Sin dudas, resulta de interés para muchos lectores la visión crítica de la Cuba posrevolucionaria que presenta la novela El hombre que amaba a los perros (2009, publicada en Cuba en 2011), del cubano Leonardo Padura, aunque para el público de la Isla dicha visión no significaba entonces una novedad dentro de la producción cultural nacional en general. Incluso el propio Padura, desde inicios de la década del 90, con las novelas de su detective Mario Conde, había estado ofreciendo ya una radiografía poco complaciente de las circunstancias materiales, políticas y sicosociales de dicho período.
Numerosos creadores (en particular, narradores, dramaturgos y cineastas) dentro de la Isla llevan ya más de 20 años arriesgándose con tales presentaciones críticas, abordando aspectos de la realidad cubana prohibidos o tenidos como tabú apenas unos lustros antes. Sin embargo, estos abordajes críticos en la mayoría de los casos han sabido respetar —o no les ha interesado cuestionar— la longeva estructura gubernamental de poder unipersonal (y, hoy día, unifamiliar) imperante en la Isla desde 1959, por lo que para cierta parte del público más exigente dichas críticas resultan, en realidad, cosméticas o, como rezan los siguientes refranes, sencillamente “atacan la cadena, pero no al mono”, es decir, “matan al mensajero” y no a quien genera el mensaje.
Dicha crítica a la “cadena” y al “mensajero” ha llegado hoy día (2015) a convertirse incluso en un cliché que, amparado a veces en el humor y la vulgaridad del lenguaje verbal y corporal, resulta facilista, particularmente en el teatro y el cine, ya que recicla en demasía una misma fórmula narrativa simplista con el fin de identificarse rápida y superficialmente, sin mucho análisis profundizador, con la cotidianidad del espectador, quien experimenta así una especie de divertida catarsis al toparse con su compleja vida diaria convertida ahora en mero espectáculo escapista. Entre la risa colectiva del público y los guiños cosméticamente cómplices que le llegan desde la escena, el espectador sublima y purga así, por unos minutos, sus carencias y las ineficiencias diarias del sistema, sin realmente cuestionar la naturaleza o legitimidad de este, pues dicha crítica se limita a aspectos tales como las escaseces diarias de comida, ropa y transporte, la ineficiencia laboral, el burocratismo, el dogmatismo y la culpa de un funcionario siempre subalterno, etc. Es decir, la obra artística que se pretendía crítica no sobrepasa, en realidad, la presentación y confección costumbristas. Al asistir a esta producción no he podido evitar sentir nostalgia por los procedimientos dramatúrgicos brechtianos, especialmente los de aquellas obras suyas que sabían entretener y, a la vez, cuestionar el statu quo.
Algunas obras han logrado ir un tanto más allá de la “cadena” y del “mensajero”, ya sea por vías imbricadas o alegóricas (como la pieza Antigonón y el filme Alicia en el Pueblo de Maravillas), o por vías más directas y documentales (como los filmes Conducta, La vaca de mármol y, más destacadamente, La obra del siglo). En este último filme, no una generación —como sería la de Mario Conde en las mencionadas novelas de Padura— se presenta como “perdida”, sino tres (abuelo, padre e hijo), y con ellas un proyecto gubernamental de supuesto desarrollo socioeconómico (la central nuclear de Juraguá y la ciudad anexa), en una compleja transferencia de lo particular a lo general, de la microhistoria a la macrohistoria.
Por todo lo anterior, no siento que, dentro de Cuba, la mayor relevancia crítica de El hombre que amaba a los perros radique en la sección de la novela que aborda la Cuba contemporánea, ya que la considero bastante apegada, en lo esencial, al costumbrismo aquí descrito, aunque sin los manidos humor y vulgaridad que abundan en el teatro y el cine. Creo que los dos aspectos de la novela más significativamente críticos y, sobretodo, novedosos dentro de la producción cultural cubana dentro de la Isla son la presentación descarnada del estalinismo (en particular, la cruel maquinaria montada contra la figura de León Trotsky) y la ambivalente intervención soviética —también durante Stalin— en la Guerra Civil Española.
