sufrimiento colectivo e individual”: Desterrados al fuego, Esa fuente de dolor y Concierto para sordos), Luis F. González-Cruz (Parto en el cosmos) y Armando González-Pérez (“La aportacion literaria de Matias Montes Huidobro al tema negro”, donde estudia La navaja de Olofé (1982).
Le sigue un detallado análisis de su poesía, en “(Auto)crítica estética y representación de la otredad”, a cargo de Jorge J. Rodríguez-Florido.
Tras esta sección, se incluye Teatro, en la que se aprecian las valoraciones de Jesús Barquet (“Superposición de textos en La Madre y la Guillotina), Rolando D. H. Morelli (“Escribir en vilo: Expresionismo y realidad social en varias de las Obras en un acto”), Georgina J. Whittingham (“El movimiento escénico en Lección de Historia), José A. Escarpenter (“El metateatro en Exilio”), David William Foster (“Exilio y la representacion de la identidad gay”), Phyllis Zatlin (“Oscuro total: entre la tragedia griega y el teatro del absurdo”), Yara Gonzalez Montes (“Entre lo dionisíaco y lo apolíneo en Las paraguayas”) y Luis González-Cruz (“Hacia el «eterno masculino»: nuevas visiones de Martí en Un objeto del deseo).
Cierra el sólido bojeo, a través de las vertientes genéricas abordadas por el polígrafo, la sección dedicada al Ensayo, a cargo de la propia Yara González Montes (“La ensayística en la obra literaria de Matías Montes Huidobro”).
De acuerdo con lo antes leído, tenemos si no toda (lo que resulta imposible, dado el enorme caudal genérico y creativo del prestigioso creador), al menos he podido ofrecer, en esta crónica sintética a él dedicada, la información básica para conocer una porción de la magna obra del singular creador cubanoamericano, cuya juvenilia se sustenta en su infatigable laboreo. Justo es también añadir que, a pesar de su longevidad y lo distante de su hogar, él con su inseparable Yara, no dejan de asistir a los estrenos teatrales de sus colegas en La Pequeña Habana.
En suma, el maestro Matías Montes Huidobro, aun en los momentos más difíciles, no ha perdido su vocación de cubanidad, a cuyo teatro de las dos orillas, nunca ha dejado de apoyar, divulgar y examinar, o mejor aun: servir, tal entendía el vocablo-concepto José Martí.
De una recordada entrevista
Años atrás, entrevistado por el colega Jesús Hernández Cuéllar para Diario Las Américas sobre cuáles eran a su juicio los momentos significativos del teatro cubano de 1902 a la fecha, sin dilación respondería Montes Huidobro:
“En cuanto a los momentos más significativos del teatro cubano desde 1902 hasta la fecha, la pregunta es ciertamente muy difícil, ya que algunos de estos momentos se conocen indirectamente y hay que referirse a ellos, en algunos casos, dentro del contexto histórico cubano en general. Yo pondría como punto de partida el estreno de Tembladera de José Antonio Ramos en 1917, por el significado que le doy a esta obra y a este dramaturgo. Después saltaría al año 1935 cuando se estrena La muerte alegre de Everinoff, dirigida por Baralt, presentada por Pro-Arte Musical que, por su montaje y la desaparición de la concha del apuntador, se considera el principio del teatro moderno en Cuba. Paso a la fundación del Grupo Prometeo en 1948, dirigida por Morín, porque es el año en que se estrena Electra Garrigó y por todo el significado que tiene Prometeo en el desarrollo del teatro moderno en Cuba y el énfasis en las dramaturgias de vanguardia, y sigo a 1954, cuando se llevan a escena, de un lado de Las criadas de Genet, dirección de Morín, que deja un fuerte impacto en la dramaturgia cubana de los cincuenta y los sesenta, y el estreno de La ramera respetuosa de Sartre por Eric Santamaría, ese mismo año, cuyo éxito consolida el movimiento de las salas teatrales, también en 1954. El triunfo revolucionario en diciembre de 1958 comprende un quinto período significativo, de unidad y diversidad al mismo tiempo, que se extiende de 1959 a 1961 sin un momento específico hasta que en 1961, durante las reuniones celebradas en la Biblioteca Nacional, Virgilio Piñera se levanta y expresa su temor a la represión intelectual. A partir de este momento, por cercanía histórica, al mismo tiempo que por mi trabajo como dramaturgo y mi distanciamiento con motivo del exilio, me resulta difícil ser específico.”
