Los habitados
Piedad Bonett
Visor. Madrid, 2018
Con Los habitados, obtuvo Piedad Bonett el XIX premio de poesía “Generación del 27”. La escritora colombiana había compilado un año antes toda su obra lírica bajo el título de Poesía reunida. Aquel volumen aglutinaba nueve poemarios: De círculo y ceniza (1989), Nadie en casa (1994), El hilo de los días (1995), Ese animal triste (1996), Todos los amantes son guerreros, (1998), Las tretas del débil (2004), Lección de anatomía (2006), Las herencias (2008) y Explicaciones no pedidas (2011).
A lo largo de su quehacer, Bonett ha ido puliendo su dicción y descubriendo la identidad vindicativa que va más allá de sus registros. Nada es apariencia en su decir, sino instante certero y dilatado que deviene en un mensaje capaz de traspasar la frontera del sentimiento. La realidad que despliega sus versos prende la conciencia lectora mediante una palabra concreta, múltiple y reveladora .
Ahora, en Los habitados, su voz incide en una temática ya hollada y que camina entre el paso del tiempo, los escenarios familiares y las sombras de la muerte. Pero sus poemas crecen desde una óptica distinta: la de una mujer que sabe que su edad no es una ventaja, mas sí un privilegio. Desde la atalaya de la experiencia, de los años vividos con intensidad, sus versos llegan con aromas de tristura y desconsuelo: “Cuando acerco mi oído a las paredes/ queriendo oír el llanto de los que aún me aman/ sólo oigo mi chirrido. Mi oscura disonancia./ El corazón del miedo/ cantando su monótona tonada”.
En su doliente cántico, Piedad Bonett emplea el lenguaje como germen y destino de su conciencia y estimula, a la vez, la esencia de la nostalgia para aprehender todo aquello que fue quedando en el ayer. Además, la semántica que reproduce su discurso le permite recurrir a la otredad de su espacio y de su tiempo: “Pero alguien creció en mí y ahora soy otro/ detrás de esta ventana (…) Y la vida es chirriante disonancia para los habitados”.
La segunda parte, “Noticias de casa”, está atravesada de parte a parte por la memoria de su hijo Daniel, quien se suicidara en 2011 tras conocer la enfermedad mental que padecía. Contaba tan sólo con 28 años. -Su madre ya había relatado en su novela Lo que no tiene nombre (2013) aquella devastadora tragedia-.
En esta ocasión, su recuerdo se aviva nuevamente al par de unos textos emotivos, vívidos, que laten todavía en su aflicción: “En qué pupila/ quedaste tú grabado para siempre/ aun vivo/ pero volando triste hacia la muerte,/ en el último instante, el cielo a tus espaldas./ Quién te llevó dentro de sí/ como una pesadilla hacia la noche,/ o una anécdota, un puro escalofrío/ que aspira a remansarse en la palabra”.
La muerte surge entonces como la parte contraria a cualquier deseo. Lo que sustenta el anhelo vital es indecible porque lo que no es eterno no resulta válido. De esa forma, la poetisa colombiana relata su duelo desde una antropología del conflicto humano. El fenecimiento es paradigma de nuestra limitación y en su acontecer respira una esperanza angustiada, aunque necesaria para subsistir. Al cabo, una manera de referir ese adiós no sólo desde el alma y la materia, sino también desde una perspectiva gnoseológica: “Cuántas preguntas en mis libretas llenas de tachaduras y de lágrimas/ Buscaba una lucecita en lo oscuro que nos había sido dado/ Buscaba la entraña de la piedra que nos había herido (…) Fue entonces cuando el rayo partió la casa en dos, como un juguete/ y escribió el vacío en su respuesta”.
Un poemario, en suma, que transita entre la búsqueda y el hallazgo, entre el sufrimiento y el alivio, entre la certidumbre y la mudanza: “Para que no te mueras doblemente/ pido al dolor que sea mi alimento, el aire de mi llama”.