Saber y escribir que estamos vivos

Sobre el poemario Bardo, de Balam Rodrigo

Carlos Cociña

Bardo
Balam Rodrigo
Editorial Carajo, 2016, Santiago de Chile

 

Balam-Rodrigo-OtroLunes42Bajo, o en el título, se señala que es una pequeña antología que incluye

Hábito lunar

Poemas de mar amaranto

Silencia

Icarías

Larva agonía

Braille para sordos

Morir es una mentira grande que inventamos los hombres para no vernos a diario

Sobras reunidas (antología de poesías & pensamientos inútiles),

y a estos ocho libros agrega,

Poemas inéditos

 

Desde el primer libro antologado, Hábito lunar (2005), junto al trópico construido con sonidos orgánicos e impregnado de sensaciones corporales, los sentidos están alertas y dispuestos. La atención, por y en el lenguaje se evidencia y explicita con y en el lenguaje mismo:

He aquí el poema, he aquí su rabia. He aquí a la muerta lengua, a merced de los perros que la inflaman.

Y más adelante, en otro poema:

He aquí el lenguaje y su misterio

Este misterio, el del lenguaje, en Poemas del mar amaranto, (2006) se transforma en agua, en agua densa, deseante, vaporosa, portuaria y húmeda. Agua de puerto que impregna incluso:

A las orillas de una ciudad sin mar

En la que:

Alguien ha olvidado un libro de poemas

Mientras:

Un perro se bebe la ciudad en su ladrido, bestia de los estuarios tumefactos

 

La efervescencia del lenguaje y las palabras, en cómo se combinan, se relacionan, se nutren, se hartazgan y se mueren, transforman lo escrito en un fruto que es animal vivo, desde las raíces a las ramas. Allí parece que nada se Silencia (2007).

En Icarías (2010) desde la altura, lo material y orgánico se transforma en construcción, explícitamente en ciudades, se sobrevuela tocando:

Sobre calles de una ciudad en deconstrucción

En estos poemas hay una directa apelación al lector, es más, a lo que este cree ver, es más, a lo que cree soñar, donde ver y soñar obedecen a una misma operación, la de apropiarse táctilmente de la ciudad, que aparece desbordada e inbordada por las materias orgánicas, extrañamente en silencio cuando:

Mansas parvadas orinan la línea rota del horizonte

El mismo silencio inicia Larva agonía (2008), y la apelación vuelve al escribiente, a su vigilia expectante cuando:

Empuño una daga de aire mientras escribo esta carta en el vacío

Las cartas, escritas con y en aire, son posibles desde otras tierras, quizás estepas magras, casi inorgánicas, donde un vuelo o una navegación impele al regreso, a la Ítaca donde nunca se dejó de estar vivo.

Y nuevamente lo táctil es el pasaporte para el asombro, Braille para sordos (2013), donde la sinestesia ya anunciada por Darío, se hace contemporánea en las imágenes, no literarias sino fotográficas, sí con palabras y con luces y oscuridades, materialmente brillantes como:

Toda belleza es monstruosa, aunque no hay más monstruo que el corazón.

El imaginario ha desplazado a los mares, selvas, plantas, animales y criaturas, al intrincado espacio de las ciudades, a la imagen que de éstas su fija en el instante de la obturación. Lo revelado, lo que después se revela es que:

Nos revelan que no existe la fealdad. Es otra la belleza

Pues:

Todos somos monstruos, lo normal no existe

Así, Morir es una mentira grande que inventamos los hombres para no vernos a diario, que está en proceso, vuelve o redescubre, o descubre, ajeno a las metrópolis, las aguas, el cuerpo, los nombres nuevos y al mismo tiempo antiguos que unen a los hombres con su tierra, cielo y río, aquel en que la materia volverá a su origen.

 

Hay Sobras reunidas (sin fecha y sin tiempo) que transitan por un bestiario, un conjunto de gárgolas, no góticas sino monstruosas por su voz que no emite más sonido que lo vacuo.

En estas, la palabra escrita y en sonido ni siquiera hace eco de sí misma, sino de quien se cree poseedor de ella y reclama un espectador cautivo.

 

Muy lejos de ellas, aparecen otra opción de escritura, aquella que todavía no se imprime, la que va haciendo, que construye un registro en el espacio de nuestras vidas, en el cotidiano con sus monstruos agresores y la alegre soberbia de saber y escribir- que estamos vivos.