Para el curioso lector cubano que, hasta entonces, se hubiera nutrido sólo de la información histórica oficialmente divulgada, incluso académicamente, dentro del país, enterarse ahora de los entretelones sociopolíticos de estas otras dos realidades, bien puede llevarlo a reflexionar, en diferentes sentidos, sobre sus circunstancias y el prolongado proceso político posrevolucionario. Si reflexiona a partir de la manera en que ambas tramas se presentan en la novela, dicho curioso lector puede llegar, no a una humorística identificación facilista con su vida cotidiana, sino a una comprensión trágicamente compleja de los mecanismos que han marcado la vida de sus conciudadanos desde 1959.
Para lectores cultos extranjeros, interesados en la historia del siglo XX y con mayor acceso a información de variada orientación ideológica, quizá la presentación que hace la novela de estos dos momentos históricos no resulte tan novedosa. Quizá ya sabe de los crímenes políticos de Stalin, de la importante significación política e histórica de Trotsky y de la polémica intervención soviética en la Guerra Civil Española. Pero aunque estas tramas no le resulten novedosas, aceptar entonces la impronta crítica presente en la novela dependerá de cómo cada lector extranjero opte por concebir, sin prejuicios ideológicos ni visiones maniqueas, la historia mundial del siglo XX.
Aunque, contrarias a mi opinión, algunas personas consideran excesivo el énfasis historicista de la novela con relación al período estalinista, considero que hizo bien Padura en apoyar con numerosos datos históricos su detallada y descarnada radiografía crítica de los inhumanos métodos de represión, ejercicio y control del poder, y manipulación del individuo propios del estalinismo. Para el lector cubano de dentro, esta novela ejerce cierta función didáctica: suplir información factual sobre un período (estalinismo) y una figura histórica (Trotsky1) escamoteados, o no suficientemente documentados, o no libremente interpretados.
Y por supuesto que el lector cubano de dentro siempre puede lanzarse —por su cuenta, ya que la novela no lo hace explícitamente— a establecer paralelismos entre esos métodos estalinistas y los domésticos, aunque sepamos que quizá dicho lector no cuenta con suficiente información sobre procedimientos similares realizados, no ya por funcionarios o burócratas siempre subalternos y descartables, sino por la cúpula del gobierno cubano; quizá sólo conozca, por experiencia personal o avatares del proceso, algunos aspectos aislados (el caso Ochoa, por ejemplo, igualmente formado y después descartado por el sistema, como ocurre con Ramón Mercader). De ahí que la sistémica reproducción del estalinismo que realiza Padura —en la cual las condenas y venganzas, incluso personales, parten del tirano y las culpas no se diluyen en funcionarios de segunda o tercera categoría sino en el propio tirano— puede llevar al cubano de dentro a insertar, mediante la analogía, su fragmentada o escasa información sobre el período posrevolucionario —y sospechando siempre críticamente, por lo mucho que aún le falta por conocer de su historia reciente— en un sistema mayor de análisis que le permita comprender mejor dicho proceso; un sistema que, eludiendo la trasnochada versión justificativa de los errores ocasionales de ocasionales funcionarios, le revele la naturaleza de un gobierno que, por mantenerse en el poder como Stalin, puede utilizar cualquier procedimiento contra su propio pueblo.
Para dicho poder, como vemos en la novela de Padura, los ciudadanos pueden llegar a ser meras marionetas, como ocurre con Mercader: seres programados para servir no ya a la patria o a la nación, sino al Estado personificado en un voluntarioso tirano, quien una vez que los utiliza procede a descartarlos de una u otra forma. Asimismo, Padura presenta, sin cortapisas, la inaceptable y demagógica contradicción entre, por un lado, un poder que pretende representar a las clases trabajadoras y, por otro lado, sus dirigentes (o Nomenklatura) viviendo una vida de disipación y lujos tenidos como burgueses. Obviamente, el excesivo interés por la riqueza material que se quiere ver siempre asociado al capitalismo y, tras la Caída del Muro de Berlín, al resurgimiento de este sistema socioeconómico en los países del Este europeo, existió también en esa Nomenklatura soviética aburguesada que tiene el doble pecado ético de ser demagogos y haber obtenido sus privilegios de casta gracias a su incondicional fidelidad al Estado, y no por sus propios esfuerzos productivos.