Para conocer más sobre Matías Montes Huidobro
Matías Montes Huidobro (Sagua la Grande, Cuba, 1931), dramaturgo, narrador, poeta y ensayista, hizo sus estudios de enseñanza secundaria en el Instituto Nro. 1 de La Habana, obteniendo posteriormente el doctorado en Pedagogía de la Universidad de La Habana. En 1953 se casa con Yara González Fernández-Hermo, de cuyo matrimonio tienen dos hijos, Ana María y Eugenio. En 1951 se da a conocer como poeta con la publicación de su texto “La vaca de los ojos largos”, antologado repetidamente; como narrador, con la publicación de su cuento “El hijo noveno”, en la revista Bohemia; como ensayista, en las páginas de la revista Nueva Generación, de la que sería uno de sus fundadores; y como dramaturgo, al recibir el Premio Prometeo por ‘Sobre las mismas rocas”, estrenada ese año. Entre 1959 y 1961 reanuda su actividad creadora con nuevos bríos, estrenando varias obras dramáticas en el breve período de tres años: Los acosados, Gas en los poros, La botija, El tiro por la culata y Las vacas (que recibe el Premio “José Antonio Ramos” en 1960). Ejerce la crítica teatral en el diario Revolución, donde también publica artículos en la página editorial; colabora extensamente en el semanario cultural Lunes de Revolución y es comentarista teatral en un programa semanal de CMBF Televisión Revolución, enseñando en la Escuela de Periodismo hasta su salida de Cuba camino del exilio el 27 de noviembre de 1961.
EN EUA
Entre 1962 y 1964, se establece en Meadville, Pennsylvania, donde enseña en las escuelas secundarias de la comunidad. En 1964, lo hará en la Universidad de Hawai, donde también ejercerá su esposa, la también escritora y ensayista Yara González, hasta la fecha de jubilación de ambos: 1997 como profesores eméritos de dicha institución, pasando a residir en Miami, donde siguen escribiendo y publicando. Mas, su amplísima labor académica se completa con su trabajo como profesor visitante de la Universidad Estatal de Arizona, el Swarthmore College y la Universidad de Pittsburgh.
Durante su enorme labor docente, ha participado en congresos universitarios en EUA y el extranjero. A su vasto trabajo como creador y ensayista, se agrega su asidua labor como divulgador de las letras cubanas. Así, 1976 funda, con la colaboración de su esposa, la revista Caribe, de la que aparecen varios números. La revista se seguirá publicando posteriormente en una nueva etapa gracias a la labor de los profesores Jorge Febles y Armando González-Pérez, deviniendo uno de los esfuerzos editoriales de mayor permanencia de las letras cubanas en EUA. Entre 1987 y 1991, Matías y Yara fundan Editorial Persona, destinado a preservar el patrimonio cultural cubano, publicando importantes títulos de autores cubanos del exilio, mientras que en 1995, 1998 y 2001, en Anales Literarios darán a conocer números monográficos de valor incalculable sobre la dramaturgia, la poesía y la narrativa cubanas. Finalmente, en el 2000 establecen Pro Teatro Cubano con un objetivo similar en relación con la escena.
Una vasta obra
El dramaturgo, narrador, poeta y ensayista Matías Montes Huidobro tiene en su haber una extensa e intensa trayectoria creadora y crítica.
En Teatro, merecería en Cuba el Premio Prometeo por Sobre las mismas rocas y Premio Nacional de Teatro José Antonio Ramos por Las vacas.
Asimismo, en la Isla, estrenaría y publicaría Los acosados, La botija, Gas en los poros, El tiro por la culata y Las vacas. También en el 2012 fue incluida su pieza Exilio en una antología.
En Miami, ha estrenado y publicado: La Madre y la Guillotina, Ojos para no ver, La navaja de Olofé, Fetos, Oscuro total, Su cara mitad, Un objeto de deseo, Tirando las cartas, La sal de los muertos y múltiples obras en un acto.
La Poesía no quedaría fuera de su amplia carrera literaria. De tal suerte, publicaría La vaca de los ojos largos, Nunca de mí te vas, Un salmo quisiera ser y Bilongo.
La novela, el género mayor, ha estado presente en su vasto quehacer. De tal suerte, ha publicado: Desterrados al fuego, Un bronceado hawaiano, Segar a los muertos, Cartas de Cabeza, Parto en el cosmos, Concierto para sordos, Un bronceado hawaiano y merecería en 1997 el Premio Café Gijón, por su novela Esa fuente de dolor. Están además Una saga yoruba y Caravaggio: juego de manos.
Mas, igualmente la narrativa breve ha estado vinculada a su incansable quehacer. En consecuencia, han visto la luz sus libros de relatos: La anunciación y otros cuentos cubanos, Ratas en la isla, Una locura cibernética, El hijo noveno (Finalista: Planeta, Alfaguara, Ateneo de Santander, Cáceres de Novela Corta).
Su obra ensayística, extensa, incluye, entre otros volúmenes: Persona vida y máscara en el teatro cubano, Persona vida y máscara en el teatro puertorriqueño, La distorsión sexo-lingüística en Ángel Ganivet, El teatro cubano en el vórtice del compromiso, La narrativa cubana entre la memoria y el olvido, José Antonio Ramos, Itinerario del deseo y El discurso femenino: conducta de Eros.
En el 2017 recibiría el Premio “Enrique Anderson Imbert” de la Real Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE).

