La Ciudad de la Furia

INEDITO - Fragmento de la novela homónima

Ernesto Mallo

Por el momento estoy escribiendo una nueva novela. Hace cuatro años que vivo en Europa y eso ha producido un profundo cambio en mi uso del lenguaje y en mi perspectiva social. Por eso estuve dos años sin escribir. Creo que el cambio cultural y lingüístico que experimenté ya está los suficientemente decantado y estoy escribiendo una nueva novela que sucede en un mundo sin nacionalidades, en una ciudad que es muchas ciudades al mismo tiempo y donde gobiernan las corporaciones empresarias.

Ernesto Mallo, Septiembre 2019

–***–

– 01 –

Décadas de políticas de concentración de la riqueza sumen a la mayor parte de la población en una miseria sin atenuantes. Los barrios de los ricos están rodeados por cercas dobles de alambre electrificado que dejan un pasillo en medio patrullado por tipos de negro, auxiliados por perros asesinos y armas largas que pueden arrancarle la cabeza a un humano con un solo disparo.  Sólo dos estaciones: un invierno gélido que se lleva a muchos de los muchos que viven en la calle y un verano implacable que sume a los habitantes en un sopor de pesadilla. El clima y el hambre producen la erupción  espontánea de brotes de violencia individual o colectiva. La primera no genera ninguna reacción en tanto sean pobres quienes se matan o roban entre sí. Con la segunda no hay miramientos, se le les sueltan las brigadas antimotín, los perros y las escopetas. En las calles y las avenidas puede sentirse el latido del odio y el pulso del crimen. El odio de clase es el denominador común, se proyecta de abajo arriba, y de arriba abajo favorecido por la gravedad. La llaman “La Ciudad de la Furia”. Yo nací acá. Soy policía. Mi trabajo es el de siempre: mantener la criminalidad dentro de los límites que el poder al que sirvo considera aceptables. A cambio de ello me suministran el armamento, la placa de autoridad y el uso de una red de comunicaciones. El salario me lo tengo que ganar yo mismo en la calle. La tolerancia por nuestras acciones es amplia y el límite muy preciso: no meterme nunca con un big shot. Es, precisamente a la casa de uno de ellos adonde me dirijo por orden de mi jefe.

 

Hay una chica muerta – me dijo – investigá qué pasó y me llamás.

 

Una tragedia tan común que ya ni las series de televisión recurren a ella.

 

Treinta días de huelga de recolectores dejan media Avenida del Bajo cubierta de basura cocinándose bajo el sol del verano más caluroso de las últimas cuatro décadas. El ferrocarril ya no existe, en su lugar se construyeron una serie de edificios de lujo con helipuerto y piscina. Pero el muro que los contiene no es eficaz contra las ratas y el olor agrio que emana de las montañas de desperdicios. Los vecinos han solicitado la ayuda de la Corporación Militar para que obligue a los basureros a trabajar a punta de fusil. En estos días están discutiendo el precio del servicio con los generales. El aire acondicionado de mi coche hace un año que no funciona, los administrativos de la Corporación Policial, hombres que tienen un problema para cada solución, denegaron la autorización para arreglarlo. La cabina es un horno en el que voy asándome hasta alcanzar las ruinas del Planetario donde puedo abrir las ventanillas a un aire caliente y pegajoso, pero aire al fin. En pocos minutos llego al portal de entrada a Los Lagos. Me detengo junto a las torretas negro mate que parecen árboles contrahechos en medio del bosque de eucaliptos. Las ametralladoras con mira láser son sus ramas, las cámaras sus frutos malignos. Espero. Primero las cámaras y enseguida los cañones de las ametralladoras se mueven hasta quedar apunténdome directamente. Una voz metálica se hace oír por medio de altavoces invisibles:

 

Apague las luces y el motor, salga del coche y mantenga las manos a la vista.

 

Abro la puerta.

 

La desobediencia autoriza a abrir fuego.

 

Bajo, me coloco junto al coche con las manos a la altura de los hombros. Me envuelve el aroma de los eucaliptos. Regresa mi infancia, cuando estaba resfriado y mi abuela ponía en mi habitación un cazo en el que hervían ramas y coquitos cuyos vahos curativos embalsamaban el ambiente.

 

Acérquese lentamente a la cabina.

 

El vidrio es opaco, pero el que está adentro puede verme con toda claridad. Un orificio a la altura de mi esternón no es otra cosa que el remate del cañón de un arma de fuego.

 

Identifíquese.

 

Un pequeño cajón se abre. Deposito mi placa. Se cierra.

 

Lugar y propósito de su visita.

 

Ya sabían que yo venía y para qué, pero contesto de todos modos.

 

El mayor Kruger, de la Corporción Policial, ha ordenado la investigación de un hecho en el piso 27 H. Tengo autorización para el ingreso. H23S24.

 

Silencio. Pasan tres o cuatro minutos. El cajón se abre. Dentro hay una trajeta plástica.

 

Tome la tarjeta. Se la requerirá al salir para recuperar su placa. Manténgala siempre visible.