Por otra parte, la versión tradicionalmente manejada dentro de Cuba sobre la Guerra Civil Española se había referido siempre, de forma maniquea, a un solo malo: los franquistas. Frente a estos se levantaban los republicanos ayudados, de diversas formas y siempre desinteresadamente, por la Unión Soviética. Pero la novela de Padura le presenta al cubano de dentro otra faceta de la ayuda soviética: la de intervenir en causas sociales de otros países para, de alguna forma, controlar y hasta anular los brotes revolucionarios autóctonos con vistas a asegurar sus propios intereses geopolíticos de gran potencia, como registra desde su propio testimonio como luchador republicano el pintor Bartoli en su curioso libro Calibán (París: Ruedo Ibérico, 1972, pp. 82, 94, 98 y 106), al desenmascarar el “fraude” demagógico que significó la renombrada “ayuda” soviética a la República. En la novela de Padura no sólo asistimos, entonces, al constante control soviético sobre los destinos republicanos, sino también al crimen que los estalinistas cometen contra un popular líder republicano español que desentonaba con los intereses de Stalin. Además del tigre de afuera (Franco), la República parece tener un tigre dentro (la presencia soviética).
Frente a esta diferente versión de la Guerra Civil Española, un cubano de dentro podría lanzarse a cuestionar la instrucción académica recibida en el área de las ciencias sociales. “¿Hasta dónde sabemos?”, diría parafraseando libremente un verso de una antigua canción de Silvio Rodríguez, o, en otras palabras, ¿qué o cuánto se nos ha ocultado o escamoteado? Y como buena parte del proceso posrevolucionario cubano estuvo asociada a la llamada “incondicional y desinteresada ayuda soviética”, podría igualmente llevar su cuestionamiento a su propia realidad como nación después de 1959. (El filme La obra del siglo puede entonces ayudarlo en esta reflexión.)
Si, aunque fuera de forma limitada, el gobierno cubano informó en 1976 sobre las “pretensiones hegemónicas de gran potencia” de la China comunista —”cuando los maoístas intentaron presionarnos para modificar, en su provecho, la línea de principios” del gobierno cubano2—, similar afirmación sobre la URSS resultaba inadmisible dentro de Cuba después de 1968. En todos los casos, incluida la Primavera de Praga, la presencia de la URSS en otros países era idealizada. Como Padura, la producción cultural de los países de la antigua órbita soviética ha mostrado y denunciado, tras la Caída del Muro, esta interferencia perjudicial de la URSS en sendos autóctonos movimientos políticos y sociales. Valgan como ejemplos los filmes Katyn, de Polonia, y Enero sangriento, de Azerbaiyán.
El tema de las relaciones del gobierno de Fidel Castro con la URSS —ampliamente analizado fuera de Cuba por décadas— sólo muy recientemente ha comenzado a aparecer dentro de la Isla más allá de los usuales lemas oficiales y gracias a la información disponible tras la disolución de la URSS. Por citar únicamente un ejemplo al respecto, véase la polémica de 2016 entre Domingo Amuchástegui y Humberto Pérez González en la edición electrónica de la revista Temas.3 La reciente producción de La obra del siglo (2015) parece participar de este novedoso —aunque ya viejo entre los exiliados— tema dentro de Cuba. En particular, las ideas de Amuchástegui son corroboradas por los elementos documentales de dicho filme, el cual tiene la valentía de no detenerse —como otras producciones culturales— en ‘lo histórico ya superado y debido siempre a transitorios funcionarios de segunda’, sino de proyectarse críticamente sobre el presente nacional y su permanente cúpula dirigente, como expresó el propio director del filme, Carlos M. Quintela, en la presentación de su película en el cine Chaplin durante el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana en diciembre del 2015. Como la República Española, parece que la Cuba posrevolucionaria también ha tenido sus propios demagógicos tigres dentro.
Como he explicado aquí sin ánimo de agotar el asunto, la profunda significación crítica de esta formidable novela de Padura va mucho más allá de documentar jocosamente las cotidianas escaseces materiales, para lanzarse a abordar cuestiones que pueden ayudar al cubano actual a repensar, mediante la analogía y la duda cuestionadora, la trayectoria intelectual y política del actual gobierno de la Isla a la luz de esta descarnada denuncia y desenmascaramiento del estalinismo durante la vida de Trotsky y la Guerra Civil Española.



