(Thomas)
Nada más empezar a leer Bajo el bosque de leche, se entra de golpe en la noche de primavera del pueblecito Galés de silenciosas calles empedradas, al tiempo que una voz nos conduce por sus casas ciegas como topos, y lugares: “la capilla fría y chata, la cervecería callada como una partida de dominó, la panadería y los almacenes… la calle del Burro donde la noche trota silenciosa con algas en los cascos…” “…mira, nos dice,… escucha… puedes oír la caída del rocío… ahora acércate… escucha…”, y nos introduce en los oscurecidos dormitorios y asfixiantes buhardillas atiborrados de los objetos cotidianos que llenan la obra de Dylan Thomas: peines, enaguas y palanganas, sombreros colgados de clavos, jarras de cerveza vacías y hasta tajadas de budín de frío pan bajo la almohada… a la vez que nos acerca a los durmientes “… sólo tú puedes oír como duermen…” otorgándonos el privilegio de mirar tras sus ojos dormidos, y descubrir los vastos mares de los sueños… y entonces sorprenderemos al capitán Cat en las profundidades saladas dialogando con los ahogados: “ ¿Me ve, capitán, el esqueleto blanco que está hablando? Soy Tom-Fred, el burrero”, o a la señorita Price, modista y vendedora, abrazada a su tendero de franeleta, loco de amor y amante de enormes muslos y pecho de brasa…” o a la doblemente viuda de Ogmore- Prichard dando órdenes a sus dos difuntos maridos espectralmente acostados a su derecha e izquierda…, y así, de casa en casa iremos descubriendo los secretos, locuras y excentricidades de los vecinos del pueblecito galés. La intención de Dylan era escribir sobre ese pueblo que amaba y sus habitantes, o mejor dicho, que fuesen ellos los que hablasen. La historia surgiría de la oscuridad y se iniciaría al alba, a la que seguiría la tarde, luego el atardecer y concluiría con la noche, y vuelta a empezar…como un círculo que nos transportaría del mundo de los sueños al real o, como escribió Victoria Ocampo, “de un soñar con ojos cerrados a un soñar con ojos abiertos…” y en ese soñar se contaría el quehacer de la población, sus comidas, bebidas, amores , riñas, sueños y deseos, de manera que el oyente o el lector, a través de sus voces, se sintiese como un habitante más. Así es Bajo el bosque de leche, una historia de vidas y gentes pequeñas, de hechos pequeños, narrado con palabras cotidianas que Dylan transforma en un largo poema fantástico y conmovedor. A Dylan le gustaban las palabras. Eso ya se sabe. Su amor por ellas nació desde el principio con las nanas, las leyendas y baladas pero también con los ritmos de la Biblia que se “precipitaban sobre mí desde los púlpitos galeses”. “Me enamoré enseguida de las palabras, y aún sigo estando a su merced, diría Dylan. Si los habitantes de Laugharne son aquellos que encontramos en Bajo el bosque de leche, sus charlas y chismorreos, sus diferentes tonos y acentos, son muchas de las voces de su comedia, las mismas que Dylan escuchaba noche tras noche en el pub bebiendo y apuntando en un papel o un paquete de cigarrillos aquellos términos o expresiones que no conocía. Pero volviendo a las palabras, fue su padre, D.J., aquel profesor erudito, al que le hubiese gustado ser poeta, el que con su voz de actor Shakespeariano, le transmitió su amor desmedido por ellas y algo más. Desde pequeño, sentado en sus rodillas, rodeado de los tesoros de la biblioteca paterna y escuchando las historias de mamá ganso, Dylan supo que existía un mundo privado, un refugio interior que el hombre exterior podía utilizar, conformar y habitar, y donde se podía transformar la realidad utilizando las palabras, tal y como el propio Dylan dijo, “ ahora que sé, más o menos bien cómo funcionan, puedo influir un poco en ellas y marcarles la pauta de vez en cuando, cosa que a ellas parece gustarles…” Encontré por Internet un ejemplar de la vieja y bonita edición de la Editorial Sur de Buenos Aires de 1959, con portada color verde agua, letras rojas y el título sugerente de Bajo el bosque de leche. Comedia para voces, diferente al habitual de otras ediciones que es Bajo el bosque lácteo. Victoria Ocampo, la traductora, recuerda en su prólogo cuando oyó recitar a Dylan Thomas por primera vez en 1946, “su presencia no prometía mucho, escribe, más bien retacón y gordito, con pelo enrulado y en desorden, nariz de punta redonda y respingada, ojos redondos… cualquier cosa se esperaba de aquel hombre todo redondeces excepto una voz de timbre, dramático, musical, fascinante. Eso que los franceses llaman “une voix prenante””. Nos dice Ocampo que la obra la conquistó desde el primer momento pero pensó que sería intraducible, y sin embargo, junto con Félix de la Paollera, se lanzaron a la aventura: “sentarse frente a una Underwood con un ejemplar de Under Milk Wood abierto en primera página, representa cierta dosis de consciente inconsciencia, de locura activa, de encendido amor por el poeta”. Encendido amor, es lo que cualquiera que lea el bosque de leche puede llegar a sentir por Dylan Thomas. “Todos debemos vivir en el mundo exterior sufrir con él y con él disfrutar… escribiría Dylan, lo que diferencia al verdadero artista de su prójimo es que eso, para él no es el único mundo….El verdadero artista posee también el esplendor interior… De ese esplendor nace Bajo el bosque de leche.