 

La tarjeta tiene mi nombre, rango, empresa y mi foto. La prendo a mi solapa.

 

Proceda al parking JK, está a doscientos metros por el camino del Golf. Debe aparcar en la plaza 66.

 

Gracias, sardina – así llamamos a estos tipos que cumplen horario de doce o catorce horas dentro de esos armarios de lata.

 

Regreso al coche. Pongo el motor en marcha. El portal se abre lenta y suavemente.

 

Mi casa entra tres veces en la sala que da hacia el lago. Uno solo de los jarrones debe costar lo que gano en un año. El hombre está sentado en un sillón, envuelto en una bata verde de seda. Fuma lento y preocupado. Saludo. No contesta. Gira apenas la cabeza y señala hacia un pasillo amplio.

 

La puerta doble de la habitación está abierta. Sobre la cama, la chica desnuda yace boca arriba, con las piernas y los brazos abiertos. Tiene la boca llena de espuma. La cubro con la sábana de hilo. Sobre una mesa de marquetería, un bolso de mujer. Lo abro, saco un documento de identidad. Marco el número de mi jefe.

 

¿Qué hay? El asunto está complicado, jefe. ¿Por? La chica muerta es menor. ¿Prostitua, pobladora? No, es Amalia Bongusto. ¿Bongusto? Sí. Te llamo enseguida.

 

Corto. Espero. Vuelco el contenido del bolso sobre la mesa. Tomo el teléfono. Lo abro. La pantalla se enciende. No tiene contraseña. Voy al registro de llamados. Una de las últimas llamadas es de “Pá”. Pulso. Aparece la foto de “Pá”. Suena mi teléfono.

 

Diga, jefe. Es la hija de Bongusto. Sí, ya lo sé. ¿Cómo lo sabes? En el celular tiene un llamado de Pá. Esto sí que es un kilombo. ¿Ya me puedo ir?… ¿Hola?… Estoy aquí. Haz una cosa. Ordene. Dile al hombre que no hable con nadie, yo voy para allá. Espera a que llegue. Okey.

 

De vuelta a la sala, Arraquis está ahora junto al ventanal bebiendo whisky. Toso para hacer notar mi presencia.

 

¿Qué hay? Dice el jefe que no toque nada, que no hable con nadie. Él viene para acá. Lo que me va a costar esto. ¿Cómo dice? Nada. Sírvase un whisky. No gracias. ¿Usted sabe quién soy yo? Sí, señor. Soy alguien muy importante. Lo sé, señor, pero ahora es alguien importante con un cadáver importante en su casa.

 

Arraquis se queda mirándome como si yo acabara de bajar de un platillo volador.

 

Si no le importa prefiero esperar abajo. No hay problema. Me parece que sería una buena idea que se vista.

 

No quiero estar en el lugar del hecho más que lo estrictamente necesario. Los crímenes de los millonarios siempre salpican y yo ya estoy bastante salpicado con mis propios asuntos. Mientras bajo en el ascensor, saco mi tabaco y armo un cigarrillo. Ya en la puerta del edificio lo enciendo bajo la atenta mirada del tipo que monta guardia tras un escritorio. Acá corre una brisa que parece no se digna a cruzar por el resto de la ciudad. El aire es más fresco, el sonido del tránsito distante y asordinado. En el segundo piso hay una fiesta. La música bailable a todo volumen, chicas y chicos que en el balcón hablan, cantan, y se drogan con alcohol, humo, píldoras, polvos y agujas. Apenas acabo de fumar, aparece el coche del jefe. Se detiene y baja apresurado.

 

¿Está muerta? Completamente. ¿Tiene golpes? No le vi, pero tampoco la examiné a fondo. No, claro. ¿Qué cree? Sobredosis. ¿De qué? Algún opioide, tiene la boca llena de espuma. Me cago.

 

Kruger se pasa la mano por el mentón. Transpira.

 

¿Qué pasa, jefe? ¿Sabés quién es esta gente? Millonarios. Pero no unos millonarios cualquiera. ¿Ah, no? No. Arraquis es íntimo amigo de Bongusto, CEO de Drug Corp y además, el padre de la chica muerta. Y no sólo eso, tienen muchos negocios juntos. Menudo kilombo se va a armar. En cuanto Bongusto sepa que su hija andaba con Arraquis lo va a culpar de su muerte. Estos tipos tienen sus propios ejércitos. Acá se puede armar una guerra de corporaciones. No si lo podemos evitar. Cómo. Tenemos que sacar a la piba de acá y plantarla en algún otro lugar. No sé, jefe. Si Bongusto llega a enterarse… Mirá esto lo sabemos vos, yo y Arraquis. Si hacemos las cosas bien y mantenemos la boca cerrada, nadie más tienen que enterarse. Tenemos que entregarle a Bongusto un chivo expiatorio y sacarlo a Arraquis del medio. ¿Le parece que nos metamos en este kilombo? Miralo como una oportnidad, ¿no estás harto de ser pobre?