La velocidad del mundo
Angela Vallvey
Fundación José Manuel Lara. Col. Vandalia. Sevilla, 2012
«La velocidad del mundo», poemario de Ángela VallveyDesde que en 1997, Ángela Vallvey (San Lorenzo de Calatrava, Ciudad Real, 1964) diera a la luz su primer poemario Capitanes de tiniebla, ha sumado otros tres títulos líricos a los que se une ahora La velocidad del mundo.
Entre tanto, la autora manchega ha cosechado importantes galardones en el ámbito de la narrativa (Premio Nadal en 2002 por No lo llames amor, finalista del Premio Planeta en 2008 por Muerte entre poetas) además de llevar a cabo una amplia actividad periodística que se vio refrendada al ser galardonada hace dos años con el premio “Julio Camba”.
En su segundo poemario, El tamaño del universo, anotaba Ángela Vallvey: “Quisiera averiguar la geometría del cosmos/ para poder mirar aún más allá de Virgo,/ hasta los cúmulos de Perseo, o hasta la Cabellera/ de Berenice. Detrás de todo esto/ debe de haber algo profundamente/ oculto…”.
Y de aquel deseo, parece partir esta nueva entrega en la que la escritora recorre con verso lúcido y derramado la seductora inmensidad de la Tierra. Se trata de un viaje vivencial y lingüístico, un recorrido por un edén de palabras y variados territorios que se materializa en una reintegración del yo lírico en la Naturaleza para así aprehender la clave de lo humano en lo no humano: “¿Y cuántos astros cegadores/ serán reales más allá de mí?/ Acaso no veis la galaxia/ reflejada en mis aguas azules?/ Soy un lago pequeño y profundo,/ siempre entre montañas,/ me muero de angustia”.
En este volumen, la simbología adquiere un acentuado protagonismo, pues detrás del real escepticismo con que se abordan algunos enunciados, hay un pluralismo ontológico del que derivan circunstancias que niegan la propuesta del universo como un espacio cerrado, y lo muestran como un lugar abierto y emergente: “Así que me digo que la superficie verdiazul del cielo/ será a partir de ahora mi lugar de trabajo”.
Cada uno de los poemas aquí recogidos, está situado en una esquina distinta del atlas. Canadá, Tailandia, Japón, India, Estonia, Vietnam, China, Irlanda, Camboya…, van sucediéndose y aromando con su identidad la lectura de este íntimo cuaderno de reflexiones y emociones.
Porque al margen de su citada simbología, surge una luz brillante, una voz delicada, confesional, que vibra junto al desahogo amatorio, junto a la verdad del corazón: “Es la vida tan corta que/ he viajado contigo de la mano./ Lejos, hasta países a los que llega tarde/ la pura medianoche …/… Y allí al fondo, la jungla/ nunca duerme …/… Y ruge la tormenta,/ amor,/ dorando el agua de la lluvia y/ de un gemido pequeño/ que de tu boca sale”.
Estos versos en constante movimiento, me han traído a la memoria el poemario con el que Rafael Guillén obtuviera en 1994 el premio Nacional de Poesía, Los estados transparentes. En él, el poeta granadino establecía un puente entre lo humano y lo científico, entre lo conceptual y lo material, y lo hacía precisamente fechando y dando cuenta de cada una de sus múltiples estancias . El riesgo de convertir el conjunto en una serie de postales “turísticas”, lo salvaba por entonces Guillén con la honda meditación que trascendía desde su mirada, y lo salva Vallvey con la autenticidad de un verso que emociona por cuanto tiene de voluntad de entendimiento y porque su analítica conlleva una sobria sensibilidad dialéctica: “Muéstrame la verdad de la Tierra,/ las horas en que anida/ tanta melancolía./ Yo me quedo en tu boca,/ la cruzo de parte a parte,/ jardín iluminado/ que me mece/ como a hierba ligera”.
Ángela Vallvey da un paso más, y muy firme, en su quehacer lírico, pues su discurso se agranda respecto a anteriores entregas. Su aliento no quiere ser solo impulso vital que ayude a sostener y a defender lo hermoso que nos ofrece la Naturaleza, sino que quiere ser parte de la misma: y ser agua, y ser viento, y ser cielo, y ser árbol que abrace el dolor y la dicha de cuanto hay en derredor.
Un poemario, al cabo, para leer a un ritmo pausado, a sorbos, y poder así dejarse ganar por su sabor más óptimo: “Por ti, hasta la sal del mar sabe dulce como un lago”.