El momento presente

Annabel Miguelena

niños-columna-annabel-miguelena-otrolunes28Si hay una cosa que me impresiona de los niños, es su facilidad para soñar y mantener su mente en el momento presente. Son especialistas en conservar la capacidad de asombro y esa mágica fluidez para sentir que el mundo entero es su casa.

Son felices porque simplemente, crean su propia felicidad.

En “El poder del pensamiento positivo” de Norman Vincent Peale, el autor describe en uno de sus capítulos acerca de un grupo de niños a quienes se les preguntó qué cosas los hacían felices. Los varones contestaron: una golondrina volando, mirar en lo profundo, ver pasar un tren veloz y los ojos de mi perro. Las niñas respondieron que sentían felicidad con la luz reflejada en el río, al ver el humo de la chimenea, al tocar el terciopelo rojo y cuando miraban la luna entre las nubes.

Son expertos en recordarnos la necesidad de volver a lo básico y de sonreír sin esfuerzo. Por algo, dijo Jesús sabiamente “hay que hacerse niños para entrar al reino”

Yo, que vivo frecuentemente rodeada de pequeñines he aprendido con ellos más que con todo lo leído, en especial, con mi pequeña sobrina Alina Sofía. Hace un par de días, la llevé a jugar al parque cerca de casa, donde hay un hermoso lago con patitos. Mientras ella los alimentaba extasiada, empezó a sentir náuseas por alguna comida que no le favoreció y así de repente, comenzó a arrojar por su boquita, todo el alimento, hasta vaciar su estómago por completo. Alina lloró durante el proceso, pero al rato cuando la metí en la ducha para limpiarla, el solo hecho de sentir el agua caer sobre su cabello y un par de muecas que le hice, lograron provocarle una divertida carcajada con la que me reflejaba que todo estaba bien. A los 10 minutos volvió a vomitar y a llorar, pero apenas pasó, renació la alegría en su rostro.

-¡Wao! Parece algo tan simple, me dije. Pero, ¡vaya capacidad para mantener la mente en el momento presente! ¿Qué hubiese hecho yo en su lugar? me detuve a pensar un rato. Pues, quién sabe las especulaciones que fabricaría mi cabeza: ¡estoy enferma! ¿será que tengo un virus? o ¡qué mala suerte la mía que me intoxiqué porque fulanita no manipuló adecuadamente la comida! entre otras quejas y suposiciones improcedentes que nos impiden disfrutar de cada respiración, de cada segundo, de la abundancia de bendiciones que nos regala la naturaleza.

Nuestros pensamientos revolotean del pasado al futuro, del futuro al pasado… ¿y el presente?

Vivimos condicionando nuestra felicidad y acobijándonos bajo la falsa creencia “voy a ser feliz cuando…”

Los niños, por el contrario, entregan su 100% en todo lo que hacen y no encuentran obstáculo alguno para alcanzar sus sueños. Creen que todo es posible. Para ellos, todo fluye y no conocen de impedimentos. A medida que crecemos, la disonancia cognoscitiva domina nuestros pensamientos y empezamos a cultivar un conflicto de creencias entre nuestros sueños y las limitaciones que nuestra mente ha construido con bloques de información que el sistema nos ha dictaminado.

Estamos siendo encaminados hacia pasarelas de zombis donde la moda que impera es la supresión del apetito de soñar en grande y al mismo tiempo, el síndrome de Karoshi o “muerte por exceso de trabajo”  va adueñándose día tras día de nuestras vidas. ¿Hacia dónde quieres llegar?

Tomemos conciencia de la importancia de traer la mente al momento presente y permitamos que los niños sean nuestros mentores predilectos.

En esta ocasión, me he permitido desprenderme por un momento de mi usual ironía y jocosidad para empaparme con un poco de sabiduría infantil, en especial la de Alina Sofía cuya presencia y acciones me recuerdan cada instante lo maravilloso que es soñar y vivir el ahora.