Desde hace más de cinco siglos, éste, nuestro continente americano desde el Río Bravo al sur, se debate entre la locura y la barbarie; un paso adelante hacia la civilización y otro atrás hacia los orígenes. Las feraces tierras suramericanas desprovistas del oro expoliado por los invasores, quedaron dueñas de una pesada cultura, mezcla del indigenismo primigenio y del cristianismo impuesto a sangre y fuego por españoles y portugueses.
Mientras en Europa la sangre de las guerras fratricidas coagula en sociedades abiertas donde priman instituciones sobre individuos -no sin recaídas, por cierto, aunque con mucho camino recorrido como para volver al principio- nuestra “patria grande”, como ampulosamente se refieren a ella los nuevos “libertadores”, cae bajo el hechizo del brujo de la tribu redivivo en hombres y mujeres providenciales, encargados de devolver a las sangrantes venas abiertas la dignidad de su sangre recuperada.
Incansables productores de materias primas y alimentos, los suramericanos – a veces en sociedad con los hermanos centroamericanos y caribeños- hemos sido importadores netos de modas políticas. Importamos revoluciones e ideas como luego lo haríamos con maquinarias y armamento.
Para no caernos en el abismo de aquéllos cinco siglos, bástenos el siglo XX fenecido, donde importamos la moda de la revolución armada con cabeza de playa en la isla grande de Cuba y cimientos en Marx y Moscú. El exitoso producto del neo-romanticismo libertario se hizo moda continental y por doquier brotaron grupos y grupúsculos dispuestos a librar la batalla de sus vidas por verse libres de la expoliación imperialista y conseguir el sueño de la patria proletaria.
Aquélla moda fue abortada, salvo en su Meca original, tanto por el peso de sus propias contradicciones como por la reacción del imperio que veía el barrio demasiado revuelto. Bastaron unos años de adiestramiento y doctrina para que una horda de gorilas bajasen hacia el sur apagando fuego con fuego. Fue entonces el tiempo de una nueva moda: la de las dictaduras militares de la derecha antisoviética y proyankee que durante una década o dos arrasaron con la pradera eliminando enemigos conocidos y por conocer, por certezas y por las dudas, y de paso cañazo, adueñándose de vidas y haciendas, sobre todo éstas las charreteras devenidas en abultadas cuentas suizas. Décadas perdidas aquéllas, décadas dilapidadas estas, todas con costos de vidas, sueños y proyectos truncos.
A la caída en cascada de las dictaduras fascistoides, siguió una nueva moda: la de las democracias recuperadas. ¡Oh! manes de la naturaleza, con ellas todo sería color de rosas y los grifos dispensarían leche y miel. Era el tiempo ahora de la apertura política junto con un intento de liberalización de la economía secuestrada por sucesivos regímenes igualmente centralizadores y totalitarios. En eso consistiría, supuestamente, el “neo-liberalismo”, que de neo nada tuvo y de liberal menos.
Lo que de común tuvieron, eso sí, todas estas modas fue la tremenda ineficiencia y corrupción, con el saldo de siempre: cada vez más excluidos, cada vez más lejos del mundo y de su propia tierra.
Es en ese contexto en el que, caído del cielo acorde a su especialidad de paracaidista, puso pié en el poder que la rampante corrupción venezolana le servía en bandeja de plata el entonces Coronel Hugo Chávez. Lo que viene después es historia conocida y reciente. Desde su fracasado cuartelazo, pasando por el indulto -también los indultos a los golpistas ha sido moda- hasta su baño democrático y posterior intento de golpe, hasta su proyección como líder regional a caballo del maná petrolero comprando fidelidades políticas bajo el paraguas del “Socialismo del Siglo XXI” del cual el Comandante es propietario indiscutido del copyright.
Al amparo o como consecuencia de, los gobiernos de la región, más o menos afines al caudillo con ambiciones imperiales bajo una retórica bolivariana y antiimperialista, se fueron plegando al club de los “gobiernos progresistas, revolucionarios y populares”, verdadera cofradía en estado de sesión permanente en torno a las pomposas siglas integracionistas de las que cuesta llevar un inventario cabal.
Ésta suerte de “integrismo populista” que ha logrado instaurar unas cuasi “teocracias progresistas” ha tenido en lo económico su sustento en los petrodólares bolivarianos, pero también en la demanda de alimentos de una China insaciable, y en lo político en el desarrollo de un exitoso discurso que ha logrado convertir a una media docena de eslóganes en una auténtica religión. El integrismo religioso del progresismo bolivariano tiene como pilares a lo popular, lo revolucionario y lo anti-imperialista, verdadera trinidad a partir de la cual se justifican los demás mandamientos. Uno de ellos aconseja que los déspotas sean electos en elecciones más o menos libres, ligeramente apañadas o vulgarmente fraudulentas, para darles el carácter “democrático” que manda la ley. Es igualmente necesaria la falsificación del pasado, poniendo en él todo el mal del presente y hasta del futuro, como soporte para la confiscación de éstos. Esta religión es consciente del poder del dinero y por tanto manda concentrar todo el que sea posible en manos del poder. Con el dinero se compran medios, se callan voces, se ganan elecciones, se reclutan mendigos rentados. Mandamiento importante lo constituye la concentración del poder; bajo el paraguas de la “voluntad popular” se guillotina al malhadado Montesquieu y pone todo bajo el dedo largo y grande del líder. La religión aconseja utilizar el internacionalismo como herramienta para avalar situaciones de los cofrades fieles como para castigar a los impíos. Si los organismos del caso no les son propicios, procurarán coartarlos, secuestrarlos y hacerlos dóciles, pero en caso de no conseguirlo, vale la constitución de otros que respondan a los legítimos intereses de la religión neo-populista. Fundamental resulta el tratamiento de los impíos: para ellos no más garantías ni consideraciones burguesas. Para los apátridas, burgueses, vendepatrias, disidentes, agentes del imperialismo fascista y demás lacras de cipayos, solo cabe la muerte. Política, social y económica, pero si es necesario, también física. La negación del otro hasta hacerle desaparecer. Manda la religión no olvidar que la atención prioritaria debe ser siempre para las masas populares, los pobres y marginados. Ellos deben ser la columna vertebral de los fieles, a los que hay que mantener como tales, rehenes de la dádiva, reducidos a su condición bovina de tropa. Consideración especial merece el tratamiento que el integrismo progresista debe a las élites intelectuales. Para ellos -escritores, artistas, periodistas- peligrosos sujetos que trabajan con la más filosa de las armas como son las ideas y la palabra, hay que dedicar especialísima atención. A los que se pueda se convence (eso, aunque difícil, es lo mejor porque luego podrán ser debidamente usados); a los que no, se los podrá comprar (en general son baratos, basta algún subsidio o prebenda); a los que no les valga ninguna de éstas, la amenaza más o menos explícita y el destierro ideológico suelen ser arma bastante y por fin, si ninguna de ellas da resultado, se les elimina. Cirugía mayor y punto.
Muerto el Profeta, el papado ha sido desplazado hacia La Habana y desde allí, el Ayatolah emite sus fatwas, todas en nombre de la “revolución popular” que, por supuesto, pretende ser izquierda. Decía André Maulraux en 1965: “qué extraña época la nuestra dirán en el futuro, en que la izquierda no es la izquierda, la derecha no es la derecha y el centro tampoco está en el medio”. Tan vigente 50 años después.