El zoo de Manuela Infante

Alejandra Costamagna

Foto: Daniela León Fritz

Foto: Daniela León Fritz

Hace once años la obra Prat, escrita por Manuela Infante, fue premiada en el Festival de Dramaturgia y Dirección Víctor Jara, organizado por la Universidad de Chile. Tanto ésta como las demás piezas en competencia aquel temprano 2002 parecían emitir los balbuceos de un recambio en la escritura teatral chilena. Uno de los rasgos comunes de los textos presentados entonces fue la relectura de la historia (de la historia con mayúsculas leída ahora con minúsculas) a partir de propuestas antisolemnes y notoriamente desacralizadoras. En esta línea, Prat emergió como una fresca revisión del patriotismo, del discurso del éxito y de la figura de héroe. El Arturo Prat de Manuela Infante era un tipo descreído y frágil: más bien un antihéroe. La obra desencadenó una polémica que involucró a los sectores más conservadores del país, que consideraron el montaje como una ofensa a la patria. Prat se constituyó así en un hito del teatro nacional contemporáneo, porque por primera vez en muchos años la institucionalidad reaccionó frente al alcance poderoso del teatro en la sociedad.

Las obras de Manuela Infante suelen prescindir de un principio, un medio y un fin redonditos. Me refiero a piezas como Juana (2004), Narciso (2005); Rey planta (2006) o Cristo (2008). Más que una historia compacta, la compañía Teatro de Chile, que dirige Infante, despliega formas posibles de abordar ciertos temas: acercamientos a veces contrapuestos, que tensionan la mirada unilateral y cuestionan los clichés. Así ocurre también en Zoo, su más reciente montaje, que habla de los fueguinos que en el siglo XIX fueron exhibidos en Europa como ejemplares de una suerte de zoológico humano. La dramaturga y directora traslada el conflicto al siglo XXI y presenta a dos científicos que en una casa abandonada de Punta Arenas encuentran a un par de sobrevivientes de una etnia que creían extinta. Mientras los hombres de ciencia se esmeran en estudiarlos y comprobar empíricamente cada una de sus reacciones para conservarlos como evidencias darwinianas, los hombres en vías de extinción parecen adaptarse miméticamente a las nuevas circunstancias y van convirtiéndose en receptores vacíos de un mensaje que reproducen sin comprender.

A pesar de que Zoo es compleja y tal vez ambiciosa en sus propósitos de abordar una reflexión que va mucho más allá de la mera anécdota, no se trata un montaje críptico, cerrado en sí mismo. Por el contario. Los actores Héctor Morales, Juan Pablo Peragallo, Cristián Carvajal y Ariel Hermosilla protagonizan situaciones cargadas de humor, disparatadas y provocadoras frente a la corrección política. El diálogo de sordos entre los científicos observadores y los indígenas observados a ratos se vuelve hilarante. Y se invierten los roles. Y el que vigilaba ahora es el vigilado: el sometido, el espécimen, el ser animalizado, la pieza de museo. Y no hay comunicación posible, porque a veces la lengua no basta. Y comprendemos que nos están hablando también de la imposibilidad de las palabras para dar cuenta de algunos nudos de la realidad. Esos nudos que nos ciegan cada vez que intentamos descifrarlos con las herramientas de la razón. Y comprendemos entonces que el lenguaje se gasta, los conceptos se gastan, la memoria se gasta, la nostalgia se gasta. “¿Han pensado que en la naturaleza las palabras son los únicos sonidos arrogantes?”, pregunta al aire un personaje, aludiendo a la pretensión de atribuir a las palabras significados adicionales al sonido. Se trata de escuchar, más que entender a ciegas. De eso habla Zoo. De eso viene a hablarnos Manuela Infante.