Dentro de un mes y medio, la Sirenita cumplirá cien años. Se trata de la escultura que adorna el puerto de Copenhague, a orillas del Mar Báltico. Cierta vez, un empresario cervecero con buen ojo para el turismo, encargó a un escultor la imagen de la Sirenita. Se trataba, por supuesto, de inspirarse en el personaje que el escritor danés por antonomasia, Hans Cristhian Andersen, creara en 1837. El escultor Eriksen había querido inspirarse en la señorita Price, gran estrella del Ballet Real, pero ella se negó a posar desnuda. De manera, que el escultor le pidió a la buena de su esposa que lo hiciera. La Sirenita está hecha en bronce, mide 1,25 metros y pesa 175 kilos.
La Sirenita fue un cuento de hadas inspirado (como sucede por lo general con la mayoría de los cuentos de hadas), por una historia oral que narraba que en ese mismo mar, una sirena había renunciado a su inmortalidad por amor a un marinero. Andersen le agregó al cuento tintes melodramáticos y un poco crueles: a cambio de tener pies, la Sirenita perdería su alma y los dolores al caminar serían tremendos (y eso que por aquel entonces no se conocían los tacos agujas que usamos hoy). Y a fin de cuentas, el marinero (ascendido socialmente a Príncipe por la imaginación del autor) no elige casarse con la Sirenita sino con otra Princesa, lo cual la convierte en una hija del aire, una especie de hada. Nosotros conocemos la versión edulcorada de Disney, con una Sirenita cuyo diseño la hace parecer la pelirroja hermana mayor de Heidi y Astroboy. Esta muchacha lleva, para los hispanoparlantes, un controvertido nombre de pronunciación masculina (Ariel), de lo que debemos suponer es Arielle o Ariela. También el final es muy diferente, ya que Arielle logra casarse con el Príncipe y permanecer con él juntos para siempre.
Las sirenas estaban en la imaginación popular mucho antes de que las plasmara Andersen en papel. Según un documental que emitió el Discovery Channel: “Las sirenas aparecieron por primera vez en las pinturas rupestres en el Paleolítico tardío (Edad de Piedra), periodo de hace unos 30.000 años, cuando los hombres modernos ganaron el dominio sobre la tierra y, presumiblemente, comenzaron a navegar por los mares”. Para los griegos, originalmente fueron mitad ave y mitad mujer, pero andando el tiempo mutaron con rapidez a la forma con la cual las conocemos hoy: mujeres con cola de pez. Tenían una voz maravillosa, largos cabellos rubios que peinaban sin cesar con un peinecito de oro y cantaban para seducir a los marineros. Todos conocemos la historia en la que Ulises se hace atar al mástil para oír los cantos de las tres sirenas de la Isla de Capri, mientras que pone tapones de cera a la tripulación para que puedan seguir remando y alejarse de ellas. No obstante, como ninguno pereció en este encuentro, sí lo hizo una de las sirenas, agotadas de cantar. Parténope, la menor de las tres, se estrelló contra la costa italiana y fundó así la ciudad de Nápoles, antiguamente llamada con su nombre.
En casi todas las mitologías, las mujeres pez son un elemento constante.En Gales, la bella princesa Dahud sigue nadando en las ruinas de Caer, por haber caído de la borda del barco de su padre. En Cantabria, España, es famosa la historia de la Sirenuca, una muchacha desobediente y que siempre se iba para los acantilados. Harta un día, la madre la maldijo: “Permita Dios que te vuelvas pez”.
Pero saliendo del país de los cuentos, una de ellas se convirtió en leyenda, en Gales. Según las crónicas, en el siglo VI, una sirena fue capturada y bautizada y le enseñaron el idioma. Los eruditos de ese tiempo afirmaron que no era pez porque cosía y hablaba, pero no era mujer porque podía vivir bajo el agua. Esta sirena, bajo el nombre de Murgen figuró como santa en antiguos almanaques. Adentrándonos en los tiempos, en 1493, Cristóbal Colón escribió en su diario que había visto sirenas en el Golfo de México y que eran mucho menos hermosas que como las describían los autores clásicos. Colón había visto manatíes del Caribe, que pertenecen al orden de los sirénidos, mamíferos placentarios que incluyen tres especies de manatíes y el dugongo.
No obstante, la soledad de la Sirenita acabó hace exactamente un año atrás. Una pareja de escultores Ingar Dragset y Michael Elmgreen (ella, noruega; él, danés), decidió hacerle un compañero, que mira al mar. Se llama Han (“él”) y es de acero inoxidable. Gracias a un sistema hidráulico, Han pestañea (o quizá guiña sus ojos) una vez por hora. Costó la ganga de 400mil euros al estado. Sin embargo, Han vive en Elsinore, a 45 kilómetros de Copenhague. Y dado que ambos sirenos están hechos en metal, difícilmente puedan moverse para estar juntos. Tal vez, habría que conseguirles a cada uno una netbook con Skype o un celu con WhatsApp…